BIZZIE|SEASON THREE. Dos meses después…
El lienzo celestial se encontraba embargado por infinitos salpicones plateados; sin embargo, lo que cobraba el protagonismo de aquella noche fresca y primaveral, era la luna en su estado menguante. Hacía apenas unas horas que Brandon Kenth había arribado nuevamente en la ciudad de Seal Beach. Al igual que su hermana, lo recorría un sentimiento de profunda tristeza que se entremezclaba con alivio: volver a Seal Beach en busca de la chica que amaba y que había aprendido a amar con más fuerza gracias a la distancia, no lograba sino que hacerle recordar el porqué estaba de vuelta. La muerte de su padre, sobre todo habiéndolo él encontrado sumergido en un charco de sangre, lo estremecía desde el interior y aún cuando debería lucir más débil, el menor de los Kenth lo expresaba con una actitud mucho más madura en comparación con la impresión que había dejado con el despido de Seal Beach hacía dos meses atrás. Lo primero que hizo al llegar fue revisar si el dúplex donde anteriormente vivía se hallaba en condiciones. Limpió superficialmente y también acomodó sus ropas a sabiendas de que Brooke apenas podría hacerlo, no sólo luego de la recaída había quedado débil corporalmente, sino que la muerte de su padre la había atacado desprevenida y apenas podía consigo misma: eso no significaba que a Brandon no le había afectado, sólo que aún cuando el problema tenía el mismo punto de partida, ambos lo recibían de distintas maneras. Habiendo realizado primero su obligación –porque sí, ahora tenía en claro que llegaba un punto en tu vida donde tienes que establecer prioridades aún cuando el corazón quería actuar antes que la lógica-, Brandon se condujo hasta el hogar Wayne con un diálogo formado en su cabeza que se borró por completo una vez frente a la puerta. Y si bien había entrado en pánico, lo único que hizo fue suspirar a lo que se revolvía el cabello. ¿Y ahora qué le diría? Porque un sinfín de palabras danzaban en su cabeza, pero ninguna que no lo dejara vulnerable, débil. No quería verse así después de haber estado tiempo sin hablar con ella, después de haber insistido muchísimas veces con la casilla de mensajes de Elizabeth, no después de ser completamente ignorado por ella. ¿Habría encontrado a alguien más, todavía lo guardaría en su memoria? Arianne Wayne fue quien lo atendió, la mujer parecía tener un imán cuando Kenth por fin se ponía los pantaloncillos de hombre y estaba dispuesto a dejar todo por el amor que le tenía a su hija. Preguntó si estaba ella, corrompiendo con el semblante sorprendido de la señora, y fueron segundos después que Arianne le comunicó que no, que su hija incluso siendo de noche había ido a la playa por un paseo. Así que luego de agradecerle cortésmente a la mayor de las Wayne, Brandon la despidió con el estrechamiento de sus manos para no vacilar ni siquiera un segundo en tomar su auto y conducir hasta la playa donde ambos frecuentaron alguna vez. Lejos de encontrarla allí, Brandon frunció el ceño y agradeció que la luz de la luna bañase la extensión frente a sus ojos; de otro modo no podría distinguir nada. Y gracias a ello algo llamó su atención: a su izquierda, encima de los médanos, árboles se hundían al territorio más duro para así conformar una gran aglomeración de pinos. Era un bosque si así podía llamárselo, y una corazonada –o quizá su espíritu aventurero- le susurró que se sumergiera en él. Quizá allí encontraría a Elizabeth, o mejor aún, quizá allí encontraría los pedazos que había perdido con tanto dolor. Abriéndose paso entre ramas y troncos caídos, Brandon no podía dejar de inhalar por el simple hecho que encontraba irresistible el aroma de los árboles. Sentía cómo sus pulmones se estiraban, cómo sus pensamientos parecían tomar orden y articulación para así ser capaz de transformarse en palabras… Un claro plateado por la luz que el cielo profería se presentó delante suyo, y se alarmó al ver un cuerpo acostado en el piso. Había aligerado el paso al reconocer la inconfundible silueta de Lizzie. Era extraño verla allí, ¿acaso alguien la había atacado? Frunciendo el ceño percibió cómo una puntada atravesaba su pecho, esa misma puntada que había sentido cuando creyó perderla. Pero ver el leve vaivén que hacían sus pies lo reconfortó, y sonriendo, procuró calmarse. La tomaría por sorpresa, haría un gran esfuerzo para no robarle el espacio que ella deseaba –aparentemente el que él pensó durante los dos meses alejado de ella en los que no habían mantenido contacto-. Se acercó con parsimonia, tan sigiloso como un felino en busca de su presa. A unos pasos pudo notar que Wayne estaba con la cabeza apuntando al cielo aunque sus ojos yacían cerrados, y allí estaba la mueca que nunca había conocido, una mueca de Elizabeth que siempre había esperado conocer: la mueca de la reflexión, de la seriedad, de la profundidad que él nunca dudó que ella tendría. Unas hojas crujieron apenas ante sus pasos, no obstante, Lizzie estaba tan ensimismada que no demostró atisbo de sorpresa. Poco a poco, estancado a su lado, Brandon tomó asiento para luego acostarse, anunciándose con un suave y sutil carraspeo a lo que, su movimiento tajante contra el viento, hizo que su colonia inconfundible viajara hasta las narinas de la joven Wayne. Lejos de asustarse Brandon sintió cómo Liz giraba la cabeza para mirarlo aún cuando él mantenía la vista clavada en el cielo estrellado. No se movió, sólo lo hizo su mano derecha con mucho disimulo hasta coger dos dedos de ella. — No ibas a mantenerme alejado de ti por mucho tiempo — susurró el inglés, ahora con su acento mucho más marcado del que con el que se había ido.
