Día de pesca.
Título: Día de pesca. Personajes: Jerry Brooks y Asgard Bløm. Palabras: 2681 palabras. Resumen: -.
Gracias a su ingenio se había colado en la vieja Escuela sin que los guardias lo viesen. No tenía porqué hacerlo a escondidas, al fin y al cabo ya se había encargado de que ellos supieran de él, pero ya no era horario de visitas y además hacer a escondidas era más emocionante que entrar por la puerta grande. Colarse fue fácil, lo verdaderamente difícil fue introducir la pequeña barca en la escuela y una vez lo hubo conseguido la arrastró por el jardín hasta la piscina.
Se limpió el sudor de la frente con su pañuelo y recuperó el aire durante unos minutos. Se arregló el chaleco y desdobló las mangas de su camisa. Deslizó con cuidado la barca dentro de la piscina y la ató a las escaleras, después dejó dos cañas de pescar y tiró los peces de plástico que había en una caja. Una vez todo preparado sonrió. Ahora solo le faltaba una persona.
Llegó hasta el edificio principal sin ningún problema y lo rodeó hasta llegar a la cocina. Cuando entró vio a todas la cocineras yendo de un lado a otro.
―¡Rose! Qué alegría verte. Te veo estupenda esta noche.
Cogió una manzana y le dio un mordisco mientras atravesaba el lugar. Ninguna de las cocineras tuvo tiempo de reaccionar pues tan pronto cómo había aparecido, Asgard salió de la cocina. Llegó al mostrador e hizo bolitas de papel con una servilleta que había a su lado. Buscó con la mirada a Jerry y lo encontró en la mesa central, a unos pocos metros de él. Colocó la bolita de papel en el final de una pajita y después sopló en su dirección.
Jerry estaba ensimismado dándole vueltas a la comida con el tenedor, sin muchas intenciones de llevársela a la boca. Judías. A qué estúpido se le ocurriría sacarlas de la tierra y meterlas en una olla.
Su día no podía ir peor.
Había sido una mañana larguísima de clases que parecían no tener fin, soberanamente aburridas y soberanamente imposibles de atender con los ojos abiertos. Además, hablando de ojos, empezaban a molestarle sus nuevas gafas en el puente de la nariz, porque hacía poco que había descubierto que no veía ni la pizarra ni tres en un burro y le estaba costando acostumbrarse a llevarlas puestas. La mayoría de las veces se las olvidaba y total, si no veía algo podía hacerlo más grande con solo tocarlo. Pero los tutores insistían.
En otro orden de cosas, sus amigos de la Vieja Escuela eran en general muy mayores para él, Luisiana no le hacía caso porque estaba encerrada estudiando y su padre, ah, para qué mencionarlo siquiera. Hacía ya un mes que no le devolvía las llamadas. Conclusión, estaba solo, aburrido y con un plato enterito de judías para él solo.
Y lo peor eran sin duda las judías. Esas pequeñas semillitas demoniacas cuyo único fin era sembrar el mal en las vidas de los pobres e inocentes niños.
Suspiró, pero no le dio tiempo a acabar de hacerlo.
―¡Ey! ― se quejó cuando sintió que algo le golpeaba la nuca, llevándose la mano al lugar afectado. Había dado un pequeño brinco en la silla del susto, así que se giró con el ceño fruncido a buscar al payaso. En las mesas todos comían a sus anchas, pero su mirada acabó parándose en una de las pocas figuras que yacía de pie entre ellas con el instrumento delator en la mano. Como para no verlo, alto, rubio y demasiado noruego para pasar desapercibido.
Se levantó al instante nada más reconocerlo, olvidándose de lo horrible que era su día y de las judías y de las gafas y de todo y su cara se iluminó con una gran sonrisa.
―¡Asgard! ¡Has venido! ― salió corriendo hacia él y lo embistió con un abrazo. Luego, tras pensar detenidamente que aquello era un poco infantil, se separó carraspeando, pero aún sonriente y lo observó, alzando una ceja: ―. ¿Qué diantres haces vestido así?
