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Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 83. Protector de la Paz
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 83. Protector de la Paz
Lucy, o al menos quien la mayoría en la Fundación creía se llamaba así, se había levantado más temprano que de costumbre esa mañana. No había motivo aparente para esto, pues solía tener un sueño bastante regular; tomaba un té especial con hierbas de su propio jardín todas las noches, que le ayuda justo a dormir profundamente y de corrido. Las pocas veces que no le había funcionado, habían sido casi por el mismo motivo: el presentimiento subconsciente de que algo iba a pasar.
La rastreadora Lucy era una de las resplandecientes más sobresalientes dentro de la Fundación Eleven, gracias a su precognición tan acertada, y su capacidad de localización que rivalizaba con Mónica, e incluso con Eleven. Ayudaba en la Fundación todo lo que podía, convirtiéndose en algunas ocasiones casi como unos ojos y oídos extras para su líder; especialmente ahora que ella se encontraba indispuesta. Sin embargo, no le gustaba mucho llamar la atención o tener más del contacto necesario con los demás miembros de la Fundación.
Era una mujer joven de veintiséis años que disfrutaba mucho de su privacidad. Vivía en una pequeña casa a las afueras de Bismarck, Dakota del Norte, sobre la carretera que iba al este. La casa pertenecía a sus padres, los cuales habían fallecido hace diez años. Tenía un lindo jardín donde cultivaba ella misma algunas hierbas medicinales y tubérculos; más por pasatiempo que por otra cosa. Su trabajo cotidiano era como diseñador gráfica freelancer, labor en el cual su sensibilidad especial para captar las emociones de la gente le ayudaba bastante. Dicho trabajo le daba al menos lo suficiente para comer y pagar los servicios, aunque habría que sumarle también el pequeño pago que la Fundación le daba a cambio de su labor con ellos.
Era una mujer de gustos simples, así que realmente no necesitaba demasiado del dinero. Su labor en la Fundación lo hacía únicamente para ayudar a las personas, especialmente a Jane Wheeler que le había extendido una mano tras la muerte de sus padres, y la había ayudado a ser el adulto más o menos funcional que era en esos momentos. Y es que desde su adolescencia, siempre había sido un poco… rara. Ya fuera como reflejo de sus habilidades únicas o mera coincidencia, su manera de pensar y ver las cosas siempre había distado de la forma en la que la mayoría lo hacía. Y el ser diferente siempre traía consigo algunos inconvenientes.
Al levantarse de su cama esa mañana, lo primero que hizo fue prepararse uno de sus tés energéticos especiales para intentar despertarse lo mejor posible, y lo acompañó sólo con una tostada con mantequilla. Con su taza y pan en mano, se colocó frente a la computadora de su estudio, y comenzó a avanzar en sus trabajos pendientes; mientras esperaba a que lo que fuera que iba a pasar, pasara. Porque estaba segura de que algo pasaría; una vez que se terminó su té y despertó por completo, estuvo aún más segura de ello.
Lo que tanto aguardaba no sucedió hasta cerca del mediodía. Mientras lidiaba con la cuarta versión de una propuesta que estaba diseñado para la identidad corporativa de una empresa en Ohio, su celular sonó repentinamente, haciéndola saltar en su silla. Su precognición le servía para muchas cosas, pero por algún motivo no le advertía con anticipación cuando su teléfono iba a sonar. Quizás porque de hecho no solía hablar o recibir llamadas. Todo lo arreglaba por mensajes de texto o correos, salvo contadas excepciones; como clientes muy tercos, su tía que vivía en Fargo que aún no comprendía cómo usar WhatsApp, o bajo instrucción expresa de Eleven. Como esa llamada que tuvo que hacer unos días atrás a la señorita Charlie McGee, por ejemplo. En realidad, aquello se suponía debía hacerlo Mónica, pero le dejó a ella el encargo de rastrear a aquella mujer, que resultaba ser bastante escurridiza, y comunicarse con ella. Supuso poco después que en realidad Mónica simplemente no deseaba hacerlo.
Lo que sí solía indicarle su precognición, a veces con acierto y a veces no tanto, era quién le marcaba. Y para su sorpresa, en cuanto tomó el teléfono en su mano, un nombre saltó en su cabeza con fuerza, como un grito. Su ceño de frunció ante dicho pensamiento, y le causó por igual confusión… y molestia.
Respondió rápidamente colocando el altavoz (lo prefería a tener el dispositivo pegado a su oreja) y murmuró de inmediato sin ningún saludo previo:
—¿Cody Hobson?
—¿Eh? —Soltó la voz en la línea, algo sorprendido—. Ah, sí… ¿Lucy? ¿Cómo supiste que era yo?
La pregunta le resultó tonta a la joven diseñadora. Bien podría haber tenido su número guardado con su nombre; no lo tenía, y de hecho salía en la pantalla como número desconocido, pero él no tendría por qué saber eso.
—Una mejor pregunta sería preguntarte cómo es que sabes mi número —señaló Lucy, un tanto acusadora—. Cuido mucho mi privacidad, al menos que sea para casos especiales.
—Lo sé, lo siento —se disculpó Cody, apenado—. Eleven me pasó tu número hace tiempo para cuando tuviera alguna emergencia y no me pudiera comunicar con ella.
—La Sra. Wheeler sigue en coma, así que cumples el segundo criterio —indicó Lucy, con una notoria falta de tacto que dejó a Cody helado por unos momentos—. Debo suponer entonces que tienes una emergencia, ¿cierto? Una que espero fuera imperativo no atender por correo electrónico.
Cody vaciló un poco antes de poder responderle.
—Algo así… Necesito que rastrees la ubicación de una persona por mí. Te acabo de mandar su foto. Se llama Lisa Mathews.
—¿Lisa Mathews tu novia?
De nuevo, Cody vaciló.
—¿Sabes de ella?
—Sé muchas cosas —declaró Lucy con simplicidad—. ¿En verdad me estás llamando para que espíe a tu novia con mis habilidades? ¿Esa es tu definición de una emergencia? No esperaba algo tan bajo de ti, Cody Hobson; me asombras.
—¡No se trata de espiarla! —Espetó Cody rápidamente, y aún en la distancia Lucy pudo sentir que se ruborizaba avergonzado. Balbuceó un poco mientras ordenaba las palabras en su mente y explicó al fin—: Ella… yo… le conté de mi Resplandor hace unos días.
Lucy arqueó una ceja ligeramente; la mayor reacción que le fue posible hacer, aunque por dentro estaba realmente intrigada por aquella explicación. Por experiencia sabía que decirle de tus habilidades a alguien, en especial amantes, solía no salir bien.
Cody prosiguió:
—No reaccionó de buena forma, y ahora se ha ido de la ciudad. Supuestamente fue a hacer un trabajo a no sé dónde. Pero ni siquiera se despidió o me dijo algo antes de irse; sólo me mandó un extraño mensaje sin mucha información. Nadie sabe a dónde se fue, ni siquiera su familia. En su trabajo no me quieren decir nada, y no contesta mis llamadas. Estoy… preocupado.
—Suena preocupante —respondió Lucy escuetamente, sintiendo que era lo que se esperaría que dijera—. ¿Seguro que no es sólo un arranque de celos de tu parte?
—¿Qué?, no, claro que no —contesto Cody rápidamente, un poco a la defensiva en la opinión de Lucy—. Por favor, sabes que nunca le he pedido ningún favor personal a la Fundación, pero yo siempre los apoyo en todo lo que me piden.
—¿Eso es chantaje emocional?
—No… —respondió Cody indeciso, y estaba por dar un argumento adicional cuando ella añadió con voz tranquila y monótona:
—Pregunto porque en realidad no sé cómo es eso. Pero me siento chantajeada… y emocional.
Cody se quedó callado, sin ser capaz de identificar si aquello era algún tipo de broma.
Esa era la primera vez que hablaba por teléfono con ella; antes de eso, toda su comunicación había sido por correo electrónico, justo como ella lo prefería. Y casi siempre sus correos eran cortos, concisos e iban de inmediato al grano, pero no más de lo que otras personas de carácter más corporativo solían escribir. A través de ellos no se había hecho una idea clara de cuál era la personalidad de la rastreadora… y aún no lograba hacerse una.
Mientras Cody meditaba en ello, Lucy había ya abierto el correo enviado, con la fotografía de Lisa Mathews en ella. En ella aparecía con rostro serio, y un intento un poco forzado de sonrisa; quizás sólo la había hecho para que le tomaran la foto, sin sentirlo realmente. Eso era algo con lo que Lucy se podía sentir identificada.
La mandó a imprimir.
—Está bien —musitó de pronto, con el sonido de la impresora sonando de fondo—, déjame ver si puedo al menos calmar tus preocupaciones y decirte que está bien. Pero si es así, no te diré dónde está ni con quién está. ¿Estás de acuerdo con esos términos?
—Supongo que sí —respondió Cody, llegando fácilmente a la conclusión de que no tenía opción de dar alguna respuesta diferente.
Lucy aguardó paciente a que la impresora terminara, y justo después tomó la hoja de la bandeja y la contempló justo delante de su rostro. En un primer vistazo no percibió nada en aquel objeto, más allá de ser una hoja de papel con tinta. Pero no siempre tenía un primer presentimiento, así que tampoco era algo raro.
Colocó la fotografía sobre el escritorio. Cerró sus ojos, inhaló profundamente por su nariz, y exhaló por su boca. Intentó despejar lo más posible su mente de cualquier otro pensamiento, y sólo se enfocó en visualizar la fotografía. Susurró entonces lentamente su nombre: Lisa Mathews, y colocó toda su palma sobe el papel. Guardó silencio, se concentró únicamente en esa persona, dejó que su mente volara y se dejara llevar, y…
Y nada.
Absolutamente nada vino a ella.
—¿Qué? —Exclamó en voz alta.
—¿Qué sucede? —Cuestionó Cody, algo alterado.
—No lo sé… —Le respondió perpleja.
Y en verdad no lo sabía. Había hecho ese tipo de rastreos miles de veces, y a veces al primer intento sólo percibía flashazos, pensamientos o ideas sin un orden o lógica. Pero no recordaba alguna ocasión anterior en la que hubiera percibido absolutamente nada; ni siquiera una sola imagen, sonido u olor.
—Déjame intentarlo de nuevo —murmuró tras un rato, sintiendo ya un poco más de motivación personal.
Cerró de nuevo los ojos, respiró hondo, y tocó la fotografía con sus dedos. Lo estuvo intentando por casi dos minutos, obteniendo el mismo frustrante resultado. Soltó de pronto un quejido de enojo, y posteriormente golpeó el escritorio con su mano entera, creando un fuerte estruendo.
—¿Qué ocurre, Lucy? —Preguntó Cody, inquieto.
—No estoy logrando sentir nada; nada en lo absoluto sobre esta persona…
—¿Qué…? —Murmuró Cody despacio, dejando en evidencia la gran angustia que aquellas palabras le habían causado—. Oh, Dios mío, Lucy… por favor no me digas qué…
No fue capaz de terminar su cuestionamiento, pero Lucy pudo darse una idea de lo que le preocupaba; con precognición o sin ella.
—No podría asegurarlo y negarlo en estos momentos —le aclaró—. Pero en situaciones normales, aunque estuviese muerta debería poder recibir alguna señal de donde está su cuerpo o qué le pasó.
—Qué consuelo… —ironizó Cody, maldiciendo de nuevo en silencio la falta de tacto de la rastreadora—. Entonces, ¿qué ocurre?
—No lo sé —repitió Lucy con tanta confusión en su voz como la de Cody—. Dame un minuto, intentaré concentrarme más. No me cuelgues…
Ese minuto fueron de hecho unos quince o veinte, en los que Cody se quedó expectante en la línea. Lucy pasó a prepararse otro té, pero ahora uno enfocado en potenciar la concentración. Cerró las cortinas de su estudio quedando casi a oscuras, y apagó también su computadora con tal de disminuir a lo mínimo cualquier distracción. Se sentó en el suelo con sus piernas cruzadas, colocando la fotografía de Lisa delante de ella, y su teléfono aún en altavoz a un lado.
Lucy bebió lentamente su té, al tiempo que inhalaba y exhalaba profundo y despacio. Sentía como la energía y el calor recubrían su cuerpo de extremo a extremo, y su mente se iba aclarado de cualquier preocupación mundana como el trabajo; incluso se le olvidó por un momento que tenía a alguien al teléfono esperando.
Cuando se sintió lista, volvió a cerrar los ojos como en su primer intento, a respirar muy lentamente, y a tocar la fotografía con la palma entera. Ahora intentaría un enfoque diferente al anterior. Ya no buscaría en dónde se encontraba en esos momentos, sino dónde había estado, y de ahí intentaría ir hacia adelante como buscando un momento exacto en un video.
El resultado fue más prometedor, pero aún seguía siendo difuso. Comenzó a ver diferente imágenes de Lisa, mostrándose en su mente como en cámara lenta, pero de pronto saltando a otro lugar y momento; como si faltara un pedazo de la película.
Comenzó a describir en voz alta lo que veía a cómo le era entendible, para que así Cody la escuchara.
—Unos hombres en traje la recogieron en un auto temprano por la mañana en su edificio. Ella se fue con ellos por su voluntad. Llevaba su equipaje consigo. Luego tomó un avión al este. Puedo verla moverse en esa dirección, pero no sé exactamente a dónde. Pero cuando llegó allá, se subió a… un helicóptero negro y…
Lo que siguió no habría sabido cómo describirlo aunque lo hubiera intentado. Veía el helicóptero negro volando, avanzando en línea recta a una dirección específica, y de pronto todo se distorsionó y agitó, como si alguien lo sacudiera todo similar a un globo de nieve. Y entonces la imagen se volvió completamente blanca, y Lucy sintió como si alguien le diera un fuerte manotazo en la frente y la empujara hacia atrás. Y de hecho estuvo a punto de caer de espaldas al suelo, pero interpuso sus manos antes para prevenirlo.
Esa última sensación le parecía un poco similar a cuando otro resplandeciente la repelía o empujaba lejos de ella cuando se daba cuenta de que estaba viéndolo; era algo que pasaba en ocasiones, aunque no era habitual. Sin embargo, aquello se había sentido un poco diferente. En su cabeza no se sintió como tal un empujón, sino más bien algo parecido a chocar contra una puerta de cristal cerrada creyendo que estaba abierta; eso también le había pasado más veces de las que estaba dispuesta a admitir.
—¿Y? —Pronunció la apremiante voz de Cody al teléfono, luego de aguardar uno tiempo considerable a que dijera algo—. ¿Y luego qué, Lucy?
—Y luego nada —masculló la rastreadora, asertiva—. Nada de nada. No logro captar nada sobre a dónde fue en ese helicóptero o en dónde se encuentra en estos momentos. Es como si la hubieran encerrado en una caja de plomo.
—¿Qué? —Murmuró Cody, sintiendo un poco perdido por el comentario aparentemente al azar.
—Ya sabes. En los cómics clásicos de Superman, él puede ver a través de cualquier cosa, excepto el plomo. Así que si escondes algo dentro de una caja de plomo, él no podrá verlo. Algo así me refiero.
—Entiendo… —susurró Cody despacio, haciendo un gran esfuerzo para no sonar sarcástico—. Pero, ¿quieres decir que Lisa está en un lugar que por algún motivo tú no puedes ver con tus habilidades?
—La verdad no lo sé —confesó Lucy, algo avergonzada—. Nunca me había pasado algo parecido antes. Quizás… ¿tendrás algún objeto personal de ella? ¿Algo que haya tocado o usado mucho? Eso a veces nos sirve como un potenciador. Si me lo envías y tengo contacto con él, puede que obtenga algo más claro.
—¿Un objeto personal…?
Hubo un rato de silencio, en el que Cody recorrió en su memoria las opciones. Después de un rato, pareció dar con una posible opción.
—Sí, puede que tenga algo —declaró—. Iré y te lo llevaré yo mismo.
—¿Tú venir para acá? —Exclamó Lucy con preocupación, tomando el teléfono y parándose casi de un salto del suelo—. ¿Acaso no oíste lo que dije sobre mi privacidad?
—Por favor, Lucy. Esto ya me preocupó más de lo que estaba. Necesito saber dónde está Lisa y qué está ocurriendo con ella. No puedo quedarme aquí sentado esperando.
Lucy bufó exasperada, y comenzó a caminar por el estudio con impaciencia. Ya le resultaba lo suficientemente molesto que Eleven le hubiera pasado su teléfono directo a otra persona; la idea de tener a alguien de la Fundación ahí en su casa, no le parecía para nada.
Por otro lado, la verdad era que pocas cosas lograban despertar la curiosidad de Lucy; pero cuando algo lo hacía, le resultaba difícil sacárselo de la cabeza. Y si existía un punto en el mundo que sus habilidades de rastreadores no podían alcanzar, resultaba imposible no preguntarse qué podría estarse ocultando en ese pequeño punto ciego. Definitivamente quería saber dónde estaba ese sitio, y qué demonios era.
Quizás podía hacer una pequeña excepción, con el fin de resolver ese apremiante misterio.
—Está bien —respondió casi entre dientes—. Pero ni se te ocurra pasarte de listo e intentar algo conmigo por despecho, por qué no lo voy a permitir.
—¿Qué? —Exclamó Cody escandalizado—. Claro que no…
—Más te vale, porque no me acuesto con chicos con novia; sin excepción. Te compraré el boleto de avión para hoy en la tarde, y te lo mandaré dos horas antes de que salga el vuelo. Así que estate ya preparado.
—No es necesario, yo puedo encargarme…
—No —respondió Lucy tajantemente—. Prefiero que no sepas exactamente en dónde vivo hasta que sea completamente necesario. Nos comunicaremos desde ahora por correo, ¿está claro?
—De acuerdo… —murmuró Cody vacilante, de nuevo sintiendo que no tenía opción de responder algo más.
Lucy le colgó en ese mismo momento sin siquiera despedirse, y colocó el teléfono sobre su escritorio. Suspiró, sintiéndose muy cansada; esos intentos de rastreo realmente le habían consumido sus energías. Se sintió tentada a tirarse en su sillón y echar una siesta. Pero antes de eso, tendría que encender de nuevo su computadora y comprar el boleto como había prometido.
Y lo peor era que todo eso estaba ocurriendo justo cuando Eleven no estaba para echarles una mano. Lucy esperaba no se estuvieran metiendo en algo igual de peligroso como lo que le pasó a ella, o peor…
Vaya que esa noche de sueño irregular había tenido su motivo de ser.
— — — —
Mike Wheeler avanzó con paso perezoso por los pasillos del hospital de Hawkins, con un vaso de café grande en una mano, del que apenas y había dado pequeños sorbos, y una dona azucarada en la otra. Su apariencia era lo que se podía describir fácilmente como “un desastre.” Su cabello y ropas estaban desalineadas, y dos grandes ojeras adornaban su rostro, junto con una barba sin afeitar de al menos tres días. Estaba totalmente agotado, y era evidente con tan sólo ver su paso, su postura, o con escuchar su voz.
Tras la partida de Charlie y Abra, nada había cambiado; tanto en el estado de salud de su esposa como en los ánimos de su familia y allegados. Mike seguía pasando la mayor parte del tiempo en el hospital, esperando a que ocurriera el milagro que cada vez veía más lejano. Sus hijos y Will se turnaban para hacerle compañía o relevarlo para que fuera a casa, pero apenas y se permitía separarse hospital unas cuantas horas. Si eso no cambiaba, el siguiente en ser hospitalizado sería él.
Se sentó en una silla de una de las salas de espera, y se quedó unos instantes mirando fijamente a la pared un poco despintada delante de él. En ese momento Terry estaba haciéndole compañía a Jane, así que él salió un momento a tomarse ese café y comerse esa dona; más de la mitad de su dieta esos días se había basado básicamente en esas dos cosas. Y lo peor era que ni siquiera tenía hambre, pues sentía el estómago revuelto, y la garganta cerrada como si se resistiera a dejar pasar cualquier bocado. Aún así comenzó a darle pequeñas mordidas a la dona, y más pequeños sorbos al café. Esperaba que ya fuera la azúcar o la cafeína, alguna de las dos le ayudara a salir de su letargo, aunque pareciera que su cuerpo se hubiera vuelto inmune a sus efectos.
Toda esa situación era simplemente horrible; no había otra forma de describirla. Una horrible pesadilla por la que avanzaba sin rumbo, como un zombi arrastrando sus propis tripas. La comparación, de hecho, le parecía bastante acertada.
Escuchó los pasos de alguien aproximándose a la sala de espera, pero Mike no le prestó importancia; ni siquiera cuando por el rabillo del ojo percibió que se acercaba a donde él estaba, o incluso después de que dicha persona se sentara justo en la silla a su lado. No era su hospital, y mucho menos su sala; cualquier era libre sentarse donde le diera la gana, ¿o no? Aunque ciertamente esperaba que no estuviera buscando la compañía de alguien con quien hablar, porque definitivamente ese no podría ser él, aunque quisiera.
—Hola, Mike —pronunció la voz de la persona a su lado, y el oírla provocó que ya no pudiera seguir indiferente a su presencia—. ¿Cómo estás, amigo? Mejor ni me digas; te ves terrible…
Mike alzó su mirada, casi asustada, hacia aquel individuo. Se acomodó sus anteojos, y lo contempló con detenimiento, pese a que por supuesto lo había reconocido desde el primer vistazo.
—¿Lucas? —Pronunció despacio el nombre de su viejo amigo, ahora ahí sentado con un elegante traje negro, camisa blanca y corbata; zapatos lustrados, rostro perfectamente afeitado, y cabello corto y bien peinado; todo el contraste con él en esos momentos—. ¿Qué haces aquí? —Inquirió Mike, preocupado.
—¿Tú qué crees? —Respondió Lucas Sinclair con seriedad—. Vine a ver a Eleven, y a saber cómo están tú y los chicos. Disculpa que viniera hasta ahora, pero sabes que mi trabajo es muy complicado.
—Claro que lo sé —musitó Mike, escéptico—. Es curioso que te pares aquí en Hawkins por primera vez en tanto tiempo, justo cuando Charlie aparece. —Aquello había sonado claramente como una acusación, y el semblante poco contento de Lucas hizo ver que así lo sintió—. Llegas tarde —añadió tajantemente—, ya hace unos días que se fue. Y antes de que lo preguntes, no sé a dónde.
Lucas suspiró. Se desabotonó y abrió su saco por completo, y cruzó de piernas tomando una postura más relajada.
—Mike, tú y yo sabemos muy bien lo peligrosa que puede ser esa mujer. Supe que causó toda una situación aquí, y que casi lastiman a Eleven por su culpa.
—No fue ella, sino otras dos personas.
—¿Cuáles dos?
Mike vaciló unos momentos al responder.
—No lo sé; y no importa. Escucha, gracias por venir, pero no puedo ayudarte a encontrar a Charlie. En verdad no tengo idea de a dónde se fue.
Lucas asintió comprensivo. Parecía que en efecto le creía, o al menos en mayor parte.
—Charlie McGee no es el único motivo por el que vine —aclaró Lucas—. La persona que le hizo esto a El, también quiero encontrarla y detenerla. Es claro que es un peligro; para la Fundación, para tu familia, y para todos. Si tienes cualquier información…
—¿Para que despliegues a tus asesinos y empieces una cacería? —Soltó Mike abruptamente.
—Y si fuera así, ¿qué? —Respondió Lucas claramente a la defensiva—. ¿No es lo que quieres? ¿Qué ese bastardo pagué por lo que le hizo a la mujer que amas?
—No si eso va terminar poniendo a mis hijos en medio.
—¿Y a tus hijos por qué? —Cuestionó Lucas, confundido.
—Por qué Terry…
Mike se contuvo a último momento, arrepintiéndose de lo que estaba por decir. Lucas lo contempló, achicando un poco sus ojos con expresión de suspicacia.
—¿Qué pasó con Terry? —Inquirió con algo de exigencia, pero también con preocupación.
Mike agachó la mirada y bebió de nuevo de su café. No tenía intención de compartir con su amigo Lucas que su hija se había vuelto también un blanco de ese mismo individuo. Que lo había visto, y la había amenazado directamente. Que casi le hacía lo mismo que le hizo a Eleven, o incluso algo peor. A Mike le daba terror la idea de que pudiera también perder a su hija. Y a su vez, también le avergonzaba lo impotente que se había vuelto para protegerla; a ella o a cualquier otra persona que le importaba.
Lucas volvió a suspirar, e intentó calmarse un poco y aclarar su mente. No había ido a provocar algún conflicto, pero su viejo amigo parecía no compartir su disposición.
—Escucha —comenzó a pronunciar Lucas con firmeza en su voz—, tú sabes que siempre he tenido el mayor respeto por El y por lo que su Fundación hace. Pero no a todos los Usuarios Psíquicos se les puede dar el mismo trato; no todos ocupan sólo que alguien los ayude y les extienda una mano. Hay muchos, miles allá afuera, que lo único que quieren es hacer trizas el mundo entero, sólo porque creen que sus habilidades les da el derecho de hacerlo. Y eso es algo que incluso la propia Eleven entendía muy bien, y por eso ella también respetaba lo que yo hacía…
—No hables de ella en pasado como si estuviera muerta —espetó Mike, molesto—. No lo está.
—No, claro que no —respondió Lucas—. Lo siento. Lo que trato de decirte es que, no soy su enemigo, Mike; nunca lo he sido. Ella es, y siempre será, mi amiga. Y como su amigo, y como protector de la paz que soy, es mi deber encontrar a este sujeto, y encargarme de que ya no lastime a nadie más.
Mike desvió su mirada hacia otro lado, y se contuvo para no reírse con ironía de la afirmación de “protector de la paz.” Mike conocía muchas de las cosas que Lucas había tenido que hacer esos años para proteger esa paz de la que hablaba, y estaba seguro que no eran ni siquiera las peores. Eleven había tenido que llegar a condonar algunas de dichas acciones por el bien de su Fundación y de los chicos que protegía, y Mike la había apoyado en su decisión. Pero a él le resultaba muy difícil ver a aquel hombre sentado a su lado como su viejo amigo Lucas, con el que jugaba Calabozos y Dragones, andaba en bicicleta, perdían el tiempo en el club de audiovisual de la escuela, y de vez en cuando saboteaban algunas conspiraciones gubernamentales o combatían a monstruos de otras dimensiones.
Para Mike, aquel sujeto se había vuelto casi un completo desconocido. Y no era el único que lo sentía así.
—Tampoco tengo información sobre esa persona, lo siento —respondió Mike encogiéndose de hombros—. Yo te agradezco que vinieras, pero estamos bien. En estos momentos, mi prioridad es cuidar a mi familia. Y mientras más nos mantengamos alejados de esto, será mejor.
La mirada de Lucas se endureció, revelando que aquello lo había molestado enserio.
—El viejo Mike que conozco nunca hubiera querido ocultar su cabeza entre las piernas y fingir que nada pasaba —declaró Lucas, ferviente.
—El viejo Mike no tenía tres hijos en los cuales pensar —respondió Mike, aguerrido—. Por favor vete, Lucas.
Lucas suspiró una vez más, ahora más frustrado que molesto.
—Está bien —musitó despacio, parándose de su silla y abotonándose de nuevo su saco—. Pero primero pasaré a ver a Eleven, si estás de acuerdo. Como dije, ella siempre ha sido mi amiga.
A Mike no se le ocurrió alguna buena razón para prohibírselo, y en realidad tampoco tenía las energías o los ánimos para pensarlo demasiado. Sólo se limitó a asentir con su cabeza, y con un ademán de mano indicarle que podía pasar. Lucas le agradeció con un propio asentimiento de su cabeza, y se alejó caminando por el pasillo.
— — — —
Después de Mike, quien más pasaba tiempo en el hospital era Terry. La chica parecía haberse sumido en una profunda culpa por lo ocurrido hace unos días, a pesar de que todo el mundo ya le había repetido varias veces que su madre estaba bien, y que no había sucedido ningún revés en su estado a causa de aquello. Pero Terry no lo creía. Los demás no habían visto lo que ella vio en el interior de la mente de su madre. No habían visto cómo su consciencia se había hundido más en aquel mundo, presa del miedo; yéndose a un lugar tan profundo que quizás nunca podrían alcanzar.
Cuando Abra se despidió de ella y le dijo lo que haría, Terry había deseado acompañarla y ayudarla a encarar a aquel individuo de una vez por todas. Abra le hizo ver que aquello era una locura (y en parte la propia Terry ya lo sabía), y que en otras circunstancias ni siquiera ella misma se arriesgaría a algo así, mucho menos arrastraría a alguien más a exponerse junto con ella. Le pidió que dejara todo en sus manos, y le hizo la promesa de que ella se encargaría de que ese maldito ya no le hiciera más daño a nadie. Terry asintió, pero tuvo la sensación de que ni siquiera la propia Abra creía del todo en dicha promesa.
A Eleven la acaban de mover recientemente del área de emergencias a una habitación más privada; pequeña, pero cómoda. Terry se encontraba sentada a un lado de la camilla, sujetándole la mano a su madre y admirando en silencio su rostro. Le habían dicho que a veces ayudaba hablarles a los pacientes en ese estado, pero Terry no había tenido ánimos de intentarlo; ni con su voz, ni con su mente. Seguía sintiendo que su madre se hallaba demasiado profundo como para que oyera cualquier cosa que intentara decirle.
Alguien llamó despacio a la puerta en un momento.
—Adelante —respondió Terry casi en automático, suponiendo que era alguna de las enfermeras, aunque ellas solían entrar aunque no les diera el permiso.
La puerta del cuarto se abrió, y del otro lado no apareció el rostro de una enfermera.
—Hola, Terry —saludó el hombre afroamericano de traje, mientras entraba al cuarto y cerraba la puerta detrás de él.
—¡Tío Lucas! —Exclamó Terry sorprendida, parándose de su silla.
Lucas esbozó una sonrisa, y se aproximó cauteloso hacia la joven.
—Por un momento creí que no me reconocerías —bromeó un poco, y rodeó entonces a la más pequeña de los Wheeler con un brazo, dándole un pequeño baso en la corona de su cabeza.
—No digas tonterías —respondió ella, correspondiéndole el abrazo—. Aunque es cierto que hacía mucho que no te veía.
—Sí, lo siento. Me he mantenido alejado por trabajo, pero me hice un espacio para venir.
La atención de Lucas se centró entonces en la mujer en la camilla, siendo ella la que él casi no reconocía en un inicio, pero un segundo vistazo le dejó claro que en efecto era la persona que había ido a ver. Su apariencia le provocó un molesto nudo en el estómago, que lo incitó a querer mirar a otro lado. Pero se contuvo.
En esos años había visto muchas cosas horribles en diferentes niveles, pero pocas le pegaban a un nivel personal como ver a sus más cercanos en una camilla de hospital. Y, lamentablemente, era algo que le había ocurrido bastante seguido.
—¿Cómo sigue nuestra campeona? —Preguntó intentando reflejar serenidad en su tono, incluso buen humor.
Terry suspiró con pesadez.
—Igual, sin cambio alguno. En estos momentos ya no sé si eso es bueno o malo…
—Es bueno, te lo prometo —señaló Lucas, colocando una mano en el hombro de la muchacha para reconfortarla, aunque no pareció surtir ningún efecto.
Lucas acercó entonces a la cama una de las sillas adicionales de la habitación y la colocó a un lado de la de Terry.
—Terry, dime una cosa —comentó mientras tomaba asiento a su lado—. ¿Tu madre te contó en alguna ocasión a qué me dedico? ¿Sobre cuál es mi trabajo actual?
Terry la miró unos momentos con confusión, y por mero reflejo se sentó de nuevo en su silla.
—Trabajas para el gobierno, ¿no? —respondió Terry, insegura—. Para el ejército o para la policía, creo.
—Así es —asintió Lucas—. Dirijo una agencia especial, encargada de investigar y proteger al país y a sus ciudadanos de ciertas amenazas particulares. De cierta forma, hago lo mismo que hace tu madre, pero por otros medios.
Terry achicó un poco sus ojos, con desconcierto.