Cuando Mary Elizabeth giró lentamente su cabeza hacia un lado, apegó su mejilla a las hojas que adornaban el suelo del bosque, y sus ojos entrecerrados vislumbraron la figura del joven que hacía cuatro meses había partido hacia Bristol junto a su hermana mayor y su padre. Las comisuras de los labios de ella se alzaron apenas hacia un lado, en una sonrisa delicada, cálida, y al mismo tiempo triste. Estaba ocurriendo de nuevo. Estaba viéndolo de nuevo. ¿Soñaba? La última vez lo había soñado. —Are you real? —murmuró Mary Elizabeth mientras los dedos de la mano que Brandon sostenía se encerraron apenas un poco más, apretando con dulzura los dedos del joven. Y entonces alzó la otra mano, la que estaba libre, acariciando con la yema del índice la línea de la mandíbula de él. Se sentía tan real, tan cierto; el calor que desprendía su rostro y su mano. Las facciones perfectas y bien marcadas a las que su imaginación y sus recuerdos no podían siquiera llegar a hacerle justicia. ¿Era él? ¿De verdad era él? No pudo ser fuerte como lo había sido meses atrás al pedirse que se fuera. No pudo simplemente apartarse y pedirle que se retirara, sacarlo de su mente. Porque, al fin y al cabo, había descubierto en esos largos meses que no dañaba a nadie dejando al Brandon de sus recuerdos dar con ella; a nadie, salvo a ella misma. — I am — fue el murmuro varonil que devolvió a Elizabeth a la realidad. Imitando el movimiento de la morena, Brandon giró la cabeza para ver a Lizzie desde aquella postura. Estaban tan cerca que sus narices se rozaban en caricias, incluso podía oler su aliento y ella el suyo, que a la vez se confundía con la colonia que lo identificaba. Recorrió con su mirada el rostro entero de la joven Wayne, que de joven tenía poco. Pensó, entonces, que era una mujer, que él era poco para lo que ella demostraba ser cada día un poco más, compartiéndole secretos, caricias, que sin querer la dejaban vulnerable y que le permitían a Brandon conocerla cada vez más. Apresar el labio inferior entre sus dientes fue buena opción, no creía poder aguantar mucho más sin besarla, ¿pero ella correspondería? Era cuestión de averiguarlo. Sin embargo, antes que eso tenían que ponerse al corriente y aclarar infinitas cuestiones que Brandon podía jurar que no lo atacaban solamente a él. El suspiro que desprendió entre sus labios al anclar su mirada sobre los ojos de Elizabeth fue lo que devolvió su labio inferior al estado original, y tras alzar la mano libre a lo que entrelazaba la otra con la de Liz, apartó un mechón de cabello que procuró ocultar el ojo izquierdo de ella para acomodárselo tras la oreja. — And my love for you like never before — la mano que acariciaba su cabello bajó poco a poco para coger la libre de la muchacha, arrastrándola con la suya hasta plantarla sobre su pecho, donde Liz podría percibir cómo el corazón le latía contra el pecho violentamente. Estaba nervioso, loco por ella, ¿qué podía decir? Arrugó el entrecejo en una mueca de angustia, extrañarla y no saber nada de ella había sido demasiado difícil en un marco de su historia donde todo acababa por derrumbarse. La joven dejó caer sus párpados, cerrando los ojos al oír aquellas últimas palabras, y mientras sus labios se curvaron en un atisbo de sonrisa, dejó su frente contra los labios de Brandon mientras sentía los latidos de su corazón que hacían que los propios se aceleraran. Se sentía a salvo; por primera vez en cuatro meses, estaba a salvo. —Me has hecho mucha falta —murmuró la joven Wayne, quien sin abrir los ojos se dedicó a inspirar profundamente por la nariz, quemándose con ese perfume de él que a ella le resultaba tan seductor y atractivo—. No te das una idea de lo que te eché de menos —sonrió, y la mano que estaba sobre el rostro de él lo acarició, descendiendo hasta quedarse sobre su cuello, moviendo la punta de los dedos en un movimiento de vaivén para sentir su piel cálida contra la suya. No sabía cómo, pero sabía que todo estaría bien. Que todo se arreglaría ahora que él estaba con ella. Aún cuando la sensación de las caricias le juraba que era cierto y no producto de sus sueños, Brandon cerró los ojos al encontrar una cura a sus males tales cariños. Escuchar sus palabras no habrían logrado más que forjarle un nudo en la garganta, y era por eso que no había