Cuando Jerry dio con él, Asgard sonrió ampliamente y se incorporó. Abrió los brazos y lo estrujó un poco contra sí. Aunque Jerry se alejó de él muy rápido, Asgard solo pudo sonreír aun más. Le dio una suave palmada en el hombro y después se arregló su chaleco de pescador.
―Esto es parte de una sorpresa que te tengo preparada. Vamos, no creo que las judías tengan algo que objetar― devolvió la pajita a su sitio y después giró sobre sus talones para volver a la cocina. Siguió comiendo la manzana y agarró un paquete de galletas por el camino y salieron al jardín.
―Si lo hiciesen me preocuparía. Querría decir que son unas semillas mutantes con capacidad comunicativa― respondió a lo de las judías ―. Y no me extrañaría que un día lo hiciesen.
Se recolocó las gafas y volvió a sonreír.
―Me alegro de verte― porque podía verlo, no una mancha borrosa en su lugar. Pero lo decía en el otro sentido de la palabra, aunque el chiste interno siempre era bienvenido. Se alegraba de que hubiese ido a buscarle.
Asgard se llevó el índice a los labios para informarle que debían ir sin hacer ruido para no llamar la atención y aunque en ese momento el camino estaba despejado, él iba escondiéndose detrás de los setos. Metros más adelante sí tuvieron que detenerse porque uno de los vigilantes apareció por la esquina del edificio, así que cogió una piedra y la tiró en la otra dirección. El vigilante fue tras el ruido y aprovecharon ese momento para correr hacia la piscina. Asgard iba riéndose porque aquello le recordaba a sus años en el instituto cuando se escapaba de alguna clase con Olav.
Dijo aquello simplemente. No comentó nada de la sorpresa, porque estaba claro que iba a verla pronto. Así que le siguió de cerca y su estómago se puso contento cuando cogió las galletas por el camino. Iba a preguntar si era necesario tanto sigilo, porque no tenía prohibido salir a los alrededores que él tuviese entendido. Pero imitó su actuación teatral, que al fin y al cabo Asgard hacía que pareciese real, como si estuviesen huyendo de verdad.
Le observó tirar una piedra para despistar (un nivel de ingenio brutal) pero que oye, funcionó, y salieron corriendo. Jerry caviló mientras corría que en realidad el guardia no había ido tras el ruido si no que se aburría tanto que había cambiado de dirección, pero lo mismo daba.
Lo primero que se veía de la piscina era la balsa y las cañas de pescar.
―Voilà. ¿Alguien quiere ir de pesca? Tenemos los mejores pescados de la zona y un buen paquete de galletas― le enseñó el paquete que había cogido de la cocina y después se agachó para buscar algo en el interior de la balsa. Le entregó un chaleco de pescador de su medida y le tendió la caña de pescar―. Esto no será como El viejo y el mar, vamos.
Al ver la piscina con una barca dentro se quedó clavado en el sitio, flipando. Luego, se dobló en dos y soltó una carcajada.
―¡De pesca! ¡Por eso llevas ese chaleco! Y… Oh, dios mío, no me puedo creer que hayas venido hasta aquí con esto. Y por… ―”por mí”, pensó. Pero se calló y volvió a ponerse recto―. Pesca de riesgo, por lo que veo.
Cogió el chaleco y la caña y se subió intentando que no se bambolease mucho y se precipitasen los dos al agua. Luego le escuchó obediente.
No sabía que los noruegos tuviesen esa tradición, aunque si lo pensaba bien a ellos les pegaba más por la cantidad de lagos que tenían allí. En Estados Unidos era algo común también. Los padres llevándose de pesca a sus hijos y enseñándoles... típico.
Agarró el borde de la barca para que subirsin problema y tomara asiento. Y antes de soltar la atadura le dio al play a su móvil para que sonara la música de pesca que había preparado con antelación.