—No te entiendo…
—Terry —musitó Lucas con voz solemne, e inclinó un poco su cuerpo hacia ella—. Yo me encargo de cazar y castigar a personas como la que le hizo esto a tu madre.
Los ojos de Terry se abrieron por completo, azorados. La idea tardó un poco en volverse clara en su cabeza, pero incluso una vez que estuvo ahí se negó a creer que hubiera entendido bien lo que quería decirle.
—¿Hablas de resplandecientes? ¿Hablas de personas como…?
Terry alzó su mano, y por la dirección que ésta tomaba fue evidente que iba a señalarse a sí misma.
—No, no como tú —se apresuró Lucas a aclarar—, o como tu madre, o como las personas de la Fundación. Hablo de personas sin escrúpulos, que usan sus poderes para dañar a otros. Incluso he trabajado a lado de tu madre estos años para hacerlo posible. Y ahora, estoy buscando al responsable de lastimarla. Tú lo conoces, ¿verdad? Si me dices quién es, yo te prometo que lo encontraré, y lo detendré. Sólo dime lo que sepas.
La menor de los Wheeler agachó su mirada, un poco incómoda. Se abrazó a sí misma y se talló un poco sus brazos, como si sintiera frío.
—Yo lo vi, dos veces —masculló despacio, sintiéndose que ocupaba un gran esfuerzo para decirlo—. Una vez la noche en que atacó a mamá, y otra hace unos días.
—¿Él estuvo aquí?
—No. Creo que se proyectó a distancia, como lo que mi madre sabe hacer. ¿Sabes a lo que me refiero? —Lucas asintió; por supuesto que lo sabía—. Es un chico, más o menos de mi edad. Cabello negro, ojos azules y piel blanca. Refinado, bien vestido, y muy engreído. Abra me dijo…
—¿Abra?
—Una amiga que conocí hace poco. Es una resplandeciente muy fuerte, y ella también lo conoce. Me dijo que su nombre era Damien Thorn, que estaba en Los Ángeles, y que ella iría a detenerlo. Pero no sé si pueda hacerlo ella sola; él es muy poderoso, y aterrador. Tío Lucas —se viró a verlo, ahora con bastante preocupación—, ¿tú podrías ayudarla? Por favor, no quiero que le pase nada malo.
Lucas permaneció en silencio unos momentos, repasando en su cabeza de forma rápida todo lo que la jovencita había dicho. Parecía que no era mucho, pero en su caso podría ser suficiente.
—¿Dijiste Damien Thorn? —Preguntó con seriedad, al tiempo que sacaba su teléfono del interior de su saco. Terry asintió con afirmación—. Dame un minuto…
Con el pequeño celular negro en su mano, Lucas se paró de la silla y se encaminó a la puerta para posteriormente salir de nuevo al pasillo. Una vez afuera, desbloqueó el dispositivo con su huella digital, además de una contraseña sofisticada. Marcó entonces uno de sus números rápidos y acercó el teléfono a su oído. No se escuchó del otro lado ningún sonido de marcado, como si la llamada hubiera salido mal, pero él sabía muy bien que no era el caso.
Un fuerte pitido resonó tras medio minuto, y luego la voz de un operador se hizo presente.
—Diga su usuario y número de empleado.
—LuSinclair, DI-55647859 —respondió Lucas rápidamente.
Siguió un rato de silencio, sólo opacado por el lejano sonido de los dedos del operador tecleando rápidamente.
—Diga su clave secreta para reconocimiento de voz —pidió el operador, sonando casi como una orden.
Un par de enfermeras se aceraron por el pasillo en su dirección, y Lucas tuvo el reflejo de virarse a la pared, como si no quisiera que le vieran el rostro. Aquella reacción no se debía sólo por la parte de “secreta” de dicha clave (que por supuesto lo era), sino también por un sentimiento de cierta… vergüenza, casi infantil, que ésta le provocaba. Con el pasar de los años había usado esa clave para varias cosas importantes, ya casi como una vieja costumbre. Pero muy pocas personas en el mundo podrían siquiera llegar a entender el significado oculto detrás de ella. Y, para bien o para mal, un par de ellas se encontraban en ese mismo hospital.
—MADMAX751300 —pronunció en el teléfono, sólo lo suficiente alto para que su voz se escuchara clara para el detector.
De nuevo un rato de silencio, sonido de teclas siendo presionadas, y entonces el tono y actitud del operador cambiaron abruptamente.
—Muy buenas tardes, Director Sinclair —saludó con voz calmada y amable—. ¿En qué le puedo servir?
—Necesito que busques el expediente de un civil. Primer nombre, Damien, Damian o Demian. Apellido, Thorn. De entre 16 y 20 años. Cabello negro, ojos azules, caucásico. Posible lugar de residencia, Los Ángeles, pero ponlo sólo como parámetro opcional.
Al otro lado de la línea, el operador se puso de inmediato a trabajar en la búsqueda, mientras Lucas aguardaba.
Ese monitoreo constante del que varios estadounidenses solían quejarse, era en realidad un poco peor de lo que la mayoría creía. Pero al menos en el caso del DIC, no era tanto que se pusieran a espiar sus llamadas y correos (no en un inicio, al menos). Con lo que ellos contaban era con una súper computadora a la que apodaban Halcón, que analizaba todo el contenido publicado en internet; desde las noticias de todos los periódicos, hasta los memes más recientes rondando en las redes sociales. Lo que esta computadora hacía era analizar toda esa información, y filtrarla por aquella que les pudiera ser interesante; como cualquier rumor o leyenda urbana sobre algún fenómeno o hecho inexplicable, pero con algún vestigio de posible veracidad.
Una vez que se tenía el hecho identificado, Halcón reunía toda la información entorno a él; en especial los nombres, direcciones y cualquier dato disponible de las personas involucradas. Casi todo eso se encontraba disponible públicamente en las redes sociales, o sino en alguna de las muchas bases de datos del gobierno a las que tenían acceso. De cada uno de estos individuos se creaba un expediente, que se colocaba en una clasificación. Dicho expediente luego era catalogado y revisado por sus analistas. Y si estos lo consideraban pertinente, se autorizaba una investigación en firme de la persona. Y entonces ya era el turno de los teléfonos intervenidos, los correos interceptados, los micrófonos y cámaras de celulares y computadoras encendiéndose solos, y varias otras maravillas que la gente ni siquiera se imaginaba.
Todo eso se hacía con el fin de identificar a posibles UP’s que pudieran significar una amenaza. Aunque claro, no tenían los recursos ni el tiempo para investigar a cuanto sospechoso era arrojado por ese análisis, así que se enfocaban sólo en los más relevantes.
Si el tal Damien Thorn había estado involucrado en cualquier hecho sospechoso antes, sería casi seguro que habría un expediente de él con la suficiente información para comenzar su investigación. Si no, entonces tendrían que realizar la búsqueda por otros medios.
—Tengo un resultado —indicó el operador tras unos minutos—. Damien Thorn, 17 años. Es de Chicago, pero los demás datos concuerdan.
Bien, sonaba prometedor. Al menos parecía que era una persona real, y en alguna ocasión había llamado la atención de la computadora.
—¿Qué clasificación tiene su expediente?
—F.
—¿F? —Exclamó Lucas, incrédulo—. ¿Estás seguro?
—Por completo, señor. ¿Sucede algo?
—No… nada —respondió dubitativo—. ¿Podrías revisar rápidamente qué hizo que llamara la atención de Halcón?
Escuchó al operador teclear por unos minutos, y entonces le respondió:
—Por lo que dice aquí, al parecer el hecho raíz fue la muerte repentina del primo del sujeto, Mark Thorn de 13 años. La computadora determinó que las circunstancias de dicha muerte fueron inusuales, y adicionalmente hizo señalar otras muertes extrañas de familiares y conocidos del sujeto.
—¿Alguna nota de por qué se pasó a F?
—Sólo dice que se determinó que todas las muertes ocurrieron por circunstancias convencionales no vinculantes directamente al sujeto. No hay ningún otro detalle anexo en el resumen que estoy consultando. Si quiere ver el expediente completo para más información, tendrá que hacerlo directamente desde su cuenta, director.
—Sí, entiendo —murmuró Lucas con sus pensamientos algo dispersos—. Cómo sea, envíame ese resumen lo antes posible, por favor.
—De inmediato —respondió el operador, y la llamada se cortó poco después.
Lucas se quedó de pie en el pasillo, sujetando su teléfono en la mano. Meditaba un poco sobre aquellos últimos datos que el operador le había dado, intentando determinar qué podría significar.
El DIC asignaba a los expedientes de las personas identificadas por la computadora, una clasificación identificada con una letra. Dicha letra indicaba el estatus en el que se encontraba de la investigación del individuo, o el resultado de ésta.
F era para los Descartados; personas que luego de investigarlos se determinó que una seguridad aceptable que no poseían ningún Nivel de Coeficiente Psíquico. En promedio, el 60% de los expedientes que se llegaban a investigar caían en esta clasificación, y con los años esa tendencia iba en aumento.
E era para los Sin Clasificar, que básicamente significaba que aún no se había realizado ninguna investigación correspondiente o no se había llegado a una conclusión. Todos los expedientes nuevos se colocaban inicialmente ahí, y muchos (para bien o para mal) solían quedarse así.
D significaba que se detectó que el individuo en efecto poseía un NCP, pero éste era demasiado bajo para considerarlo una amenaza. El DIC solía a estos individuos ni siquiera considerarlos Usuario Psíquico. La cantidad de individuos de este tipo era bastante más grande de la que muchos supondrían.
C era para los individuos en los que sí se había detectado un NCP con el rango mínimo para considerarlo un UP, y requerían más observación para determinar el accionar correcto. Esto solía abrir la puerta para utilizar medidas de investigación más sofisticadas y, en ocasiones, invasivas.
B era para los UP’s de NCP Alto que se habían determinado Sin Amenaza. Los miembros de la Fundación Eleven solían colocarse deliberadamente en este grupo, por ejemplo.
Y la A era para aquellos UP’S con NCP Alto confirmado y que representaban una amenaza confirmada. Cuando se encontraba uno de este tipo, se autorizaba llevar a cabo una operación para encontrarlos, y atraparlos o exterminarlos lo antes posible. Este grupo lo coronaba la famosa Charlie McGee.
Si el expediente del tal Damien Thorn estaba clasificado como F, quería decir que en algún momento se investigó y se llegó a la conclusión de que no poseía ningún grado de NCP, y se había descartado. Eso era algo que Lucas no se esperaba; esperaba al menos que fuera una E, y siendo muy optimista quizás una D o C.
Por otro lado, tampoco era la primera vez que oía que un individuo era identificado por Halcón debido a una “muerte sospechosa.” Muchos de los UP’s que habían llegado a identificar, lo hacían gracias a una de esas. Sin embargo, la mayoría solían ser sólo tragedias extrañas o inusuales, pero nada más.
¿Podría ser que no fuera el individuo que buscaba? Tendría que echarle un ojo al expediente completo como le habían sugerido. Pero había algo que aún podía revisar, antes de descartarlo por completo.
Escuchó la notificación de su teléfono con un nuevo mensaje, y se apresuró a desbloquearlo y abrirlo. Era el resumen del expediente, justo como esperaba. Y la foto del sujeto venía adjunta en él.
Volvió al cuarto de inmediato. Terry saltó nerviosa, pues no se había molestado en tocar antes de entrar, pero pareció calmarse al ver que era él.
—Terry, ¿es éste el chico? —le preguntó sin muchos rodeos, acercándole el teléfono con la fotografía del expediente abierta.
Los ojos de la muchacha se llenaron de asombro, y terror, en cuanto se posaron en la pantalla del dispositivo, y vio claramente el rostro en él, que la miraba y le sonreía de regreso.
—Oh, por Dios… —musitó incrédula, apenas audible—. Sí, es él. ¿Cómo lo encontraste?
Lucas tomó de regreso el celular, y volvió a mirar la imagen. La descripción era justo como la que ella le había dado: un chico joven y apuesto, de cabellos negros y ojos azules.
Damien Thorn… No tenía idea de quién había tomado la decisión de clasificarlo como F, pero estaba ansioso por averiguarlo.
—Escucha —susurró despacio, sentándose de nuevo a lado de Terry—, no le digas a tu padre lo que me dijiste, ¿de acuerdo? Él y yo tenemos opiniones diferentes sobre cómo tratar esto. Pero yo te prometo que encontraré a este sujeto lo antes posible, y me encargaré de que pague por lo que hizo a tu madre. ¿De acuerdo?
Terry lo miró callada, y sólo asintió despacio.
—Una cosa más —pronunció Lucas, y comenzó a buscar otra fotografía más en su teléfono, y se lo extendió de nuevo a la jovencita para que la viera—. ¿Viste a esta mujer en el hospital en estos días?
Terry miró la nueva imagen, de una mujer con lentes oscuros y chaqueta de cuero.
—Sí —respondió, aunque un poco indecisa—. El tío Will me dijo que era una vieja amiga de mis padres. Creo que Abra se fue con ella a Los Ángeles.
—¿Tu amiga Abra?, ¿la que te dijo cómo se llamaba ese chico? —preguntó Lucas curioso, y Terry volvió a asentir—. ¿Es de la Fundación?
—No, ella no conocía a mamá, pero mamá la estaba buscando a ella… La verdad es que yo tampoco entiendo muy bien cómo es que se involucró en todo esto. Pero conocía a ese chico, y él a ella.
Lucas guardó silencio unos momentos, reflexivo.
—¿Y Abra tiene apellido?
—Yo… —Terry alzó su mirada al techo unos momentos, intentando recordar sin éxito—. No, lo siento. Si me lo dijo, no lo recuerdo.
Lucas se preguntó cuántas Abra’s habría en sus expedientes como para solicitar una búsqueda sólo con ese dato. Quizás tendría suerte, quizás no. Pero si Terry decía que dicha chica era muy poderosa, y estaba ahora con Charlie McGee en Los Ángeles… no pudo evitar preocuparse más de lo que ya estaba.
—¿Y quién es esa mujer? —Preguntó Terry de pronto, llamando de nuevo su atención. Cuando la miró, la joven señalaba al teléfono, aún con la foto de Charlie abierta.
—Una vieja amiga, en efecto —respondió Lucas con aparente normalidad, y se guardó rápidamente el teléfono en el interior de su saco—. Debo irme, pero me mantendré atento a lo que le pase a tu madre.
Se paró de la silla y se abotonó de nuevo su saco. Se inclinó hacia Terry para darle un pequeño abrazo, y un beso en su cabeza de despedida; justo como la había saludado al llegar.
—Salúdame a tus hermanos.
—Sí. Muchas gracias, tío.
Lucas le sonrió gentilmente con sus blancos dientes y se dirigió a la puerta sin más espera.
Mientras salía al pasillo, el director del DIC comenzó a pensar rápidamente en los siguientes pasos a seguir. Primero debía revisar el expediente del tal Damien Thorn, y ver si acaso su pase a la clasificación F fue justificada o no. Pero como fuera, la declaración de Terry era suficiente para al menos autorizar una nueva investigación; una en la que él personal estaría al tanto para que no ocurriera ninguna irregularidad.
Por otro lado, el último reporte que había recibido de los operativos de campo era que habían seguido el rastro de Leena Klammer hacia Los Ángeles, lo que concordaba con todo lo que Terry le había dicho. Por lo tanto, dar la instrucción a los agentes para que tuvieran los ojos abiertos por cualquiera avistamiento de Charlie McGee, se volvía también apremiante. Sin embargo, debían de ser muy cuidadosos, ya que si Charlie le estaba pisando los talones a Damien Thorn, cualquier acto a gran escala contra ella lo pondrá en alerta a él. Así que la instrucción debería ser, al menos de momento, que los localizaran y mantuvieran bajo vigilancia hasta nuevo aviso.
Y la tercera acción que debía realizar, era quizás la más importante, aunque no lo pareciera a simplemente vista. Si estaban a punto de entrar en combate contra Charlie McGee, y alguien potencialmente peor, necesitaban tener a su disposición todos los recursos posibles. Eso significaba que el tiempo límite para el Dr. Shepherd se había vencido: necesitaban activar a Gorrión Blanco lo antes posible, o tomar alguna otra medida de emergencia en su lugar.
Pensaba perdido en todo aquello mientras avanzaba por el pasillo alejándose del cuarto de Eleven. Se paró frente al elevador para bajar, pero justo cuando estaba por presionar el botón para mandarlo a llamar, las puertas se abrieron solas. Del interior se asomó el rostro de una mujer en bata blanca, tan abstraída en sus pensamientos como lo estaba Lucas que ambos casi chocaron entre sí. Dicho choque fue prevenido cuando ambos pudieron despabilarse lo suficiente para ver con atención al otro; y reconocerse.
—Max… —murmuró Lucas despacio por simple reflejo, con su mirada aturdida. La Doctora de cabellos rojizos y rostro blanquizco, avanzó hacia un lado, sacándole la vuelta para poder salir del ascensor antes de que se cerrara. No le quitó, sin embargo, los ojos de encima durante todo ese movimiento.
—Lucas —murmuró Max despacio, también aturdida por el repentino encuentro—. ¿Qué haces aquí?
Las puertas del elevador se volvieron a cerrar, pero a Lucas no le importó pues se le había olvidado de pronto que quería bajar, al igual que todas las instrucciones que estaba comenzando a diseñar en su cabeza.
—¿Por qué todos me preguntan eso? —Murmuró intentando parecer molesto por el cuestionamiento, e intentar con eso disimular su reacción inicial—. ¿Es un crimen ahora venir al hospital a ver a una amiga enferma? A mí lo que me sorprende es ver que tú sigues aquí. Te imaginaba como doctora en el Johns Hopkins o algo así.
Escuchar a su viejo amigo (y exnovio) hablar, pareció ser suficiente para disipar de la cabeza de la Dra. Mayfield la bruma que su aparición le había causado. Su postura se volvió más segura, y su semblante más serio; incluso algo agresivo, le pareció a Lucas.
—Alguien tenía que quedarse a hacer guardia —respondió Max de modo cortante.
—Creí que Eleven y Mike hacían justo eso.
—¿Y quién crees que cuida de ellos cuando no lo hacen ellos mismos?
—Esa no era tu responsabilidad; tuya ni de nadie —señaló Lucas, ahora siendo él quien tomaba la postura defensiva—. Debiste haber salido de este pueblo en cuanto tuviste la oportunidad.
—¿Así como tú? —Soltó Max con sagacidad. Luego suspiró con molestia—. No tengo tiempo para esto. Debo volver al trabajo…
La doctora hizo el ademán de querer darse la vuelta y retirarse. Lucas tuvo por un momento el reflejo de tomarla del brazo para detenerla, pero se detuvo de inmediato antes de siquiera alzar su mano. Odiaba cómo estar en esa ciudad solía hacerlo actuar de formas de las que no se sentía orgulloso; especialmente en presencia de Maxine Mayfield.
—Sí, lo siento —pronunció apresurado, notándosele un tanto avergonzado—. Sólo dime una cosa. El… ¿ella cómo está?
—Mal —respondió Max, volviéndose de nuevo hacia él un momento—. Francamente, no sé si vaya a poder despertar. Ahora estamos más cerca de requerir un milagro que algún tratamiento.
—Si alguien es capaz de hacer milagros, es ella —comentó Lucas con optimismo, pero Max claramente no compartía el sentimiento.
—Pues me temo que esto sí podría al fin estar por encima de las capacidades de Jane Wheeler —declaró con pesadez en su voz, y agachó entonces su cabeza y ocultó ligeramente su rostro con una mano.
Se le veía cansada, y en efecto lo estaba, aunque más emocional que físicamente. Se había tenido que obligar a sí misma a no reflejar abiertamente sus verdaderos sentimientos por toda esa situación, como los lineamientos de su profesión le exigían. Pero aquello no era tan fácil como siempre. La persona que estaba en esa camilla desde hace días sin reaccionar, no era una completa desconocida: era su amiga, su mejor amiga en el mundo; quizás la única de verdad que había tenido. Y a diferencia de Mike y su familia, ella no podía permitirse llorar o dejarse reconfortar.
¿Y ahora consideró que el mejor momento para dejarlo salir era justo ese?, ¿enfrene de esa persona de todas las que podrían haber elegido…?
—Oye, tranquila —masculló Lucas, dudoso, y se permitió colocar una mano sobre el hombro de su amiga. Ella no se lo impidió, pero Lucas supuso que si intentaba algo más (como darle un abrazo) ella no lo recibiría de buena forma—. Pase lo que pase, todo saldrá bien; yo lo sé. Eleven es fuerte, y su familia igual. Y de paso, todos nosotros también tenemos un poco de su fuerza en nosotros; en especial tú. Aunque lo peor pase, saldremos adelante.
Max respiró lentamente y talló discreta sus ojos con la palma de su mano.
—Gracias —pronunció despacio, en apariencia no muy contenta de tener que decirlo.
Por supuesto, sus conceptos de “salir adelante” en ese caso, eran un poco diferentes. Lucas no podía hablar por la salud de Eleven, pero sí se encargaría del asunto de su atacante a como diera lugar.
Lucas retiró entonces su mano de su hombro y dio un paso hacia atrás.
—Gusto en verte, Mad Max —murmuró con un tono casi burlón, que irremediablemente le provocó una pequeña sonrisa a la doctora. Hacía años que nadie la llamaba así.
—¿Ya te vas? —le preguntó curiosa, mientras él presionaba el botón del ascensor y las puertas se abrían.
—Aunque no lo creas, yo también tengo que hacer mi guardia —indicó Lucas con seriedad, y dio entonces un paso hacia el interior del elevador—. Pero desde un lugar más elevado.
Max contempló en silencio como las puertas automáticas volvían a cerrarse, ocultando la imagen de su viejo amigo justo detrás de ellas.
FIN DEL CAPÍTULO 83
Notas del Autor:
—Lucy es un personaje original de mi creación, sin ninguna relación con algún otro de los personajes, o las películas y series involucradas en esta historia. Ya se le había hecho mención en otros capítulos anteriores, como una de las rastreadoras de la Fundación que ayudaba con información a Matilda y los otros. No se debe confundir con la enfermera Lucy del hospital de Portland en el que estaba Lily, o con Lucy Stone la madre de Abra. Las tres son personajes distintos.
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 61. Ven conmigo
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 61. Ven conmigo
Terry guio a Abra de regreso a la camilla de su madre, escabulléndose discretamente y cuidando que nadie conocido las viera. Terry fue la primera en asomarse al otro lado de la cortina, y para su fortuna no había nadie además de su madre. Su padre no quería que nadie más se acercara a ella luego de lo ocurrido, y tenía motivos válidos para quererlo. Terry solía siempre acatar sin excepción las instrucciones de sus padres, pero en esa única ocasión se vería forzada a saltar su autoridad. Era algo más que necesario, quizás la única oportunidad que podrían tener de recuperar a su madre, y no podía dejarla pasar. Así tuviera no sólo que desobedecer, sino también arriesgar su propia seguridad. Si había algo que lamentaba era tener además que arriesgar la de Abra, esta chica que apenas acababa de conocer pero que desde el primer instante le había dejado tan buena impresión. Entendió de inmediato porque su madre la estaba buscando; se notaba de inmediato que era una resplandeciente única.
—Bien, papá y el tío Will no están —señaló con optimismo, e hizo que ambas pasaran. Justo después cerró la cortina detrás de ellas para que nadie más las viera—. Hagámoslo. ¿Qué debo hacer?
Abra miró pensativa a la Sra. Wheeler; no preocupada o asustada, sólo pensativa. Estaba justo igual a cómo estaba cuando llegaron, como si ese exabrupto que había ocurrido unos minutos antes no hubiera ocurrido nunca. Su tío Dan le había dicho que debía aceptar la posibilidad de que quizás no quedara nada más de ella ahí. Abra se había rehusado a aceptar tal posibilidad, pero eso era antes de conocer quién había estado detrás del ataque en un inicio. Ahora que lo sabía, ¿qué pensaba de esa posibilidad? ¿Podría realmente ya no haber nada que se pudiera salvar?
Como fuera, no deseaba implantarle esa idea a Terry, no todavía. Quizás ella misma terminara dándose cuenta si hacía ese único intento que tanto deseaba. Eso, o quizás ambas terminarían siendo compañeras de camilla de la Sra. Wheeler.
«Dios, protégenos», se sorprendió a sí misma pensado. Nunca se había considerado una persona muy religiosa, pese a todas las cosas que había visto y vivido. Pero ciertamente la idea de tener un poco de ayuda superior en este caso en particular, le resultaba muy atractiva.
—Primero, toma su mano —le indicó a Terry, señalando la misma mano que su padre había estado tomando durante todos esos días. Terry se apresuró para sentarse en la silla de su padre, y así poder estrechar la mano derecha de Eleven. Abra la siguió, aunque más cautelosa—. El contacto es importante. Yo colocaré mi mano sobre tu hombro, como lo hizo mi tío. ¿De acuerdo? —Terry asintió, y entonces Abra hizo justo lo que había anunciado.
»Ahora, intentaremos entrar en su mente. El interior de cada una es diferente; créeme, he estado en varias. Imagínate lo que podría ser en el caso de tu madre el lugar en el que se sentiría segura, o en el que iría a refugiarse si tuviera algún problema. E intenta llevarnos hasta ahí.
“Y ten cuidado.” Añadió como advertencia final en forma de un pequeño mensaje mental.
Terry asintió.
“Tú también…”
La joven castaña estrechó un poco más fuerte la mano de su madre, y entonces intentó concentrarse en ese sitio seguro que Abra le había comentado. ¿Cuál podría ser?, ¿cuál sería el sitio seguro de su madre?
¿Su casa, quizás? Más específicamente su estudio; pasaba bastante tiempo ahí. Esa fue la primera opción que se le vino a la mente, pero tuvo que descartarlo casi de inmediato. Ahí era donde la habían atacado y le habían hecho todo este daño. Era probable que no le gustaría estar ahí en esos momentos.
¿Qué otro lugar había? Pensó intensamente queriendo recordar alguno. Tardó casi un minuto entero, pero entonces una idea le iluminó la cabeza.
“Lo tengo, hay un lugar.” Pensó triunfante, y Abra pudo oírla con bastante claridad.
Terry se inclinó hacia el frente, contemplando el rostro dormido de su madre por unos segundos, y luego cerró los ojos lentamente, comenzando a imaginarse aquel sitio en el que estaba pensando. Había estado ahí sólo unas pocas ocasiones, pero lo recordaba bien. Intentó acordarse de su aspecto, de su olor, y la de sensación que la envolvía al estar ahí. Intentó realmente estar en ese sitio, pero no sola sino con su madre; con la gran Eleven…
“Mama… ¿me escuchas…? Mamá… Voy por ti… Por favor, ábreme la puerta… Déjame entrar, mamá…”
Los sonidos que la rodeaban fueron desapareciendo poco a poco, hasta convertirse en un silencio tan absoluto que casi le lastimaba los oídos. Sus ojos se apretaron con más fuerza, sintió como su mente se doblaba y desprendía de su cuerpo, y entonces sus ojos se abrieron de nuevo abruptamente.
— — — —
Lo había logrado, había entrado.
Sin embargo, el sitio en el que se encontraba no era el que estaba buscando.
Terry miró confundida a su alrededor. Aquel lugar era una habitación cuadrada y pequeña, de paredes blancas y un gran espejo (seguramente de doble cara) justo delante de ella, en dónde podía ver el reflejo del cuarto, más no el suyo. En el centro, justo delante de ella, había una mesa con una silla. Justo encima de la mesa, había una lata de Coca-Cola, machucada como si alguien la hubiera aplastado con su mano. A su izquierda había una puerta cerrada, y parecía ser la única salida de aquel sitio.
—¿Qué lugar es éste? —Escuchó que la voz de Abra le preguntaba a sus espaldas. Ella también había ido con ella, justo como lo esperaba; al menos eso había salido bien. Fue consciente en ese momento de que aún sentía su mano en el hombro, pero Abra la retiró en ese momento y comenzó a caminar alrededor, revisando las paredes y el suelo. Ella tampoco se reflejaba en el espejo de enfrente.
—No lo sé… —Respondió Terry con duda—. No es el lugar en el que estaba pensando. No sé cómo llegamos aquí.
—Al menos no es el espacio negro. Eso es un progreso.
Terry se aproximó a la mesa y se inclinó a ver la lata aplastada. ¿Todo eso se encontraba en la mente de su madre? Si era así, ¿qué significaba esa lata exactamente? Notó entonces algo más en la superficie lisa de la mesa: una pequeña mancha roca ovalada. Terry se acercó más a ésta, y notó que era una huella… de sangre, quizás de un dedo.
—¿Es algún tipo de sala de interrogación? —Preguntó Abra curiosa. Estaba delante del espejo, tocándolo con sus dedos.
—Es un laboratorio —susurró Terry despacio, incorporándose de nuevo—. Aquí fue donde mi madre creció.
—¿Creció? —Repitió Abra, virándose de nuevo hacia ella—. ¿A qué te refieres?
Terry no respondió. Sólo sabía las historias que su madre y su padre le habían contado cuando ya tuvo la edad suficiente para saberlas (que no había sido de hecho demasiado atrás). Pero tuvo el presentimiento de que en efecto ese era el sitio al que se referían esas historias; el antiguo Laboratorio Nacional de la Compañía de Luz y Energía, abandonado a las afueras. Los chicos locales solían retarse a entrar, y se decía que estaba maldito; pocos sabían que tan real era eso último, de cierta forma.
Sin decir nada, Terry comenzó a caminar hacia la puerta.
—Espera, debemos movernos con cuidado —indicó Abra, pero Terry continuó.
—Mamá no está aquí —señaló teniendo ya su mano en el pomo de la puerta—. Debe de haber otro lugar al que podamos…
Sus palabras fueron interrumpidas en el momento justo en el que abrió aquella puerta, y la mirada de ambas se encontró con el pasillo del otro lado. Las paredes, el suelo y el techo eran tan blancos como en esa habitación. O al menos daban la impresión de en alguna ocasión haberlo sido, pues todo estaba cubierto con unas extrañas enredaderas negras, que más que plantas tenían apariencia de ser carne viviente, y que roían las paredes como ácido. Todo estaba iluminado por una extraña luz azulada, y el aire estaba cubierto con una neblina ligera, y particular blanquizcas que flotaban como motas de polvo movidas por el viento. El silencio que brotaba de aquel espacio por sí sólo era igualmente atemorizante, casi tanto como lo que podían ver.
Ambas se quedaron de pie en la puerta, contemplando aquello en silencio.
—¿Qué es esto? —Susurró Abra un tanto pasmada. Inconscientemente dio un paso al frente, pero ahora fue Terry quien la detuvo, tomándola la tomó con cuidado de su brazo.
—Esto es el interior de la mente de mi madre, ¿cierto? —Murmuró Terry con preocupación, mirando a lo lejos el pasillo que parecía no tener fin.
—Yo supongo que sí —respondió Abra un poco más calmada que ella—. No es como que un sitio así pudiera existir en el mundo real.
Abra rio un poco intentando aligerar un poco el ambiente… pero Terry no rio en lo absoluto, y sus dedos se apretaron un poco más al brazo de Abra, antes de aparentemente comenzar a relajarse poco a poco hasta soltarla por completo.
—Tienes razón, debemos avanzar con cuidado —masculló despacio la menor de los Wheeler, comenzando entonces ella misma a avanzar por aquel oscuro espacio, vigilando por donde pisaba.
Abra la siguió en silencio, un poco inquieta por cómo su actual guía estaba reaccionando. En cuanto salió por completo de aquel cuarto, la puerta se cerró con fuerza detrás de ella, haciéndola saltar un poco. Se volteó a verla, sintiéndose tentada a intentar abrirla, pero supuso que sería inútil. Esa no sería su salida.
