“...Desde el primer día del fin del mundo ella era la primera y la última imagen que tenía en mi mente. Su manera de besar, de acariciar, incluso de caminar era tan especial, que resultaba imposible no mirarla cuando lo hacía, y no sólo porque fuera preciosa, sino porque tenía algo mágico, algo que inexorablemente te llevaba a desearla. Ahora mismo yo no tenía ninguna competencia, pero sabía que, si en algún momento encontrábamos a alguien, era posible que tuviese que luchar por ella, confiar en que no dejara de amarme, y eso me daba miedo. Yo nunca había desempeñado ese papel, siempre había sido “ella” en mis relaciones, pero no esta vez, aunque Diana intentaba convencerme de que no era así, yo sabía que sí lo era.
Diana me cogió de la mano, sabía a dónde me llevaba y, por supuesto la seguí: ni podía ni quería resistirme. Subimos la escalera, al llegar arriba ella se giró y me sonrió. Entramos en el dormitorio, la abracé y ella me besó. Me sentía tremendamente vulnerable. Me llevó hasta la cama y me senté al borde, ella se arrodilló y colándose entre mis piernas se abrazó a mi cintura, apoyando lentamente su cara en mi pecho.
- No pienses que nada va a cambiar porque salgamos de aquí -me dijo mirándome con gran ternura.
Yo no le dije nada, ella sabía cuáles eran mis miedos sin que yo se los contase. En vez de hablar bajé mis labios hasta los suyos y la besé. Se levantó y sin dejar de besarme me tumbó con suavidad. Sentí como su cuerpo se apoyaba en el mío. Fue poco a poco deslizando sus dedos entre las dos, quitándome la ropa, sin prisa, besando cada centímetro que quedaba sin cubrir, y siguió sin separarse de mí, hasta que no quedó ni una sola prenda entre las dos. Sentía la pasión de sus movimientos. Era imposible no perder la cabeza con ella, su piel era suave y su olor irresistible...”