(En adelante, LA OBRA es la versión española del artículo homónimo de Carmen G. Aragón, alias Jean Murdock, para la revista Lletraferit.)
Un escritor que no escribe, ¿es un escritor?
Suelo decir que soy una autora sin obra. No es que no haya escrito nada —un libro, algunos poemas, muchos aforismos, varios artículos—, pero el resto de mi obra está en mi cabeza o son notas al pie. También tengo prefacios, epílogos y anexos. Tengo índices y apéndices, y hasta puede que desarrolle tentáculos. Tengo agente y editor, e incluso tengo ilustrador, porque hoy no basta con aturdir a la imaginación; hay que matarla. En definitiva, tengo toda la periferia de mi obra, las afueras, los suburbios, el marco. Solo me falta lo que de aquí en adelante llamaremos LA OBRA, como consta en los contratos de traducción. Así, cual parafraseo de un personaje pirandelliano, soy una autora en busca de LA OBRA.
Mi mayor logro literario hasta el momento ha sido bautizar a un cerdo en Fuqing, ciudad de la prefectura de Fuzhou, en la provincia de Fujián, China, donde pasé unos meses hace ya más de unos años:
Era de noche y brillaba la luna . Me acordé de los versos de Brecht: «¿Ves la luna sobre el Soho?». Aunque aquello era más bien como esa exclamación que leí en una tira cómica de no recuerdo quién: «¡Qué bonito el vuelo de las gaviotas sobre el vertedero!». Pues bien, brillaba la luna entre el cielo negro de polvo sobre el río de plomo, paseábamos por la orilla parda, siguiendo la corriente, acompañadas de un espeso olor a coliflor y metano, a podredumbre y carne cruda. ¿Qué sería? Y de pronto lo vimos, flotando río abajo a nuestra izquierda: un cerdo muerto, blanquecino y de buen tamaño, hinchado, con el lomo cubierto de hojas y ramitas. Lo llamé Ofelia.
Esa imagen me acompaña a menudo, la visión del cerdo. Me recuerda lo que es la vida, esa mezcla de lo sublime y lo grotesco, esa alegre aceptación del desmoronamiento platónico entreverado con el encumbramiento de lo feo. Aquel cerdo podía haber sido solo muerte y vapores mefíticos, pero, convertido en Ofelia bajo la luna, se trascendió.
Aparte de ese acierto ofélico, del que me enorgullezco tontamente, las cosas son así. Hace poco me sorprendí leyendo en Simon Leys lo que me suele pasar:
«¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro? No corráis en llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano, a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto.
»Hablo por propia experiencia. Hace dieciocho años que yo acariciaba el proyecto de escribir la historia de los náufragos del Batavia. Coleccioné casi todo lo que se publicaba sobre el asunto; luego pasé una temporada en las islas Houtman Abrolhos, emplazamiento del naufragio. A lo largo de los años, continué acumulando notas, pero sin decidirme nunca a escribir la primera página de esta famosa obra en gestación que, en la imaginación cada vez más sarcástica de mis allegados, comenzó poco a poco a adquirir una dimensión mítica. De tiempo en tiempo, me enteraba de que acababa de aparecer un nuevo libro sobre mi asunto; me entraba un sudor frío, y corría a por él temblando. Pero no, no era más que una falsa alarma; no tardaba en darme cuenta, con alivio, de que el autor había errado una vez más su objetivo, lo que reforzaba mi falso sentimiento de seguridad. Una o dos veces, sin embargo, sentí que me rozaba la ráfaga de aire de la bala, pero no supe sacar la debida lección de ello.
»Finalmente, llegó Mike Dash. Con su Batavia’s Graveyard (Weidenfeld & Nicolson, Londres), este autor dio en la diana, y no me queda ya nada que decir».