Avanzaron cuidadosas por el pasillo sin hablar entre ellas. Abra sentía un poco de aquel frío que la había prácticamente paralizado la vez pasada, pero ya no era tan intenso. ¿Sería acaso que en ese lugar estaban lejos de la fuente de aquella incomodidad?, ¿o quizás hora que ya sabía qué (o quién) lo causaba había perdido cierto poder en ella? No lo sabía, pero pedía en silencio que no volviera a ponerse como antes y terminara causando más mal que bien en ese sitio.
Pasaron varios minutos caminando, o quizás sólo un par de segundos, sin ver algún cambio. Todo aquello no era más que un largo pasillo oscuro, cubierto de esas enredaderas y esa neblina. Respirar se volvía un poco difícil, pero aún posible de momento. El pasillo se sentía realmente largo y no parecía verse el fin a lo lejos. Quizás estaban andando en la dirección incorrecta, o quizás no existía como tal una dirección correcta.
Y de repente, algo cambió. Entre todo el silencio que las envolvía, se escuchó un golpe pesado, como algo cayendo fuertemente al piso y haciendo que éste se estremeciera. Ambas se detuvieron y se miraron la una a la otra. Y antes de que pudieran preguntarse qué había sido aquello, al golpe le siguió un fuerte rugido que resonaba a lo lejos, pero que aun así las hizo estremecerse. Se voltearon lentamente en la dirección en la que venían, notando como una gran masa oscura al fondo comenzaba a abrirse paso, y a volverse cada vez más grande y más cercana. Oyeron más de esos golpes, que ambas identificaron casi de inmediato… como pasos.
No ocuparon más antes de comenzar a salir corriendo con rapidez hacia el frente, sólo cuidando de no tropezar con las condenadas vainas en el suelo. Ambas corrieron, Terry unos cuantos pasos más delante, pues Abra de alguna forma esperaba que ella supiera a donde dirigirse. Abra miró hacia atrás por encima de su hombro, y notó como entre aquella oscuridad una figura casi humanoide se abría paso, y era justo esa cosa la que provocaba aquellos pasos, y ahora rugidos mucho más claros. Abra no supo ver qué era, pero era bastante grande, y parecía estarlas alcanzando.
La joven Stone se detuvo y en lugar de seguir corriendo intentó abrir la puerta que tenía a su derecha, pero ésta no cedió por lo que siguió con la que estaba enfrente.
—¡¿Qué haces?! —Le gritó Terry, unos pasos más adelante al notar que ya no la seguía.
—Si seguimos corriendo no llegaremos a ningún lado —se explicó Abra mientras continuaba forcejeando con la puerta, sin ningún resultado. La criatura oscura seguía aproximándose—. Una de estas puertas tiene que llevarnos a algún lugar.
Terry comprendía lo que decía, pero su atención estaba más puesta en la criatura que se aproximaba con tanta velocidad y directo hacia ellas. Y mientras más cerca se veía, más se materializaba ante ella la descripción que tenía en su cabeza de aquel monstruo… Un ser pálido y enorme, de dos pies, como un enorme hombre, pero en lugar de cabeza lo que tenía era una gran boca abierta, como una grotesca flor de carne y colmillos. Era esa cosa, era real… o, ¿no lo era?
—Esto no es real, ¿cierto? —Susurró Terry despacio, casi como una súplica.
—¡Tan real como quieres que sea! —Le gritó Abra un tanto desesperada, mientras estaba intentando ya con su cuarta puerta, sintiéndose más nerviosa cada vez que veía a aquella cosa acercándose—. ¡Terry!, ¡ayúdame! —Terry se quedó quieta en su sitio sin quitar sus ojos de la criatura que ya estaba bastante cerca—. ¡Terry!
Abra se le acercó, tomándola fuertemente de sus hombros y jalándola hacia la quinta de las puertas. Luego, al joven de New Hampshire comenzó en su desesperación a patear la puerta, en un intento de derribarla. Sólo entonces Terry pareció reaccionar.
—¡Espera! —Le dijo la joven de Indiana apresurada, y ella misma intentó abrirla. Para sorpresa de Abra (aunque no tanta), la puerta sí se abrió en cuanto ella lo intentó. Ninguna se quedó el suficiente tiempo a pensar demasiado en ello, pues de inmediato la atravesaron y cerraron con fuerza detrás de sí.
En cuanto estuvieron en aquel nuevo espacio y la puerta estuvo cerrada, los golpes y los rugidos cesaron abruptamente, volviendo al silencio, aunque éste era un poco más tranquilizador.
—¿Qué era esa cosa? —cuestionó Abra por mero reflejo, sin realmente esperar una respuesta. Sin embargo, sí la obtuvo.
—El Demogorgon —susurró Terry, pensativa.
—¿El qué?
—Una vieja historia de terror. ¿Crees que pueda hacernos daño?
—Yo no me arriesgaría para averiguarlo…
Ambas se viraron hacia la habitación en la que se habían introducido, y se sorprendieron al ver que el escenario había cambiado bastante en comparación con el anterior. Y no fue sólo que ya no había de esas enredaderas oscuras, ni estaban siendo sofocadas por aquella neblina. Sino que ya no parecía una habitación que perteneciera al mismo laboratorio en el que se encontraban hace unos momentos. Aquello parecía más bien ser un rincón de una casa, como una sala de estar, o más bien un sótano o ático aclimatado para tal propósito. Había una mesa cuadrada casi enfrente de la puerta por la que habían entrado, con algunas cajas de juegos y libros sobre ésta. Más adelante había un sillón, con una mesa de centro al frente, y una lámpara a un costado. Y casi en la esquina contraria de donde se encontraban, podía notarse una escalera que iba hacia arriba, por lo que parecía en efecto tratarse del sótano de una casa.
Terry fue la primera en avanzar, cautelosa, inspeccionando cada objeto y mueble, cada dibujo y poster de la pared, como si fuera la visitante de la exhibición de algún museo.
—Creo que es el viejo sótano de mis abuelos —susurró despacio—. Pero se ve un poco diferente…
—¿Éste es el sitio seguro en el que estabas pensando?
—No, tampoco es éste. Aunque creo que cuando eran jóvenes mis padres y sus amigos pasaban mucho tiempo aquí…
Ambas escucharon un ruido repentino que las puso en alerta, pero casi de inmediato repararon en que no se trataba de ningún otro rugido, sino de un sonido similar a interferencia. Terry se viró hacia un lado y notó que no muy lejos de la mesa, pegada contra la pared, había lo que le parecía una extraña tienda de acampar improvisada con sábanas, edredones y algunos cojines. Parecía similar a los fuertes de almohadas que ella misma recordaba haber hecho de niña. El sonido venía justo de ahí dentro, entre los tendidos en el suelo.
Terry se aproximó para ver mejor, y notó que sobre los edredones reposaba un aparato que no reconoció al inicio. Parecía un viejo teléfono cuadrado, pero más grande y con una larga antena. El sonido provenía de él.
—Creo que es un viejo radio de dos bandas —murmuró Abra de pronto, inclinándose un poco a su lado para ver mejor.
—¿Un qué? —Cuestionó Terry un tanto confundida, virándose a verla.
—Un radio, walkie-talkies, como los que usan los policías. Momo… es decir, mi abuela, usó unos cuando yo era más pequeña para explicarme cómo funcionaba la comunicación a distancia, aunque no eran tan viejos. ¿Era de tu madre, quizás?
—No lo sé… Quizás de mi padre. A mi hermano y a él siempre les han gustado este tipo de cosas.
Aproximó su mano al radio, con tanta cautela como si temiera que le quemara. No lo hizo. Lo tomó, lo aproximó a su rostro y lo examinó.
Terry…
Aquella voz surgió débilmente de la radio en la mano de la joven castaña entre toda la interferencia que se escuchaba, tomando por sorpresa a cada una.
—¡Mamá! —Exclamó Terry con fuerza, acercando más la radio a su boca—. ¿Mamá? ¿Eres tú? ¿Me escuchas?
Abra por un momento quiso decirle que tenía que presionar el botón lateral para hablar, pero pensó que dado el lugar y situación en la que se encontraban, quizás eso no importara. Del otro lado no hubo ningún tipo de respuesta por unos instantes, hasta que volvieron a escuchar de nuevo y de la misma forma que antes:
Terry… No… no…
Y luego silencio, completo silencio; incluso la interferencia había desaparecido, como si la radio se hubiera quedado abruptamente sin baterías.
—¡Mamá! —Exclamó con más fuerza la joven Wheeler, llena de desesperación—. Era ella, ¿cierto? Era ella —se giró entonces hacia Abra en busca de su confirmación pero ésta en realidad no tenía como responder pues en verdad no tenía idea.
Los rugidos de la criatura que las perseguía se oyeron justo del otro lado de la puerta por la que habían entrado, provocando que ambas se giraran al mismo tiempo hacia ella. La puerta entonces comenzó a agitarse, amenazando con ser derribada en cualquier momento. Las había encontrado; ya fuera porque los gritos de Terry lo alertaron, o quizás porque simplemente era algo inevitable.
—Tenemos que salir de aquí, ¡vamos! —Señaló Abra fervientemente, y rápidamente tomó a Terry de su mano y la jaló hacia las escaleras. Las dos jovencitas subieron apresuradamente cada peldaño, mientras oían de fondo como su puerta de entrada era golpeada, y posteriormente se desprendía de la pared y era derribada al suelo. Un segundo después, para su suerte, ambas estaban atravesando a salvo la puerta al final de las escaleras.
En el mundo real, seguramente esa puerta las hubiera llevado a la casa de los abuelos de Terry. En su lugar, en cuando ambas pusieron un pie al otro lado del marco, fue como pisar la nada, y sus cuerpos cayeron al frente como si hubieran dado un paso en falso en la cornisa de un edificio. Por suerte no era un edificio tan alto, pues menos de un metro después ambas cayeron sordamente a tierra firme.
El suelo era en efecto tierra, húmeda y fría con algunos rastros de nieve en ella. Abra sintió como se golpeaba el mentón y se raspaba un poco las manos al interponerlas en la caída. Sus rodillas igualmente pasaban por un destino similar. Se dijo a sí misma que aquello no era dolor real y que tenía que reponerse lo antes posible. Se giró sobre sí y se sentó en el suelo, esperando ver alguna puerta flotando en el aire que pudiera cerrar, pero no vio nada. Lo único que miró fue un largo y oscuro bosque, alumbrado apenas por la luz de las estrellas y la luna. Igualmente había algo de nieve hasta donde lograba ver, pero extrañamente no sentía frío; no más del que sentía cuando empezaron su pequeño recorrido por ese País de las Maravillas.
—Párate, vamos —le indicó apresuradamente a Terry, tomándola para ayudarla a pararse. Notó entonces que la joven castaña miraba fijamente al frente con sus ojos bien abiertos. Abra se viró en dicha dirección, esperando verse con la misma criatura que las perseguía, o quizás algo peor. En su lugar, notó más adelante una vieja y pequeña estructura de madera, alumbrada con algunas luces exteriores—. ¿Ahora a dónde caímos?
Terry dio unos pasos al frente sin quitar sus ojos de la casa de madera.
—Es aquí —musitó de pronto, y entonces comenzó a andar un poco más deprisa—. Es la cabaña del abuelo Hopper; es el sitio seguro en el que pensé. ¡Es aquí!
Y entones aceleró el paso.
—Terry, espera —masculló Abra, pero la joven se había adelantado bastante—. Maldición…
Abra se talló un poco sus rodillas para limpiarlas de lodo y comenzó a seguirla, cojeando un poco.
¿El lugar seguro de la Sra. Wheeler era una vieja cabaña en el bosque?, a Abra aquello le pareció difícil de creer. Sin embargo, Terry sabía lo especial que era ese sitio para su madre. Había vivido unos años ahí con el alguacil Jim Hopper, su padre adoptivo. De hecho, aquella cabaña aún existía en el mundo real; el abuelo Hopper se la había heredado a su madre. Terry recordaba que de niña la había llevado un par de veces a esa parte del bosque y le había contado de cuando vivía ahí, y lo diferente que era todo (ella incluida) en aquel entonces. Su madre siempre mencionaba que quería repararle todos sus desperfectos que se le habían presentado con el pasar del tiempo, remodelarla un poco, y quizás retirarse ahí cuando fuera más vieja. Terry no creía que lo fuera hacer; no lo de irse a vivir a esa cabaña, sino más bien retirase. Conociendo lo ocupada que siempre estaba con su Fundación, y lo mucho que amaba su trabajo, estaba segura que lo seguiría haciendo hasta que muriera… y ese último pensamiento le causó una muy profunda e incómoda sensación de desagrado.
Terry subió apresurada las escaleras frontales y se paró firme en el pórtico delante de la puerta. Abra la alcanzó unos momentos después.
—Oye —le llamó Abra al pie de las escaleras, notándosele algo agotada. De hecho, ella misma se sorprendió de sentirse así—. Si no está aquí, debemos de comenzar a considerar nuestra huida, antes de que esa cosa nos alcance enserio…
Terry la miró unos instantes sin responderle nada. De seguro no estaba nada contenta con esa advertencia, casi amenaza. Sin embargo, su silencio indicaba que también no tenía como repudiarla o negarla.
La joven respiró hondo y acercó su mano al pomo de la puerta, girándolo y abriendo la puerta hacia adentro. El interior de la cabaña estaba iluminado con luz anaranjada. Pese a su apariencia externa descuidada, el interior de hecho se veía bastante agradable a ojos de ambas muchachas. En cuanto la puerta se abrió, ambas captaron otra vez ruido de estática, aunque era diferente a la que habían escuchado en la radio.
Ingresaron lentamente, una delante de la otra. Un poco delante de la puerta, había un sillón un poco viejo de tapiz rojo manchado. Lo que Abra primero notó fue que más adelante, en la pared contraria y delante del sillón, y debajo de una pequeña ventana y la cabeza de un venado colgada, había lo que parecía ser un viejo televisor cuadrado cuya pantalla brillaba de blanco y negro, mostrando sólo estática y emitiendo sonido blanco; aquello era el sonido que habían escuchado al entrar. Sin embargo, lo que Terry notó fue que por encima del respaldo del sillón, sobresalía una cabeza pequeña, como de un niño, con cabello apenas brotando de ella. Era una persona sentada en el sillón, que miraba fijamente hacia el televisor encendido aunque éste sólo tuviera estática.
Terry comenzó a rodear el sillón lentamente, mientras Abra se encargaba de cerrar la puerta. La joven Wheeler se aproximó con paso cauteloso hacia un costado del sillón, y luego al frente para poder ver mejor a aquella persona. Ahogó un pequeño gritito de sorpresa, y su respiración se cortó unos segundos.
—¡Mamá!, ¡¿eres tú?! —Exclamó con fuerza sin poder contenerse.
Abra se apresuró a ponerse a lado de su acompañante y también poder contemplar a la persona misteriosa. Su reacción fue menos efusiva que la de Terry, pero ciertamente le sorprendió un poco. Era una niña de once o doce años, aunque con el cabello rapado había sido un tanto difícil de determinar de lejos. Pero lo que delataba su identidad era su rostro, prácticamente una copia del rostro de Terry, sólo que unos años más joven. Aquella niña vestía lo que parecía ser una bata blanca de hospital con puntos negros, y nada más; incluso sus pies estaban descalzos y cubiertos de lodo. Miraba con sus ojos totalmente abiertos hacia el televisor sin siquiera pestañar. Y su nariz le sangraba… bastante. Sus labios y mentón estaban casi completamente rojos, e incluso la samgre había llegado a manchar la bata.
—¡Mamá!, ¡te encontramos! —Exclamó Terry con emoción y sin reparo se acercó hacia ella, poniéndose de cuclillas a su lado. La niña, sin embargo, no reaccionó en lo absoluto—. ¿Mamá? ¿Me escuchas? —Terry acercó entonces una mano hacia ella, colocándola sobre su brazo, pero la retiró casi de inmediato con un gesto de dolor—. Está fría… casi congelada…
«Fría», repitió Abra en su mente. Aquello no le sorprendió. No sabía qué significaba exactamente esa personificación de la Sra. Wheeler, pero no creía que su apariencia y estado fueran buena señal.
No hubo mucho tiempo para pensar en aquello, pues en aquel momento las luces de la casa comenzaron parpadear en un ritmo constante, casi provocado. A aquello le siguieron los mismos sonidos de pasos pesados provenientes del frente de la casa. Y claro, lo siguiente fue un rugido. Aquello sí que logró crear una reacción en la joven Jean, pues de pronto saltó del sillón, cayó al suelo y se arrastró por él hasta una esquina de la sala, haciéndose ovillo totalmente llena de terror. Terry la miró atónita sin poder reaccionar.
—Esa cosa estará aquí en cualquier momento —advirtió Abra y comenzó a mirar alrededor. La primera puerta adicional que vio fue una a lado de la cocina, que por la distribución muy posiblemente llevaba a un cuarto, pero esperaba que funcionara igual que la puerta del sótano y las llevara a algún otro lado—. Tráela y salgamos de aquí, rápido.
Abra se lanzó hacia la puerta, mientras Terry se aproximaba a la versión joven de su madre para intentar obligarla a pararse, aunque la sintiera tan fría que casi la quemara. Los pasos de la criatura ya se oían en los escalones. Abra se apresuró a la puerta, la abrió de par y par, y se dispuso a dar un paso al frente… pero se detuvo.
Alguien le estorbaba el paso, alguien parado a menos de un metro de la puerta, con sus manos en los bolsillos de su pantalón negro de vestir, y la miró fijamente con sus profundos y penetrantes ojos azules. Esos ojos… Abra no tuvo que ver el resto de su rostro; esos ojos fueron suficientes para congelarla en su sitio. Una sonrisa astuta se dibujó en los labios de aquel individuo mientras la miraba, y aquello terminó por desarmarla.
—Hola, Abra —le saludó el apuesto muchacho, con el mismo tono de voz algo seductor, pero a la vez amenazante, que ella bien recordaba—. Vaya sorpresa…
Abra sólo pudo reaccionar hasta que la aterradora figura de Damien Thorn dio un paso hacia al frente, penetrando de esa forma en el espacio de la cabaña. Sin embargo, dicha reacción por parte de la muchacha fue retroceder torpemente en un intento de alejarse de él, hasta tropezar con un sillón reclinable justo detrás de ella, haciéndola perder el equilibrio y caer sobre el tapete que cubría el suelo de la sala. Se alejó aún más por el suelo, hasta que su espalda se pegó contra el costado del sillón más grande, y hasta ahí llegó. Aquel individuo sonrió divertido, como si le produjera gracia verla ahí en el suelo casi temblando de miedo, y eso a ella la hizo rabiar intensamente.
—¡Tú! —escuchó como pronunciaba la voz de Terry con su respectiva dosis de rabia. Abra no podía verla desde su posición, pero sí escuchó sus pasos retumbar en el suelo mientras se le aproximaba al chico recién aparecido—. ¡Maldito bastardo!, ¡tú le hiciste esto a mi mamá…!
Damien apenas y la miró un instante de reojo, antes de que el mismo sillón reclinable con el que Abra se había tropezado se deslizara sólo por el suelo y chocara contra la menor de los Wheeler, haciéndola caer sobre éste. Intentó levantarse rápidamente, pero en cuanto se acomodó para sentarse y luego pararse, dos fuertes manos la sujetaron con fuerza de los brazos y la jalaron contra el sillón, obligándola a quedarse ahí. Terry miró asustada y notó que esos fuertes brazos masculinos surgían del sillón, como si fueran extensiones de éste. Más se materializaron de la misma forma, tomándola de los tobillos, sus muslos, muñecas y cuello, dejándola totalmente inmovilizada.
—Tú no te metas, ¿quieres? —Comentó Damien con tono de amenaza—. Esto es una conversación privada.
—¿Eres real? —Cuestionó Abra con su voz casi quebrándose. Damien la miró de nuevo desde arriba, y le sonrió.
—En este sitio eso es relativo, ¿no crees? —ironizó alzando sus brazos hacia el espacio que los rodeaba—. Pero si te refieres a si soy yo o algún tipo de recuerdo en la cabeza de esta mujer, es lo primero definitivamente.
—¿Cómo es posible que llegaras hasta aquí? —soltó de pronto la joven de New Hampshire, casi sin proponérselo realmente.
—Tú me llamaste, ¿lo olvidas? —Le respondió con simpleza, haciendo que la respiración de Abra se cortara un poco—. Sólo seguí las migas de pan que me dejaste…
En ese momento, los tres escucharon como la puerta principal de la cabaña era derribada abruptamente de un fuerte golpe, como si hubiera sido envestida por un toro. Los ojos de todos se giraron en esa dirección y se posaron en aquella casi indescriptible criatura, que se irguió potente en el marco. Su cabeza se abrió como una flor floreciendo, soltando un intenso rugido por esa boca inhumana.
—Santo Dios —exclamó Abra, atónita al ver a lo que Terry había llamado Demogorgon, un nombre que ciertamente le quedaba bien.
—Él no tiene nada que ver con esto, querida —señaló irónico Damien, dando un par de pasos para ponerse delante de Abra, casi como si intentara cubrirla de aquel ser pálido. El Demogorgon se aproximó velozmente hacia él, y por un momento pareció que lo embestiría. Sin embargo, justo a último momento, se detuvo delante de él, con su boca a sólo unos centímetros del rostro del muchacho, y ahí se quedó. De pie, respirando, o haciendo al menos un sonido muy similar a respiración, cerca de él. Abra miró esto desde el suelo con asombro. Damien, por su parte, sólo sonrió con normalidad. —¿Así es como me ve, señora? —Cuestionó con burla, virándose justo hacia la pequeña niña rapada que tiritaba de miedo en la esquina—. ¿O es acaso un viejo miedo?
La niña no respondió, pero en su lugar aprovechó ese momento en que la criatura se había detenido para ponerse de pie y correr con todas fuerzas hacia la puerta por la cual Damien había entrado. Ésta al parecer de un parpadeo a otro daba ahora a un largo pasillo blanco, similar al del laboratorio pero sin las lianas negras y mucho más iluminado.
—¡No!, ¡mamá! —Le gritó Terry, pero la niña no escuchó y siguió corriendo hasta atravesar la puerta. La criatura se alertó en cuanto pasó cerca de él, volteando todo su cuerpo en su dirección.
—Es toda tuya —le indicó Damien, agitando una mano en el aire con indiferencia ante aquella situación. El monstruo de seguro no necesitaba su permiso, pero de todas formas en ese momento se lanzó hacia la puerta abierta, corriendo detrás de su verdadera presa.
—¡No!, ¡mamá! —Volvió a gritar Terry, pero ahora con todas sus fuerzas mientras intentaba inútilmente de zafarse del agarre que la detenía. En cuando la criatura atravesó el umbral, la puerta se cerró abruptamente detrás de él, y ya no se escuchó sonido alguno de ninguno de los dos seres que habían pasado por ella—. ¡Mamá!
Terry comenzó a soltar fuertes sollozos; no de tristeza ni de dolor, sino de una profunda y casi dolorosa frustración. Abra sintió aquello calándole hondo. Intentó reponerse a su impresión inicial, y comenzó a alzarse lentamente, apoyándose en el sillón.
—¿Por qué haces esto? —Soltó de golpe, intentando mantener la firmeza lo mejor posible—. ¿Es a mí a quién quieres? ¡Pues aquí estoy! ¡Pero deja en paz a esta familia!
Damien se viró hacia ella con una expresión un tanto confundida, que bien podría ser algo sobreactuada.
—Y dicen que yo soy egocéntrico —respondió entonces, casi a punto de soltarse riendo—. Esto no tiene nada que ver contigo, querida. Yo no me metí con esta “familia” —señaló en ese momento con tu mano hacia la cautiva Terry—, ellos se metieron conmigo primero. Y los que lo hacen, tienen que pagar de una y otra forma.
—¿Eso me incluye a mí?
—¿Enserio crees que si hubiera querido hacerte algo por lo de aquel día no te hubiera encontrado y alcanzado en cualquier momento?
Comenzó entonces a caminar hacia ella, cortando la pequeña distancia que había entre ellos.
—¡No te acerques…! —Le advirtió Abra, señalándolo con una mano—. Te lo advierto…
Pero él no le obedeció. Y, lo que fue peor, ella tampoco hizo nada para detenerlo. Siguió avanzando hasta que ambos quedaron frente a frente, de una forma que claramente invadía de sobra su espacio personal. Y, aun así, ella no retrocedió o hizo intento de alejarlo en esos momentos. Sólo se quedó quieta en su sitio, mirándolo fijamente como si no fuera capaz de apartar su atención de sus profundos ojos azules.
—Siempre supe dónde estabas, Abra Stone de Anniston, New Hampshire —declaró con elocuencia, y escucharlo decir su nombre y su ciudad hizo que le recorriera un intenso escalofrío que casi la derribó de nuevo—. He tenido unos meses muy ocupados, y con el tiempo aprendí muchas nuevas habilidades que me hubieran permitido, con tan sólo desearlo, estar ahí contigo. ¿Quieres saber por qué nunca lo hice? —Inclinó en ese momento su cuerpo hacia el frente, acercando aún más sus rostros. Abra se hizo hacia atrás, teniendo que apoyarse en el sillón a sus espaldas para no caer—. Porque no tengo nada contra ti en realidad. De hecho, te estoy agradecido. Tú fuiste quien me abrió los ojos; fuiste mi motivación, se podría decir. Todo lo que he hecho desde entonces, ha sido gracias a ti. Es por eso que te dejé en paz, esperando a ver si acaso en algún momento tú venías sola a mí. Suponía que te había asustado lo que viste al otro lado del velo, pero que tarde o temprano sentirías tanta fascinación por ello que tú sola me buscarías para terminar lo que empezamos en ese vehículo.
—¡Por supuesto que no! —respondió Abra rápidamente, recuperando su compostura y forzándose a colocar sus manos sobre su pecho para empujarlo lejos de ella. Le hubiera gustado empujarlo miles de metros lejos, pero sólo lo hizo retroceder un par de pasos—. ¿Fascinación? ¡Lo único que siento al recordar eso es absoluto asco!
Damien rio un poco, y luego se paró derecho y se arregló un poco su atuendo. Abra notó entonces que usaba el mismo traje negro y camisa azul sin corbata del día que se conocieron. ¿Coincidencia?, ¿o así era como se había querido presentar ante ella?, ¿o… así era como ella misma lo recordaba y por eso lo veía así?
—No es cierto —señaló el chico, moviendo un dedo con un gesto de burla. Comenzó entonces a caminar, y Abra pensó que se le aproximaría de nuevo, pero en su lugar le sacó la vuelta y avanzó hacia Terry—. Pero no importa, porque en lugar de eso volviste a mí para ponerte en mi camino, igual que estos sujetos. —Caminó hasta colocarse justo detrás del sillón con brazos, apoyando sus manos en el respaldo. Abra sintió que esa posición, y la forma en la que la miraba, querían darle a entender que tenía completo control de todo eso, y que la propia Terry era su rehén—. Estoy un poco decepcionado por eso. Pero, tratándose de ti, te daré otra oportunidad de elegir el lado correcto en esto.
—¿Qué dices?
—Te diré tus opciones —continuó el muchacho de cabellos negros, mientras con una mano acariciaba, casi amenazadoramente, el respaldo del sillón reclinable—. Opción uno, regresa a tu aburrida casita en New Hampshire y no vuelvas nunca a mostrar tu linda cara delante de mí, y estaremos de nuevo en paz. Opción dos, si te quedas con estos perdedores, hormigas intentando detener la pata del elefante, te aplastaré junto con ellos. A ti, a tus padres, a tu querido tío Dan, y a quien sea…
Su voz había sido acompañada de cierto grado de ira en sus últimas palabras, que hicieron notar de inmediato que no estaba bromeando con su amenaza. Sin embargo, se calmó rápidamente, volviendo de nuevo a la misma actitud relajada y soberbia de antes.
—O la opción tres: ven conmigo.
—¿Qué? —Exclamó Abra, totalmente confundida, e incluso con una pequeña sensación en el estómago de querer reírse.
Damien prosiguió con su declaración.
—Sé lo poderosa que eres, y te quiero conmigo, de mi lado. Dentro de poco las cosas se prenderán y se pondrán divertidas. A niveles bíblicos, podría decirse; yo me encargaré de eso. Y tú puedes estar en el asiento de primera fila, conmigo. Porque, como dije, todo esto es gracias a ti…
Abra lo contempló unos momentos en un frío silencio, pero luego esa risa que había contenido anteriormente no pudo seguir guardándose y en ese momento surgió abruptamente y con fuerza. Damien pareció un tanto desconcertado, y eso a ella le encantó.
—Cielo santo —Murmuró Abra una vez que apagó las risas—. ¿Qué te crees?, ¿un villano de cómic con ese discurso tan estereotipado? Por favor…
—¿Crees que estoy bromeando? —Respondió Damien, considerablemente más serio que antes.
—Creo que eres un niño mimado y egocéntrico al que le gusta jugar al chico malo y que la gente le tema. Pero he visto a otros como tú antes, y, ¿adivina qué? —Avanzó entonces hasta ponerse a unos cuantos metros de Terry y de él, encarándolo con firmeza—. Yo no te tengo miedo… Sólo me das risa.
Sonaba muy segura de sí misma, muy sincera y con el sartén por el mango. Pero la realidad era que si estuviera en su cuerpo físico en esos momentos, posiblemente sus piernas le estarían temblando incontrolablemente. Por supuesto que le tenía miedo. Por algo había tenido tantos deseos de salir corriendo de ese lugar en cuanto se dio cuenta de que él estaba involucrado, y por eso tenía sus reservas de volver a intentar eso. Lo que había visto al otro lado del velo, como él lo había descrito, no sólo la afectó: realmente la aterró.
Sin embargo, había una fuerza mucho más fuerte en su interior que la movía y obligaba a pararse con firmeza delante de él, e incluso provocarlo de esa forma. Y esa fuerza era su ira, esa que tanto le preocupaba e incluso temía un poco, pero que en esos momentos era lo único a lo que podía sostenerse. Sentía ira ante como ese pelmazo la hacía sentir, como su sola presencia y sus palabras la hacían sucumbir, y de concebirse tan débil y miedosa. Su ira era lo único que tenía para poder defenderse de todo eso… y le gustaba hacerlo.
Damien la contempló en silencio por un rato, antes de volver a sonreír de esa forma tan presuntuosa y molesta.
—Oh, Abra —comentó con sátira—. Crees que sabes lo que realmente soy por lo que viste aquel día. Pero la verdad es que no has visto nada aún…
De pronto, extendió su mano derecha hacia el frente, colocándola por completo contra el costado de la cara de Terry, presionando sus dedos con algo de fuerza contra su piel. La jovencita en la silla soltó un pequeño alarido de dolor. Abra, por su lado, se estremeció al verlo tocándola de esa forma.
—No, espera… ¡No le hagas nada! —Le gritó como una advertencia vacía.
—Ven acá y detenme, entonces —Le respondió el chico forma burlona, mientras recorría su mano por el rostro de su aparente rehén—. ¿O tus piernas no se pueden mover de tanta… risa?
Los puños de Abra se apretaron, sus dientes se presionaron fuertemente entre ellos, y su mirada casi en llamas se clavó en aquel monstruo. Y, sin embargo, no dio ni siquiera un paso al frente. Estaba realmente congelada.
«Muévete… ¡¿qué haces?! ¡Muévete!» Se decía a sí misma con insistencia, pero nada pasaba. «Usa tus malditos poderes, ¡haz algo maldita cobarde!» Comenzó en ese momento a sentir como resbalaban lágrimas de frustración por sus mejillas, sin saber de momento si aquello quizás estaba ocurriendo de verdad en el mundo físico.
Damien volvió a sonreír, satisfecho por su reacción. Centró entonces su atención en Terry, agachándose un poco por un costado para poder susurrar cerca de su oído.
—Le prometí a tu madre que te haría una visita a ti también, ¿recuerdas? Te iba a dar de alimento a un par de perros rebeldes que tengo, como un jugoso pedazo de carne. Pero supongo que uno no se puede poner quisquilloso con las oportunidades que le da la vida.
