ā¦y mis manosā¦
mis pobres manos,
me quedan pequeƱas.
Aprisionan mis pechos como si pudieran calmar esta sed,
como si al recogerte de mis labios
pudieran arrancarte del centro hĆŗmedo de mi ser.
Oh sĆā¦
de mis labios,
los muy traidoresā¦
porque ellos, mƔs que nadie,
te guardaron adentro,
muy adentroā
en esa caverna tibia donde solo entran los nombres
que me hacen gemir con el alma en carne viva.
Y ahora tengo que ir a buscarte.
Meter los dedos,
abrirme,
rasgarme la entraƱa como quien escarba en la herida,
para sacarte de allĆ,
para que me vuelvas a recorrer
con ese deseo tuyo que aĆŗn moja mi piel
con nƩctar sagrado.
No hay redención, amor.
Sólo hay lujuria.
Y cada vez que mis manos me tocan,
te sienten.
Y te invocan.
Y me vuelvo altar otra vez.
Abierta.
HĆŗmeda.
Tuya
La Mujer del Dragón














