Quedarme cuando quiero huir
¿Cuántas veces quise escapar y la vida o lo que sea que opera más allá de mi, se ocupó de que me enfrente con eso que evitaba?
A veces ni yo registro cuánto evito algo hasta que sucede. Es que hay complejidad al hacernos cargo de lo que sentimos.
Y complejo y todo, de algún modo me quedo queriendo irme. Habito esa sensación de fuga, de fobia, de miedo desmesurado.
Digo,¿qué es lo peor que puede pasar? Cuando en algún punto creo que todo está perdido, me arriesgo igual, sostengo esa incomodidad que se siente en el cuerpo. La electricidad. Ese no poder quedarme quieta. Lo alojo. Y hago algún movimiento torpe, pero nunca es torpe, es perfecto.
Responde a otro orden. Y entonces deviene ese otro movimiento desde afuera que me encuentra con aquello de lo que huyo y a la vez no, con eso que necesito encontrarme.
Ese afuera siendo Puente para unir lo que está separado adentro. Y lo poderoso y a la vez liberador y liviano que se siente poder quedarme.
Hacerme responsable. Sentirme libre al hacerlo. Quedarme es una elección. Me sostengo en ese impulso reactivo que quiere correr como el correcaminos.
Y cada vez es más leve. Cada vez me espanta menos. Porque registro que cuando hago esos movimientos se abre algo, adentro afuera.
Del orden del amor. Se mueven fichas.
Y lo más precioso, es que no lo hago sola, ahí afuera hay otros con quienes mutuamente iluminamos aquellos espacios que sólo nos hablan de la vida misma.
Tú, siempre me iluminas
Porque en algún punto, en definitiva se trata de eso, de acompañarnos mientras la intensidad de la vida y sus matices transcurren.
No escaparnos, quedarnos. Hacer cuerpo juntos.
Porque el viaje es en red, y así sí se siente, hace contacto con que somos amor viajando