Las manos que aprisionaban a Terry comenzaron a apretarla de golpe con más fuerza, incluyendo las que le rodeaban el cuello. La joven soltó un gemido de dolor, pero apenas fue audible pues de pronto comenzó a sentir como era asfixiada sin remedio.
—¡No! —Exclamó Abra y sólo entonces fue capaz de moverse hacia adelante, pero fue detenida por un par de manos, similares a las del sillón, que brotaron como flores del tapete y la tomaron de los tobillos, haciéndola tropezar y caer de narices al frente, casi a los pies de la rehén.
Una vez en el suelo, más manos surgieron y la sujetaron de todas sus extremidades para inmovilizarla, y no logró zafarse por más que forcejó. Sólo fue capaz de ver desde el suelo como el cuerpo de Terry se estremecía por el dolor y la falta de aire, y como él admiraba divertido la expresión de dolor y miedo en su rostro
—¡Maldito bastardo! —Le gritó Abra iracunda y desesperada—. ¡Te mataré!, ¡¿me oíste?! ¡Te encontraré y te mataré con mis propias manos!, ¡hijo de puta!
Damien sólo la miró de reojo unos momentos, con bastante poco interés en sus amenazas, y luego centró de nuevo su atención en Terry y en como la vida se escapaba poco a poco de su cuerpo.
FIN DEL CAPÍTULO 61
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 56. Se viene una batalla
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 56. Se viene una batalla
El amplio patio de la residencia Sinclair se encontraba casi lleno de personas alegres, bebiendo y comiendo entre risas y platicas. Ya estaba atardeciendo, y en aquel pequeño y hermoso suburbio de Washington D. C. se podía apreciar un bello cielo de matices anaranjados y azules, como las pinceladas de una obra de arte. Las personas reunidas eran todas adultas, hombres y mujeres, la mayoría de mínimo treinta; vecinos, amigos, y personajes importantes a los que se tenía sí o sí que invitar a esa pequeña reunión improvisada. Habían dejado a sus hijos con las niñeras, las abuelas o los hermanos mayores, para poder desprenderse unas cuantas horas de sus labores y poder asistir a una de las famosas parrilladas de Lucas Sinclair. Ésta en particular no tenía ningún tema o motivo en especial detrás. Simplemente se había dado por sí sola, entre conversaciones y sugerencias surgidas por mera casualidad.
El anfitrión de la fiesta se encontraba en esos momentos justo enfrente de la parrilla, volteando las jugosas hamburguesas preparadas por él mismo. Lucas Sinclair era un hombre afroamericano a la mitad de sus cuarentas, alto y delgado, de cabello negro muy corto y rizado. Usaba un delantal negro con unas letras blancas en el centro que narraban la clásica frase “Kiss the cook” o “Besa al cocinero.”
—Sale una más, muy jugosa y grande —pronunció con fuerza el señor Sinclair, mientras retiraba una de las hamburguesas redonda de la parrilla y la colocaba sobre dos bollos colocados sobre un plato a su lado—. ¿Quién la quiere?
—Yo te la acepto —pronunció de inmediato un hombre robusto de cabello canoso, alzando su mano y acercándose apresurado con su plato vacío.
—Hey, Teo, ya llevas tres; no creas que no te vi —pronunció con tono jocoso un hombre más atrás, señalándolo con su cerveza a la mitad. Los que estaban cerca de él rieron divertidos, y el hombre robusto se ruborizó un tanto apenado.
—Claro que no, apenas es la segunda —le susurró a su anfitrión como si intentara realmente convencerlo de ello. Lucas sólo se encogió de hombros y le pasó el plato con la hamburguesa y los bollos. Una mitad ya tenía mayonesa y la otra mostaza, y sólo quedaba que el comensal la preparara a su gusto. Éste pasó por los diferentes ingredientes colocados sobre una larga barra, colocándole lechuga, tomate, pepinillos, mucha cátsup, y queso; pasó de largo la cebolla.
Una vez que tuvo la hamburguesa preparada justo como le gustaba, Teo, o mejor dicho Teodoro Carman, senador actual por Texas, tomó la hamburguesa con una mano y le dio una profunda mordida. La degustó felizmente por un rato, incluso cerrando los ojos y soltando unos pequeños gemidos de placer. Lucas, de regreso frente a la parrilla, sólo lo miró sobre su hombro, sonriendo más que nada por lo sobre exagerado que sonaba su reacción.
—Es la tercera mejor hamburguesa que he comido, Lucas —declaró el senador Carman, una vez que terminó de tragar su primer bocado.
—La tercera mejor, vaya honor —pronunció Lucas un tanto irónico.
—Créeme que lo es. Estás hablando con alguien que posiblemente ha comido un tipo diferente de hamburguesa en cada condado de este país, de costa a costa.
—Un buen eslogan para cuando quieras postularte a la silla grande —bromeó Lucas, y alzó entonces una mano, simulando como si viera una marquesina en el cielo—. Teodoro Carman, conoce tus hamburguesas mejor que tú.
Ambos hombres rieron divertidos por la jocosa broma.
—Hablo en serio —señaló el senador por Texas—. ¿Cuál es el secreto? ¿Así preparan todas las hamburguesas en Indiana?
—Oh, nada de eso —respondió Lucas acompañado de una risa ligera—. Mi compatriota, la senadora Steel, podrá confirmarlo.
—Lo confirmo —pronunció desde la mesa central del patio la senadora por Indiana Sally Steel, una mujer de anteojos, con cabellos rojizos y lacios, alzando su vaso de refresco para hacerse notar—. Nunca había probado algo así antes.
Varios de los presentes parecieron concordar con tal afirmación, y alzaron sus bebidas en salud de su anfitrión. Todo ello no hizo más que despertar aún más la curiosidad del senador Carman.
—¿Qué les haces de diferente?, dime —le insistió casi como una súplica. Lucas, sin embargo, se prestó un poco indiferente a la petición, y en su lugar continuó con su labor volteando las carnes y retirándolas cuando consideraba que estaban ya en su punto adecuado.
—Lo siento, es secreto familiar —se adelantó a responder Norma Sinclair, una mujer de color alta y de cabello oscuro corto, con un peinado bastante a lo Michelle Obama. Acababa de salir de la casa por la puerta del patio, cargando entre sus manos un recipiente con más verdura, pasando justo a un lado de la parrilla y de los dos hombres que conversaban—. Ni a mí me lo dice —añadió con un tono juguetón, inclinándose para darle un sutil beso en su mejilla a su marido, antes de seguir su camino hacia la barra.
—Eso no es verdad —respondió Lucas con algo de molestia fingida—; de hecho me sacó el secreto desde la primera cita —añadió terminando su comentario con un rápido guiño de su ojo izquierdo.
Norma respondió a esto con un chistido, y poco después le sacó la lengua de forma juguetona. Lucas sólo se encogió de hombros y continuó con lo suyo. Sin embargo, el senador seguía de pie a su lado y era claro que no lo iba a dejar pasar. Un tanto resignado, decidió complacerlo, aunque fuera un poco.
—Lo que te puedo compartir es que son tres elementos —comenzó a explicarle—. El primero es la carne; debes comprarla en un sitio especial, el más orgánico y natural que encuentres, y que no tenga más de un día en la estantería. El segundo es la salsa con la que la marino, que esa si es totalmente secreto de estado.
—Oh, vamos —se quejó el senador con molestia al escuchar eso.
—Lo siento. Pero el tercer elemento igual te resultará útil, y sobre todo interesante. Veras…
Mientras ambos hombres conversaban, un joven en traje oscuro y camisa blanca se acercó cauteloso por detrás al hombre en la parrilla, parándose detrás de él a una distancia prudente. Había permanecido de pie a un lado de la puerta, al pendiente al igual que varios otros elementos de seguridad que rondaban la casa; nada raro considerando el tipo de invitados que tenía esa fiesta.
—Director Sinclair —pronunció el joven, sólo con la suficiente fuerza para que Lucas lo escuchara, interrumpiendo de esa forma la explicación de su tercer punto. Lucas lo miró sobre su hombro, y con un ademán de su cabeza le indicó que se acercara. El chico se aproximó a su oído derecho y le susurró algo despacio que ni siquiera el senador Carman escuchó pese a su cercanía.
Lucas se veía tranquilo mientras le hablaban; incluso se tomó el tiempo para tomar una de las hamburguesas aún crudas y colocarla en la parrilla. Cuando el chico terminó, sólo asintió y con otro ademán señaló hacia la casa, indicándole que lo aguardara adentro. El joven obedeció, apresurándose al interior. Por su lado, Lucas dejó la espátula a un lado y comenzó a desatarse su delantal; debajo de éste se asomó una camiseta polo casual, color menta.
—Querida, cuida la parrilla por mí un momento, ¿quieres? —le pidió a Norma con tono un tanto serio.
—¿Me cedes tu puesto?, vaya privilegio —indicó la mujer un tanto sorprendida, pero de inmediato se aproximó a tomar la espátula; no sin antes darle un pequeño beso en los labios a su marido, que éste respondió con gusto.
—Si me disculpan, debo tomar una llamada urgente —les indicó el anfitrión a todos los demás asistentes, al tiempo que terminaba de retirarse el delantal.
—¿Justo ahora? —pronunció Carman, casi ofendido porque lo estaba dejando con la duda, justo cuando la plática se estaba poniendo interesante.
—Así son las llamadas urgentes, llegan cuando menos te lo esperas —pronunció Lucas con tono bromista, y entonces comenzó andar hacia la casa—. Están en su casa, no tardo. Norma, vigila que el senador McNeil no se termine el vodka, ¿quieres?
Su comentario fue secundado por una serie de risas, que sirvieron de fondo mientras se retiraba.
— — — —
El joven de traje negro caminaba delante de él, como si lo guiara a pesar de que él sabía muy bien a dónde iban. El chico se tomó la libertad de abrir las puertas del estudio, dos hojas gruesas de madera que se deslizaban a los lados. El estudio de Lucas Sinclair no era nada fuera de lo ordinario; un cuarto cuadrado, con un escritorio y una computadora de pantalla plana sobe éste, un par de sillas al frente, unos estantes con libreros y trofeos de béisbol, y una larga vitrina a un lado que exponía varias figuras de colección, que inmortalizaban en poses épicas a caballeros, ogros, demonios, dragones, y otras varias criaturas similares. Tenía también algunos modelos de soldados con uniformes de diferentes guerras, y algunos modelos de cohetes.
Quien lo había escoltado hasta ahí tomó una de las sillas delante del escritorio y la colocó en el centro del cuarto; Luca se sentó en ella sin decir nada, y cruzó las piernas. Después, el mismo chico se dirigió a la pared delante de la silla, en donde se encontraba postrado un panel numérico y un lector de tarjeta. El chico sacó una tarjeta negra de su bolsillo y la pasó por el lector, el cual soltó un distintivo pitido y un led se iluminó de verde en el panel. Luego pasó a presionar seis números específicos en el panel, y un pitido más se hico presente. Dos puertecillas, aparentemente de madera pero quizás no lo eran, se abrieron justo encima de aquel panel, revelando del otro lado la presencia de un monitor amplio, así como una serie de equipos electrónicos distribuidos en dos repisas debajo de éste. Una vez que estuvo abierto, el chico sacó del interior de su saco un teléfono alargado y oscuro, más grande que un celular común, y tras presionar algunos puntos sobre la pantalla, el televisor se encendió.
La pantalla se encontraba dividida en cuatro secciones, y las cuatro eran ocupadas por una persona diferente, que miraba fijamente a la pantalla. Una cámara de alta definición colocada debajo de la pantalla se giró sola, apuntando directo a Lucas, por lo que ahora ellos también lo miraban. El chico se aproximó a él, dejó el celular sobre unos de los descansabrazos de la silla, y entonces se retiró a la salida del estudio, deslizando de nuevo las dos hojas. Una vez que las puertas se cerraban, el interior de aquel espacio se volvía a prueba de cualquier sonido, creando así una perfecta privacidad; algo más que necesario debido a la naturaleza de dicha llamada.
Lucas se acomodó en su silla, tomó el teléfono (que más bien era un tipo especial de control remoto táctil), y miró con severidad hacia la pantalla, como si pudiera ver fijamente a los cuatro que ahí se mostraban.
—Muy bien, señores —pronunció con voz firme y segura—. Que sea rápido, por favor. ¿Qué me tienen?
Quien tomó la palabra fue el hombre de color de cabello blanco y anteojos, en la esquina superior izquierda de la pantalla.
—Tenemos confirmación de que el ataque ocurrido en la madrugada de ayer en nuestra base en New Jersey, fue en efecto perpetrado por la fugitiva Charlene McGee —explicó el hombre con voz serena—. Aunque debido a la naturaleza del ataque y a los daños ocasionados era lo más probable, las imágenes de las pocas cámaras de seguridad que quedaron funcionando lo confirman.
La pantalla de aquel hombre cambió en un parpadeo a mostrar una escena grabada desde un ángulo superior, donde se veía a una mujer de cabellos rubios oscuros, corriendo por un corredor, teniendo detrás de sí un fulgor anaranjado de fuego. Por una fracción de segundo la cámara logró enfocar su cara, misma que se agrandó para que pudieran verla mejor. Lucas se inclinó hacia adelante, viendo con más detenimiento la imagen. Esa era, sin lugar a duda, Charlie McGee. Algunos años mayor que la última vez que la vio, pero era ella.
—El motivo de su infiltración, sin embargo, aún no está clara —concluyó el hombre de cabellos blancos.
—Sigue buscando el Nido —señaló Lucas con algo de enojo contenido, sentándose de nuevo derecho en su silla—. Lo ha hecho durante más de cinco años, y no se detendrá hasta lograrlo. ¿Pudieron rastrearla? ¿Alguna idea de en dónde se encuentra en estos momentos?
—Negativo —respondió el hombre de cabellos blancos—. Al parecer recibió ayuda de un UP del tipo Ilusionista que confundió a nuestros hombres y le facilitó su huida.
—Apostaría que se trata de Kali Prasad —señaló Lucas, como un pensamiento fugaz que se le hubiera escapado.
—No existe confirmación alguna de que esa persona siga con vida...
—Tampoco la tenemos de que haya muerto —le interrumpió Lucas con dureza. Su atención se enfocó entonces a la esquina inferior derecha, en donde se mostraba a un hombre de cabello rojo y barba del mismo color—. Capitán McCarthy, refuerce la seguridad del Nido lo mejor que pueda.
—Estamos preparados para cualquier tipo de ataque, señor —le respondió el hombre pelirrojo con seriedad—. Incluso si se tratase de Charlene McGee. Además, basándonos en este último ataque, podríamos concluir que la fugitiva se encuentra aún muy lejos de encontrar nuestra ubicación.
—No se confíe, capitán. El otro asunto que nos atañe puede hacer que McGee se vuelva bastante impredecible. Y todos aquí sabemos que esto de anoche no es nada; claramente se estaba conteniendo.
Los cuatro guardaron silencio, sin intención aparente de contradecirle. Los cinco reunidos en esa video llamada conocían lo realmente peligrosas y mortales que podían ser las habilidades de la susodicha Charlene McGee; algunos incluso las habían presenciado en persona. Desde los 80’s, se las había arreglado para mantenerse la mayor parte del tiempo fuera del radar de cualquier autoridad, sólo reapareciendo para hacer ataques como el de la noche anterior, o incluso peores. Habían sido ya varias décadas de estar huyendo, y no parecía haberse cansado ni un poco (o al menos eso era lo que los cinco pensaban).
Lucas se recargó por completo contra su asiento, intentando adoptar la postura más cómoda posible, pero posiblemente logrando el efecto contrario. Necesitaba aparentar serenidad, cuando la realidad era que lo que seguía le afectaba mucho más de lo que estaba dispuesto a demostrar enfrente de sus subordinados.
—Pasando a ese otro tema, ¿qué información me tienes, Cullen? —cuestionó calmado, mirando a la mujer rubia, cerca de sus cuarenta, que se encontraba en la esquina superior derecha, mirando a su cámara con la expresión dura y fría digna de un militar de larga carrera.
—La limpieza e investigación en Oregón sigue adelante —respondió la mujer de apellido Cullen—. Hasta ahora todo se ha manejado como un acto independiente, perpetrado únicamente por la asesina psicópata Leena Klammer, por motivos desconocidos hasta ahora. Hemos trabajado efectivamente con las autoridades y medios locales para mantener la información lo más controlada posible. Ningún AFP o UP ha sido involucrado o mencionado en ninguna noticia o reporte, hasta ahora.
—¿Ni siquiera el hecho de que decenas de locos y doctores en Eola alucinaron al mismo tiempo que eran atacados por muertos vivientes? —Cuestionó Lucas, un tanto hiriente en su tono, pero Cullen no se mutó ante ello.
—Se ha catalogado como un caso de histeria colectiva. El hecho de que se puede tener duda razonable sobre la salud mental de más de la mitad de los involucrados, ayuda bastante a dicha declaración.
Lucas asintió lentamente. Los dedos de su mano derecha tamborileaban inquietos sobre el descansabrazos de su silla.
—¿Algún cambio en el estado de salud de Jane Wheeler? —Cuestionó de pronto, un tanto vacilante.
—No hemos tenido información al respecto —se adelantó responder la cuarta de las personas en la pantalla, un hombre mayor de marcadas arrugas, cabello negro claramente recién teñido, y traje gris—. Lo más seguro es que siga sin cambio.
—¿Y alguna novedad sobre la identidad de su atacante?
—Negativo —respondió el mismo hombre de gris—. No tenemos identificado en nuestra base de datos a ningún UP que concuerde con las características del ataque, especialmente considerando que fue contra alguien con un NCP tan alto como el de la señora Wheeler.
—¿Cómo alguien así puede habérsenos ocultado por tanto tiempo? —cuestionó Lucas, marcadamente molesto. El hombre de traje gris vaciló un poco, pero al final sólo respondió:
—No estamos seguros…
Lucas lo miró con marcada desaprobación, y entonces se paró abruptamente de su silla, comenzando a andar por el cuarto como león enjaulado.
—No están seguros, no lo saben, no tienen información. En resumen, podemos decir que no sabemos absolutamente nada de nada. —Se giró hacia la pantalla, mirándolos con severidad—. Esta situación se no está saliendo de las manos, caballeros. Ya era suficientemente malo el tener a la bomba andante de Charlie McGee libre y haciendo de las suyas. Pero ahora tenemos a un nuevo UP, con una capacidad inaudita, causando todo este desastre bajo nuestras narices. Y lo peor de todo es que con el ataque a El, ha provocado, quizás sin querer, quizás con intención, a toda la fragante Fundación Eleven; un ejército de UP’s que no se quedará de brazos cruzados tras este agravio contra su líder. Y sin la guía de El, me temo que podrían hacer alguna locura. Y lo aún peor todavía, es que podría haber provocado también la ira de McGee. Y lo que menos podemos permitirnos es que se desate una guerra entre estos tres bandos.
Las cuatro personas en la pantalla parecían tensas ante la afirmación. De nuevo, ninguno parecía dispuesto a contradecirle. Ciertamente lo ocurrido los tenía preocupados a diferentes niveles. Desde el incidente de Chamberlain, Maine cuatro años atrás, no habían tenido que lidiar con algo de tan alta magnitud. E incluso en aquel entonces sólo tuvieron que llegar, hacer sus tareas de limpieza, controlar la información lo mejor posible, e irse. Pero ahora los puntos rojos se distribuían en diferentes zonas del país, y ni siquiera conocían aún el origen real de todo.
Todo eso, efectivamente, tenía el potencial de explotarles en la cara en cualquier momento.
—Director —intervino el hombre de color y cabello gris—. Si me permite decirlo, en el caso de la Fundación, sería recomendable que usted usara su buena relación con la familia de la señora Wheeler, para intentar interceder y cuidar que no intenten nada impertinente, y nos permitan hacer nuestro trabajo.
La expresión de Lucas se puso aún más seria ante la sugerencia. Inconscientemente se volteó hacia uno de sus libreros, como si intentara evitar sus miradas, mientras volvía a tomar asiento en su silla, aunque menos cómodo que antes.
—Mi relación con los Wheeler ya no es tan buena como cree, Albertsen. Pero veré qué puedo hacer.
—Además —intervino la mujer de apellido Cullen—, como bien ha dicho, es probable que este hecho haga que McGee haga algún movimiento, y podríamos intentar aprovecharlo.
Lucas la miró un tanto perplejo.
—¿De qué forma exactamente? —le preguntó con cautela.
—Nuestros analistas creen que la fugitiva podría presentarse en el hospital en el que se encuentra la señora Wheeler —explicó Cullen—. Sería sensato colocar elementos encubiertos para interceptarla si esto ocurriese.
Lucas de nuevo se sintió incómodo, pero siguió intentando mantener control.
—Si fuera tan tonta como para arriesgarse de esa forma, no nos hubiera eludido todos estos años, ¿o sí?
—No podemos pasar por alto la posibilidad... —Intentó exponer Cullen, pero Lucas no se lo permitió.
—No voy a exponer a Mike Wheeler, a su familia, y a todo mi pueblo natal a un tiroteo, y mucho menos a una explosión de furia de Charlie McGee. El antiguo DIC de seguro lo hubiera hecho, pero nosotros debemos ser mejores que eso. Además, El y Mike no me lo perdonarían.
Cullen suspiró pesadamente. Fue evidente que ella también luchaba por mantenerse en control, pero posiblemente lo que ella contenía era ira.
—Con todo respeto, director, pero no puede permitir que sus sentimientos personales hacia la señora Wheeler y su… Fundación, le impidan tomar decisiones. Ahora es cuando más necesitamos tener mano firme.
—Concuerdo con la capitana Cullen —añadió el hombre de traje gris—. No podemos tener más consideraciones cuando se trata de Charlene McGee. Si no la detenemos ahora, seguirá atacando nuestras bases y a nuestros operativos hasta que se harte. O ella misma comenzará esa guerra de la que acaba de hablar, con todos los muertos que ésta conlleve. Charlene McGee debe ser neutralizada de inmediato, y por todos los medios.
Lucas guardó silencio, mirando a la mujer rubia con cierta dureza.
—¿Eso es lo que piensan todos?, ¿qué me estoy dejando llevar por mis sentimientos personales? —Lanzó al aire a los cuatro, esperando que alguno dijera algo. Por unos segundos pareció que los cuatro guardarían silencio de nuevo, pero a último momento McCarthy, el hombre pelirrojo de barba, carraspeó un poco, y justo después tomó la palabra.
—Si me permiten opinar, me parece sensato y objetivo el cuidar la relación que hemos cultivado hasta ahora con la Fundación Eleven.
—Jane Wheeler podría nunca despertar de ese coma —soltó Cullen, beligerante—. Y no sabemos si quien la sustituya esté tan dispuesto a negociar con nosotros como ella.
—Cullen —masculló Lucas, ahora sí con una molestia casi nada disimulada. La mujer se sobresaltó un poco, se aclaró la garganta y se hizo hacia atrás en su silla.
—Me disculpo —susurró despacio—. Mi comentario fue inapropiado.
A pesar de todo, esa mujer era una antigua amiga cercana de Lucas Sinclair. Fuera o no su superior, era un tanto grosero hacer ese tipo comentarios en su presencia, al menos con esa connotación. Aun así, no se arrepentía como tal de la idea que quiso transmitir, pero eso lo dejaría para otro momento.
—De la Fundación Eleven me encargo yo, ¿está claro? —Declaró Lucas fervientemente, sin dejar lugar a más discusiones—. Sobre McGee, todos estamos de acuerdo en que es una amenaza y debe ser neutralizada. Y ya estamos tomando cartas en ese asunto. McCarthy, ¿algún avance con Gorrión Blanco?
—El Dr. Shepherd ya contactó con la química externa seleccionada para las siguientes pruebas del Lote 10 —respondió McCarthy rápidamente—. Es algo joven, pero tiene muy buenas referencias. Y ya ha trabajado anteriormente en proyectos de alta seguridad, lo que además ayuda a acelerar el papeleo. Russel considera que hay buenas posibilidades de tener algún resultado en unos días más.
—Recuérdele al Dr. Shepherd que ésta es su última oportunidad. Necesitamos tener a ese elemento funcionando lo más pronto posible. Recuérdele además que si no logra resultados en el plazo fijado, tendremos que aprovechar el recurso de otras formas.
—Sí, señor —respondió McCarthy, asintiendo.
—Se viene una batalla, caballeros —marcó Lucas con firmeza en su voz—. Ahora McGee no es nuestra única enemiga. Este otro UP, quien quiera que sea, es una amenaza latente sobre nuestras cabezas, y las de todos los ciudadanos de este país. No descansaremos hasta que ambos dejen de ser un peligro; ya sea neutralizándolos, o encerrándolos en una celda del Nido. ¿Alguna duda?
—¿Qué pasará con el asunto de Lily Sullivan, Leena Klammer y Samara Morgan? —Inquirió Cullen.
—Desempeñe las actividades de limpieza como mejor le plazca, capitana. E intenten dar con su paradero; si las encontramos a ellas, daremos con el autor de todo esto. Manténganme informado.
Terminadas las formalidades finales, Lucas tomó su control táctil y con dos toques de su dedo las cuatro pantallas desaparecieron, dejando en su lugar sólo un fondo azul con relieve similar a fondo marino, y en el centro las letras DIC. Y, debajo de éstas, se mostraba las palabras: Departamento de Inteligencia Científica; un nombre que acarreaba consigo una muy mala fama en las últimas décadas. Aunque, al final no importaba mucho, pues algunos preferían llamarlos jocosamente División de Fenómenos Psíquicos. O, más despectivamente, la “Nueva Tienda”, por cómo se le conocía a su organización predecesora en los 80’s, y la cual cultivó toda esa indeseada notoriedad con la que habían tenido que lidiar. Había tenido por eso que ir tomando un papel casi en las sombras, hasta ser considerada por muchos como una pequeña división de la CIA que sólo servía para chupar dinero de los contribuyentes, y que muchos pensaban que incluso ya ni siquiera existía. Pero ese nuevo DIC reformado, era mucho más grande lo que la mayoría creía, y sus tareas estaban tomando una importancia mayor. Y lo serían aún más si explotaba todo ello como bien habían predicho.
Lucas se quedó sentado en su silla, un tanto pensativo. Pensaba en Eleven y en sus viejos amigos. Se preguntó cómo estarían Mike y sus hijos. Tuvo curiosidad de saber si Will iría camino a Hawkins en esos momentos, o si Dustin y Suzie harían igualmente su respectivo viaje desde Massachusetts. Pensó también en Max… sobre todo en Max, aunque sabía que no debería estarlo haciendo.
Ya se había enterado de lo sucedido por sus agentes antes de que Mike le mandara aquel mensaje avisándole del estado de El. Antes de ello, no había tenido comunicación directa con ninguno de sus antiguos camaradas de partida en años, aunque siempre estaba bien enterado de todo lo importante que ocurría en sus vidas; las ventajas de su puesto. La única con la que seguía comunicándose más o menos seguido era Eleven, y quien resultaba ser su único punto de contacto con ellos, aunque casi todas sus conversaciones radicaban más en el ámbito de lo laboral. En algún punto sus caminos se habían dividido, y cada vez separado más y más. Mientras que algunos al menos hicieron el intento de entender su decisión, incluida la propia Eleven, otros no parecieron perdonárselo tan fácil.
Y ahora El había sido atacada. Su amiga estaba en coma y, como tan poco delicadamente había expresado la capitana Cullen, podría nunca despertar.
Lucas estaba más afectado por esto de lo que sus cuatro subordinados pudieron haber notado en su llamada. Este hecho no sólo había hecho que McGee reaccionara: había provocado lo mismo en él. Sentía la necesidad imperiosa de llamar a Mike, preguntarle cómo estaba, decirle que no se preocupara; que él se encargaría de encontrar al maldito que le había hecho eso a su esposa y de hacerlo pagar. Pero no estaba seguro de cómo lo tomaría; no estaba seguro de si aún era bienvenido en su grupo. No sabía si aquel mensaje que le había mandado había sido sólo una cortesía, o era en efecto una invitación para diera el siguiente paso a una verdadera reconciliación.
Por otro lado, sin embargo, no podía dejar en efecto que sus sentimientos personales nublaran su juicio. Necesitaba tener la mente despajada si quería tener alguna ventaja en esa “batalla” que había profetizado hace un rato, y en la que parecían llevar algo de desventaja.
Escuchó de pronto como las puertas del estudio se deslizaban.
—Aquí estás —escuchó la voz de su esposa murmurar con un tono juguetón. Al virarse sobre el respaldo de su asiento, contempló la esbelta y hermosa figura de Norma parada en la entrada, y su brillante sonrisa de dientes blancos—. El senador Carman sigue preguntando por ti; quiere saber el tercer elemento de tu receta secreta.
—Tú pudiste habérselo contado.
—No soy tan buena contándolo como tú.
Norma se acercó pavoneándose hacia él, sentándose en el descansabrazos derecho de la silla y rodeando el cuello de su esposo con ambos brazos. Lucas miraba hacia otro lado, aún pensativo.
—¿Qué tienes? —Le cuestionó un poco más seria—. Conozco esa cara; ¿el mundo se comenzó a acabar otra vez en cuanto le quitaste los ojos de encima? ¿Alguna guerra eminente se estaba fraguando mientras cocinabas tus hamburguesas especiales?
Lucas soltó una pequeña risilla.
—Ríete, pero siempre hay una guerra fraguándose en alguna parte del mundo —señaló el señor Sinclair, casi como una advertencia.
—Bueno, pero al menos de que vaya a ocurrir en las próximas cinco horas, te recomiendo que regreses tu trasero a esa parrilla. —Norma se inclinó entonces hacia él, dándole un pequeño y delicado beso, que en cierta medida ayudó a calmar su estado de ánimo. Luego, la mujer se puso de pie y le dio un par de palmadas sobre su hombro mientras se dirigía a la puerta—. No tardes mucho, ¿sí?
Lucas la siguió con la mirada mientras salía. Norma era una mujer estupenda, mucho más de lo que él merecía. Darse de cuenta de ello sólo hizo que se sintiera aún más culpable por el hecho de haber estado pensando en Max Mayfield hace unos momentos. Tontos amores de juventud; ¿por qué eran difíciles de olvidar algunas veces?
Una vez que estuvo solo, se volvió a sentar derecho en su silla, y estuvo a punto de volver a caer en los mismos pensamientos y preocupaciones de antes. Sin embargo, se forzó a sí mismo a no hacerlo, y en su lugar se empujó para ponerse de pie.
Cerró las puertecillas que ocultaban la pantalla, emitiendo otro beep cuando el seguro electrónico se activó. Acto seguido, se dirigió a la puerta, aunque un momento antes de salir se detuvo enfrente de una de sus vitrinas y contempló unos momentos su contenido. Lo que llamó su atención no fueron las figuras o vehículos de colección, sino una foto, colocada entre todos esos artículos. Una foto un tanto vieja y gastada, pero aun así legible. La miró por casi un minuto entero, pero luego siguió su camino a la salida, cerrando las puertas del estudio al salir.
La foto tenía escrita “Verano de 1988” encima. En ella un grupo de jóvenes, ya casi adultos, posaban alegres delante de una cabaña rodeada de árboles. En ella se encontraba una versión mucho más joven del propio Lucas, rodeando con su brazo a Maxine Mayfield, con sus pecas y sus cabellos rojizos un tanto alborotados. Se encontraban también Dustin Henderson y su novia, y en el presente esposa, Suzie; la pareja Dusty-bun y Suzie-Poo, que se veían realmente felices en esa foto. Will Byers estaba en el centro, sin ese peinado de hongo que tanto llevo por años cuando eran niños, en una postura mucho más segura, e incluso en esos momentos ya era un poco más alto que cualquiera de ellos. Claro, también se encontraban Mike y El, igual de melosos que siempre habían sido en esos años. Y, en el extremo derecho de la foto, retraída y un tanto incómoda, casi pegada contra Eleven en un intento de buscar seguridad en ella, estaba una chica rubia, de rostro redondo, un tanto robusta en aquel entonces. Ella era Roberta, aunque un poco de tiempo después de que se tomara esa foto, se enterarían que su nombre real era Charlie; Charlie McGee…
— — — —
En su ausencia, los ánimos de la fiesta no habían disminuido, sino que quizás todo lo contrario. A pesar de todo lo que tenía en su cabeza en esos momentos, Lucas intentó desconectarse por completo de aquella llamada y volver a su estado jovial y alegre de antes de retirarse. Cuando regresó, lo primero que notó fue a su esposa, sentada en la mesa con otras tres mujeres, riendo al tiempo que una de ellas parecía muy concentrada en contarles una anécdota divertida. Su esposa lo miró, le sonrió un instante, y casi se inmediato se enfocó de nuevo en la plática. Lucas pensó en volver a tomar su lugar en la parrilla, pero se sorprendió al darse cuenta de que ya no había hamburguesas sin hacer. Quizás Norma había hecho todas las que faltaban; ¿tanto tiempo se había ido?
