KENTH BROTHERS PRESEASON FINALE
El llamado continuo de alguien más tras la puerta de entrada, alteró a Brandon Kenth quien se hallaba abstraído por el contenido del televisor. Entre sus manos sostenía un joystick, y aún cuando tenía oportunidad de accionar la pausa gritó el nombre de su hermana a sabiendas de que ella se encontraba estudiando en la planta alta. Allí, Brooke puso los ojos en blanco mientras profería una sarta de maldiciones dedicadas a su hermano menor y a su desconsideración respecto a que mientras él hacía nada, ella estudiaba para uno de los exámenes definitorios en su carrera. Sin embargo no hizo más, bajarse de la cama fue mejor opción que llenarlo de insultos, sabía que aquello no conduciría a otra cosa sino el destrozo sutil de su hermandad. ¿Quién había dicho que era fácil convivir con tu hermanito, que ante todo era un drogadicto que nunca avisaba dónde estaba cuando no en casa? Antes de que pudiera notarlo, Brooke bajaba las escaleras con parsimonia, dedicándole a la espalda de su hermano una mirada de superioridad. — Ya tienes diecinueve años — le dijo, enarcando una ceja por sobre la otra aún cuando él no la mirada, al mismo tiempo en el que abría la puerta — Puedes hacerte cargo de las cosas —conduciendo su mirada al frente, se encontró detrás del umbral con un hombre idéntico a su hermano. Idéntico, a excepción de que no tenía tanto cabello y éste se volvía gris en la zona de sus patillas. — ¿Papá? ¿Qué haces aquí? — resultaba extraño que Nicholas Kenth fuera hasta Estados Unidos sin previo aviso. Además, sabía que a Brooke no le agradaba del todo la idea de que no le mantenga al tanto, sobre todo porque la inglesa quería tener todo bajo su control. Y, en ese preciso momento, Brandon seguía bajo los efectos de la droga y la casa estaba hecha un desastre.
No obstante, su hermano dejó el joystick de lado para girar la cabeza y ver por sobre su hombro la situación. Vio cómo su padre se adentraba a la casa sin permiso, cerrando la puerta tras suyo mientras Brooke, aún siendo una mujer alta, era una pequeñeza al lado de su padre. Pensó en cómo congeniar los gestos de su rostro para pasar por alto su estado, lográndolo a la par que se ponía de pie. — Creí que me darían una mejor bienvenida — se burló su padre, con una sonrisa socarrona en el rostro. Y Brooke, contagiándose de ésta, lo abrazó por las caderas viendo a Brandon a escondidas. Una mirada fue suficiente como para que Brandon comprendiera: él se estancó en el suelo y ancló la mirada sobre su padre antes de retomar la caminata hacia él, saludándolo con un golpe de manos íntimo de ellos dos. — ¿Qué hay, pa? ¿Pasó algo? El rostro del mayor se tensionó al tragar saliva. Brooke, quien seguía enganchada a su padre, lo miró desde abajo con expectativa. — ¿Quieres un café? — preguntó ella, y asintiendo con la cabeza, todos se condujeron hasta la cocina donde los gobernó un silencio atroz. Nicholas no solía ser un hombre callado, por el contrario era coqueto y seductor, el calco exacto de ambos de sus hijos. Él, mientras Brandon tomaba asiento y Brooke preparaba un par de snacks, dibujó sobre el suelo con la ayuda de la punta de su pie varios círculos, inverso en sus pensamientos. — ¿Te casarás, tienes cáncer o qué diablos está pasando? — tanteó el muchacho, buscando ser bromista a lo que sonreía, sarcástico. — ¡Brandon! — saltó Brooke, fulminándolo con la mirada. Entonces miró a su padre — ¿Papá? — y todos rieron. Sin embargo, la melodía armónica que se había delineado en conjunto con sus risas, acabó poco a poco, tomando asiento alrededor de la mesa que yacía en el centro de la pequeña cocina. Brooke revolvía su café al igual que su padre, mientras Brandon agarraba un manojo de galletas que se llevó a la boca. — ¿Cómo está todo en Bristol? — preguntó la mayor. — Bien. En Bristol está todo bien… — rascándose una ceja, Nicholas alzó la mirada para intercalarla en los ojos negros y verdes de sus hijos — Pero aquí no. Tal declaración generó en los menores Kenth una morisqueta en la que fruncían el ceño, extrañados. De repente, el efecto narcótico y frenético de las drogas se escapó de Brandon para contagiar de ese mareo a Brooke. Maldito nivel de azúcar. Estaba muy inestable últimamente, y algo le decía que ese comentario y la visita sorpresiva de su padre no podían significar algo más que las cosas estaban mal. Muy mal. — ¿A qué te refieres con que aquí no? — cuestionó Brandon, hincando los codos sobre la mesa para acercarse a su familia. Brooke no miró a su hermano. Por el contrario, extorsionaba con la mirada a su padre. — Me refiero a que aquí las cosas están muy mal y necesito que vuelvan conmigo a Bristol — declaró. — Imposible — respondió Brooke, negando con la cabeza varias veces — Imposible, papá. ¿Y por qué dices que las cosas están mal? Nosotros aquí vivimos de lo mejor. — Y encontramos a gente muy especial — agregó Brandon, consiguiendo el consentimiento de su hermana que se tradujo en un asentimiento de su cabeza. — Ambos tenemos pareja y no pensamos irnos de aquí. La Universidad es excelente, el lugar es perfecto. ¿Has visto la playa? ¿Realmente crees que querremos volver a los suburbios de Bristol? — alterada, con tales palabras generó que Brandon apoyara a escondidas su mano sobre la suya, allí, bajo la mesa. Y su hermana suspiró, relajando la espalda. Nicholas, mientras, miraba con desconcierto a sus hijos. — Es una cuestión política que pronto resurgirá. Una muy turbia, hijos — con la mirada más severa, los recorrió procurando que no lo interrumpiesen. Y aquel respeto se lo ganó, pues ambos hermanos estaban escuchándolo con suma atención — Hace unos años, aquí, hubo una toma de rehenes. ¿Están al tanto de eso? — al sus hijos fruncir el ceño, Nicholas asintió con la cabeza — No quiero adentrarme en detalles, no quiero que tengan miedo porque tenerlo es peor. Simplemente tienen que volver a Bristol. Y esto… esto no se lo tienen que decir a nadie, niños: están apretándome con total de que los saque de aquí. Quieren sacarme la licencia y no es algo que daré tan fácil. Además de sus vidas, claro — dijo, y pareció irónico cómo la frase que acababa de decir, aquella respecto a “tener miedo es peor”, se fusionaba con la última que los tomó por sorpresa. Al rostro de Brooke lo recorrió un miedo vertiginoso. Brandon, no hizo más que apretarle la mano más fuerte a su hermana. ¿Hacia dónde se dirigían? Sólo Nicholas lo sabía: involucrado en el buffete de David Chase y perjudicado por resistirse a la idea de ignorar el juramento que había hecho una vez recibido –que claro, implicaba hacer caso omiso a las leyes para dejar a la corrupción hacer de lo suyo con Seal Beach y parte de Inglaterra e Irlanda (aquella que abarcaba la comunidad de abogados denominada más bien como CIOK, conocida por su equipo de abogados, políticos, contadores y negociantes colegas)-, ahora pagaba con el precio de agachar la cabeza y hacerse a un lado. Era eso o sus hijos muertos. Y no, no estaba dispuesto a perder a su familia por completo, de modo que tenía que sacar a sus niños de allí lo antes posible. ¿Pero cómo hacerlo, cuando ellos habían formado una nueva vida allí?












