La historia que no te conté.
Te espere en esa estación con nerviosismo, era la primera vez que te vería después de tanto tiempo. No puedo explicar lo ansiosa que estaba, pensaba en tantas cosas a la vez, por dónde vendrías, si te daría una buena impresión o si mi cabello estaba bien para variar. Recuerdo pensar que tal vez me verías primero y preferirías no llegar. Estaba demasiado nerviosa.
Pero cuando te vi entre la multitud no pude evitar sonreír, te veías tan lindo buscándome. Cuando por fin me viste y te acercaste no sabía que decirte, lo más conveniente sería un "hola ¿Que tal el viaje?" Pero resultó ser un atropellado "me alegro que estes aquí"
No sé que pensaste de mí, tampoco quiero saberlo, pero sonreíste tímidamente y cabe señalar que me pareció muy lindo el gesto. Eres tan lindo aunque lo dudes. Pregunté por tu familia, por el viaje, ya sabes las preguntas de cortesía que eran solo una excusa para seguir escuchado tu voz y con la timidez que te caracteriza respondiste.
Reprimi un "me gustas" que estaba luchando por salir de mis labios, para no asustarte con la intensidad de mi persona. Así que armandome de valor tomé tu mano para salir de la estación. Si te incómodo no lo sé, solo se que no te apartaste. Tus manos eran firmes, ni suaves ni ásperas, agradables y cálidas. Sentí el inevitable sonrojo en mi rostro y no pude evitar sonreír ante la ironía que, yo con mi léxico que sonrojaria a cualquier camionero, me ruborizara como colegiala al estar simplemente a tu lado.
Esa tarde-noche fuimos a cenar hamburguesas. Poco a poco gane tu confianza y empezaste a hablar mas y mas, con ese acento que me pareció extraño al inicio pero que tanto me gustaba. Y en un arrebato de confianza apretaste mi mejilla, me hubiera gustado que supieras leer miradas, yo te di mi vida en esa. Pedimos lo mismo esa noche y terminaste comiendo el resto de mis papas, sonara cliché pero me hacía feliz alimentarte.
En la noche caminamos por las calles iluminadas por los faroles de la ciudad, me contaste lo incómodo que son los asientos del autobús y lo horrible del wi-fi, yo te conté de la primera vez que me perdí en la ciudad y prometí llevarte a conocerla en los días posteriores. Te lleve a mi casa y prepare café, dormiriás en el sofá y yo en la habitación, pero como a veces los planes no salen como uno espera, me quedé contigo hablando hasta altas horas de la madrugada.
Te conté de mi libro favorito y tú me enseñaste tu canción favorita y me explicaste que la hacía tan especial, hablamos de teorías, de planetas, de ciencia y filosofía, de perros, de Australia, de tu trabajo, de videojuegos, de los amigos que habías hecho y de chistes que solo nosotros entendíamos, de amapolas, de comida, hablamos de estupideces y lo que nos gustaría hacer al salir el sol. Te dormiste primero que yo, te observe; tus lunares, tus pestañas, tu nariz que, separados no tendrian mayor atractivo, pero que juntos te hacían tan especial, tan especial para mí.
Y entonces agradecí, agradecí a Dios, aunque tú no creyerás en él. Di gracias por el día, por la hora, incluso por el autobús que te trajo hasta mí. Di gracias por el momento que para ti no tendría mucho valor pero para mí era maravilloso. Y con esos pensamientos me dormí. Y nunca lo supiste, pero fui feliz.