Estampa típica
Título: Estampa típica Personajes: Matt Farrow Palabras: 693 palabras Resumen: -
El ruido de los coches persiguiéndose debajo del puente estropeaba la estampa de ese atardecer. Matt estaba apoyado en la barandilla, contemplándola. La luz rojiza le cegaba y le obligaba a tener los ojos semicerrados. Dios, cuánto deseaba un cigarro.
El sol escondiéndose poco a poco había cobrado algún tipo de sentido para él. Qué típico, Matt. Qué típico.
Ese día era el cumpleaños de Mary. Era jodido cómo podía jugártela a veces la memoria. Hacía ya cinco años (¿seis?) que se divorciaron, pero él seguía acordándose. Se acordaba de esa pequeña romanticona, que se ofendió tanto la primera vez que olvidó la fecha. Y de sus manos, diminutas entre las de Matt. Sobre todo de sus manos.
Cinco años (¿cuatro?) y lo único que tenía era The Vespertine. El periódico iba bien, se estaba afianzando en el mercado de la Ciudad y Matt opinaba que era la hostia. No había prensa más libre y sincera que la que salía de su redacción. Sí, la hostia. No creía que hubiese en ese país nadie que viviera más centrado en su trabajo que él. Pero trabajo a parte, Matt sabía que desde hacía cinco años (¿seis?) estaba totalmente estancado. No había cambiado nada. Nada.
Despertador. Ducha. Desayuno. Reunión/entrevista/lo que tocase ese día. Sandwich. Reunión/escribir/solucionar algo que algún torpe hubiera dejado a medias. Cena. Cama. Y vuelta a empezar. Todos los días, todas las semanas, todos los meses. Y ya está.
Se acordaba de Mary, sí. Se acordaba de los años en los que volvía a casa y tenía a una persona con la que hablar. O a la que escuchar. Mary y él no tenían mucho en común y, a medida que pasaban los años, era cada vez más difícil encontrar un tema de conversación. Pero ella tapaba los silencios con un (aburrido) parloteo sobre lo que había hecho ese día, a dónde había ido, qué hacía falta comprar para la casa. No le prestaba atención la mayoría de las veces, pero le sonreía, porque era agradable oírla. ¿Eran felices? Matt quería pensar que, a su torpe manera, debieron serlo. Aunque se jodiera al final, durante unos años tuvo una compañera con la que dormía abrazado todas las noches.
Se acordaba, en fin, de cuando no estaba solo.
Lo de que ese día fuera el cumpleaños de Mary (¿le habría regalado algo bonito ese repipi con el que estaba ahora?) era una tontería, en realidad. No la echaba tanto de menos. Recordaba esa época con la añoranza de algo que sabes que no va a repetirse: tu primer eclipse; aquellas confesiones a las cuatro de la mañana; el viaje de avión más corto del mundo. Esas cosas. Mary. No, no es que quisiera volver con ella ni que la echara de menos. La fecha le había hecho reparar en otras cosas.
El sol desapareció.
Se moría por un cigarro. Frenó el estúpido impulso de rebuscar en el bolsillo que sabía vacío.
¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿De verdad le gustaba eso, vivir para trabajar? No, claro que no le gustaba, pero qué le iba a hacer. Mary, sus amigos de facultad… había perdido el contacto con todos. ¿Sus compañeros de The Vespertine? No; sólo era el puto jefe.
Exhaló un sonoro suspiro. Un cigarro. Un cigarro. Qué patético se veía en ese fotograma de melodrama cutre de domingo por la tarde.
Solo. Solo. Solo. Estás solo. Se te está escapando la vida. Te haces viejo. ¿No te das pena? Estás solo.
Ya está bien, Matt.
Se arrancó bruscamente el parche de nicotina y lo tiró puente abajo. A tomar por culo. Había un estanco a pocos pasos de allí.