Como fuera, su segunda opción fue ir por una cerveza. Estaba justo destapando la botella oscura, cuando escuchó a sus espaldas la voz del senador Carman.
—Hey, Lucas —lo escuchó pronunciar con entusiasmo. Lucas soltó una pequeña maldición en su cabeza, pero intentó mantenerse sereno. Se giró, ya con su cerveza destapada y buscó a lo lejos a quien le llamaba. El senador se encontraba en el jardín, sosteniendo un plato con media hamburguesa (que Lucas supo no era la misma que él le había dado antes de irse), y parecía estar acompañado de alguien que Lucas no reconoció en un inicio—. Ven, quiero presentarte a un viejo amigo mío —pronunció agitando efusivamente su mano en el aire para llamar su atención.
Lucas suspiró un poco, intentando recobrar fuerzas, acompañado poco después de un trago de su cerveza. Avanzó entonces hacia donde se encontraban, bajando los dos escalones que llevaban al área del asador y plantando sus pies en el césped. Teo Carman lo veía con una amplia sonrisa de entusiasmo. Su acompañante igualmente sonreía, aunque bastante más modesto. De cerca tampoco le resultó conocido. Era un hombre, de complexión un tanto gruesa, con cabello y barba blanca, bien cortados y arreglados. Usaba un saco casual color azul, una camiseta blanca y pantalones blancos, las tres piezas de apariencia fina. Lucas calculó que debía tener quizás unos sesenta años.
—Estás ante una eminencia del mundo de la política y los negocios —presentó Carman con cierto orgullo a su acompañante—. El Sr. John Lyons.
Lucas casi se paró en seco en su sitio, pues aunque su cara no le sonaba, ese nombre sí que hizo tintinear cientos de campanas en el interior de su cabeza. El hombre sonrió, halagado por las palabras de Carman, o quizás un poco apenado, y saludó al dueño de la casa con un modesto ademán de su cabeza.
—Sr. Lyons, es un placer —pronunció Lucas, intentando sonar seguro, y le extendió su mano.
—Encantado, señor Sinclair —pronunció Lyons con voz grave y firme, tanto como el apretón que le dio. Al parecer era más fuerte de lo que su apariencia hacía parecer—. Espero no le moleste que me haya colado en su reunión.
—Para nada, sea bienvenido. He oído mucho de usted.
—Espero que cosas buenas —pronunció el hombre de barba de manera jocosa, y Carman lo acompañó con un par de risas, y una mordida de su tercera (o cuarta) hamburguesa.
—Claro que sí —señaló Lucas—. Empresario y político de la vieja guardia. Consejero y hombre de confianza de al menos tres presidentes.
—Dos y medio, diría yo —comentó Carman, aún con algo de comida en su boca, y tanto él como Lyons rieron un poco, como si aquello se tratara de algún tipo de broma interna entre ellos. Lugo, el senador se giró hacia Lucas, mirándolo intensamente como si lo fuera a regañar por algo—. Dicen que tiene el teléfono directo de todo hombre de poder en Washington en su celular. ¿Cierto, John?
—Casi —respondió Lyons algo irónico, y se centró en Lucas, apuntándolo con su dedo como si simulara una pistola—. Sólo me falta el suyo, señor Sinclair.
Los tres hombres rieron al unísono, ya como si fueran tres viejos amigos.
—Lucas, por favor —indicó el anfitrión—. ¿Qué le ofrezco de tomar?
Lucas lo dirigió entonces hacia la barra de los licores, dispuesto a servir lo que su importante invitado inesperado le pidiera.
FIN DEL CAPÍTULO 56
Notas del Autor:
—Lucas Sinclair está basado en el respectivo personaje de la serie de Netflix, Stranger Things del 2016. En la serie original, en su tercera temporada que ocurre en 1985, él tiene sólo 14 años. Para este tiempo tendrá alrededor de 46 años al igual que Jane, Mike, Max, Will, etc. Para el momento en el que se escribe este capítulo, sólo se ha sacado hasta la Tercera Temporada de la serie, por lo que de momento sólo se tomará en cuenta lo ocurrido en estas primeras tres temporadas como referencia para esta historia de aquí en adelante, aún si en las próximas temporadas ocurriese algo que contradijera lo mostrado.
—Salvo por John Lyons, todos los demás personajes en la fiesta de Lucas, así como aquellos con los que habla en su llamada, son personajes originales que no se encuentran basados en ningún otro personaje perteneciente a otra película o serie, incluyendo a Norma Sinclair, quien sería la esposa de Lucas en este futuro alterno.
¿Cómo están todos? ¿Qué les ha parecido este punto de la historia? Comprendo si alguno ha sentido estos últimos capítulos un poco lentos, pues ha sido mucha presentación de nuevos personajes, y el punto de partida de para el viaje de otros. Se podría decir que esto es casi como un Inicio de Temporada, pues tras lo ocurrido en Eola y la fuga de Esther, Lily y Samara, se podría decir que se cierra el primer arco de esta historia y comienza este segundo. Para ello se han tenido que hacer algunas adecuaciones y preparaciones previas. Pero no se preocupen, que Matilda, Esther, Samara, Damien y todos los demás personajes, volverán muy pronto.
Por lo pronto, los siguientes dos o tres capítulos se enfocarán principalmente en un lugar en específico, así que dejaremos por un rato de estar saltando de un sitio a otro como lo hemos estado haciendo hasta ahora (bueno, quizás sólo un poco). Espero les agrade el rumbo que tomará la historia, pues he estado planeado y trazando la línea que seguiremos, y les aseguro que se vienen cosas muy interesantes. Sólo ténganme un poco de paciencia.
Agradezco de nuevo todo el apoyo que me han dado en estos ya casi tres años escribiendo esta historia. Y cómo han de sentir, aún falta mucho por ver. Estén al tanto, y cualquier comentario, o duda que tengan para poder comprender mejor lo que pasa, no duden en hacérmela. ¡Nos leemos!
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 51. Tu última misión
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 51. Tu última misión
Aquel era el recuerdo de una tarde soleada de verano en Hawkins, Indiana que en realidad nunca ocurrió, o al menos no exactamente de esa forma. Will Byers y sus amigos jugaban al baseball en el campo de la escuela, que en esos momentos permanecía cerrada por las vacaciones. Todos estaban ahí juntos: Mike, Dustin, Lucas, Max y El; incluso ahí también se encontraba Suzie, la novia de Dustin, pero ella prefirió ver el juego desde las gradas. Jugaban tres contra tres: Mike, Eleven y Will, contra Lucas, Max y Dustin. Era complicado con tan pocos jugadores, pero no imposible. No había nadie más ahí que los viera, así que podían hacerlo tan mal como quisieran y nadie se burlaría; bueno, quizás sólo Max, aunque ellos sabían cuando tomar enserio sus comentarios y cuando no.
Will se puso al bate; Lucas era el lanzador. Ambos se miraron de forma desafiante, bastante sobreactuada, y a Will se le escapó una risa casi nerviosa. Lucas tomó su pelota, tomó una pose de lanzador que seguramente intentaba imitar alguna que había visto en la televisión, y arrojó la bola con todas sus fuerzas hacia él. Will apenas y pudo tocarla, y el más sorprendido había sido él mismo. Logró hacerlo con la suficiente fuerza para poder correr a primera base, en donde Max lo aguardaba. La pelota rebotó en la tierra hasta dirigirse a Dustin en la tercera base, que casi la dejó pasar por entre sus piernas, pero logrando al final tomarla y lanzarla lo mejor posible hacia Max. La pelota, sin embargo, pasó bastante lejos de ella, y Will logró pasar la primera base, y dirigirse incluso a la segunda.
—¡¿Enserio?! —Exclamó la niña pelirroja molesta, virándose hacia Dustin, que algo apenado se encogió de hombros. Max, furiosa, se dirigió apresurada a recoger la pelota. Para cuando la tuvo, Will ya había logrado posicionarse en la segunda base de forma segura.
—¡Tranquilo, Dusty-bun! —Gritó Suzie desde las gradas—. ¡Tú puedes!
—Sí, estate más atento, Dusty-bun. ¿Quieres? —Le reprendió Lucas desde el montículo, justo antes de que Max le pasara de regreso la pelota.
—Y tú lanza mejor, ¿quieres? —Le respondió Dustin con cierta agresividad.
—¿Quieres intentarlo tú mejor?
—Chicos —exclamó Will desde la segunda base, secándose el sudor de su frente con su antebrazo—. Sólo es un juego, vamos. Nos estamos divirtiendo, ¿recuerdan?
—Es fácil divertirse cuando estás ganando —recriminó Max—. Bueno, ¡ya! —Aplaudió la pelirroja con fuerza—. ¡Sigamos!
La siguiente al bate fue Eleven, que tomó firmemente el bate con ambas manos, se colocó en posición, y clavó sus ojos firmes y serios en Lucas, el cual le regresó la misma mirada. Aquello ya no parecía ser un juego como lo había sido con Will.
—Sin trampas y sin poderes esta vez, ¿quieres, El? —advirtió el chico en el montículo.
—Yo no hago trampas —se defendió la chica de cabellos rizados. Su frente brillaba por el sudor, y un par de gotas le recorrían un costado de la cabeza.
—¡Vamos, El! —Le gritó Mike desde las bancas, donde esperaba su turno—. ¡Hazles un home run!
Lucas se preparó, jaló la pelota hacia atrás y realizó un tiro directo a toda velocidad. El se preparó, miró acercarse la bola en línea recta hacia ella, viéndola en su mente como si fuera un proyectil en cámara lenta. En el momento justo, jaló el bate hacia atrás, y luego hacia adelante, golpeando la pelota intensamente. Ésta salió disparada hacia arriba y hacia el frente, y los ojos incrédulos de casi todos los presentes siguieron su ruta, mientras dibujaba una parábola y comenzaba a caer varios metros lejos del campo.
Un completo home run.
Eleven corrió rápidamente hacia la primera base, y sólo hasta entonces Will hizo lo mismo en dirección a tercera, y luego a home. Mientras El y Will aplicaban sus dos carreras, Lucas, frustrado, tomó su guante y lo tiró al suelo. Max y Dustin sólo resoplaron resignados. En el home, Mike recibió más que contento a sus dos amigos, y los tres se abrazaron y se vitorearon.
—Lo hiciste excelente —le dijo Mike a Eleven, y está le sonrió alegre de regreso. Inspirado por la emoción, Mike se inclinó hacia ella y se permitió darle un beso rápido enfrente de los demás. Jane se lo correspondió totalmente. Will, que seguía a su lado, sólo sonrió con algo de incomodidad, y retrocedió un paso para darles espacio. Igual lo miraba de reojo, esperando que terminaran con lo suyo.
—¡Está bien, Dusty-bun! —Volvió a gritar Suzie desde las gradas—, ¡lo hiciste bien!
Quien no parecía estar muy convencido de eso era Lucas, que caminó desde el montículo, notoriamente molesto, directo hacia Eleven.
—¡Oye! —Exclamó con fuerza el chico de piel oscura. El y Mike rompieron su beso, aunque no su abrazo—. ¡Dije que sin poderes!
—Yo no los usé —exclamó Eleven, casi ofendida por la insinuación.
—¿Ah no? ¿No acabas de hacer que mi pelota volara hasta Illinois acaso? —Lucas señaló entonces en la dirección en la que se había ido la bola.
La mirada de Eleven se endureció, molestándose bastante más por tal comentario.
—Oye, ya cálmate —intervino Mike, colocándose entre Lucas y su novia—. Si ella dice que no lo hizo, no lo hizo. ¿Cuál es tu problema?
—¿El mío?, ¿cuál es tu problema? —Le respondió Lucas, alzando un poco la voz—. Te dije que no sería justo que ella jugara en cualquier equipo.
—¡Ella ya te dijo que no usó sus poderes! —Exclamó Mike, aparentemente más molesto también.
El resto de los chicos, incluyendo a Suzie, comenzaron a acercarse.
—¡Vamos!, ¡ya! ¡Cálmense! —Gritó Will, intentando colocarse en medio para separar a Lucas y Mike antes de que eso escalara—. Todo es un malentendido. Sólo es un juego, ¿cierto? —Sonrió nervioso, volteando a ver sus dos amigos, que se miraban mutuamente en silencio.
—Hey, ya, no es para tanto —comentó Max, tomando a Lucas de su brazo, y jalándolo un poco para separarlo de Mike y Will—. Mejor dejémoslo así y hagamos otra cosa. ¿Vamos al árcade y algo?
Todos parecieron estar de acuerdo con la propuesta, aunque Mike, Lucas y Eleven fueron más discretos con sus respuestas.
—¿Y qué pasará con mi pelota? —Reclamó Lucas.
—Yo iré por ella —señaló El de mala gana, dando un paso al frente hacia donde la había bateado.
—No, tranquilos —comentó Will—. Yo voy. Ustedes recojan las cosas, ¿sí?
Will se alejó trotando por el campo hacia dónde había visto caer la pelota. Quería ayudar, pero en realidad lo que quería era apartarse un poco de ese incomodo momento. Esas discusiones entre ellos se estaban volviendo más frecuentes, sobre todo entre Mike y Lucas. Cada vez que lograban reunirse todos, encontraban una cosa nueva por la cual pelear. A Will aquello le incomodaba y disgustaba demasiado. Era como si poco a poco, cada uno comenzara a interesarse más en otras cosas, y menos en pasar un buen rato entre todos. Quizás, en efecto, así era.
Tardó un poco en localizar la pelota, pero al final dio con ella al pie de un árbol. Se agachó y la tomó, limpiándole un poco la tierra de encima.
—¡La encontré! —Gritó con fuerza y se giró hacia sus amigos, alzando su mano con la pelota en el aire. Y justo cuando se volteó, pudo notar a lo lejos como sus amigos en el campo recogían los bates, los guantes y las otras pelotas; pero también vio algo más.
El cielo en el horizonte comenzaba a oscurecerse con unas gruesas y grises nubes, que rápidamente se extendieron hasta casi cubrir por completo el cielo azul. Un fuerte viento comenzó a soplar desde dicha dirección, agitando los árboles y levantando polvo. Will, atónito, vio como a lo lejos una densa neblina negra como humo comenzaba a acercarse, como si fuera la imparable nieve de una avalancha. A su paso, aquella neblina comenzó a devorarse los árboles, los edificios, y todo lo demás. Y sus amigos, sin embargo, seguían en lo suyo; no parecían darse cuenta de lo que pasaba, a pesar de que el viento agitaba sus cabellos y ropas, e incluso una de esas ráfagas les arrancó sus gorras de las cabezas a Lucas y Dustin.
—¡Chicos! —Gritó Will con fuerza, y comenzó a correr con todas sus fuerzas de regreso hacia ellos—. ¡Chicos!, ¡cuidado! ¡Muévanse!
Ninguno de ellos reaccionó, como si no lo escucharan. Siguieron recogiendo o hablando entre ellos, mientras aquella nube negra se les acercaba cada vez más rápido.
Will corrió con más fuerza. No sabía qué pensaba hacer con exactitud, pero sólo quería llegar lo más pronto posible. Quería alcanzarlos antes de que se perdieran por completo, pero no fue lo suficientemente rápido. La neblina devoró primero a Dustin y Suzie en las bancas; siguió con Max, luego con Lucas y Mike. La última era Eleven, que había ido al montículo al recoger el guante de Lucas. Ella le daba la espalda a la neblina, y cuando se irguió de nuevo, ésta se encontraba a menos de un metro de ella.
—¡El!, ¡corre! ¡Corre! —Le gritó el muchacho lo más alto que pudo mientras seguía corriendo.
Al fin pareció que la joven sí lo escuchó, pues alzó su rostro hacia él y lo miró perpleja, pero no se movió de su lugar. Permaneció ahí de pie, y Will pudo ver como la neblina la alcanzaba, y poco a poco su cuerpo era cubierto con esa absoluta oscuridad, como si la devorara por pedazos.
—¡El!, ¡no! —Vociferó Will y por instinto se lanzó al frente, como si quisiera robarse la base, intentando alcanzarla con sus brazos. Sin embargo, la neblina terminó por cubrirla y desaparecerla por completo su vista. En su lugar, al lanzarse, Will sólo se echó de clavado a sí mismo directo a ese mar negro y frío.
* * * *
Will se despertó alarmado y asustado, respirando agitadamente y con su rostro cubierto de sudo. Pasó su mano por toda su cabeza, intentando calmarse, mientras los rezagos de aquel sueño se iban apartando. Su tranquilidad tuvo otro punto de quiebre cuando miró alrededor y por unos momentos no reconoció en dónde se encontraba. Aquel cuarto era grande, con ventanales por los que entraba la luz y se veían los edificios de alrededor; bastante bonita la vista, pero ese no era su cuarto. Y esa no era su cama, y mucho menos eran suyas las sábanas que cubrían su cuerpo… ¿desnudo?
Miró hacia su derecha, y se dio cuenta de que no estaba solo. Logró distinguir la espalda ancha y desnuda de un chico, totalmente dormido bocabajo y con la misma sábana cubriéndole de la cintura a la mitad de los muslos. Las ropas de ambos se encontraban sobre la alfombra alrededor de la cama. Comenzó entonces a recordar; su confusión se debía más que nada al repentino despertar, pues en realidad no había tomado tanto. La noche anterior fue a su bar favorito, y este chico veinteañero de traje fino color azul marino se sentó a su lado, y habían comenzado a platicar… ¿Cuál era su nombre? ¿Víctor? Una cosa llevó a la otra y terminaron en el departamento de su nuevo amigo. ¡Y qué departamento!; debía ganar muy bien para ser tan joven, o quizás su padre lo mantenía bien.
Como fuera, ya estaba demasiado viejo para esas cosas, pero suponía que de vez en cuando no hacía daño.
No solía ser del tipo frío que se va a la mañana siguiente sin siquiera despedirse, pero tras ese extraño sueño no tenía ganas de pasar por eso, y supuso que quizás su anfitrión tampoco. Parecía, después de todo, del tipo que disfrutaba de pequeñas aventuras de una noche para liberar el estrés del trabajo.
Will se levantó despacio de la cama y comenzó a recoger sus ropas y a vestirse. Ya se encontraba en ese entonces bastante apartado de aquel adolescente flacucho de catorce. Ahora era un hombre de cuarenta seis, alto y de cuerpo ligeramente fornido y trabajado, con algunos tatuajes de su propio diseño decorándole su brazo izquierdo y pectoral. Traía su cabello café corto, y su rostro perfectamente rasurado. Los años lo habían agraciado, además de mucho cuidado y esfuerzo de su parte. No por nada resultaba siempre ser bastante llamativo para otros hombres, incluso menores que él.
Una vez que tuvo los pantalones puestos, se asomó sutilmente hacia los ventanales. Al parecer estaban en un quinto puso, y por el escenario que alcanzaba a ver no muy lejos de Soho, Manhattan, en dónde había estado viviendo y trabajando desde hace unos quince años como diseñador gráfico; así que no estaba muy lejos de casa. Siguió vistiéndose, se colocó su camisa, y posteriormente recogió su chaqueta. Revisó si tenía su billetera y celular en ésta, y en efecto así era. Revisó éste último encendiendo su pantalla y… vio que tenía cinco llamadas perdidas, y al menos diez mensajes nuevos.
Sintió que el cuerpo se le helaba. Recordó el sueño que había tenido, y pensó de inmediato lo peor.
Antes revisar con más calma de qué se trataba, recogió el resto de sus cosas y se dirigió sin hacer ruido a la salida. El departamento era realmente bonito, y la decoración era de buen gusto. Pensó que en otras circunstancias, quizás hubiera sido buena idea quedarse y conocer a Víctor un poco mejor. Quizás en otra oportunidad, si no era además del tipo que no le gustaba repetir.
Salió al pasillo con su chaqueta en una mano y sus zapatos en la otra. Una vez afuera, y cuidando de que nadie lo veía, se colocó rápidamente sus zapatos al tiempo que maniobró para poder ver las notificaciones. Éstas no hicieron un buen inicio para calmarlo: de las cinco llamadas, tres eran de su viejo amigo Mike Wheeler, una de Dustin Henderson desde el teléfono de su casa en Massachusetts, y otra más de Sarah, la hija mayor de Mike y El que vivía ahí mismo en New York, y con quien se había comunicado seguido desde que mudó. Los mensajes también venían de estos tres remitentes, más dos más de parte de unos contactos de trabajo. Pasó sin embargo directo a los de Mike, que fue quien le marcó más veces y supuso que era quien más deseaba contactarlo.
Mike le había mandado sólo tres mensajes, pero eran tanto aclaratorios como confusos:
Will, ¿estás ahí?
Jane fue atacada
Se encuentra en coma
Will se quedó de pie frente la puerta del elevador, mirando atónito los tres mensajes, releyéndolos una y otra vez. ¿Cómo que atacada?, ¿cómo que en coma? ¿Qué demonios había pasado?
Recordó de nuevo su sueño y como había visto la oscuridad consumir a El ante sus ojos sin que pudiera alcanzarla. ¿Había sido eso una coincidencia o tenía algo que ver? No tenía forma de saberlo, por lo que de inmediato su primer instinto fue llamar a Mike, pero éste no le respondió. Sus llamadas fueron alrededor de la media noche, y sus mensajes prácticamente en la madrugada. Si lo que fuera que pasó fue en la noche, quizás estaría tomando un descanso y durmiendo para esas horas. Decidió entonces llamar a Sarah desde el interior del elevador, esperando que la llamada no se cortara. Por suerte, no lo hizo.
—¿Hola?, ¿tío Will? —Saludó apresurada la voz joven de Sarah Wheeler desde el otro lado de la línea. Se escuchaba mucho ajetreo de fondo.
—Sarah, ¿cómo estas, hija? —Le saludó Will, intentando sonar lo más tranquilo posible, cuando realmente su corazón se encontraba aún agitado por la conmoción de aquellos mensajes.
—No lo sé… —le respondió confusa—. ¿Recibiste mi mensaje? Papá me marcó angustiado ya noche; algo le pasó a mamá. Pedí permiso en el trabajo, y ahora estoy en el aeropuerto.
—¿Vas a Indiana? —Preguntó Will, sintiéndose casi de inmediato tonto al darse cuenta de lo obvio de la pregunta—. ¿Sabes qué le pasó? ¿Tú papá te dio algún detalle?
—No le entendí bien, pero creo que fue… —hubo un pequeño silencio de vacilación antes de responder—. Algo psíquico —susurró despacio—. La tía Max la estaba tratando, pero creo que no saben cómo hacerla despertar. Tío, estoy muy asustada… ¿crees que vaya a…? —No fue capaz de terminar su pregunta.
—Hey, tranquila, no saques conclusiones apresuradas —intentó de responderle Will con tono optimista, pero él mismo no sabía si era válido ser optimistas en una situación así—. Tu mamá ha pasado por situaciones mucho más feas que ésta, y siempre se levanta. Así que no temas. Pero igual tienes que ir para apoyar a tu papá y a tus hermanos, ¿de acuerdo? Dile a Mike que iré para allá también en cuanto pueda.
—Sí, está bien. Gracias, tío… siempre puedo contar contigo, ¿verdad?
—En lo que quieras. Sabes que siempre estoy aquí para ti y para tu familia.
Para cuando el elevador llegó a la planta baja, ya habían cortado su llamada. Caminó pensativo hacia el lobby, distraído en sus propios pensamientos. Sólo un ocasional “buenos días”, surgidos por parte del portero, lo hicieron reaccionar un poco. Cuando lo volteó a ver, notó que éste le sonreía con expresión pícara, que a Will le recordó un poco el lugar y el contexto en el que estaba, pero que al ponerlo en una balanza palidecía con el otro asunto. Asintió como saludo al portero y salió del edificio como si nada.
Lo que le había dicho a Sarah era cierto. Eleven era fuerte, quizás la mujer más fuerte que conocía, y siempre se levantaba de todo. Pero… ¿sería esa ocasión igual? Ninguno de sus hijos sabía lo que Max les había dicho hace tiempo, sobre el daño que el uso prolongado de sus poderes le había provocado, y qué podía pasar si volvía a excederse. Por eso vivían en esa casa pequeña en el tranquilo Hawkins, y desde ahí Jane dirigía su fundación y usaba sus poderes sólo para comunicarse con sus chicos o para vigilarlos. ¿Y si eso significaba que algo horrible había pasado?, ¿y si ese daño al fin había pedido factura?
Si algo le pasaba a Eleven, ¿qué sería de sus hijos?, ¿qué sería de Mike…?
Fuera lo que fuera, no podía quedarse ahí. Debía ir y estar con ellos, aunque fuera lo único que pudiera hacer.
— — — —
Kali había estado durmiendo y despertando en intervalos irregulares durante toda esa mañana. Tosía involuntariamente de vez en cuanto, pues su garganta le ardía, y eso terminaba por despertarla. El dolor que le invadía el cuerpo ya había disminuido bastante, pero no con ello el dolor mental. Aquella enorme bodega se sentía tan vacía y silenciosa. Se las había arreglado para aislar tan bien el lugar, que no entraba el más mínimo sonido de la calle. Aquello casi siempre le parecía un beneficio, pero en esos momentos la hacía sentirse algo agobiada.
Recostada boca arriba en la cama, se quedó un rato contemplando el techo roído sobre ella, y especialmente una de las lámparas colgantes que se mecía de un lado a otro a causa de alguna brisa, que en realidad no se le ocurría por dónde podría haber entrado. A pesar de lo que había logrado dormir, seguía sintiéndose agotada… muy agotada.
Giró su mirada hacia un lado, hacia su silla de ruedas vacía colocada junto a la cama. La contempló en silencio por algunos minutos, y entonces cerró lentamente sus ojos, intentando despejar cualquier rastro de soñolencia que siguiera nublando su mente, y enfocándose… enfocándose… enfocándose…
—Te ves mucho mejor, cariño —escuchó de pronto que una voz suave pronunciaba cerca de ella. Kali volvió a abrir sus ojos, y contempló a la hermosa mujer que ahora se encontraba sentada en su silla, y que la observaba con su mirada gentil, además de su sonrisa cálida. Era delgada, de piel morena y cabello negro corto, ojos negros y grandes, y labios pintados de un rojo intenso. Usaba un sari rojo con detalles dorados que le cubría casi todo el cuerpo, a excepción de sus brazos delgados.
Al verla, Kali sonrió, tan ampliamente como no había sonreído en varios días. Eran tan hermosa; justo como la recordaba de aquella lejana y vieja foto, aunque quizás su imagen de seguro se había venido distorsionado con el correr de los años.
—Me veo fatal… —respondió con un tono burlón, seguida después de dos fuertes tosidos—. Pero tú te ves magnífica. Tantos años y sigues viéndote como en aquella foto. Ahora incluso yo estoy más vieja que tú.
La sonrisa de la mujer en la silla se ensanchó, y estiró entonces su mano hacia ella, colocándola sobre la de Kali que reposaba a su lado.
—Te has esforzado tanto, mi pequeña —murmuró con gentileza la mujer del sari. Eight podía sentir la calidez de su mano tocándola, y aquello le pareció bastante reconfortante… a pesar de que sabía muy bien que en realidad nadie la estaba tocando, y todo aquello era un truco; uno muy bueno que le tomó mucho tiempo dominar. Después de todo, era fácil engañar a otros, pero bastante difícil engañarse a uno mismo—. Te mereces un descanso, ¿no lo crees? Ya ha sido suficiente.
—¿Soy yo diciéndome eso a mí misma? —Murmuró Kali, sarcástica—. Si es así, es porque yo misma lo creo, ¿no? —La mujer de la silla sólo siguió sonriendo, sin decir nada—. Claro, no me puedes responder al menos que yo te haga hacerlo. Eres sólo mi patito de hule; una excusa para decir mis pensamientos en voz alta… y quizás sentirme un poco mejor.
Desvió su mirada de la silla de regreso al techo, sabiendo que muy probablemente para cuando mirara de nuevo la silla, la ilusión ya se habría esfumado. Pero, al menos, había sido un bonito momento con la mujer de la foto, aquella que podría o no haber sido su madre, y cuyo nombre nunca encontró. De vez en cuando la dejaba salir de sus recuerdos para hcerle compañía; muchas veces, siendo la única que tenía.
—Ya es tarde —murmuró despacio, en parte para ella, en parte para su ilusión—. He hecho esto toda mi vida… No sé qué otra cosa hacer.
Le siguió un profundo silencio, que en realidad a ella no le extraño. ¿Por qué habría de responderle? No estaba ahí, en realidad…
—Nunca es demasiado tarde, hermana —la escuchó pronunciar de pronto cuando prácticamente se había olvidado de ella, y eso la puso en alerta y la obligó a sentarse rápidamente en su cama y mirar a su alrededor. No había nadie, y eso incluía a mujer de la silla.
La confusión le nubló su mente por unos momentos, pero conforme pasó el tiempo se dio cuenta de aquella no había sido la voz que ella le dio a esa mujer, que tuvo que imaginarse basándose en algún personaje de televisión que ya ni siquiera recordaba pues desconocía como se oía en realidad. Aquella voz era de alguien más, de alguien que ella conocía muy bien. Se colaba desde un recuerdo mucho más lejano en su pasado, de una época no más feliz (no creía haber tenido una sola época realmente feliz en toda su vida), pero sí más colorida. Aquella no le pertenecía siquiera a la mujer de cuarenta y seis (quizás cuarenta la última vez que habló con ella en realidad) que era hora, sino a aquella jovencita perdida de trece años que apenas y pronunciaba un par de palabras.
—¿Jane? —Susurró dudosa, mirando a su alrededor, esperando algún tipo de respuesta que no vino—. ¿Estás aquí? —El silencio continuó. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que percibió su presencia de esa forma, pero nunca había sido como esa ocasión. Y no sólo había sólo porque la había percibida como su yo de hace más de treinta años, sino porque la había escuchado tan lejana y fría…
Debió haber sido su imaginación, o quizás parte de un sueño en el que estaba comenzando a adentrarse, o quizás su propia habilidad no se había apagado del todo y se le habían cruzado los cables por dentro; no le extrañaría que eso pudiera pasar.
Pasó su mano por su rostro, tallándoselo. No fue sorpresivo para ella el darse cuenta de que sus dedos terminaron manchándose de sangre al momento de pasar por su nariz.
Escuchó como la alarma de seguridad pitaba, indicando que una de las puertas de la bodega se estaba abriendo. Eso era real, ningún producto de su imaginación. Introdujo su mano debajo de su almohada, sacando de ahí un revolver metálico con todas sus balas cargadas. Apuntó el arma en dirección a la puerta, pero logró calmarse un poco al oír otra voz familiar hacerse presente, pero una mucho más tangible y entendible que la anterior.
—¿Kali?, ¿sigues aquí? —pronunció Charlie, alias Roberta, con fuerza, resonando en el eco de la bodega. La mujer de piel morena suspiró aliviada y bajó su arma.
—¿A dónde más podría ir? —le respondió al mismo volumen para que la pudiera oír.
Roberta cerró la puerta detrás de ella y se aproximó hacia la cama, trayendo su casco debajo de su brazo. Al acercarse lo suficiente, se detuvo, mirándola con cierto asombro.