correspondido a su comentario al menos durante el primer largo e infinito minuto. Entonces, cuando recobraba la fuerza, la poca que le quedaba, se relamió los labios con la lengua antes de separarse lo suficiente como para ser capaz de verla a los ojos. Pero, antes de volver a hablar, Brandon se movía apoyando el lado derecho del cuerpo sobre las hojas, para así lograr que su cuerpo entero apuntase hacia Elizabeth evitándose un dolor de cuello luego. Acarició su cabello con ambas manos, aproximando nuevamente sus labios al rostro de Lizzie para dejar sobre su frente un beso tras otro. — Y yo a ti, Wayne, pero no te necesité tanto como ahora — cerrando los ojos al ver que era inevitable echarse a llorar, Brandon apretó párpado con párpado y estancó sus labios contra la frente de Elizabeth procurando quedarse allí sin que ella se lo cuestionase. Sin embargo, mientras respiraba por la nariz con cierta dificultad que pretendía destrozar el nudo en su garganta, Brandon subió una mano que acarició el abdomen de Lizzie, tomándola por la cintura y tirando de ella obligándola en cierta manera que acomodase su cuerpo al igual que el de él, de costado, frente a frente. Infinitas imágenes de su padre muerto, ensangrentado o en el ataúd, azotaron su mente sin piedad obligándolo a abrir los ojos con total de distraer su mente visual con algo más. — Te necesito, no me niegues tu cariño, por favor — los labios le temblaron sin dejarle tregua alguna, no más que la de separarlos de la frente de la morena con total de que ella no lo notase. Estancó entonces su mirada sobre la luna, pestañeando seguidas veces con total de desterrar todo atisbo limitante con el llanto — Quiero que seas sólo mía, podremos conocernos mientras Wayne — agachando la mirada, tomó con una de sus manos el mentón de Elizabeth para alzárselo y hacer que sus miradas se topasen con intensidad — El lugar para ti ya está calado aquí — murmuró, palpándose el pecho sin soltarle con la otra mano del mentón. Frunció el ceño, pasional — sólo falta que tú lo llenes. En un principio, Elizabeth no reaccionó ante el abrazo, pues aún le costaba comprender que de un momento a otro volvía a tenerlo, y que había dejado de ser un simple recuerdo para volverse realidad. Pero cuando percibió esa dificultad en Brandon a la hora de hablar, y los besos recurrentes, los labios temblorosos por más que intentara evitarlo, y la necesidad de cariño, de un abrazo, no pudo evitar sentir cómo se le encogía el corazón, y ella misma compartió ese dolor con él, porque se vio contagiada por la tristeza y la angustia del joven. No sabía qué le pasaba, pero sí sabía que no soportaba verlo así. Encerró a Brandon entre sus brazos como pudo, sintiéndose pequeña a su lado, pero rodeándolo y apretujándose contra él. Dejó su rostro en el espacio que había entre su cuello y su hombro, y besó la piel de él recurrentemente por un momento, intentando calmarlo, que dejara de comportarse de esa forma y que lo que fuera que estaba acechando sus pensamientos desapareciera. —Seré tuya siempre; incluso si no llegaras a quererme —le aseguró ella, llevando a las palabras aquello que expresaba en su totalidad todo lo que sentía por él. Porque ella no era una joven que se abría a cualquiera y ya. Sólo había amado a dos muchachos en su vida, y al anterior le había hecho aquella misma promesa; promesa que seguía manteniendo, y que siempre mantendría. Porque aunque Elizabeth no era de las que se enamoraban rápido, cuando lo hacía, era profunda y devota a aquello que amaba y adoraba. Ahora era Brandon quien le pedía que lo quisiera; y ella lo querría incluso cuando él se hartara de ella y dejara de hacerlo. Tan pirada y dañada estaba. Los mimos y cariños se tatuaron y aferraron a sus sentidos para luego contagiar la sensación sedante y calma a su torrente sanguíneo. De hecho, había conseguido tanta paz interior que su piel se estremecía y no solamente por el frío: entonces supo que nunca debía separarse de ella si así se sentía, un vacío irreparable que poco a poco comenzaba a cobrar sentido. Las emociones que lo recorrían se apaciguaron, más al entender el significado de las palabras de Elizabeth y cuanto peso tenían. Internamente estaba jurándole amor eterno, pero tan idiota y ensimismado estaba que apenas pudo sonreír. — Te