Envidio momentáneamente a los noruegos
Envidio momentáneamente a los noruegos. Los envidio cuando subo al pesero, cuando camino por el centro histórico, y cuando, por error, piso plazas comerciales en domingo, pero sobre todo los envidio cuando lo que tengo de frente es demasiado bello. Envidio sus campos, su verde aislante, sus 14 personas por kilometro cuadrado, y sus casitas con jardín tamaño mi colonia entera… y es que pasar los días huyéndole al ruido es más agotador que pelearse con señoritas del SAT.
Quien haya pisado o pasado por la Ciudad de México sabrá de lo que hablo, aquí es imposible encontrar soledad, sosiego, tranquilidad, respiro… silencio; palabra que bien podría salir de nuestros diccionarios de uso común y hacerse lugar en los libros de mitología al lado de los dodos y los unicornios, pues no existe.
Aquí, si cae un árbol no hay debate filosófico, siempre suena, porque siempre hay alguien escuchando, generalmente muchos… y la cuestión es que aquí lo que caen no son árboles, sino malas palabras, faltas de ortografía y sobre todo de sentido común.
La falta de silencio además, da calor. Traer las orejas tapadas con monumentales plativolos más grandes que la vajilla de la abuela, para bloquear conversaciones ajenas, voces estridentes, y necesidades de protagonismo, se dice fácil, pero con este calor sofocante, el ruido más bien debería ser tema de salud pública.
Hace algunos domingos un joven hablaba de mi y de los enormes protectores de mi sanidad: “todos andan con audífonos porque le temen al silencio”, se lo había escuchado decir a su maestra, le dijo a la chica con quien conversaba… ¿Qué silencio? Quise voltear a preguntar.
Le huyo al ruido, porque al silencio llevo persiguiéndolo, sin fortuna, desde que nací. Lo más cercano a esa idea de fantasía se encuentra en la nieve. Por eso me gustan las noches, las madrugadas, el frío, y los muy temprano en la mañana. Por eso disfruto los días de lluvia y los festivos, con especial cariño por los 25s de diciembre y 1os de enero… antes de las 10 am, claro está, pues luego, como lagartijas con bocina salen al sol plagas que invaden los tímpanos con palabras que da tristeza escuchar.