—¿Qué estabas haciendo? —le cuestionó dudosa la rubia, y señaló a su propia nariz como indicación de a qué se refería. Kali se talló su nariz rápidamente; aún le quedaban rastros de sangre en ella, lo cual era bastante incriminatorio de que estaba usando sus poderes hasta hace poco.
—No importa. ¿No deberías estar en el trabajo?
Roberta suspiró agotada, caminó hacia uno de los escritorios del área en el que se encontraban las computadoras, y se permitió dejar su casco sobre éste.
—Renuncié —respondió de mala gana mientras se quitaba sus guantes.
—¿Qué? —Exclamó Kali, incrédula—. ¿Otra vez?
Roberta no hizo mucho caso de su comentario. Una vez que se quitó sus guantes y se abrió su chaqueta de cuero, se dirigió directo a una de las computadoras y la sacó de su suspensión presionando algunas teclas.
—Necesito que investigues algo por mí —le indicó al tiempo que ingresaba con su respectivo usuario y contraseña—. Alguien de la fundación de Eleven me llamó esta mañana. Al parecer fue atacada y ahora está en coma.
Kali se quedó atónita al escuchar eso, en especial al recordar el incidente que acababa de ocurrir unos segundos antes de que Bobbi entrara.
—¿La atacaron? —Pronunció Eight dubitativa, como si temiera hacerlo—. ¿Quién…?
—Aún no lo sé —respondió Roberta algo distante. Una vez que la computadora quedó lista, se hizo a un lado para dejarle el camino libre—. Necesito que me averigües lo que puedas de eso.
—¿No podrías haberlo averiguado con quién te llamó? —recriminó Kali, pasándose a su silla lo mejor que sus piernas paralizadas le permitían. En realidad para eso ya tenía bastante práctica, pero no a hacerlo al mismo tiempo que intentaba recuperarse de una fuerte conmoción como la que acababa de recibir.
—No puedo confiar en la gente de Eleven, y lo sabes —se explicó Roberta, cruzándose de brazos—. Ni siquiera me consta del todo que fuera quien decía ser.
Kali dirigió su silla hacia la computadora y se colocó justo delante de ésta. Tomó un par de anteojos con vidrio tintado que tenía sobre dicho escritorio y se los colocó, siguiendo después por una cajetilla y un encendedor. Colocó un cigarrillo entre sus labios y lo prendió con el encendedor al tercer intento; eso era lo que necesitaba para tranquilizarse y terminar de despertar.
Comenzó a hacer su magia, abriéndose paso por sus softwares de rastreo e infiltración, abriendo una conexión segura y esperando que todo terminara de cargarse.
—Pues no hay mucho que pueda sacarte tampoco —comentó mientras soltaba algo de ceniza sobre su cenicero de porcelana colocado a su diestra—. Supongo que podemos ver si hay alguna admisión a su nombre en el hospital de Hawkins.
—Eso bastará —asintió Roberta, notándosele bastante ansiosa en realidad.
Sonaría que ingresar en el sistema de un hospital no era tan complejo como hacerlo en los servidores de una gran empresa, o incluso de una maldita organización secreta del gobierno. Sin embargo, había muchas instituciones pequeñas, similares al insulso Hawkins Memorial Hospital, que tenían sus sistemas aún de forma local en sus instalaciones y no conectados a internet. Por suerte para ellas, y mala suerte para el hospital, al parecer ya estaban algo más actualizados en tecnología, aunque no tanto en seguridad. Después de todo, ¿quién querría hackear un hospital?; no es como se pudiera hacer mucho con los expedientes médicos confidenciales de los residentes de un pequeño pueblo en Indiana.
Kali revisó los ingresos de las últimas veinticuatro horas, buscando en ellos el nombre de Jane. Encontró rápidamente el registro que necesitaba.
—Aquí está —informó mientras señalaba hacia la pantalla. Roberta se aproximó rápidamente para ver por encima de su hombro—. Jane Wheeler de cuarenta seis años, fue internada ayer a las 23:22, inconsciente. Presentaba una abundante hemorragia nasal y algunos vasos sanguíneos rotos por un fuerte esfuerzo. Fuera de eso, no se encontró ningún otro rastro de violencia. Tiene respuestas mínimas a estímulos, pero no logran hacer que despierte. Se encuentra bajo observación en cuidados intensivos.
Kali se recargó contra el respaldo de su silla y dejó salir una densa nube de humo sobre su cabeza. Roberta se acomodó para poder leer mejor el registro en la pantalla, que en realidad no decía mucho más de lo que su compañera ya había explicado.
—Suena a un ataque psíquico —comentó Kali, pensativa—. Me resulta difícil creer que alguien pudiera hacerle eso.
—A mí igual —secundó Roberta sin apartar sus ojos de la pantalla, como si esperara notar algo fuera del lugar o sospechoso—. Podría ser una trampa. Creen que si la atacan a ella, me harán salir y me tendrán a su alcance.
—No eres el centro del universo, Bobbi —bromeó Kali, extendiendo su cigarrillo hacia el cenicero otra vez—. Pero tienes razón; es posible que sea una trampa. Sin embargo, recuerda quién es el director de esta nueva Tienda. Pese a todo, apelaré un poco a su decencia y supondré que no les haría un daño como éste a sus viejos amigos, especialmente habiendo un acuerdo tan provechoso entre ellos.
Roberta no respondió. Aunque ella no apelaría a la decencia de nadie relacionado a la Tienda, incluso en su estado de amargura y desconfianza constante, ella tampoco concebía que ese individuo hiciera algo como eso en contra de Jane o Mike. Pero lo que más le hacía dudar que la Tienda pudiera estar involucrada, al menos de forma directa, era que si ellos tuvieran entre ellos a un psíquico tan poderoso como para hacerle frente a Eleven y hacerle ese daño, hace mucho que las hubieran logrado atrapar; después de todo los rastreadores de Jane la habían logrado localizar demasiado rápido. Pero, aunque no hubiera sido obra de ellos, no quitaba el hecho de que pudieran de alguna forma aprovecharse del momento.
—¿Por qué te llamaron de su fundación para avisarte? —Escuchó como Kali cuestionaba de pronto, sacándola de sus pensamientos. La mujer en silla de ruedas ya casi se terminaba su cigarrillo, y al parecer tenía toda la disposición de tomar otro.
—No lo sé —susurró Roberta—. Dijeron que había dejado instrucciones de que si algo le pasaba, de inmediato me buscaran.
—¿Por qué?
—¿Yo qué sé? —Roberta se alejó de la computadora con pose aprehensiva, y comenzó a caminar de un lado a otro como león encerrado—. Sabes muy bien que no he hablado con ella en años. No sé por qué jodidos pensaría en mí como primera opción para ser avisada. Y lo peor es que me localizó con alguno de sus… rastreadores humanos que tiene, y de forma bastante sencilla. Es probable que siempre haya sabido en dónde estábamos, y nos ha estado observado a cada paso. ¿Puedes creerlo?, maldita… controladora.
Kali meditó un poco sobre esa afirmación. ¿Siempre ha sabido en dónde están? No le parecería raro, y de nuevo le hacía pensar en lo que había pasado un momento antes. ¿Aquello había sido realmente su imaginación?, ¿o era algún tipo de aviso? ¿Estaba realmente su vieja amiga, por no decir hermana, completamente en coma?
Apagó su colilla de cigarro en el cenicero y se dispuso a sacar otro.
—Estás molesta —comentó entre un intento de prender su encendedor y otro—. Pero, ¿exactamente por qué? ¿Por qué te hayan llamado para molestarte con esto? ¿O por qué alguien le hizo daño a tu amiga?
—Eleven y yo no somos amigas —declaró Charlie fervientemente—. No lo hemos sido en mucho tiempo.
—¿Estás segura? —Roberta detuvo su andar y se viró a mirarla, incrédula. Kali ya se encontraba fumando su nuevo cigarrillo, y todo su alrededor se cubría poco a poco de esa densa neblina grisácea—. Sé que ambas tuvieron sus diferencias; yo también las tuve en su momento. Pero quizás sea momento de dejarlas ir.
Roberta no podía creer lo que escuchaba.
—Yo no puedo hacer tal cosa… No le puedo perdonar que le haya dado la espalda a esta lucha; que haya preferido a sus… niños resplandecientes como ella los llama, por encima de nosotras; ¡qué haya vendido su alma a la Tienda, en lugar de enfrentarla!
La voz de Charlie se alzó y rebotó fuertemente entre todo el eco de la bodega, dejando un zumbido en los oíos de ambas y luego desapareciendo poco a poco. Kali la observó desde abajo por encima del armazón de sus anteojos, y siguió fumando.
—Ella no quería tener que luchar y huir toda su vida —explicó Eight—. Hizo lo que creyó correcto para ella, su familia, y los niños que dependían de sus decisiones. Y, quizás, tenía razón.
—¿La estás justificando? —Exclamó Roberta con fuerza, entre sorprendida y molesta.
Y entonces lo vio. Era tan claro desde que entró, o incluso desde la noche anterior, pero sólo hasta ese momento se dio cuenta por completo del sentimiento tan pesimista y derrotado que rodeaba a su compañera. El fuego de la lucha, el fuego de la venganza… se había extinguido, o al menos comenzaba a hacerlo.
—Kali… —musitó la rubia con duda, y se acercó hacia ella, colocándose de cuclillas a un lado de su silla. Ella no la volteó a ver—. Lo que pasó anoche sólo fue una pequeña derrota; no podemos desistir por eso. Lo prometimos, ¿recuerdas? Encontraríamos el nuevo Nido de la Tienda y lo destruiríamos; juntas, tú y yo. Sólo hasta entonces terminaríamos con esto. Es nuestra última misión.
Eight se quedó callada un largo rato, sólo contemplando el suelo, casi como si se hubiera quedado dormida. Colocó su nuevo cigarrillo entre sus labios, dio una profunda aspirada de humo, soltándolo lentamente por su boca.
—Estoy muy cansada, Bobbi… muy cansada —exclamó con voz ronca y débil—. Y sé que tú también lo estás. Aceptémoslo: nos derrotaron hace muchos años, sólo no quisimos darnos cuenta. Quizás… sea momento de simplemente dejarlo… —Sostuvo el cigarrillo con sus labios, y usó sus dos manos para mover su silla, sacarle a vuelta a Roberta, y entonces dirigirse hacia su refrigerador—. Enfócate más en tu carrera y deja de renunciar cada semana. Vete del país, viaja, conoce a algún hombre decente y cógetelo. —Abrió la puerta del refrigerador y sacó de éste dos botellas de cerveza que pasó de inmediato a destapar—. Sé feliz, como tus padres querían, y déjame morir en paz con mis lamentaciones.
—No haré nada de eso —declaró Charlie firmemente, parándose derecha de nuevo—. No sabes lo que estás diciendo. Te sientes decaída ahora, pero cuando se te pase seguiremos dónde nos quedamos; ya lo verás.
Kali no insistió más. Roberta estaba en negación, pero en el fondo ambas sabían que tenía razón. Ella misma la noche anterior pensó muchas veces en lo mismo una vez que volvieron de su misión fallida. Sin embargo, se negaba a aceptarlo, o incluso a pronunciar dichas ideas en voz alta. Aún no estaba lista…
Eight se le acercó con las botellas de alcohol sujetas entre sus piernas, y le extendió una, misma que Roberta aceptó gustosa y de inmediato se empinó.
—¿Y qué harás con Jane? —le preguntó Kali a mitad de su trago.
—¿Qué haré de qué?
—Ya no finjas que no estás molesta por esto, o que no te importa. Aún a pesar de todo este tiempo, sigues teniéndole aprecio, por todo lo que ella y su… pandilla de Scooby-Doo hicieron por ti, ¿o me equivoco? —Charlie no respondió—. Además, por algo pidió que te llamaran. Ella debe querer que hagas algo por ella.
—¿Algo como qué? —cuestionó la rubia, arqueando su ceja con confusión. Kali se encogió de hombros.
—Quizás tu última misión, tu última pelea… no sea contra la Tienda.
Roberta no dijo nada, pero claramente le había entendido. Se giró de nuevo hacia la pantalla, en donde aún seguía abierto el registro de admisión de Eleven. Lo miró con detenimiento unos momentos, y luego volvió a tomar otro trago más de su botella. Quizás sí le quedaba una pelea más, antes de dejar todo eso por la paz.
FIN DEL CAPÍTULO 51
Notas del Autor:
—Como había comentado con anterioridad, a partir de ahora en lo que respecta a la serie de Stranger Things, sus personajes y su mundo, se tomará sólo como base lo mostrado en las primeras tres temporadas, que comprenden de 1983 a 1985. De ahí en adelante, me tomaré algunas libertades sobre lo que pudo haber pasado en los siguientes 32 años con cada uno de ellos. Esto lo comento con respecto al tema de las preferencias sexuales de Will Byers, que hasta el punto mencionado anteriormente no se ha explorado a profundidad, y no se le ha dado una clarificación concisa. Sin embargo, debido a varios indicios que se han dado a largo de las tres temporadas, algunos fans consideran viable que Will pudiera ser homosexual, o al menos tener ciertas preferencias por personas de su mismo género. Esto aunque, repito, no se ha explicado claramente en la serie, considero yo que es algo factible, y a modo personal me parece que puede encajar bien con el desarrollo del personaje. A nivel historia, además, es algo que concuerda con cómo deseo manejar al personaje. Así que en este capítulo y en adelante, se está suponiendo que en efecto el personaje es en realidad homosexual, y en algún punto entre 1985 y el presente, aceptó sus preferencias abiertamente entre su familia y amigos.
Sé que esto es algo que pudiera molestar o incomodar a algunos, pues es tomarme la libertad de decidir algo del personaje que aún no se ha revelado. Pero como comenté en otra ocasión, es necesario para mí a partir de este punto comenzar a hacer mis suposiciones sobre el desarrollo de estos personajes, pues de no hacerlo la historia no podrá evolucionar con naturalidad. E igualmente como dije, si en la Cuarta Temporada o en las posteriores muestran algo que contradice esta aseveración, se tendrá que ignorar o tomar como un Universo Alterno. Espero que lo puedan entender y que no cause un conflicto importante.
—Otro punto un poco relacionado con el anterior, es con respecto a Charlie y su relación y pasado con Eleven y Kali, a pesar de que vienen de obras diferentes. El cómo se dio este encuentro entre las tres y lo que las une, se irá explicando más adelante. Sin embargo, como adelanto y clarificación, los que conozcan la novela o película de Firestarter (Ojos de Fuego) y la serie de Stranger Things, sabrán que ambas tramas ocurren en épocas similares, y con varios factores en común. Se toma entonces como base que ambas historias ocurrieron casi al mismo tiempo de manera casi paralela, pero en lugares diferentes.
Al mismo tiempo, se establece que tanto la organización de Firestarter conocida como La Tienda, como la que se encargó de los experimentos en Stranger Things de los que resultaron Eleven y Eight, son la misma, o al menos ambas dependen del Departamento de Inteligencia Científica (como también se llama a la Tienda en Firestarter), por las muy evidentes similitudes entre ambas. Por lo que sería esta organización el punto en común entre las tres, y lo que propiciaría que se conocieran en algún punto entre 1985 y el tiempo actual de la historia.
Como comenté, conforme pasen los capítulos se aclarará mejor esto, pero espero que esta breve explicación les sirva como base.
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 50. Bobbi
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 50. Bobbi
De vez en cuando, Roberta sentía que quizás ya estaba demasiado grande para estar haciendo ese tipo de cosas. Después de todo, ya casi eran cuarenta años de lucha continúa, de estar en movimiento, de vivir con cierto grado de paranoia constante, y con una rabia que no se apagaba con nada. Cuarenta años de destrucción, muerte, gritos, y fuego… sobre todo, mucho fuego. Y, al final de todo eso, ¿qué había logrado realmente?
Sí, definitivamente en su camino había logrado incomodar a bastantes personas, la mayoría viejos y nuevos enemigos (y algunos amigos). Había logrado revelar verdades que muchos hubieran preferido que se quedaran sepultadas unos cuarenta años más. Y, sobre todo, les había demostrado a los supuestos poderosos que mientras ellos se sentaban cómodamente en sus sillas acolchonadas, en torres de marfil lo suficientemente altas para no tener que ver a los que se arrastraban debajo, ella aún seguía ahí, viéndolos desde las sombras, esperando sólo la menor excusa para hacerles explotar sus pequeñas y vacías cabecitas con tan sólo pensarlo… figurativa y literalmente. Había hecho eso y muchas cosas más. Y, aun así, nada había cambiado; ni en ella, ni en el mundo que la rodeaba.
Por más grande y horrible que fuera la explosión, por más cimientos que sacudiera, por más grietas que provocara en la fachada de esa sociedad, tarde o temprano todo se iba olvidando. Esa era a su pesar el inevitable flujo del tiempo.
¿Toda su lucha había valido la pena de alguna forma? ¿Qué había hecho con su vida en realidad? ¿Era eso lo que esperaban sus padres de ella? ¿Era eso lo que les gustaría que estuviera haciendo a sus cuarentas? ¿Había realmente logrado algo? Aquellos cuestionamientos no solían durarle mucho, y una vez que se sobreponía se sentía más que lista para ponerse de pie y entrar en acción. Esa noche no había sido la excepción, y por ello había ido con bastante arrojo a de una vez por todas terminar con todo ese asunto. Pero las cosas no habían salido como esperaba, pues una vez más no era el sitio que estaban buscando.
Y ahora ahí estaba, a las tres de la mañana o quizás un poco más, conduciendo aquella vieja camioneta por las desoladas calles de ese barrio bajo de New York; con su mejor amiga (quizás su única amiga en realidad) en la parte trasera, apenas consciente, débil y desparramada sobre su silla de ruedas, y con el rostro cubierto de sangre. Y ambas con las manos vacías.
Roberta condujo en silencio hasta la destartalada bodega, casi cubierta por completo de grafitis en la parte exterior. Bajó unos momentos del automóvil para abrir la cortina de hierro pesado y poder introducir la camioneta. El frío de la noche le caló un poco, por lo que se cerró su chaqueta de cuero y se aproximó hasta la cortina. Abrió el candado con las llaves de Kali, y la empujó hacia arriba con fuerza. Volvió rápidamente al vehículo, lo introdujo a la bodega, y lo estacionó debidamente. Apagó el motor, y se bajó de nuevo para cerrar la reja y colocar el pesado candado ahora por dentro. Todo ello lo hizo de forma mecánica, sin prestarle realmente mucha atención a sus acciones.
Sólo hasta que estuvieron al fin seguras y encerradas, se tomó un segundo para respirar, estirarse un poco, y soltar un agudo bostezo que había esperado toda la noche poder salir. Estaba cansada, más de lo que podía aceptar. Se dirigió entonces a las puertas traseras de la camioneta, abriéndolas. Su amiga seguía con su cabeza colgando hacia atrás sobre el respaldo de su silla, con sus ojos cerrados y su boca abierta. Por un segundo, pensó que quizás realmente la había perdido esa ocasión.
—¿Ya te moriste? —le cuestionó con filo en su tono, y escuchó como la mujer de piel oscura, y cabello mitad negro mitad morado, escupía un par de tosidos carrasposos.
—Ya quisieras —le respondió. Al parecer aún le quedaban más noches por delante.
Roberta bajó la rampa que habían improvisado en la parte posterior de la camioneta, y se subió para bajar a Kali con todo y su silla de ruedas. Poco a poco parecía que se iba despejando y se hacía consciente de en dónde estaba. Cuando Roberta pasó cerca de la columna central del sitio, encendió las brillantes luces fluorescentes del techo, y éstas le pegaron fuertemente a la mujer morena en su cara, provocando que en ésta se formara una mueca de incomodidad, y que se la tapara con sus dos brazos. Casi parecía que estuviera ebria o sufriendo de una fuerte resaca; ojala fuera ese el caso.
Los vidrios de la bodega estaban todos pintados de negro para que nada, ni siquiera la luz de sus lámparas, saliera al exterior. Ahí tenían cajas y cajas de suministros, y algunas incluso con armas; un par más de vehículos, varios escritorios con computadoras de amplios monitores en ellos, así como un cuarto y una cocina improvisada, con una vieja cama y refrigerador respectivamente. Roberta no sabía qué tanto tiempo su vieja amiga se quedaría en ese sitio. Conociéndola, quizás en un par de semanas tomaría un nuevo camino, si acaso su estado actual se lo permitía.
Acercó la silla de ruedas a la cama, y entonces se dispuso a cargar a su compañera para colocarla en ella. En otras circunstancias, Kali se hubiera negado y protestado, pero al parecer estaba tan débil que no le quedaban fuerzas para eso. El olor a humo de cigarro que emanaba de sus ropas y cabello, le penetró su nariz y sintió que se quedaría alojado ahí un buen rato. La recostó boca arriba, colocando su cabeza con mucho cuidado sobre la almohada, y ella pareció agradecerlo. Roberta la contempló unos instantes sin darse cuenta. Su rostro se veía tan demacrado y avejentado, con marcadas arugas y bolsas en sus ojos. Además, su figura se había vuelto delgada y de apariencia frágil. Sentía que quedaba ya muy poco de aquella guerrera inquebrantable y fuerte que conoció hace tanto.
Buscó rápidamente un paño y lo remojó en el medio baño ubicado en el fondo de la bodega. Volvió poco después a la cama, y con él comenzó a limpiarle la sangre de su cara. La hemorragia de su nariz parecía haber parado.
—No debiste de haber hecho eso —comentó Roberta, un poco en broma, un poco en crítica.
—Dije que te cubriría —murmuró la mujer en la cama, esbozando una sonrisa burlona, seguida después un par más de tosidos—. Si no lo hubiera hecho, te habrían acribillado ahí mismo.
—Hubiera podido salir de eso sin problema yo sola.
—Sí, volando media fábrica.
Roberta sonrió y se encogió de hombros.
—Era una opción.
Terminó de limpiarle la cara lo mejor que pudo, logrando de esa forma que se viera un poco menos maltrecha.
—Ya no puedes abusar así de tu habilidad —le regañó—. Mientras más lo usas, peor te afecta.
—Es el precio de intentar crear magia en base a un tubo de ensayo —bromeó Kali, abriendo al fin sus parpados y volteándola a ver con sus ojos negros—. O salen máquinas de destrucción masiva como tú… o desperfectos como yo.
—No eres un desperfecto —señaló Roberta, sonando como si aquello la ofendiera a ella—. Sólo eres vieja.
Aquello resultó en un pequeño ataque de carcajadas por parte de la mujer en la cama, intercalado por más tos. Roberta también sonrió, alegre de haberla hecho sonreír… pero también muy preocupada. Quizás lo de ser un desperfecto lo decía medio en broma, pero en más de una ocasión la había oído decir que ya había vivido demasiado más de lo que esa “maldición” que le implantaron a la fuerza debería haberle permitido. Si ella tenía seguido sus dudas existenciales sobre qué había hecho de su vida, no se imaginaba las que la vieja Eight podría tener de vez en cuando. Aunque de seguro ella se dejaba amedrentar mucho menos por ellas.
Roberta se dirigió de regreso al baño para lavar la sangre del trapo. Sin embargo, terminó quedándose más de la cuenta enfrente del agua, tallando el trapo y manchándose sus propias manos de rojo en el proceso. Su mente divagó en el fracaso (que quizás no lo era exactamente, pero así se sentía) de esa noche. Todas las pistas y contactos las habían guiado hasta aquella supuesta fábrica de cosméticos, que era obviamente más de lo que aparentaba. Estaban seguras de que debía ser ahí: ese debía ser el Nido, o al menos les podía dar pistas sobre su localización. Kali le había conseguido un pase para ingresar, logró escabullirse, meterse por los pasadizos más engorrosos y ocultos, y encontrar esos niveles y cuartos que se escondían. Pero no era el sitio, sólo otra base secreta, agujero negro y maldito callejón sin salida como todos los otros con los que se habían cruzado antes.
Y no sólo no era el lugar que buscaban, sino que además la habían descubierto. Tuvo que hacer todo lo posible para escapar de ahí, calcinando a algunos guardias en el proceso, y dejando el lugar en llamas a sus espaldas. Y lo peor era que Kali había tenido que intervenir desde la camioneta para ayudarla, haciendo uso de sus también inusuales habilidades, forzándose de más y terminando en ese estado deplorable.
Estuvo a punto de morir, y Kali igual. Y todo hubiera sido para nada… para absolutamente nada.
Se miró a sí misma en el viejo y sucio espejo frente a ella. Reparó entonces en que su rostro redondo y de pómulos prominentes, se encontraba manchado de algo de hollín, y su cabello rubio ondulado era un verdadero desastre. Ocuparía darse un baño antes de ir a trabajar…
—¡Mierda! —Soltó en voz baja en cuanto el trabajo vino a su mente. Sacó rápidamente su teléfono celular y vio la hora. 3:45 de la mañana… y se suponía que debía entrar a las 7:00, y asistir a la maldita junta matutina de su editor a las 7:30.
Soltó otra pequeña maldición, pero ésta fue inaudible. Lo que menos le interesaba en esos momentos era pensar en ese tedioso periódico. La carrera de periodismo le había siempre interesado principalmente por la investigación, y por tener un medio para divulgar la verdad de las cosas. Y aunque aún le apasionaba, poco a poco se daba cuenta de que aquello que su padre le había comentado sobre las prensas grandes, de circulación nacional, y sin vínculos con el gobierno… se habían quedado atrás en los 80’s. Ahora mientras más escandalosa y ruidosa fuera la noticia, pero al mismo tiempo intrascendente para no meterse en problemas ni agredir a nadie, era mejor.
“Genial, ahora hasta me cuestiono mi carrera”, pensó para sí misma, cerrando de una vez la llave del agua. Colgó el paño en el lavabo y se dirigió de regreso a la cama de su compañera.
—Dame un cigarrillo —espetó Kali con pesadez, alzando una mano hacia ella. Roberta sonrió divertida; ya se veía mejor.
—¿Enserio? —Le cuestionó con falso tono de regaño—. Lo que necesitas ahora es descansar.
—Eso me ayuda a descansar —le respondió Kali jocosa, aunque su semblante de tornó serio de nuevo rápidamente—. Lo lamento, Bobbi.
—¿Qué lamentas?
—Era mi pista, mi investigación. Estaba tan segura… —fue interrumpida por dos tosidos, y entonces prosiguió—. Creo que perdí mi toque.
Roberta permaneció callada unos momentos, y entonces suspiró con cansancio. Se aproximó a la cama y se sentó en la orilla de ésta a lado de Kali.
—Siempre dices lo mismo —señaló, intentando sonar bromista, y tomó una de las manos de su amiga firmemente—. Descuida, yo también estaba segura. Pero no nos han derrotado, ¿oíste? Encontraremos ese Nido.
—Quizás Jane tenga razón… Quizás ese sitio ni siquiera existe…
—Existe —espetó Roberta tajantemente—, yo sé que es así, y me importa un bledo lo que Jane diga. Lo vamos a encontrar, y lo volaremos en pedazos, como se merecen esos bastardos. ¿Bien? —Kali sólo resopló como respuesta, pero lo tomó como una afirmación.
Roberta se puso en ese momento de pie y se abrochó de nuevo su chaqueta.
—Intenta, dormir.
—¿Ya te vas? —le cuestionó Kali, más como retorica que como una pregunta real.
—Entro a trabajar en cuatro horas y aún debo cruzar toda la ciudad. Volveré más tarde. ¿Estarás bien sola?
—En una hora estaré como nueva. —La mujer de cabellos morados alzó una mano, agitándola con desdén en el aire sin mirarla—. Anda, Bobbi. Vete con calma…
Roberta salió de la bodega por una puerta trasera con todo y su motocicleta BMV color negra, con franjas de llamas a los costados; cliché y poco sutil, en especial siendo ella, pero le gustaban. Se colocó el casco, encendió su vehículo, y recorrió a toda velocidad las desoladas calles hasta Midtown Manhattan.
— — — —
Roberta apenas y pudo llegar a su departamento y darse una ducha rápida sólo para quitarse el olor a humo, pólvora, y de paso cigarrillo, de encima. Se tomó dos tazas de café al tiempo que se arreglaba lo mejor posible, apenas peinándose y maquillándose lo necesario, y luego salió disparada de nuevo hacia su motocicleta. El sueño no empezó a afectarle hasta que estuvo en el elevador del edificio de oficinas en el que trabajaba. Pese al café, comenzó a cabecear un poco y soltar algunos bostezos que intentó disimular.
Llevaba cerca de año y medio trabajando como periodista investigadora en el Main News Post. Había pasado los últimos veinte años saltando de un periódico a otro por todo el país, trabajando a veces de manera independiente, y siempre publicando con diferentes seudónimos. Había hecho en ese tiempo muchas conexiones y entablado relación con todo tipo de personas. Sin embargo, nunca se quedaba demasiado tiempo en un sólo lugar para realmente hacer amigos, mucho menos tener algo remotamente parecido a una familia. Los únicos amigos reales que había tenido fueron durante su juventud, y a la mayoría tuvo que dejarlos atrás mucho tiempo atrás. Y su familia había muerto hace ya casi cuarenta años, y ella misma también se encontraba muerta desde ese entonces.
Para las personas que llegaban a trabajar con ella, era una mujer de temperamento rudo, algo reservada y cautelosa con sus palabras, que siempre rechazaba cualquier invitación a salir a beber, o a asistir a alguna fiesta o reunión social. Casi nadie conocía algo de su vida personal, y ella así lo prefería. Hacía todo mucho más simple.
Como todas las mañanas de lunes, las oficinas del periódico se encontraban movidas, con todos poniéndose al corriente con lo que habían estado trabajando durante el fin de semana, y preparando también su información para la junta de las 7:30 con Harry Pound, el editor en jefe.
—¿Otra vez tarde, Bobbi? —escuchó Roberta como le cuestionaba la voz de Valerie, su vecina de escritorio en cuánto llegó al suyo y colocó su casco sobre éste. Echó entonces un vistazo rápido a la hora marcada en el reloj de manecillas con forma de oso que reposaba a un lado de su monitor. Eran las 7:27.
—No, llego justo a tiempo —respondió Roberta con normalidad, mientras se desabrochaba su chaqueta y se sentaba en su silla para revisar lo que pudiera de su correo electrónico en esos tres minutos. En realidad, llevaba desde la mitad de la semana pasada sin tocar ni una letra de su trabajo. La misión de la noche anterior había captado toda su atención, y en parte aún lo hacía.
—Te ves fatal —exclamó Valerie justo después, haciendo nulo intento de disimular su asombro—. ¿Acaso no dormiste?
Valerie era una joven reportera de veinticinco años, ambiciosa y con muchos sueños para el futuro de su carrera, que iban más allá de las secciones de espectáculos y moda, en donde Harry la había metido desde su primer día. Era agradable y Roberta admiraba su energía y positivismo, pero esas eran dos cosas que no encajaban bien con ella, y menos esa mañana.
—Tal vez no —le respondió de forma un poco cortante, esperando que eso dejara el tema por la paz. Aparentemente no funcionó, pues pareció en su lugar despertar aún más la curiosidad de la joven reportera.
—Oh, cuéntame —exclamó Valerie con emoción, haciendo que su silla rodara hasta ponerse a un lado de la de ella. Roberta resopló despacio—. ¿Acaso hay un hombre en tu vida del que nunca has contado?
“Si lo hubiera, ¿por qué crees que lo hubiera contado?”, pensó para sí misma, pero se resistió al impulso de decirlo en voz alta.
—Oh, sí; decenas de ellos —respondió con marcado sarcasmo, mientras miraba fijamente a su monitor—. Suficientes para escribir un libro.
Valerie rio divertida.
—En verdad te admiro, Bobbi. Eres justo el tipo de reportera, y mujer, que aspiro ser algún día.
—Créeme, pequeña —murmuró Roberta con pesadez, volteándola al fin a ver—. Tú no quieres ser cómo yo. No hay nada en mí que me haga digna de ser un modelo a seguir.
