Anoche te soñé. Conversamos y reímos por horas, mientras contemplábamos un lago hermoso que se extendía frente a nosotros, sentados a la sombra de un inmenso árbol. Yo sabía, con toda claridad, que todo aquello era un sueño; sabía que nada allí era real. Estaba tan consciente de ello, que aun dentro de mi propia lucidez, no quería despertar.
Y fue entonces que, en esa mezcla de vigilia y ensueño, lo único que pude hacer fue dar gracias profundas a Dios por tan hermoso regalo. Porque yo sé muy bien que tú, padre mío, ya no estás… y hoy, como tantos otros días, te sigo extrañando, te sigo pensando, y te sigo amando.
No importa cuántos años pasen: tu ausencia sigue sintiéndose como si hubieras partido ayer.
Pero en la fe, esa que me sostiene cuando el corazón se quiebra en silencio, sé que algún día nos volveremos a ver. Y cuando ese día llegue, este sueño se volverá real, en un mundo nuevo… en un lugar sin dolor ni enfermedad.