―La primera vez que mi padre me llevó a pescar salmones, me levantó a las cuatro de la mañana y creía que nos invadían los extraterrestres. Tenía casi tu edad y a los tres segundos acabé en el agua, fue divertido y al final logré pescar uno. Muchos años después llevé a Claire y a Sofía al mismo sitio que me había llevado mi padre, y pescaron más de lo que yo lo hice― preparó su caña. No había cebo porque no había peces de verdad y los anzuelos eran ganchos parar agarrar los peces de plástico que había tirado antes―. También acabaron caladas hasta los huesos.
―Yo nunca he ido de pesca― dijo, sintiéndose un poco raro. Pero luego se tranquilizó, analizando cómo se sentía. Porque no le importó que el que estuviese sentado en la barca con él fuese Asgard en lugar de su padre. Se imaginó con su padre allí y no pudo.
Con él era mejor y no necesitaba pensar en un tema de conversación forzado para eliminar los silencios incómodos. Asgard era abierto y comprensivo. Su padre se habría sentado con esa mirada de estar juzgándole y le habría regañado por cómo cogía la caña hasta hacerle sentir estúpido.
Asgard era más como un padre. Se acordaba de aquellas cosas, que su padre veía como tonterías. De esos detalles. Como llevarlo de pesca, comprarle un helado, ir a ver los partidos. O simplemente pasar el rato juntos, ir a buscarlo a la escuela un día cualquiera.
Aunque se preguntó si estaba bien que hiciese eso por él. Estaba conmovido, pero no sabía si... Sacudió la cabeza intentando darle menos vueltas.
―Así que hoy cenaremos pescado al plástico. Seguro que sabe mejor que las judías ―se rió―. Supongo que este es el paso previo antes de irnos a por los salmones de verdad, ¿no? Las preliminares.
Pero lo decía de broma. Porque estar allí, en una piscina de cloro con la gente que pasaba de lejos mirándolos raro, era más de lo que habría podido imaginar nunca. Y le hacía una ilusión tremenda. Qué absurdo. Casi podía imaginarse en medio de un bosque salvaje en un río de verdad y los salmones nadando debajo de ellos.
Se recolocó y estudió la caña, que ahora que lo pensaba, no tenía ni puñetera idea de cómo funcionaba. No se parecía mucho al de la feria con los patitos de goma.
―Cuando vayamos a Noruega vendrás con nosotros, no puedes perderte la competición de pesca de salmones con los Hansen. Todo un espectáculo para acabar calados hasta arriba. Pero después de eso la abuela viene al rescate con sus jerséis y sus famosas natillas― eso era antes, mucho antes de su enfermedad y de todo lo que había pasado, pero iba a estar bien volver a retomarlo. Y estaba seguro que a Jerry le encantaría.
―Salmones, natillas y jerséis no se qué más se puede pedir.
Asgard saludaba con la mano muy sonriente a todos los que pasaban por allí y luego los mandaba a alejarse y no hacer ruido porque podrían espantar a los peces, que no eran peces de verdad pero oye, para eso estaba la imaginación.
―Atención― se estiró hacia delante con cuidado para que no terminasen siendo ellos el anzuelo de los peces de plástico―. Debes agarrarla con firmeza y con el índice sujetas contra la caña el sedal, a la vez levantas el pick-up. Después solo tienes que apuntar hacia una dirección y tirar, a la vez que suelta el dedal y vuelves a bajar el pick-up para que sujete el sedal. Y ya con la manivela tienes que ir recogiendo. Al final del sedal está el gancho, una vez hayas recogido suficiente sedal solo tendrás que atrapar los peces.
Le fue indicando las partes de la caña y los movimientos según iba explicando. Al terminar el cogió la suya ya preparada y fue el primero en tirar, no muy lejos. El sedal se perdió y poco a poco Asgard fue recogiendo hasta dar la altura deseada. Ahora solo debía lograr meter el gancho por el enganche que tenían aquellos peces de colores. A punto estuvo de coger uno pero al final nada y también casi estuvo a punto de perder el equilibrio.
