Lo que queda cuando me escondo es esa niña mentirosa, compulsiva e impulsiva, cobarde, pero con arrogancia.
Me gustaría estar totalmente avergonzada de ella, pero creo que por antigüedad solo queda aceptar su existencia, como si se tratara por fin de algo que es parte de mí.
Lo que queda cuando me escondo, es un puñal de malas de decisiones, un sabor amargo que no se compara con el café ni con el humo del cigarro.
Queda un sabor que no disfruto, una ansiedad que me consume, una esencia de lo perdido que nunca se tuvo.
Lo que queda cuando me escondo, son un par de frases célebres, más a Sabina que a Bukowski, y más a un cuento de Poe que a uno de Austen.
Perdida aun en aquel cuento de William Wilson donde aún no me logro encontrar, pero tampoco vencer, y al paso de sentirme en una trama de Fincher. Me siento entre las dos y las tres, en un vacío de mi propio sentir, cobarde, aletargada y como si no existiera aquella cantina donde nos conocimos.
Lo que queda cuando me escondo son los susurros de ellos, los regaños, la incomprensión y la condescendencia y las palabras que apoyan mi falta de entrega.
Los susurros que argumentan que aun soy fuego, y que aun puedo.
Lo que queda cuando me escondo son mis malos escritos, mis palabras incongruentes y mi mente en otro lado.