“...me había pasado todo el día anterior discutiendo con Jorge, no habíamos puesto la tele, ni siquiera había mirado las noticias en el móvil. Es verdad que me había chocado que nadie me escribiera en todo el día, pero estaba tan metida en mi drama personal que no le había dado importancia.Cuando de nuevo volvió el silencio me habló la chica.- ¿De verdad no te has enterado de nada? Nos han invadido -me dijo muy seria.- ¿Quién nos ha invadido? -pregunté sorprendida.- Los extraterrestres -dijo. Me reí, aquello tenía que ser una broma. Pero luego miré la cara de los demás: nadie se estaba riendo. Siguió hablando:- Han llegado con unas naves inmensas, llenan el cielo de ese gas rojo y, si te cae encima, estás muerto.Los demás asintieron con la cabeza.- Han arrasado la mayoría de las grandes ciudades del mundo - añadió.De pronto pensé en mi familia, en mis amigos y me entró una angustia tremenda.- Tengo que salir de aquí e ir a buscar a mi gente -dije levantándome de nuevo.- No puedes salir aún, el efecto del gas tarda horas en irse, morirías si sales -dijo una mujer de unos cuarenta años que mantenía abrazados a sus hijos.- ¿Cuánto hay que esperar? -le pregunté. - Al menos a que caiga la noche; no sabemos demasiado, pero parece que el gas pierde efecto cuando no hay luz -me contestó.Me di cuenta de que no tenía otra opción que quedarme allí. Estaban bastante organizados: habían forrado de plástico todo el portal, lo habían aislado del resto del edificio. En una esquina habían acumulado una gran cantidad de víveres y agua y en la otra había herramientas, cuchillos, linternas, incluso había varias máscaras antigás. Les pregunté extrañada, por qué, sabiendo lo que ocurriría, no habían buscado un refugio más seguro. Me contaron que les habían llegado noticias de auténticas masacres en otras ciudades, que la gente que se escondió en el metro o en otros lugares públicos había muerto por el gas, y que la única manera de sobrevivir era evitar que entrara. Por eso habían forrado el portal de arriba abajo, pues era el único sitio en el que cabían todos. Les pregunté qué iban a hacer después y me contaron que en eso no se habían puesto de acuerdo: algunos pensaban marcharse esa misma noche. Yo también pensaba hacerlo, aunque no tenía muy claro a dónde.Debían ser las ocho y pico. Me ofrecieron cenar algo con ellos y acepté, no tenía nada claro si iba a ser fácil o no encontrar alimento. Me senté al lado de mi primera benefactora...”