Que no confíes en la luna,
porque está constantemente cambiando,
pero no puedes dejar de contemplarla.
de tu mirada brillante e infinita,
tan vulnerable que, si la tocas,
si tuvieras la suerte de alcanzar
podría convertirte en polvo de estrellas.
Y no tengo miedo de los cabellos de seda
que se van enredando con cada caricia,
porque este encuentro nuestro que envenena
es precisamente lo que buscaba.
Me voy deslizando por las curvas,
suavizando el precipicio que desemboca en tus labios
y cautivando con la piel ardiente que me encadena,
liberado el carmesí de tus mejillas
que tú y yo estamos solos
anhelando un cuerpo y alma frágil como un huracán.