amo — le recordó en un susurro, deslizando la yema de sus dedos por el vientre de Liz encontrando algo que no esperaba descubrir. Frunciendo el entrecejo a más no poder, Brandon separó los párpados para así ser capaz de escudriñar el bulto que le costó una taquicardia violenta. Eso no eran kilos de más, el vientre estaba duro y tirante y al ser una de sus partes preferidas del cuerpo de Elizabeth su tacto lo conocía de memoria. — ¿Liz? — exigiendo una explicación con aquel susurro débil, Brandon tragó saliva antes de volver a alzar su mirada negra, inquisitiva y preocupada que topó con la azulada de ella. Claro estaba que a juzgar por la expresión del joven Kenth, no esperaba que fuera… Estaba embarazada, estaba seguro que eso era. ¿Pero de quién? La mirada de Brandon mutó a una incrédula sin poder evitar que sus labios se separasen en una expresión atónita. —Oh, shit —musitó Mary Elizabeth Wayne en cuanto vio en la mirada oscura de Brandon esa incertidumbre que exigía una explicación de inmediato; esa inquietud que bien sabía Lizzie que vendría seguida de la locura, el enojo quizás. Cierto. Había olvidado el pequeño detalle. Aquella criatura que crecía en su vientre. —It's not what it... —looks like? Nah, eso era demasiado de película, y no sabía ni siquiera había pronunciado esas palabras cuando, de hecho, era todo lo que parecía: estaba embarazada, sí, una vida crecía en su interior—. Okay, don't freak out —dijo atropelladamente la chica, ayudándose de sus codos para poder sentarse y girarse para quedarse frente a Brandon. Buscó sus manos, como si eso fuera a evitar que él saliera corriendo de un momento a otro. Entonces, tomó una bocanada de aire con la que infló su pecho y se armó de valor, mientras encerraba los ojos y hacía una mueca con sus labios, como si quisiera protegerse de algo de antemano. —Sí, estoy embarazada —asintió con la cabeza, de manera tan lenta como la forma pausada en la que estaba hablando—. No. —Se apresuró a decir, clavando su mirada azul en la oscura de Brandon—. No he estado con nadie más que contigo en los últimos... —hizo una pausa—. Seis meses. Pero por su parte, Brandon Kenth no llegaba a comprender porqué sentía una dicotomía dependiente entre la infernal bola de fuego que lo recorría internamente con el sudor helado que le empañó la frente al escuchar las palabras de la morena. Sus manos entre las de ella estaban a peso muerto, al menos hasta que soltó el ancla que forjaba su mirada contra las hojas que yacían debajo de su cuerpo ahora sentado. Persistió allí físicamente, ensimismado en la infinidad de pensamientos que fugazmente viajaban a lo largo de su mente sin dejarle tregua alguna al miedo que de pronto lo invadió. Él era un niño, un muchacho de diecinueve años que apenas comenzaba a saber qué era lo que quería en la vida; aún cuando era afortunado de tener la certeza que todo quería experimentarlo con ella y con nadie más, la insuficiencia le picó el pecho tanto que tuvo que soltarle una mano a Liz para acariciarlo, ¿y ahora? Percatándose de ese modo que el corazón le latía violento contra el pecho, Brandon alzó la mirada para escudriñar la de Lizzie. Sus labios se habían entreabierto, sellándose luego para volvieron a separarse, intentando que algo saliera despedido mediante ellos ¿pero qué exactamente? Un mareo lo atacó por detrás, obligándolo a cerrar los ojos con fuerza. No quería quedarse mucho tiempo más en silencio, no quería asustarla, si bien dudas lo atacaban tenía más claro que nunca que quería crecer junto a ella. — Es una locura — susurró, negando con la cabeza seguidas veces antes de conseguir darle hilo verbal a sus pensamientos y emociones — Es una locura que nuestro amor se haga físico — bajando la barbilla hasta pegarla en su propio pecho, Brandon Kenth esbozó una sonrisa al escrutar desde aquel ángulo el bulto que se escondía tras la camiseta de Wayne; fue por ese mismo motivo que alzó sus propias manos para pasárselas por el cabello — Es… — procuró reír, sin embargo, un extraño gruñido esbozado le arrebató toda guardia, transformándole el semblante de un segundo a otro. ¿Por qué un nudo comenzaba a abrirse paso por su garganta? Bajó las manos poco a poco y con temor, estancándolas a unos centímetros de la panza de Elizabeth — Es perfecto.
















