No hay nada más simple y humano que desear.
Giorgio Agamben
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No hay nada más simple y humano que desear.
Giorgio Agamben
Es sabido que Proust estaba obsesionado por la fotografía y buscaba por todos los medios procurarse la foto de las personas que amaba y admiraba. Por su insistente pedido, uno de los muchachos de los que estaba enamorado cuando tenía 22 años, Edgar Auber, le regaló su retrato. En el reverso de la fotografía, le escribió a modo de dedicatoria: Look at my face: my name is Might Have Been; I am also called No More, Too Late, Farewell (Mira mi rostro: mi nombre es Habría Podido Ser, me llamo también Ya No, Demasiado Tarde, Adiós). La dedicatoria es ciertamente pretenciosa, pero expresa perfectamente la exigencia que anima a toda foto [la exigencia de redención] y recoge lo real que está siempre a punto de perderse, para volverlo nuevamente posible.
Giorgio Agamben, «El día del juicio» en Profanaciones.
¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es, quizás, el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio de su verdad, entender que Dulcinea –a quien hemos salvado– no puede amarnos.
Giorgio Agamben, «Los seis minutos más bellos del cine» en Profanaciones.
No podemos volcar en el lenguaje nuestros deseos porque los hemos imaginado. (...) El cuerpo de los deseos es una imagen. Y lo que es iconfesable en el deseo es la imagen que nos hemos hecho. Comunicarle a alguien los propios deseos sin las imágenes es brutal. Comunicar las propias imágenes sin los deseos es fastidioso (como contar los sueños o los viajes). Pero fácil, en ambos casos. Comunicar los deseos imaginados y las imágenes deseadas es la tarea más ardua. Por eso la postergamos. Hasta el momento en que comenzamos a entender que permanecerá aplazada para siempre. Y que ese deseo inconfesado somos nosotros mismos, para siempre prisioneros en la cripta.
Girogio Agamben, «Desear» en Profanaciones.
Henri Meschonnic
es tiempode oírlo que uno no quiere oíroír lo que no hace ruidola sangre no hace ruidoel pájaro muertono hace ruidocaminar sobre una nubeno hace ruidodejar hacerno hace ruidocallarseno hace ruidopero todo este silenciode todos aquellos que se callanhace un ruido para ya no vivirmentir no hace ruidopero mentir mentir sobre mentiracaba haciendo un ruido para ya nooírseun ruido de fin del mundola…
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«Contra esta sabiduría pueril, que afirma que la felicidad no es algo que pueda merecerse, la moral ha alzado desde siempre su objeción. Y lo ha hecho con las palabras del filósofo que menos ha comprendido la diferencia entre vivir dignamente y vivir feliz. "Aquello que en ti tiende con ardor a la felicidad es la inclinación; aquello que luego somete esta inclinación a la condición de que debes ser primero digno de la felicidad es tu razón", escribe Kant. Pero con una felicidad de la cual podemos ser dignos, nosotros (o el niño que hay en nosotros) no sabemos bien qué hacer. ¡Qué desastre si una mujer nos ama porque nos lo merecemos! ¡Y qué aburrida la felicidad como premio o recompensa por un trabajo bien hecho!»
Giorgio Agamben: Profanaciones. Adriana Hidalgo editora, pág. 22. Buenos Aires, 2005
TGO
@bocadosdefilosofia
@dias-de-la-ira-1
Hoy día -conocerán ustedes montones de personas así, y hasta podría darse el caso de que usted fuera una de ellas-, casi nadie celebra ya nada. Nada íntimo, me refiero, propio, personal, exclusivo. Por el contrario, las celebraciones impersonales y multitudinarias -gregarias es aquí término más exacto- abundan cada día más -la victoria de un equipo de fútbol es quizás el mejor ejemplo-, podría pensarse que para suplir la carencia de las otras. Claro que no lo consiguen, no pueden conseguirlo, pues en el fondo son dos manifestaciones antitéticas. De hecho estas celebraciones, todas ellas de un modo u otro vinculadas al juego, son propiamente hablando profanaciones. Porque la celebración tiene un carácter sagrado -de ahí quizás provenga precisamente el rechazo actual- vinculado al gasto, al despilfarro, y a la ostentación en el sentido batailleano de estos términos. De modo que si hemos dejado de celebrar, también hemos dejado en consecuencia de profanar. Las turistas que visitan el Vaticano obligadas a cubrirse los generosos escotes no son conscientes ni por asomo de la profanación que significaría no ir cubiertas. Toman la imposición por una especie de rito, como el llevar al fútbol la bufanda de tu equipo. De modo que cuanto menos celebramos, menos posibilidades de profanación tenemos. Y de la profanación sí que podemos decir en cambio que responde a la misma necesidad, sólo que en el sentido contrario, claro, que la celebración. Una necesidad, de nuevo un término denostado, de trascendencia.
Giorgio Agamben
Profanaciones
Dios te salve, Señora de los ojos tristísimos, llena eres de gracia, el Amor es contigo. Bendita tú eres entre tods las mujeres, entre las potestades, ángeles y luciérnagas, y bendito es el fruto que tu vientre me ofrece como una rosa tibia y desvalida. Salve, Señora de los pechos de sedosos estigmas, llena de resplandores de la carne. Contigo es el fuego celeste que me arrasa. Bendita eres todos los días con sus noches. Bendita la herida de tu nombre clavándose en mis versos.
Josefa Parra Ramos