―Te toca, adelante― le hizo un gesto para que probase él mientras abría el paquete de galletas y lo dejaba entre los dos―. Siempre mira los ojos de tu adversario, demuéstrales quién lleva los pantalones. Bueno, en este caso, la caña. Intimídalos.
Escuchó muy atentamente cómo funcionaba la caña e imitó sus movimientos asintiendo para sí. Jerry aprendía rápido cuando mostraba interés. Vio los intentos fallidos de capturar uno de los peces de plástico que hizo Asgard y cómo desistió. Probablemente fuese mejor pescador con peces que picaban el anzuelo y no anzuelos que picaban peces.
Carraspeó muy serio preparado para hacer su lanzamiento sin sacarle un ojo a nadie. Y lo hizo. Más o menos. Lo cierto es que calculó bastante mal pero por lo menos consiguió echarlo. Recogió el hilo y volvió a hacerlo. De milagro la cuarta vez cogió uno de los peces.
Cuando acabaron Jerry estaba muy orgulloso y satisfecho con su trofeo. Se comió las galletas en silencio.
Miró a Asgard.
―Gracias ―dijo ―. No estoy muy acostumbrado a hacer… estas cosas. Cosas de “padre e hijo” me refiero.
Luego se calló, arrepentido de haber dicho eso y agachando la cabeza compungido.
―Bueno. Espero que a Sofía y a Claire no les importe que les haya robado al suyo por un día ― continuó, sin embargo y volvió a levantar la barbilla sonriendo lo mejor que pudo.
―¿Sabes, Asgard? Ojalá hubieses sido tú mi padre.
Y lo decía de verdad. Aunque sonase mal. Aunque no tenía derecho a decirlo porque su padre había sufrido mucho por lo del accidente.
Pero Jerry aunque lo sentía, sabía que era verdad. Sabía que por un momento en esa barca, se había creído que tenía un padre normal.
Ojalá hubiese tenido un padre como él.
Asgard le sonrió y le dio una palmada suave en la espalda. Que le hubiese dicho aquello lo hacía sentirse bien, mejoraba un poco ese sentimiento de culpa que tenía por lo que había pasado con Claire.
―Y ojalá yo hubiese tenido un hijo como tú― le revolvió un poco el pelo, aun sonriendo, porque de haber tenido un hijo varón le hubiese gustado que hubiese sido exactamente como Jerry―. Me tienes aquí para lo que necesites.
Que no se lo decía por decir sino de verdad, que estaba ahí, que no importase si al final se iba a Noruega porque no iba a dudar en coger un avión para ir a la Ciudad si Jerry lo necesitaba, aunque fuese algo pequeño. Y a cualquier hora, como los padres debían hacer. Él quería ser su padre, le gustaba pero también sabía que él necesitaba a su verdadero padre. Tendría que ocuparse de eso también.
En ese momento el guardia de antes apareció y se acercó hasta el borde de la piscina.
―¡Eh usted, alto ahí! ¿Se puede saber qué hace aquí? ¿Y cómo diantres ha metido eso allí?
Asgard se giró con las manos en alto y con esa sonrisa de niño travieso que tanto le caracterizaba.
―Estamos de pesca hombre, y nos acaba de espantar a los peces. Por suerte hemos logrado pescar unos cuantos― se acercó hasta la nevera portátil que tenía bajo la americana y la abrió. De ella sacó dos salmones de verdad que había comprado en la pescadería. No se podía ir de pesca sin pescar nada. Los levantó en alto para que el guardia los viera―. ¿Le apetece uno? Tenemos de sobra. Son frescos.
Sí, aquello había estado bien y aunque Jerry no fuese hijo suyo, desde que lo había conocido había pasado a ser su hijo postizo y haría todo lo que estuviera en sus manos para que él fuera feliz.