—¡Claro que sí! La gente respeta tu trabajo, pues eres una mujer madura e independiente que se mueve con sus propias reglas, y se mete a lugares peligrosos e inhóspitos para conseguir una historia. Tienes locas aventuras nocturnas, y eso sin mencionar que usas chaqueta de piel y te ves genial con ellas… Ah, y conduces una moto. Eres la persona más genial de este lugar, aunque… —miró sutilmente alrededor, y entonces se le acercó lo suficiente para susurrarle despacio—. Si te soy sincera, no es decir mucho, pues aquí la mayoría son hombres viejos y anticuados. Aún hay algunos que creen que soy una pasante o algo así, y me siguen pidiendo que les prepare el café. ¿Puedes creerlo? A puesto que si alguien te dijera algo así a ti, le romperías los dientes, ¿no?
Culminó su comentario con unas pequeñas risillas divertidas. Roberta no pudo evitar sonreír un poco. Entendía lo “genial” que debía parecerle si la veía desde afuera, ignorando todos los fantasmas inimaginables que cargaba dentro. Si aspiraba a ser quien creía que era, entonces estaba bien, pero todo lo que veía o creía no era del todo cierto. Aunque sí le había roto los dientes a un compañero en una ocasión, pero no por haberle pedido un café.
—Manders, Valerie —escucharon que espetaba la carrasposa voz de su editor a sus espaldas, haciéndolas sobresaltarse—. A la sala de juntas. Ahora.
Harry se dirigió con pasos pesados hacia la sala de paredes de vidrio, donde ya algunos se iban de reuniendo. Era un hombre de cincuenta, grande y robusto, de cabeza calva y piel morena. Se le escuchó y miró de mal humor; más que de costumbre.
—De nuevo se peleó con su esposa —señaló Valerie con tono jocoso.
—¿Tú crees? —le respondió Roberta de mala gana. Encima de todo, ahora tendría que lidiar con el mal humor de su jefe.
Las dos mujeres se dirigieron a la sala juntas, Valerie con su tableta y Roberta prefiriendo los clásicos libreta y lápiz; era una vieja reportera un tanto chapada a la antigua. Fueron las últimas en entrar por lo que Valerie cerró la puerta detrás de ella. Ya no había lugar en la larga mesa de madera, por lo que tuvieron que quedarse de pie. Harry estaba sentado en la cabecera de la mesa, con expresión de tener menos ganas de estar ahí que el resto de los presentes.
—Hagamos esto rápido —espetó agitando una mano con desdén en el aire sin siquiera mirar a los otros—. ¿Qué tenemos? Murray.
—Ahm… —balbuceó Murray, un hombre pequeño de cabello negro y anteojos desde una de las sillas—. La oficina del alcalde avisó que realizará un meeting el próximo sábado, en preparación para su campaña de relección…
—Ese viejo hace meetings cada vez que su desayuno le gusta —cortó Harry restándole importancia. No muchos captaron el porqué de la comparación—. Valerie.
La joven se sobresaltó un poco, pues no esperaba que la nombrara tan rápido, o incluso que la nombrara siquiera. Comenzó a revisar rápidamente sus notas en su tableta.
—Yo, pues… Hubo una función especial este sábado en el Beacon, a la que asistieron Mark Wahlberg y su esposa. Quedaron de mandarme las fotos y estoy redactando la nota…
—La quiero lista en una hora —sentenció Harry como un golpe.
—¿Una hora? Ah, sí… señor…
Se notaba duda en el tono de Valerie, y de inmediato comenzó a escribir un correo urgente, posiblemente a quien le iba a facilitar dichas fotos.
Roberta, por su cuenta, no estaba prestando mucha atención a la reunión. Desde que entró a aquella sala, su mente divagó y se distrajo de nuevo en lo ocurrido anoche, y en el estado de Kali. Pensaba en que anoche la habían visto, y que quizás no tardarían mucho en ubicarla pues incluso había tenido que hacer uso de sus habilidades; se preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que descubrieran ese lugar en el que se encontraba en esos momentos e irían a buscarla. ¿Unas semanas?, ¿días?, ¿horas incluso? Pero sobre todo, pensaba en el Nido, en ese sitio que tanta impotencia le causaba pues no era capaz de alcanzarlo.
Harry le preguntó a tres personas más, pero Roberta no escuchó en lo absoluto lo que le respondieron. Y entonces le tocó a ella.
—Manders —espetó Harry, y la mujer rubia se quedó mirando un poco perdida a la pared de vidrio delante de ella sin responder—. Manders —repitió Harry con más fuerza—. ¿Estás aquí?
—¿Qué? —Exclamó Roberta algo pérdida, notando que todos la miraban—. Lo siento… No, no tengo nada nuevo.
Harry le otorgó una mirada dura ante su respuesta, misma que casi provocó que Valerie se apartar de su lado como si temiera que le llegara la onda expansiva de un misil a punto de ser disparado. Roberta, sin embargo, ni siquiera lo miraba.
—“No tengo nada nuevo” es lo que menos espero escuchar de una de mis reporteras investigadoras —soltó Harry con desaire—. ¿Te pago para que vengas y me digas que no tienes nada nuevo? Han sido muchas semanas de sequía ya, ¿no te parece? Me pregunto si no tendrás la cabeza en otro lado…
—Está bien, ya dejaste muy claro tu punto, ¿de acuerdo? —Interrumpió Roberta, alzando un poco de más la voz—. No tienes que seguir siendo tan pedante sólo porque para variar tu mujer te soporta menos que nosotros.
Aquello dejó helados a todos los presentes, incluso al propio Harry que se le quedó mirando, incrédulo de que realmente hubiera escuchado bien. Un instante después, el rostro del editor comenzó a acalorarse, y pareciera que estuviera a punto de salirle fuego de sus orejas. A Roberta de nuevo no le importó, ni hizo nada para cortar el incómodo silencio que se había formado tras su repentino exabrupto.
—Ah… —comentó de pronto otro de los reporteros en la mesa, intentando llamar la atención para aliviar un poco las cosas—. A mí me llegó la noticia de que hubo otro tiroteo en Oregón. En otro hospital, pero esta vez cerca de Salem.
La atención de la mayoría de volcó hacia aquella noticia. Incluso Harry lentamente se viró en su dirección, aun con su rostro enrojecido de coraje.
—¿Otro? —Susurró con interés una mujer sentada delante de él—. ¿Y por la misma…? —No fue capaz de terminar su pregunta, pero quien había dado el aviso pareció entenderle.
—Parece que sí. La información está muy restringida. Al igual que en Portland, los federales llegaron casi de inmediato y sacaron a todos.
Sólo la mención de la palabra “federales” logró captar el interés de Roberta, que rápidamente alzó su mirada curiosa.
—¿Federales? ¿FBI? —cuestionó la mujer rubia.
—Supongo —respondió encogiéndose de hombros el reportero—. Creo que es por esta mujer… Leena Klammer, la asesina con cuerpo de niña. Ya ha de haber sido catalogada como jurisdicción federal, pues ha matado en al menos tres estados.
—¿Con cuerpo de niña? —Espetó Roberta, totalmente confundida. Valerie a su lado, se adelantó a responderle.
—¿No te enteraste de lo que ocurrió en Portland hace unos días? Esta mujer…
—Creo que la señora Manders puede leer ella sola la noticia —señaló Harry cortante—. Oregón está al otro lado del país, y de seguro habrá tiroteos en hospitales cada fin de semana de aquí en adelante, a cómo va este país.
—Pero Harry —señaló el mismo reportero con entusiasmo—, es una mujer asesina que se aprovecha de su condición para hacerse pasar por una niña. Desapareció por años y ahora reaparece para secuestrar a dos niñas, dejando una estela de muerte detrás de ella. Es casi de película…
—Y para ese tipo de cosas, las personas van al cine. Es demasiado amarillista.
—¿Amarillista? —exclamó el reportero, casi ofendido—. Toda la Costa Oeste está hablando del tema, deberíamos intentar al menos…
Antes de que terminara de hablar, Harry pasó de inmediato a preguntarle a otro de los presentes, dejando de lado el tema por completo. Roberta notó que el rostro de su compañero se llenó de desazón, e incluso tiró de manera despectiva su pluma contra su bloc de notas. Harry en verdad estaba más insoportable que de costumbre.
Sin embargo, Roberta sintió una extraña fascinación por el tema que había comentado. ¿Una asesina y secuestradora con cuerpo de niña? Sonaba inusual, muy inusual. Y si alguien sabía de cosas inusuales, era ella. Pero no siempre las cosas que sonaban raras, eran por completo fuera de lo posible o lo normal. A veces la realidad simplemente superaba a la ficción. Y no siempre los “federales” que intervenían en un caso como ese, eran de aquellos que ella buscaba y, en ocasiones, cazaba.
El sonido de un teléfono, acompañado de la vibración contra su pecho, la hizo reaccionar y volver a la realidad. El sonido era estridente y rompió la relativa quietud que se respiraba en la sala. Varios la miraron por mero reflejo, incluso el inquisitivo de Harry. Roberta vaciló; ¿no había puesto su teléfono en silencio? El teléfono convencional, el personal y de trabajo, el que se encontraba en el bolsillo de su pantalón (que tuvo que tocar para asegurarse de que en efecto estaba ahí), ese sí lo había puesto en silencio. Pero el que tenía en el bolsillo interior de su chaqueta no. Ese teléfono ese era…
Se abrió rápidamente el zíper de su chaqueta y sacó el pequeño y anticuado teléfono color azul. En su pequeña pantalla se veía una llamada entrante de un número desconocido, que ni siquiera parecía ser de la ciudad. Alzó su vista y notó que varios la seguían mirando, o quizás les llamaba la atención la cara seria que de seguro había puesto de repente.
—Los siento, debo atender —murmuró rápidamente, antes de salir. Mientras se retiraba, y antes de cerrar la puerta, logró escuchar la voz de Harry gritándole:
—Si esa llamada no es por una maldita exclusiva que te hará ganar el Pulitzer, ni siquiera te molestes en volver a entrar.
Roberta sólo apretó un poco los labios y salió igual sin decir nada. Se alejó unos pasos de la puerta de la sala y sujetó el aparato delante de su rostro. Ese no era cualquier teléfono, era el de emergencias; emergencias que tenían que ver con su otra vida, aquella que se podría decir de cierta forma que era la “real”. Kali se lo había dado. Estaba encriptado y, supuestamente, era imposible de rastrear. La única que le llama a ese número era la propia Kali, y sólo algunos contados aliados. Pero el de la pantalla era un número desconocido, y de otro estado que ella no supo identificar. ¿Sería Kali intentando disfrazar la llamada de alguna forma?; nunca había necesitado hacerlo antes. ¿Alguno de sus aliados le habría dado ese número a alguien más?, ¿para pasarle algún tipo de dato, quizás? Ese no era el procedimiento, y todos lo sabían.
Le vino de nuevo aquel pensamiento: ¿y si ya la habían descubierto?, ¿y si después de lo de anoche ya sabían que estaba ahí? Aquella idea le duró poco, pues pensó que si fuera el caso sus enemigos no la llamarían para avisarle… Pero, ¿quizás alguien más sí?
Antes de que pudiera hacerse una teoría sólida en su mente, decidió confiar en su instinto y responder antes de que la llamada se cortara. Acercó el pequeño aparato a su oído y aguardó, pero no escuchó nada del otro lado; absolutamente nada.
—¿Hola? —susurró intentando sonar firme.
—Buenos días —le respondió casi de inmediato una vocecilla suave y muy calmada—. ¿Hablo con la señorita Charleen McGee?
Roberta sintió que el corazón y su respiración se detenían. Sintió que el suelo bajo sus pies se desaparecía, y miró paranoica hacia un lado y hacia el otro, intentando ver si acaso alguien la miraba. Nadie, absolutamente nadie de sus aliados, usaba ese nombre, ni siquiera el pequeño puñado que lo conocía. Aquello le dio muy mala espina de inmediato.
—Estás equivocada… —respondió rápidamente, disponiéndose a colgarle al instante siguiente.
—Disculpe la molestia —prosiguió la misma vocecilla calmada—, hablo de la Fundación Eleven —. Roberta se detuvo de colgar en el último instante al escuchar aquello—. Me llaman Lucy. Necesito hablar urgentemente con la señorita Charleen McGee. ¿Es usted?
Roberta respiró con algo más de tranquilidad, pero no demasiada. Caviló un poco sobre si podía creer que lo que decía esa chica, que casi sonaba como una niña, era cierto o no. Aunque ciertamente, si alguien fuera de sus aliados actuales podía conocer ese nombre, y de alguna manera lograr llamarle a ese número, era definitivamente alguien de la dichosa Fundación Eleven, un nombre que escuchaba seguido como un eco o murmullo lejano, pero rara vez tan presente y directo. Y justo esa mañana, cuando unas horas antes Kali había mencionado a Jane, su líder. ¿Coincidencia?
Miró de nuevo alrededor, esta vez para asegurarse de que nadie estuviera lo suficientemente cerca para escucharla. Entonces se sentó en un escritorio cercano a ella que estaba vacío, y le susurró despacio a la supuesta Lucy.
—¿Tu línea es segura?
—¿Qué? —murmuró la chica al otro lado, confundida.
—Qué si la maldita línea por la que me estás hablando es segura —le respondió Roberta con más agresividad en su voz, pero sin alzarla de más—. ¿Sí o no?
—Sí, es segura.
—Más te vale —le amenazó la reportera. Suspiró entonces con pesar, y sintió deseos de pedirle a algún poder superior que la protegiera en el salto de fe que estaba por dar—. Sí, yo soy Charleen McGee…
Charleen McGeen, o simplemente Charlie para sus padres y los pocos amigos que había hecho en su infancia y adolescencia. A esas alturas de su vida, aquel nombre le resultaba un tanto ajeno, como si le perteneciera a alguien más, un conocido o un viejo amigo que hacía décadas que no veía. Era el vestigio de una vida que ya no le pertenecía; el epitafio de una niña inocente y dulce de siete años, que murió poco después que su padre. Y no a causa de un disparo o herida, sino por el resentimiento y la ira, que fueron cultivándose y creciendo por más de treinta años, hasta convertirla… en eso que era ahora. Oír ese nombre le causaba ansiedad y preocupación, pero… también algo de tristeza.
—¿Qué quiere Jane ahora? —Cuestionó Roberta con exigencia—. ¿Y cómo es que tienen este número?
—Tenemos nuestras fuentes —fue la respuesta sencilla de Lucy—. Llamo para informarle que la señora Wheeler sufrió un ataque anoche, y en estos momentos se encuentra hospitalizada.
—¿Qué? —Exclamó Roberta, incrédula—. ¿Qué quieres decir con un ataque?
—No tengo los detalles, pero fue del tipo psíquico, y anoche cayó en coma. Hasta este momento sigue sin despertar, hasta dónde se nos ha informado.
—¿En coma? —Roberta se paró rápidamente de la silla. Su rostro se cubrió de incertidumbre, como si se cuestionara si aquello era una especie de broma—. ¿Jane está en coma? ¿Cómo pasó?
—No tengo los detalles.
—Bueno, ¿pero cómo está? ¿Se pondrá bien? ¿Está estable?
—No tengo los detalles.
—¿Sabes al menos quién lo hizo?
—No tengo…
—Deja de repetir eso, ¿cuál es tu problema? —Soltó con marcado fastidio—. ¿Para qué me llamas si no sabes nada? O, ¿para qué me llamas al fin y al cabo? ¿Qué quieren de mí?
—Fueron instrucciones de la señora Wheeler —explicó Lucy—. Ella indicó que si algo le ocurría que la dejara de alguna forma incapacitada, debíamos de buscar y contactar lo antes posible a la señorita Charleen McGee.
Roberta permaneció en un atónito silencio, extrañada por aquella afirmación.
—¿A mí? ¿Para qué?
—No tengo… —al parecer al darse cuenta de que iba a repetir lo mismo que antes, Lucy se contuvo y replanteó su respuesta—. No lo sé, no lo dijo con exactitud. Sólo sigo sus instrucciones.
—Y eres muy obediente, ¿cierto? —señaló la reportera con ironía.
Roberta caminó un poco hacia un lado de manera automática, intentando aclarar sus ideas. Jane Wheeler, la inquebrantable Eleven, estaba en coma. ¿Quién habría sido capaz de hacer algo como eso? ¿Alguno de esos monstruos de otros mundos de los que hablaba a veces? ¿Esa pandilla de asesinos de niños que se habían vuelto casi como su ballena blanca en los últimos años? Quién sabe; no estaba al día con su lista de enemigos. No había hablado con ella en años; ni siquiera recordaba cuánto tiempo había pasado con exactitud. Su amistad, si es que realmente hubo algo como eso entre ellas en alguna ocasión, se había disipado por completo, y ambas habían tomado caminos muy diferentes; y ninguna miraba con buenos ojos el elegido por la otra, pese a que buscaban fines muy similares.
Siempre la había visto como alguien tan poderosa e intocable, y daba por hecho que siempre estaría ahí, de alguna forma vigilándola, a ella, a Kali, y a todos los que eran como ellas y se habían cruzado en su camino. “Pero los años no pasaban por nada”, meditó para sí misma. Quizás ella misma ya no era lo que fue en sus años más mozos. Aun así, le resultaba difícil de creer que alguien le hubiera hecho un daño tan grande. ¿Quién o qué había sido el culpable?
No sabía si lo que sentía era preocupación o curiosidad; quizás un poco de ambas cosas.
—¿Está en Hawkins? —cuestionó tras un rato, en el que Lucy tampoco dijo nada.
—Sí, de momento.
—¿Ya le avisaron a sus hijos?
—La señorita Sarah y el joven James ya fueron notificados y van en camino. La señorita Terry, por lo que sé, estaba con ella cuando ocurrió el ataque. —Hizo una pequeña pausa, y entonces preguntó—: ¿Piensa ir a verla?
Roberta no respondió. Ni siquiera estaba segura de por qué había hecho esas preguntas. Realmente, los asuntos de Eleven no eran de su incumbencia, así como ella había dejado claro que los suyos no lo eran tampoco para la gran líder de la Fundación Eleven. Sea lo que sea que le haya pasado, de seguro se lo había buscado. Y aun así… se sentía muy inquieta.
—Estate tranquila, Lucy; tú ya cumpliste con avisarme —le respondió tajante—. Y no vuelvan a llamarme a este número, ¿entendiste bien?
Antes de que la joven pudiera responderle algo, Roberta se apresuró a colgar.
Se quedó parada justo en donde estaba por un par de minutos, apretando su teléfono entre sus manos y mirado pensativa al suelo. ¿Qué se suponía que debía hacer con esa información? ¿Para qué Jane había solicitado que si algo le pasaba, la llamaran precisamente a ella? ¿Qué esperaba que hiciera con exactitud?
Soltó entonces una maldición silenciosa hacia su vieja amiga. Aún en coma se las arreglaba para ser molesta. Y justo tenía que hacerlo esa mañana en la que todo se le venía encima; ¿no podría haber elegido otro mejor momento para caer en coma? Sabía que ese pensamiento no tenía sentido, pero en aquellos momentos nada lo tenía en realidad.
Se talló su cara intentando despejarse, y se dispuso a volver rápidamente a la sala de juntas, y dejar todo eso atrás. Pero no lo lograría.
—Bienvenida de regreso, su majestad —exclamó Harry elocuentemente en cuanto entró—. ¿Al fin se digna a acompañarnos?
Roberta no le respondió ni lo miró. Cerró la puerta, y se paró quieta delante de ésta, paseando su mirada por la sala sin mirar nada en especial… hasta que sus ojos se posaron sobre la jarra de vidrio con agua, colocada justo en el centro de la mesa. Se enfocó sólo en la jarra y en nada más, intentando de alguna forma externar todo lo que sentía y depositarlo en ella; como si pudiera verterlo en el agua cristalina.
Y entonces, unas pequeñas burbujas comenzaron a formarse en el agua, acompañadas de unas muy sutiles hileras de vapor. Nadie notó eso; al menos, no de momento.
—Y díganos, ¿cuál es esa nueva exclusiva que nos tiene? —preguntó Harry, cruzando sus dedos sobre su barriga.
—Era un asunto personal —murmuró Roberta secamente, sin quitar sus atención del agua.
—Un asunto personal —espetó Harry receloso—. Sólo eso me faltaba. ¿Para qué te tengo aquí exactamente, Manders? No me traes notas, me faltas al respeto, y ahora te sales de nuestra junta por asuntos personales.
—Harry, no te pases —musitó uno de los reporteros sentado a su lado, intentando calmarlo.
—¿Qué no me pase? ¿No puedo ahora decirles ni reprenderlos sin que quieran culpar a mi esposa por ello? —Harry sacó un pañuelo de su saco y comenzó a pasarlo por su frente, que se fue cubriendo poco a poco de pequeñas perlas de sudor—. Qué calor está haciendo de repente…
Harry no fue el único en sentirlo. El ambiente en el interior de aquella sala se estaba volviendo caluroso, e incluso algo sofocante. Todos comenzaron poco a echarse aire con sus libretas, y a sacudir sus blusas y camisas buscando algo de fresco. Todos, menos Roberta Manders, la intrépida Bobbi, que seguía mirando el agua de la jarra, y como ésta poco a poco comenzaba a hervir.
—¿Sabes qué, Harry? —Espetó de golpe la mujer rubia, sin mirarlo—. Jódete. —El editor y todos los demás la miraron con confusión—. Jódete tú, y tú esposa, ¡y este estúpido periódico! —Alzó de golpe la voz, y su grito fue acompañado por el estallido de la jarra. Pedazos de vidrio se regaron por toda la mesa, junto con el agua. La gente exclamó asustada, sin saber qué era lo que había ocurrido, pero apresurándose a retirar sus libretas y computadoras para que no se mojaran.
Roberta respiró hondo, volteó a ver a su editor que se veía igual de sorprendido y asustado que el resto.
—Renuncio —sentenció por último con dureza, y salió apresurada de la sala, prácticamente azotando la puerta.
—¿Qué cosa? —Alcanzó a escuchar a Harry pronunciar a lo lejos mientras se iba—. ¡Oye…!
Roberta caminó derecho hacia el elevador, sin hablar ni mirar a nadie; incluso algunos le sacaron la vuelta y le abrieron paso, asustados no tanto por la manera agresiva en la que caminaba, o por la mueca de cólera que dibujaba su boca. Lo que más los asustó fueron sus ojos, sus ojos azules tan penetrantes, tan llenos de ira y odio que casi parecían estar hechos de fuego…
FIN DEL CAPÍTULO 50
Notas del Autor:
—Charlie McGee, alias Roberta “Bobbi” Manders, se encuentra basada en la protagonista de la novela Ojos de Fuego de Stephen King, y la respectiva versión cinematográfica de 1984. Su apariencia, historia y personalidad se basan en lo visto en ambas versiones, sin ningún cambio notable en éstas, incluyendo sus poderes. En lo que respecta la localización en el tiempo, se toma como referencia los acontecimientos principales de la novela, ocurridos alrededor de 1981. En su historia original, Charlie tiene alrededor de 7 años, por lo que tendría en estos momentos alrededor de 43 años.
—Kali Prasad, alias Eight, se encuentra basada en el respectivo personaje de la serie de Stranger Things del 2016, haciendo su primera aparición en la Segunda Temporada, basándose su apariencia, personalidad y poderes en lo mostrado en ésta. Originalmente el personaje fue presentado con 20 años, teniendo en los momentos actuales de la historia alrededor de 53 años.
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 48. Tío Dan
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 48. Tío Dan
La noche en Frazier se encontraba un poco más fría que en Salem, o incluso que en Anniston a pesar de que ésta última no se encontraba tan lejos. La Residencia Rivington para Cuidados Paliativos se encontraba para esas horas sumida en el silencio, incluso más que en otras noches similares a esa. Poco a poco se acercaba el momento de apagar las luces, y los residentes se iban retirando de uno en uno hacia sus cuartos. El señor McMan había pasado casi toda la tarde-noche en la sala de recreo, sin hacer nada en especial más que ver las novelas y el noticiero local en la televisión, sentado en su siempre leal silla de ruedas. Aproximadamente a las seis, Isaac de la otra ala se había acercado y habían jugado cinco partidas de damas, quedando tres a dos a favor del señor McMan. Isaac se retiró temprano luego de ello; el tiempo que podía pasar fuera de su cama se iba reduciendo conforme pasaban los días, e igual le ocurría a él.
Cuando menos lo pensó, se quedó solo en la sala. En el último tramo, mientras miraba el noticiero, le habían traído una natilla en un pequeño vaso de plástico, misma que estuvo comiendo poco a poco mientras pasaban las noticias, hasta raspar las paredes del recipiente y asegurarse de que había consumido hasta el último centímetro. Cuando terminó del todo, ya era hora de apagar la televisión, así que uno de los cuidadores fue a buscarlo para llevarlo a su cuarto. Se le aproximó por un costado sin que él lo notara hasta que ya se encontraba lo suficientemente cerca.
—¿Listo para descansar, señor McMan? —Le preguntó jovialmente aquel hombre, agachándose a su lado para estar a su misma altura. El hombre anciano en la silla lo volteó a ver a través de sus gruesos anteojos, y una sonrisa de genuina alegría se dibujó en sus labios.
Aquel era uno de los mejores cuidadores de ese lugar, y de los más requeridos por los residentes. Un hombre ya por encima de sus cuarenta, pero bastante bien conservado cabía decir. De rostro fuerte pero apuesto, con una barba a medio crecer, cabello rubio oscuro corto y ojos azules serenos.
—Oh, Daniel —le saludó con voz carrasposa—. ¿Hoy te toca lidiarnos a esta hora?
—Nada de eso —respondió él sonriéndole, y entonces se incorporó de nuevo colocándose detrás de la silla. Era un hombre alto, de complexión mediana y hombros anchos. Tomó las manijas de la silla y comenzó a empujarla lentamente hacia el pasillo—. ¿Qué le parece dar una vuelta antes?
—Me parece bien. No tengo mucho más que hacer, después de todo.
Y así como lo sugirió, el cuidador lo llevó a dar un pequeño recorrido por los pasillos, al tiempo que conversaban lo más animadamente posible. Cada vez que cruzaban palabra, el señor McMan demostraba que aún le quedaba algo de chispa y sabiduría que compartir, mismas que el cáncer de pulmón no le había arrebatado. Pero principalmente se sentía siempre muy a gusto en presencia de aquel hombre de seguro de la mitad de su edad, pues tenía un extraño don para hacer sentir a las personas muy seguras y cómodas en su presencia; y no era, de hecho, su don más peculiar.
Daniel Anthony Torrance, o sólo Dan para los amigos, llevaba ya casi quince años trabajando en la Residencia Rivington. Después de pasar una parte importante de su vida sin un rumbo, y ahogado en problemas, peleas y alcohol, en esos momentos sentía que estaba en el mejor momento posible. De entrada tenía un trabajo que disfrutaba; pese a la constante cercanía con la muerte, sentía que era un sitio en el que podía hacer el bien, y en el que sus habilidades únicas podían serle de utilidad a personas que en realidad lo necesitaban. Tenía amigos, e incluso familia, a los que amaba con todo su ser. Llevaba ya más de quince años sobrio, y contando. Realmente, por primera vez en su mucho tiempo, sentía que podía afirmar con seguridad que era “feliz”, y esperaba poder transmitirle un poco de esa felicidad a los residentes, incluso el señor McMan. Pero claro, la experiencia le había enseñado que cuando más tranquilo y feliz se sentía, más probable era que algo inesperado ocurriera. Y ese algo ocurriría justo esa noche…
Luego de unos minutos de paseo, Dan llevó al señor McMan de regreso a su habitación y lo ayudó a recostarse en su cama. El señor mayor soltó un pequeño gemido doloroso cuando Dan lo sentó en la cama, pero se apresuró de inmediato a aclarar que no era nada; era todo un guerrero a su modo. Terminó de recostarlo y lo cubrió hasta el pecho con la sábana blanca.
—¿Todo se siente bien?
—Mejor que nunca —rio el hombre mayor con voz ronca y cansada, seguido poco después por dos pequeños tosidos.
Mientras Daniel lo terminaba de arropar, colocándole también una frazada no muy gruesa para compensar un poco el frío, notó que los ojos del residente se desviaban hacia la puerta abierta cuarto. Dan se viró en dicha dirección por mero reflejo, y ahí lo vio: a Azreel, llamado de cariño simplemente como Azzie, ese gato de pelaje gris oscuro que con los años parecía haberse puesto más grande y gordo, pero que aún mantenía la gracia y vitalidad de un jovencito. Estaba sentado justo en el marco de la puerta, mirando con sus ojos brillantes y fulminantes en dirección a la cama. Los tres se quedaron callados, incluso conteniendo un poco la respiración. Azzie ladeó su cabeza hacia un lado sin apartar su mirada del punto que tanto le llamaba la atención. Hubo al menos unos diez segundos más de silencio, y entonces el gato se incorporó de nuevo y siguió avanzando por el pasillo, alejándose despreocupado de aquella puerta.
Sólo entonces Daniel y el señor McMan respiraron con alivio, aunque quizás también con una combinación de decepción.
—Parece que el doctor no lo podrá atender esta noche —comentó Dan intentando aligerar un poco el ambiente.
—Otro día será —comentó McMan con una media sonrisa.
Azzie era el doctor más sabio de todo ese lugar. Cuando a alguno de los residentes le llegaba la hora, él se los podía decir sin equivocación alguna. Pero cuando no era aún el momento, no lo era y él lo sabía bien. Y al parecer al señor McMan aún le quedaban unas cuantas noches más en ese sitio; o al menos así lo diagnosticaba el doctor.
Dan siguió arropándolo y justo ya había terminado cuando sintió la presencia de alguien más en la puerta, pero ahora considerablemente más grande que la de un gato.
—Daniel —le llamó una enfermera de uniforme blanco desde la puerta, con tono suave—. Tienes una llamada de tu hermana.
El cuidador se giró hacia ella con expresión perpleja.
—¿De mi hermana?
Dan caviló unos segundos antes de que el sentido de aquella frase tuviera forma completa en su cabeza.
¿Cuánto había pasado ya?, ¿cinco años? Y aún de vez en cuando tenía esos escasos, pero aún existentes, lapsos en los que su mente consciente no relacionaba la expresión “tu hermana” con un nombre y un rostro concreto, aunque aquello solía arreglarse rápido. Y no era que tuviera alguna aversión hacia Lucy Stone, o a la idea de descubrir a sus cuarenta que tenía una media hermana de la que nunca había sabido, o siquiera que ambos tuvieran algún tipo de mala relación. Sencillamente parecía haber un cierto acuerdo implícito entre ambos de no llevar aquel trato mutuo más allá de una educada amistad de adultos, con la cordialidad propia de una plática de día de campo con algún vecino o padre de familia conocido de la escuela; Daniel no era ninguna de las dos cosas, cabe mencionar. Esto era quizás inspirado por la desconfianza inherente en dos completos extraños, la incomodidad comprensible que provocaba la conexión poco ideal existente entre ambos, o simplemente la falta de cariño fraternal, que a diferencia de lo que las películas mostraban no surgía espontáneamente como margaritas de la tierra. Por lo tanto, además de la confusión inicial de Daniel, habría que sumarle la conclusión lógica de que Lucy no le estaría llamando a esas horas de la noche sólo para saludar y preguntarle cómo había sido su día, especialmente presentándose directamente como “su hermana”, al menos de que así lo requiriera.
—Disculpe, debo ir —murmuró, excusándose con el señor McMan.
—Adelante, ve con Dios —le respondió éste con tono divertido, a lo que Dan sólo correspondió con una pequeña sonrisa.
Se dirigió hasta la estación de enfermeras más cercana, en dónde habían pasado la llamada. Ahí la misma enfermera que le había ido a avisar se encargó de conectarlo y pasarle el comunicador.
—¿Hola? —murmuró en voz baja teniendo ya el teléfono en su oído, y la respuesta al otro lado no se hizo esperar ni un poco.
