La Reina de lo Invisible
Nadie sabe quién la colocó. Algunos dicen que apareció tras una tormenta de levante, otros que un niño la sacó del mar como si fuera una concha. Lo cierto es que ahí está, sobre un trono oxidado.
Penélope, la Reina de lo Invisible, no mide más de treinta centímetros. Vive en el paseo marítimo de Barcelona, justo donde nadie mira. Entre un banco sin respaldo y un seto cansado, entre las prisas del runner y el bostezo del turista. Nadie la ve. O eso cree ella. Porque a veces, sólo a veces, hay un leve titubeo en el paso de alguien. Un parpadeo más largo. Un niño que se detiene. Un abuelo que murmura: ¿Y esta maravilla?
Penélope no habla. Pero cada día, cuando el sol cae como un huevo frito sobre el Mediterráneo, mueve apenas un dedo.. muy poco, sólo lo suficiente para agitar el aire como quien aparta un recuerdo. Y entonces el mar la escucha. Y las gaviotas callan un instante. Y alguien, alguien siempre, se detiene.
Quizás fue ayer. Quizás fuiste tú. Te diste la vuelta. La viste. Y pensaste: ¿Pero cómo no la vi antes? ¿Cuánto tiempo lleva ahí? Y Penélope, desde su trono de cosas olvidadas, sonrió sin mover la cara.
Porque el verdadero poder de los invisibles no es que nadie los vea.
Es que ellos, desde siempre, te están mirando.











