TEORÍA DEL CUERPO <<INSERTE AQUÍ EUFEMISMO>>
Bueee..., terminé de leer Teoría del cuerpo enamorado, de Michel Onfray, y se me antojó redactar alguna cosilla (¡fuera!, ¡vete de mí, espíritu de Ned Flanders!) al respecto.
El tuétano de este libro radica en la exposición que el autor hace de su escala de valores en referencia a cosas como las relaciones de pareja, las relaciones sexuales, la monogamia, la fidelidad, el matrimonio, tener hijos. Dicha exposición se acompaña de metáforas basadas en animales, así como también se presentan críticas a la cultura que ha tomado forma a partir del judeocristianismo, al mismo tiempo que se comparte una buena dosis de datos históricos.
En cuanto a las ideas medulares del libro, Onfray considera que toda relación sexuada (nombre con el que se refiere a las relaciones de pareja) constituye principalmente un lastre, un peso que ancla a la persona en un sedentarismo, digamos, ontológico. Además, asegura que todas las relaciones amorosas están—palabras más, palabras menos— condenadas al fracaso. Pero el autor tiene la solución en la eumetría y las relaciones abiertas.
La primera de sus dos panaceas, la eumetría, según entiendo, es un concepto que Onfray explica mejor en otros escritos, pero como la lectura de este autor me resultó tan sumamente aburridora, no me tomaré la molestia de informarme más allá de lo que se explica en Teoría del cuerpo enamorado. Básicamente, la eumetría se trata de una “distancia justa” respecto de la pareja, distancia que permita ocuparse honestamente del cuidado del otro, pero sin llegar a conocerle demasiado, porque entonces se corre el riesgo de —parafraseando a Pedrito Guerra—, tanto adivinar sus buenas luces, como sufrir sus malos ratos (y según parece esta simple realidad humana al autor le resultaría un desgaste emocional inaceptable). Siento contradictorio el discurso según el cual es menester velar por la pareja, pero sin conocerla muchito que digamos, no sea cosa que me afecte (empero, soy consciente de que mi experiencia amorosa es escasa, ergo soy bastante ignorante en estos temas, así que tal vez lo que se plantea en el libro sea perfectamente lógico y posible... pero mi intuición me dice que la cosa no es así).
En lo que respecta a las relaciones abiertas, Onfray observa que ningún ser humano puede ofrecer fidelidad, por ende, la monogamia no es opción, así que lo procedente —señala el autor— sería establecer unas reglas claras al inicio de la relación, siendo una de ellas (por supuesto) que Miguelito, y también su compañera, puedan culear con quien se les venga en gana.
Supongo que el libro tiene mayores o menores probabilidades de ser disfrutado dependiendo de si el lector comparte las ideas expuestas (imagino que parecerán ser palabras sabias y hasta emocionantes para el individuo al que no lo apetecen las perspectivas del compromiso) o si se ve convencido por la argumentación de Onfray (con ideas como el considerar que, contrariamente a la visión socialmente aceptada de que cada uno de nosotros es un ente incompleto —por ende el uso de metáforas como la “media naranja”—, en realidad todos somos más que totales, de hecho rebosamos en exceso, el cual queda probado en los fluidos que podemos emitir cuando estamos excitados —orgasmos, eyaculaciones—... argumentación que se me antoja simplona, pero quizá —no lo digo con ironía— la cuestión sea que soy yo justamente el simplón de entendederas).
Por otra parte: el estilo del autor. Ciertamente, apenas iniciado el libro, Onfray expresa su desacuerdo en cuanto a valores capitalistas como (y espero estar recordando bien, porque no tengo el más mínimo ápice de intención de releer para constatar) la eficiencia. Ergo, es congruente que en Teoría del cuerpo enamorado la redacción no sea sucinta. Resulta muy agradable encontrarse autores con un léxico jugoso, elevado (es algo que envidio sobremanera), que les permita presentar sus ideas con frases largas y embellecidas, pero Onfray termina dando unas circunlocuciones exageradas y vanamente rimbombantes. Este libro, de unas 240 páginas, perfectamente podría tener solo 120 (incluso menos) y seguir ofreciendo eficazmente la misma información. (Dicen que comparar es fastidioso, pero la vida es un constante —a menudo inconsciente— ejercicio de comparación: me he topado con libros de solo 60 páginas y, de lejos, mucho más interesantes —como Ausencia, de Byung-Chul Han—.) Para colmo de males, en varias ocasiones la verborrea empleada envuelve ideas simples, nada novedosas y del tipo “el agua moja” (verbigracia, cuando con un montón de perífrasis altisonantes se termina diciendo, simplemente, que en una relación de pareja ha de haber respeto, y nunca considerar al hombre automáticamante superior a la mujer... y, pues, daaah: Obvio, Miguel).
Dos incongruencias, y ya merito acabo. 1) Me llama la atención que Onfray critique el “oportunismo literario” en pos de vender, cuando él mismo indica que la palabra “amor” en el título de su libro no es apropiada, puesto que habría sido más exacto utilizar el término “libertino” (pero que es un vocablo con mala fama y que mejor no lo usó). 2) Hacia el final del texto, el autor critica a los filósofos cuyas ideas resultan impracticables, cuando él, apenas presenta su solución al fracaso inevitable de las relaciones de pareja, advierte que su fórmula solo puede ser aplicada por cierto tipo de personas: gente crítica, madura, responsable emocional y afectivamente. En tal caso, creo que, si en Onfray es sincera la intención de poner un granito de arena en la sociedad ayudando a tener mejores interacciones, habría sido más lógico destinar sus esfuerzos (o la mayor parte de ellos) a escribir acerca de inteligencia emocional o algo así (cosa que tal vez ya hizo, pero quedo lo suficientemente desencantado de este autor como para indagar al respecto).
Supongo que las recomendaciones de libros filosóficos, las cuales se encuentran al final de la lectura, pueden resultar muy valiosas para estudiantes de filosofía o personas interesadas en el tema; empero, en términos generales, pensaría que es buena idea pasar este libro de soslayo.