—¡Dan!, ¡¿dónde estabas?! —Escuchó con bastante fuerza la voz aguda de Lucy espetar en la línea—. ¡¿Por qué tardaste tanto?!
—Hey, tranquila, Lucy —respondió Dan, intentando permanecer calmado—. ¿Qué ocurre?
Daniel intuyó que su “hermana” debió haber intentado buscarlo en su móvil (que nunca traía consigo mientras estaba con los residentes, por respeto), y en su apuro había tenido que buscar el número de la Residencia y marcar directamente a ésta en su búsqueda. Más señales de que aquello no podía ser nada bueno.
Escuchó como Lucy respiraba lentamente intentando calmarse, y entonces le contestó con un tono más suave, pero no por ello carente de angustia.
—Es Abra… —soltó de golpe, y todas las alarmas en la cabeza de Dan se encendieron—. No sabemos qué le pasó. Estaba bien, y de pronto comenzó a gritar, se desmayó, y no podemos hacer que despierte. John la revisó y dice que no tiene nada físicamente, que quizás… —calló abruptamente, vacilante por lo que diría—. Que quizás es algo de lo otro…
Dan permaneció en silencio, más intrigado por la forma en la que había mencionado “lo otro” que la idea que dicha expresión traía consigo. Abra era la única hija de Lucy y su esposo, y por consiguiente su sobrina; igualmente introducida en su vida de forma abrupta, así como su madre. Sin embargo, a diferencia de cómo había ocurrido con Lucy, la relación entre Dan y Abra se había dado de una forma mucho más armoniosa y agradable, incluso desde antes de que supieran que eran familia. A Dan le gustaba pensar que aquello se había dado por mucho más que por ese algo especial, aquello que con cierto desdén Lucy llamaba “lo otro”, que ambos compartían, aunque era innegable que mucho había tenido que ver.
Y ahora, al parecer a esa niña (que ya había crecido lo suficiente para ya no encajar en dicha palabra) le acababa de pasar algo, que en primera instancia no entendía por completo de qué se trataba.
—Más despacio, Lucy —murmuró lentamente, alejándose un poco de la estación de enfermeras—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Dijo algo?, ¿vio algo?
—No lo sé —le respondió la mujer en el teléfono, algo a la defensiva—. Sólo dijo que parara, que le dolía… No sé qué pasó, enserio. Por favor, ven. Te necesitamos.
—Está bien, tranquila. Puede que no sea nada, ¿de acuerdo? Pero voy para allá si eso te hace sentir más tranquila.
—Gracias, gracias Dan. —En la voz de Lucy se sintió un poco más de alivio—. Por favor, no tardes.
Luego de unas últimas cortesías, ambos colgaron casi al mismo tiempo. Dan se quedó pensando un poco en lo que había escuchado, repasando en su cabeza cada punto sobre lo sucedido. Comenzó a gritar, decía que le dolía y que parara, se desmayó y no la pueden despertar. Inusual, ciertamente. A pesar de cómo lo apodaban por esos lares, no era un doctor real cómo para determinar si había una explicación razonable que pudiera explicar tales sucesos. John Dalton, sin embargo, sí lo era, y si él les recomendó hablarle debió ser por algo. Sí, a simple vista sonaba a algo que pudiera tener que ver con aquello que los unía a Abra y a él, pero no lo suficiente para asegurarlo con absoluta confianza. Era probable que justo cuando estuviera a mitad de camino, Abra simplemente se despertara como si nada hubiera pasado. Y en parte aquello sería un verdadero alivio, tanto para sus padres como para Dan.
Siguió meditando un poco en todo aquel asunto por un par de minutos, pero si no se movía de una vez no cumpliría la promesa a su hermana. Fuera como fuera, Abra era su sobrina, y una de esas personas especiales en su vida a las que por ningún motivo podía permitirse perder. Además, ella era especial, muy especial; nada de lo que pasara por su cabeza podía ser tomado a la ligera.
Se viró de regreso a la estación de enfermeras y les regresó el teléfono.
—Necesito retirarme —les informó con apuro a las dos mujeres de uniforme en la estación—. Tengo una emergencia familiar.
—Anda, no te apures —le respondió rápidamente una de ellas—. Nosotras te cubrimos.
—Gracias, les debo una.
—¿Sólo una?
Normalmente Dan les seguiría el juego un poco más, pero el apuro de la situación no se lo permitía. Se dirigió entonces apresurado al aparcamiento para empleados. Cruzó sin detenerse los largos pasillos de la Residencia y salió por una de las puertas traseras. Se subió al asiento del conductor de su viejo, pero aún bastante entero Mercedes Benz, y cerró la puerta. Colocó la llave en el encendido, pero no la giró. En su lugar se quedó pensativo, mirando por el parabrisas en dirección a la puerta por la que había salido. Colocó lentamente sus dos manos firmes sobre el volante y cerró los ojos. Respiró lentamente, intentando librarse de cualquier preocupación o pensamiento que pudiera distraerlo.
—¿Abra? —murmuró despacio—. ¿Me escuchas?
Guardó silencio unos segundos en espera de alguna respuesta; no recibió alguna. Todo se mantuvo en absoluto silencio, como muchos esperarían que ocurriera, pero no Dan. No esperaba oír su voz de pronto o el sonido de marcado como si fuera el teléfono. Pero esperaba al menos sentir algo; sentir la presencia de su joven sobrina, aunque fuera como una imagen difusa a lo lejos o un chillido apenas audible en su oído. Pero en su lugar, sólo obtuvo silencio, y una profunda sensación de vacío.
Quizás no era nada, justo como se lo había dicho a Lucy. O, podría ser algo muy, muy serio. Nunca se sabía cuándo se trataba del Resplandor.
Se colocó su cinturón de seguridad y dio vuelta al encendido haciendo que el motor resonara como un gatito. Salió rápidamente del estacionamiento de la Residencia Rivington, y se puso en marcha y sin espera hacia Anniston.
— — — —
Eran más de las diez de la noche cuando Dan arribó a la calle de los Stone. Nada había cambiado durante el tiempo que duró su trayecto. Abra seguía recostada en el sillón, bastante apacible y con Brownie acurrucado a su lado. David y John se encontraban sentados en la barra de cocina bebiendo silenciosamente una taza de café; sus intentos de comenzar una conversación no habían dado buenos frutos. Lucy era incapaz de tranquilizarse, mucho menos de sentarse a tomar café. En cuanto colgó con Dan, comenzó a caminar de un lado a otro por toda la sala, se sentaba de vez en cuando con Abra, y principalmente se aproximaba a la ventana para ver si acaso el vehículo de su medio hermano no se había ya aparcado delante de la casa, aunque sólo hubiera pasado unos cuantos minutos desde que hablaron. Los intentos de David o John por pedirle que se sentara con ellos a esperar tampoco funcionaron, y de hecho causaban más de una reacción aversa en la mujer.
Cuando al fin el sonido del vehículo se hizo presente, y fue más que obvio que en efecto éste se había detenido delante de la casa, Lucy corrió despavorida hacia la puerta, seguida varios pasos detrás por su esposo y por el Dr. Dalton.
—¡Gracias al Dios que al fin llegaste! —Espetó Lucy con alivio, aunque también con algo de recriminación, justo cuando Dan apenas se bajaba del auto. Éste se vio algo aturdido por el repentino señalamiento.
—Tranquila Lucy —murmuró Dan con seriedad, cerrando la puerta del auto con llave—. ¿Aún no despierta?
—No, sigue igual. Por favor, ven, rápido…
Lucy lo tomó apremiante de su brazo y comenzó a jalarlo hacia el interior de la casa; apenas y tuvo unos segundos para saludar con un ademán de su cabeza a David y John.
Al entrar, lo primero que lo recibió fue el propio Brownie, que le ladraba despacio con la misma alarma y premura que Lucy. Luego, al alzar su mirada un poco más adelante, el cuidador se encontró con la figura de su sobrina, recostada bocarriba sobre el sillón, con sus manos sobre su regazo. Usaba un suéter rosa terciopelado y pantalones rojos; sus zapatos tipo tenis reposaban a un lado del sillón. Dan se aproximó cauteloso al sillón, sin apartar sus ojos azules ni un segundo de la muchacha. Se permitió sentarse en la mesita de centro justo a su lado, e inclinó un poco su cuerpo hacia ella, contemplando en silencio su rostro dormido.
—¿Abra? —Espetó con algo de fuerza, pero no hubo ninguna reacción en ella.
“Abra,”, soltó justo después, pero no con su boca, sino como un fuerte pensamiento que encaminó directo hacia su joven sobrina, con la intensidad suficiente para al menos hacerla sacudirse un poco. Sin embargo, tampoco resultó; era como si su pensamiento fuera una brisa chocando contra un impenetrable muro.
Dan pasó su mano por su boca y barbilla, sintiendo como estos se raspaban con su barba a medio crecer.
—¿Y bien? —Murmuró Lucy sobre su hombro con impaciencia.
—Creo que se está protegiendo —respondió tras un rato—. No puedo entrar en lo absoluto en su mente. Debió haber sufrido alguna clase de ataque externo, y su mente se blindó a sí misma para defenderse.
—¿Eso es algo bueno? —Inquirió David, con voz temblorosa.
Dan no respondió, pues en realidad no lo sabía; no estaba seguro si podía siquiera ratificar su teoría.
—¿Puedes despertarla? —Comentó ahora John con interés.
—No lo sé. Es bastante poderosa, y ustedes lo saben. No sé si sea capaz de entrar sin hacernos daño a ambos. Quizás ella misma salga de ese estado cuando esté lista.
—¿Quizás? —Murmuró Lucy, casi como si aquella palabra le ofendiera—. ¿Quizás cuándo? ¿Unas horas?, ¿unos días? ¿Años?
—No lo sé, Lucy —respondió Dan asertivamente, parándose rápidamente de la mesita—. Esto no viene precisamente con un manual para casos de emergencias, ¿sabes?
—Tranquilicémonos, por favor —intervino John rápidamente, antes de que aquello estallara en una pelea—. Es obvio que estamos muy nerviosos y confundidos, pero todos estamos de acuerdo en que Dan es el que más sabe de estas cosas, ¿no? —Lucy y David no dijeron nada; la primera sólo se limitó a mirar con un enojo frío a su medio hermano. John se viró entonces hacia Dan con postura más reconciliadora—. ¿Qué opinas tú que debamos hacer?
Dan vaciló y se viró de nuevo hacia Abra. Le daba la impresión de que nunca la había visto tan calmada antes; realmente no parecía ella, y especialmente no parecía que algo malo le estuviera pasando.
—Voy a intentarlo —respondió seriamente, sentándose de nuevo—. Sólo intentarlo. Si siento que podría provocarle algún daño, lo dejaré; es por su bien.
—Correcto. Gracias, Dan —murmuró David, colocando sus manos sobre los hombros de su esposa para intentar reconfortarla.
Dijo que lo intentaría, pero en realidad no estaba muy seguro de qué haría con exactitud; la mayoría del tiempo no lo sabía. Cómo había dicho, sus poderes no venían con un manual de instrucciones. La mayor parte del tiempo debía dejarse llevar por su mero instinto, y aplicar un poco la prueba y el error.
Dan respiró hondo. Acercó su mano izquierda hacia Abra y la colocó sobre su frente. Se concentró aún más que antes, enfocó con bastante fuerza su mente en ella. La sensación era similar a estar presionando ambas manos contra una pared, intentando atravesarla con ellas, y obteniendo el mismo resultado que si realmente hiciera ello en el mundo físico. Cerró los ojos para concentrarse mejor.
“Abra.”
“Abra.”
“¡Abra!”
Abrió sus ojos de golpe, aunque él supo que no precisamente de forma literal. Su mente ya no se encontraba en la sala de los Stone, y quizás no estuviera realmente en ningún sitio en particular. Ante él, sólo lograba ver una negra y absoluta oscuridad, y escuchar un profundo y casi imposible silencio. A dónde quiera que volteaba era exactamente lo mismo. Dio un paso, y aquel movimiento rompió un poco la sensación de vacío pues escuchó el chapoteó de sus pies contra el agua. El suelo parecía estar cubierto de ella al menos por medio centímetro. Al bajar su mirada, le sorprendió poder ver con claridad sus zapatos mojados, al igual que su pantalón, como si su cuerpo brillara con luz propia entre esa penumbra.
—¿Abra? —Exclamó como algo de fuerza, y realmente no estaba seguro si sonido alguno había salido de su boca. ¿En dónde se encontraba realmente?—. Abra, ¿estás aquí?
No hubo ninguna clase de respuesta perceptible. Comenzó a avanzar cautelosamente, y en cada momento sentía sus pies empujando el agua.
¿Era ahí en dónde Abra se había ido a ocultar? Parecía inusual para ella, especialmente porque no veía a ningún dragón o algún otro de sus personajes de ficción favoritos, desenvainando su espada con la disposición de decapitar a cualquier intruso. No se percibía el fuego habitual que la caracterizaba. Aquel sitio se sentía mucho más frío, y sobre todo solitario. ¿Podría ser que ese escenario no le perteneciera a su sobrina?
Dan siguió avanzando sin ver ni escuchar nada por… ¿cuánto tiempo fue con exactitud? El correr de los segundo era confuso en aquel espacio. De seguro en el mundo real no habían pasado más que un par de minutos a lo mucho, pero se sentía tan cansado como si hubiera recorrido ya un par de kilómetros.
Aquello no parecía que lo fuera a llevar a ningún lado, pero al parecer el perseverar terminó rindiéndole frutos. Llegando a cierto punto, logró distinguir algo más entre la prácticamente infinita oscuridad; algo que al parecer también brillaba con su propia luz, y se hallaba en el suelo más adelante por su camino. No sabía qué era, en especial no sabía si era quien había ido a buscar. Aun así, aceleró el paso arrastrando sus pies por esa agua que cada vez sentía más pesada. Poco a poco aquello que veía tomó forma de una persona, tirada en el piso con su cuerpo casi sumergido por completo en el agua, siendo quizás lo único expuesto su rostro blanco. Dan llegó hasta ella, se tiró de rodillas y la alzó.
—¡Abra!, ¿me escuchas? —Espetó fuertemente mientras sujetaba el delgado cuerpo de su sobrina unos centímetros fuera del agua; ésta no le respondió. Su cabello rubio yacía suelto y empapado, soltando pequeñas gotas que caían verticalmente y creaban pequeñas ondulaciones. Su rostro se veía más pálido que de costumbre, sin el usual rubor en sus mejillas, y se sentía fría.
Dan intentó llamarla de nuevo, pero ahora haciendo llegar sus pensamientos hacia ella de forma quizás de más agresiva.
“¡Abra!, despierta de una vez. ¿No sabes lo preocupados que nos tienes a todos? Despierta, niña. ¡Ahora!”
Ese último empujón fue incluso más intenso, pero resultó. El cuerpo de la jovencita se estremeció, sus ojos se abrieron de golpe y su boca jaló una rápida bocanada de aire. Se terminó de sentar por su cuenta en el suelo y ladeó su cabeza hacia un lado, comenzando a toser y soltar algo de agua.
Dan respiró aliviado. Aún seguía ahí.
—¿Tío Dan? —Exclamó confundida la jovencita una vez que logró controlar sus arcadas—. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué hago aquí?, ¿sabes al menos dónde es aquí? —Le respondió Daniel con una combinación de humor y reprimenda.
Abra miró entonces alrededor, sintiéndose totalmente desorientada.
—Supongo que no es mi casa.
—Eso no es del todo correcto, en realidad. ¿Recuerdas qué fue lo pasó? Tus padres dijeron que oíste varias voces, dijiste que sentías mucho dolor, y luego te desmayaste.
—¿Eso pasó? —susurró la joven como una pregunta más a sí misma. Se paró lentamente sin que Daniel la ayudara, y empezó a andar sin rumbo, como si buscara algo que le ayudara a darle claridad a su cabeza. Su tío la siguió cauteloso—. Sí, creo que… ya recuerdo un poco. Estaba subiendo las escaleras, y vinieron a mí cabeza todas esas imágenes y sonidos. Fue demasiado de golpe, no lo podía controlar.
—¿Qué imágenes? ¿Recuerdas qué eran?
—Eran… —Abra vaciló unos momentos antes de responder—. Eran en efecto, como recuerdos… Pero no eran míos.
Se detuvo un momento, dándole la espalda.
—Hace unos días, una mujer apareció en mi sala. Era una proyección, pero la pude sentir vívidamente como si estuviera ahí físicamente. Nunca la había visto. Por un momento se me vino a la mente Rose la Chistera y cómo se presentó de igual forma en mi cuarto cuando era pequeña.
A Dan la sola mención de ese nombre le provocaba una punzada de ira y preocupación en el pecho. Rose la Chistera, y su dichoso Nudo Verdadero; un grupo de monstruos, si es que aquella era la palabra más adecuada para describirlos, que cazaban niños con el Resplandor como Abra, para asesinarlos y consumir aquello que los hacía especial, y todo sólo para mantener sus vidas y su juventud. Hacía ya un tiempo que él no pensaba en ellos, pero sabía muy bien debían de alguna u otra forma estar presentes en la mente de su sobrina.
Abra prosiguió con su explicación.
—Me asusté y la empujé lejos, muy lejos de mí. No sé quién era, pero creo que la volví a ver entre todos esos recuerdos.
—¿Fue ella la que te atacó? ¿Otra resplandeciente? ¿O una verdadera quizás?
—No lo sé… —Abra se sujetó su cabeza firmemente con ambas manos, como si le comenzara a doler—. Es muy confuso. Tal vez si pudiera poner en orden esas imágenes y pudiera verlas con más claridad…
—Eso es posible —señaló Dan, avanzando hasta colocarse a su lado—. Este espacio vacío es tu lienzo. Si esas imágenes siguen en tu cabeza, debes poder proyectarlas, cómo una película.
—Cómo una película —repitió Abra de forma mecánica.
Aquello tuvo bastante sentido, o al menos el suficiente. Abra respiró profundamente intentando calmarse antes de entrar de nuevo en el pantanoso terreno de aquello que quería sacar. Pretendió recordar todo lo que había visto y sentido en aquellos momentos, sin perderse ni ser sepultada por eso como la última vez. Había visto muchas voces hablando, y flashes de momentos y lugares diferentes, pero no todos se sentían tan relevantes; eran sólo sonido de fondo en la escena. Debía enfocarse en los personajes principales y aquello que se encontraba al frente del escenario, y dejar todo lo demás de lado.
Y entonces, rodeado por toda aquella oscuridad, se materializó como salido de la neblina un sillón de tapiz verde como alfombra, y sentada en el centro de éste había una mujer. Este cambio tan repentino sacó un poco de balance a Dan y Abra por igual, pero no sucumbieron a esto. Desde la distancia en la que se encontraban, ninguno lograba ver con claridad a la mujer; era como una figura borrosa que se combinaba y perdía en el tapiz del sillón. Ambos avanzaron cautelosos hacia aquella enigmática figura. A pesar de que sabían de qué se trataba únicamente de una imagen mental materializada de aquellos recuerdos ajenos que habían invadido la mente de Abra, igual sus movimientos eran cautelosos, como si temieran que alguien o algo los atacara en cualquier instante de distracción.
Conforme más se acercaron, la apariencia de aquella persona se volvió más apreciable. Era una mujer de más de cuarenta, de cabello castaño rizado que caía sobre sus hombros. Su rostro era blanco y sereno, con facciones algo duras. Anteojos cuadrados y algo grandes decoraban sus ojos cafés, que miraban concentrados al frente, como si entre toda esa negrura fuera capaz de ver algo que ellos no. Abra se colocó delante de ella, e inclinó su cuerpo al frente para revisar con más detenimiento su rostro.
—Es ella —indicó casi de inmediato—, la mujer que apareció ante mí el otro día. O al menos eso creo… no logré verla muy bien. No parece una mala persona.
—Las caras engañan —murmuró Dan con algo de dureza—. ¿Qué era lo que quería que vieras? No hay nada más aquí.
—No lo sé. Quizás…
Antes de que pudiera decir algo más, ambos escucharon un fuerte y doloroso alarido que se escapó de los labios de la extraña mujer, al tiempo que su cuerpo se torcía. Aquel grito retumbó en todo su alrededor con un tremendo eco. Abra retrocedió alarmada por reflejo, y fue justo cuando marcó esa distancia adicional que lo notó: había alguien más ahí. Justo detrás de aquella mujer se encontraba una figura humanoide, totalmente negra, que le rodeaba el cuello fuertemente con su brazo, tanto que parecía que la estuviera asfixiando. Los dedos delgados de la víctima se aferraban a aquel brazo negro como intentando apartarlo de ella, pero al parecer era incapaz de moverlo aunque fuera un poco. Ni Abra ni Dan lograban ver claramente la apariencia de esa otra persona; era simplemente una silueta negra que se confundía en veces con la oscuridad al fondo de aquella irreal escena.
—Mike, ese es su nombre, ¿eh? —Escucharon como murmuraba una voz grave e inhumana que resonaba como varias, sin siquiera poder identificarse como masculina o femenina. La oían resonar en todo su alrededor, pero estaban seguros que venía de aquel ser detrás del sillón—. Tanto que se esforzó para mantenerme lejos de aquí la primera vez, y mire ahora: me trajo justo hasta su casa, con su linda familia.
—¿Qué está pasando? —Cuestionó Dan, aturdido por el resonar de aquella voz en sus oídos, el cuál incluso le provocaba algo de dolor en su cabeza. Abra no dijo nada; su atención estaba por completo enfocada en ver lo que ocurría delante de ella, y en intentar entenderlo.
—Mike… Terry… Váyanse de aquí, corran… —susurró con debilidad la mujer castaña, apenas logrando ser oída.
—¿Y enserio cree que hay algún lugar en el que se pueden esconder de mí? —Respondió justo después la misma voz cruel de antes. Se sentía como si incluso se burlara de ella—. Debió haberse quedado al margen, señora. Yo no pierdo dos veces en el mismo juego…
Abra se estremeció, como si un fuerte e incontrolable escalofrío le recorriera todo el cuerpo, desde los pies hasta su cabeza.
—El ataque no era contra mí —señaló sorprendida—. Ella fue la atacada… por eso…
Los ojos de la joven se enfocaron en el extraño ser oscuro, intentando de alguna forma ver a través de esas penumbras que lo ocultaban. Su presencia le provocaba una sensación extraña, incómoda… pero, también muy familiar.
—Yo te conozco —espetó de golpe, sin saber con claridad por qué lo decía. Dicho pensamiento se le vino a la cabeza repentinamente, aunque era más una sensación que un razonamiento coherente—. ¿Quién…?
—¿Quién eres tú? —Oyó de golpe que una voz que no era la suya pronunciaba la misma pregunta que se comenzaba a formar en su boca.
Abra se giró hacia un lado. Una nueva figura se había materializado en el escenario. Era una joven, quizás de su misma edad, de cabello castaño rizado, muy parecido al de la mujer del sillón; de hecho, se parecía bastante, como si se tratara de una versión joven de ella.
—Ah, ella puede verme. ¿Acaso es como usted? —Cuestionó de forma juguetona el misterioso atacante—. Quizás también deba hacerle una visita después de que acabe con usted, pero esta vez en persona. O aún mejor, tengo un par de amigos a los que les encantaría que se las diera como regalo; le darían un buen uso...
—Ni se te ocurra ponerle un dedo encima, bastardo —soltó la mujer del sillón, notándosele un ferviente enojo en su voz—. Te juro que te voy a…
—¿Qué me va a qué?, ¿eh? Por si no se ha dado cuenta, no está en posición de amenazar a nadie; y nunca más lo estará…
En ese momento, los dedos negros de la mano derecha de aquel ser se presionaron contra un costado de la cabeza de la mujer, y comenzaron a introducirse lentamente en ella. Su piel comenzaba a tornarse oscura, desde el punto en el que sus dedos entraban, y se extendía como una mancha de petróleo sobre el océano. La mujer castaña gritó con una intensidad tan grande que parecía que su garganta se fuera a desgarrar. Era un grito tan doloroso y punzante, que con sólo oírlo Abra sintió una presión sofocante en el pecho. No había sangre en la unión de los dedos y la cabeza, pero de la nariz de la mujer brotaba una abundante hemorragia.
Abra tuvo el instinto de cerrar los ojos y cubrirse los oídos, pero aquello no importaba; el grito y la imagen de aquella mujer siendo consumida por esa sombra voraz no salían de su cabeza.
—Recuerda, todo esto es sólo un recuerdo —le susurró su tío Dan a sus espaldas—. Nada de esto es real, nadie puede lastimarte.
—¡Eso no lo hace menos horrible! —espetó Abra a la defensiva.
—¡No!, ¡déjala! —Oyó de pronto que aquella otra chica joven gritaba aguerridamente. Abra se permitió abrir los ojos y mirar hacia ella. Miraba intensamente al misterioso atacante, pese que le pareció percibir duda y miedo en el temblor de sus piernas y manos—. ¡¡Deja a mi mamá!!
Aquel último grito fue tan intenso, y retumbó tan fuerte como una tremenda explosión. Y en efecto, Abra y Dan sintieron como si una onda expansiva los empujara hacia atrás. Todo a su alrededor se desquebrajó como cristal, y voló en mil pedazos. Por unos instantes a ambos les pareció perder la sensación del suelo contra sus pies, o cualquier percepción clara del arriba o el abajo, como si flotaran a la deriva por el espacio. Dan extendió su mano hacia su sobrina, y sintió que tuvo que estirarlo varios metros antes de poder tomarla firmemente de su mano. Sólo hasta entonces ambos cayeron de nuevo sólidamente sobre algo que podían considerar piso, empapándose en el agua que había en éste.
—Eso fue lo que pasó —señaló Abra, sentándose. A su alrededor ya no había sillón, ni mujer sangrando, ni jovencita asustada, ni mucho menos aquella horrible criatura oscura—. El choque de estas dos… o más bien tres fuerzas. Fue lo que terminó por golpearme y dejarme incapacitada. Tanto que tuve que encerrarme aquí para protegerme.
—Pero, ¿por qué a ti? —Cuestionó Dan con confusión, parándose. La sensación de tener sus zapatos y pantalones húmedos parecía bastante real—. No conoces a ninguna de estas personas, ¿o sí?
—No… —respondió la joven, dubitativa—. Pero en realidad no estoy del todo segura de eso. Esa mujer, creo que me estaba buscando por algún motivo el otro día, y hoy quizás lo hizo también. Y quien la atacó… —calló de golpe, y se abrazó a sí misma como si intentara calmar un repentino frío—. Creo que lo conozco, pero no logro pensar con claridad en eso… hay tanto ruido todavía…
—¡Jane! —Escucharon un grito detrás de ellos. Ambos se estremecieron y se giraron al mismo tiempo en la misma dirección; aún había un recuerdo más que mirar, al parecer.
La mujer del sillón yacía ahora en el suelo. La sangre de su nariz le cubría casi toda la parte inferior de su cara y había manchado sus ropas. Sus ojos seguían abiertos, pero se veían perdidos, incluso muertos. Un hombre estaba a su lado y la alzó en sus brazos. Su cuello se ladeó sin resistencia alguna hacia un lado.
“¿Está muerta?”, pensó Abra con incredulidad.
El hombre seguía llamándola sin recibir respuesta.
—Oh, Dios, El, cariño… —Él se viró hacia un lado, hablándole por unos momentos a alguien más—. ¡Llama a una ambulancia! ¡Rápido! Jane, contéstame por favor, reacciona…
—Jane… —murmuró Abra despacio, haciendo que dicho nombre se volviera algo real y tangible.
De pronto, notó como los ojos de aquella mujer se giraron directo hacia ella. Por un segundo creyó que era su imaginación, o quizás una coincidencia, pero no era así. Abra estuvo segura casi inmediatamente después de que sí la miraba justo a ella.
—Ayúdalos, por favor —escuchó como murmuraba con cierta debilidad—. Ayuda a Matilda…
¿Matilda?, ¿quién era Matilda? No estaba segura si aquella imagen pudiera o no responderle, pero ya no importaba. Un instante después comenzó a desaparecer, esfumándose en una nube de polvo arrastrada por el viento.
Y una vez más, ya no hubo nada más; sólo ellos dos y la oscuridad. Dan le dio unos momentos para que terminara de tranquilizarse y asimilarlo todo.
—Abra, es hora de volver —señaló el cuidador una vez que lo sintió prudente.
La joven asintió.
—Sí, es hora.
Aún todo era muy confuso, pero ya se sentía lista para despertar y encarar el mundo real. No sabía aún qué haría después de eso, pero sería un buen primer paso. Cerró los ojos, respiró hondo, y dejó que todas esas preocupaciones se escurrieran de su cuerpo como el agua. Y permitió que todo ese escenario negro se cubriera poco a poco de color…
— — — —
El primero en abrir los ojos fue Dan. Se estremeció hacia atrás, apartando también rápidamente las manos de Abra para usarlas como apoyo contra la mesa en la que estaba sentado y así evitar caerse. Abra le siguió un instante después, aunque de una forma mucho más calmada, como si estuviera despertando tranquilamente de un sueño. Lo primero que vio fue el techo de su sala, el cual desde su perspectiva daba un poco de vueltas.
—¡Abra! —Exclamó efusivamente la voz de Lucy Stone, al tiempo que prácticamente se lanzaba contra su hija y la rodeaba con sus brazos fuertemente. La joven, aún algo aturdida, no pareció reaccionar del todo a esto, ni a los repetidos besos que su madre comenzó a darle en su frente—. Mi pequeña, ¿estás bien? No te duele nada.
Abra tardó unos segundos en responder, tiempo que al parecer necesitó para quitarse de encima los últimos rastros de inconsciencia que le quedaban.
—Estoy bien, mamá —susurró algo distante, alzando un brazo para corresponderle su abrazo—. Lamento si te preocupe.
Lucy no contestó, sólo la siguió abrazando y besando.
Dan se alzó de la pequeña mesa de centro y se apartó un poco del sillón; en parte para darle algo más de espacio a su media hermana, y también para él mismo poder tomar un poco de aire y recuperarse. No pensó que aquello hubiera sido tan extenuante físicamente, hasta que su mente volvió a su cuerpo. Estaba un poco mareado y cansado, pero poco a poco se estaba recuperando.
—Lo lograste, Dan —escuchó que David pronunciaba detrás de él, y luego sintió como colocaba su mano sobre su hombro—. Gracias.
—No fue nada —le respondió secamente sin voltear a verlo. De cierta forma, Abra lo había logrado ella misma; él sólo le había dado un pequeño empujón.
—¿Qué fue lo que pasó? —Escuchó a continuación que cuestionaba ahora John, bastante curioso por saber.
Dan se viró a mirarlo un segundo dubitativo, y entonces posó su atención en Abra. Ésta comprendió que le estaba cediendo la palabra si acaso ella quería explicarlo. Y no era que no quisiera, sino más bien no estaba muy segura de qué podría decir en realidad para que sus padres y el Dr. Dalton lo entendieran. Y en retrospectiva, posiblemente podría haber comenzado con algo más clarificador que lo que eligió decir.
—Creo que alguien necesita de mi ayuda —pronunció solemne, alzando su mirada.
Lucy, David y John la miraron con confusión.
—¿Alguien?, ¿quién? —cuestionó Lucy apremiante.
Abra negó lentamente con su cabeza.
—Sólo sé que sus nombres son Jane… y Matilda…
FIN DEL CAPÍTULO 48
Notas del Autor:
—Daniel Torrance se basa íntegramente en el respectivo personaje de las novelas El Resplandor y Doctor Sueño escritas por Stephen King. En lo respectivo a su apariencia, personalidad y trasfondo, se basará principalmente en cómo se presentó en las novelas, tomando sólo algunos detalles de las adaptaciones cinematográficas. Esta historia se ubica alrededor de dos años después del final de Doctor Sueño, por lo que tendría entre 43 y 44 años.
“Typhoon Rains”
Ceramics Jane Wheeler Nikaido Akihiro
Paintings Takata Takeya
「台風雨」
陶芸 ジェーン ウイラー 二階堂明弘
絵画 高田竹弥