Pues bien, salvando la distancia con Leys —a quien admiro y quien sí tiene mucho que decir, y de qué forma subyugante, sobre el Batavia—, eso es lo que me suele pasar: tengo una idea, leo acerca de ella, recopilo notas —cada vez más notas, un «perfecto caos» de notas, si se me permite el oxímoron—, incluso llego a escribir pequeños fragmentos, pero, aquejada del síndrome de Bruckner, es decir, de la implacable autocorrección continua —según yo la única máquina posible del movimiento perpetuo—, nunca culmino mi obra. En otras palabras, y como digo a menudo: soy una mujer de principios, no acabo nada.
¿Un autor sin obra aparente, es en sí mismo su obra o esta debe fijarse en otro soporte? Tal vez podría emular al Hombre Ilustrado de Bradbury y, en mi caso, entintarme la piel con mis notas. Así podría caminar de esta guisa con LA OBRA tatuada a cuestas y explicársela a los incautos, quienes morirían de horror tras escucharla.
Sócrates, según Platón en su diálogo Fedro, mantuvo que el paso de la oralidad a la escritura perjudicaría la memoria. Me pregunto qué pensaría no solo ya de escribirlo todo, como hacemos ahora, sino de tener que acompañarlo de imágenes. ¡Es un doble asesinato! El de la memoria y, como he apuntado antes, el de la imaginación.
¿Es preferible la inacción a la acción? (Sin embargo, la inacción es una forma de acción, como ya demostró Zweig en Los ojos del hermano eterno.) No escribir es escribir para dentro; el escritor escribe constantemente en su cabeza o, dicho de otro modo, ve la vida escrita.
¿Es preferible ya no digo la oralidad a la escritura, sino el silencio a la palabra? Si lo que se dice es peor que lo que se calla, desde luego. Coincido con Stevenson en que el arte de escribir consiste en «omitir, omitir, omitir», y con Mikäel Gómez Guthart en que lo deseable sería encaminarse al silencio total, como Louis-René des Fôrets. Ni escritura ni oralidad; silencio.
Así, al igual que los artistas que han hecho de sí mismos su obra, ¿no podría ser yo misma LA OBRA y a un tiempo la omisión de LA OBRA? Una escritora cuántica, por así decirlo. Alguien que sabe que, estando ya todo dicho, aunque se le ocurra «de nuevo»: ¿para qué decir más? ¿Para qué ponerlo por escrito? ¿Para qué siquiera hablar de ello? El culmen de la perfección sería llegar a esa comprensión total entre individuos que solo necesita de una mirada para decirlo todo y que, por lo tanto, no necesita decir nada. Asentir nada más. Comprender. Una mirada de un escritor que no escribe a un lector que, pese a ello, lo ha leído y captado al instante.
¿Y si me encerraran por negarme a escribir? Aleksandra Lun imagina a un escritor al que encierran en un psiquiátrico porque no escribe en su lengua materna. Pero, ¿y si, en otra vuelta de tuerca, se internara a un escritor porque no escribe? ¿Cuál sería la terapia? Tal vez por eso haya escritores disciplinados que escriben una página al día: por miedo a que los encierren.
Rilke se negó a psicoanalizarse porque pensó que podía llevarlo a dejar de escribir —lo cual, en mi opinión, lo habría vuelto loco—. A mí la terapia nunca me ha servido; yo leo novelas. A Anne Sexton la animó a escribir su terapeuta; al parecer en una ocasión Sexton dijo en una entrevista que sus admiradores la creían curada, pero que ella solo se había hecho poeta.
George Steiner dice en Después de Babel que «el lenguaje es el instrumento gracias al cual el hombre se niega a aceptar el mundo tal y como es». Entonces, si no escribimos el mundo, ¿este solo será «tal y como es»? ¡Qué infierno! Puede que el lenguaje sea una forma de preservarnos de la locura.
Recuerdo a la sazón lo que respondió Hugh Grant tras aquel incidente en que se vio «dedicándose en un lugar público, en compañía de una buscona nocturna, a una actividad particularmente privada», como cuenta Leys. A raíz de aquello, un periodista estadounidense preguntó a Grant si pensaba ir a un psicoterapeuta. «No —respondió Grant—, en Inglaterra leemos novelas».
Todo lo cual me lleva a una conclusión: puedo vivir sin escribir, pero no sin leer. Eso sí me volvería loca.