La fortuna de Marco Licinio Craso no nació de la guerra ni de la herencia sino del fuego. Cuando Roma ardía, aparecía dinero en mano y compraba propiedades a una fracción de su valor. La desgracia ajena era su mina de oro.
Craso poseía un cuerpo de bomberos privado: 500 esclavos entrenados con baldes y herramientas. El fuego era su negocio, su riqueza se alimentaba de la ruina ajena. Hecha la compra, sus bomberos sofocaban las llamas. Era la extorsión inmobiliaria de ensueño.
Craso decía que ningún hombre podía considerarse verdaderamente rico si no era capaz de mantener un ejército entero con sus propios ingresos. En el 71 a.C Roma le tomó la palabra. El Senado recurrió a él para develar la rebelión de Espartaco. Su campaña fue victoriosa, pero Pompeyo se atribuyó la gloria ajena. Craso ganó la guerra. Pompeyo reclamó los laureles.
Craso sabía que el verdadero poder era el del dinero, no el de la espada. En el 60 a.C. formó el Primer Triunvirato junto a César y Pompeyo. Tres hombres repartiéndose el poder por contrato. Su dinero era la bisagra entre dos espadas. Pero, a diferencia de sus triunviros, la corona de laureles le había sido esquiva. Tenía dotes militares, había vencido a Espartaco. Era el momento de ajustar cuentas consigo mismo. Así decidió arriesgarlo todo por gloria.
Roma no necesitaba conquistar Partia, Craso requería vencerla para estar a la altura de César y Pompeyo. Así llegó a Carrhae, en Mesopotamia. Los partos rodearon a sus legiones con arqueros a caballo durante horas. La derrota fue aplastante: 20.000 muertos y 10.000 prisioneros.
Craso fue capturado y ejecutado. Cuenta la leyenda que los partos, conociendo su legendaria avaricia, vertieron oro fundido en su garganta. El hombre más rico de Roma construyó su imperio sobre la ruina ajena y murió persiguiendo lo único que el dinero no podía comprarle: la gloria. Y el oro, al final, lo ahogó.