Bianca me miró, con esas miradas que te desnudan el alma, esas que te hacen sentir menos solo y que el mundo es un lugar más bello, me miró y entonces me besó. Nos fundimos en ese beso, y sentí el dulce sabor de sus labios, fue solo un beso pero en ese instante me entregué por completo a ella. Pude escuchar el sonido del tren llegar, pero no le dí importancia, el beso con Bianca era lo que recibía toda mi atención, hasta que simplemente ya no la sentí. Cuando abrí mis ojos otra vez, pude ver al tren irse, y con el Bianca…
No podía comprender que acababa de suceder, hace un momento Bianca estaba conmigo y ahora se había ido. Confundido, salí del metro y vagué por las calles que hace unos minutos había recorrido con Ella.
-Buscando a Bianca.
Espero poder terminar algún día este relato, cuando no duela tanto y el tiempo sea favorable.
Un Nuevo año comenzará dentro de algunas horas en horario del hemisferio norte. Parece increíble lo rápido que el tiempo se va. El año pasado hice una lista de los logros que pensaba alcanzar este año, bueno no todos se cumplieron y en otros estoy aún trabajando… y otros buenos no eran realistas del todo, así que tampoco puedo quejarme.
He mejorado bastante mirando en retrospectiva ha sido un año complicado. Mucho de lo que esperaba no llego, y mucho de lo que planeaba falló de un modo que hasta resulta poético de describir. He llorado este año hasta quedarme sin ojos, pero al menos puedo decir, y reconocer que no he estado bien, en lugar de callarlo y pretender que todo está bien, por intentar parecer fuerte ante los demás. Lo que por cierto me lleva a otro punto, disfrutar el maravilloso sentimiento de mandar todo al diablo y sentirme bien con ello.
Me siento bien, simplemente no preocupándome de tantas cosas, que hasta cierto punto me atormentaban. No puedo arreglarlas, no puedo cambiarlas… entonces ¿qué sentido tiene preocuparse por ellas?
¡El esperado recuento! Debo decir que estoy muy impresionada porque jamás creí que llegaríamos a tener tantos personajes. Quiero agradecerles por el interés y por la actividad que han mantenido, espero que estén disfrutando del rp.
En otras noticias, les recordamos que la radio ya está activa y pueden comenzar a enviar sus cartas desde ya. Haremos un anuncio para hacerlo más oficial y para que sepan cuáles son las instrucciones a seguir, pero también pueden enviar mensajes, pedir canciones y otras cosas.
La lista de face claims ya se encuentra actualizada, pero si ven algún error o si falta alguien, no duden en avisarnos.
Y se llega el tiempo de los recuentos. Cuando la fiesta que dejó la primavera ya se ha llevado sus mejores colores, cuando los frutos del verano también han sido cosechados, entonces las hojas comienzan a caer.
El otoño es también una lista larga de despedidas que no deseas, que no esperabas. Después de tanto adiós hay ilusiones que se van rindiendo a la realidad que las acaba.
Otras veces se hace una y mil canciones en la garganta, que ya no se hacen voz. Porque ya no hay a quien cantarlas, porque ya no suenan igual.
El otoño es un domingo por la tarde, cuando todos se han marchado y entiendes que te quedas solo con tu atardecer. Es un poema inspirado en una musa que ya se ha ido, leído a un amor que no te escucha.
El otoño es la brisa de las noches que te hacen sentir frío y buscas el abrigo que no siempre se encuentra en los brazos del amor, a veces solo está en el calor que guardas de los recuerdos.
Un café que se ha enfriado y un cigarro que ya no te apetece...un libro y las voces del pasado que vienen a susurrar lo amores viejos y los dolores eternos.
A veces el otoño es aprender a perder todo antes de revestirte de vida una vez más.
¿Qué pasa cuando una no puede dormirse después de que los perros la levantan a las 4 y pico de la mañana?
Sale reversión de Blancanieves porque mis ideas son mejores que las remakes de Disney. He dicho.
Entonces era verdad.
Desde su nacimiento estaba destinado a perder a todo aquel que amara. Su madre fue la primera, el mismísimo día en que él respiró por primera vez. No pudo verla ni una vez.
Su padre le siguió, algunos años después. Era amable y cálido pero estricto, como todos los reyes deben ser. Amaba a su hijo pero quería asegurarse que el poder de su línea de sangre no se le subiera a la cabeza. ¿En qué clase de rey se convertiría el niño si sus deseos más delirantes se le concedían? El niño necesitaba límites por lo tanto el padre le daba exactamente lo que necesitaba. Era un hombre excepcional.
Luego vino el Padre Solar. El Rey había pedido en su lecho de muerte que su hijo fuera educado en el monasterio que la familia había ayudado a construír, que tuviera la mejor educación posible y que aprendiera a ser un hombre de Dios. Todos los curas estaban dedicados a esa tarea, pero el Padre Solar dejaba que el niño fuera un niño trepando árboles, pescando, corriendo por los campos y jugando a las canicas (él le había enseñado al príncipe unos trucos asombrosos con ellas a escondidas de los otros monjes). Luego de su muerte el príncipe, ahora un joven hombre, decidió volver al castillo para dejar su pena atrás y "crecer".
Muchos amigos (porque eso es lo que eran, no simples soldados) muerieron en tierras extranjeras a veces en batalla, otras en manos que se creían que eran amigas y otros incidentes menores donde, en un irónico giro del destino, se encontraban evitando cualquier tipo de conflicto.
Muchos de sus sirvientes, los que cuidaron de él como la cocinera que siempre lo hacía sonreír cuando más lo necesitaba también fallecieron. Todos intentaron convencerlo de que eran viejos y que la naturaleza siguió su curso pero entonces ¿cómo alguien podría explicar que la hija de la cocinera, a quien él veía como la hermanita que nunca tuvo, simplemente nunca despertó sin explicación alguna?
El príncipe estaba cada vez más convencido de que estaba maldito. Y ahora tenía el peor recordatorio de ello.
Un año atrás, más o menos, tuvo que ir a un reino vecino para participar de las nupcias del rey, un viejo amigo de su padre. Éste se estaba casando por segunda vez, lo que muchos consideraban que era demasiado pronto, con una mujer más joven cuya extrema belleza hacía que algunos sospecharan de que fuera una bruja o un espíritu maligno del bosque bajo un hechizo de glamour.
El príncipe se aburrió fácilmente junto a los otros miembros de la realeza que lo doblaban (incluso triplicaban) en edad y decían las mismas historias una y otra vez, con más y más detalles en cuanto el vino comenzaba a correr. Entonces la vió, la hija del rey, una adorable joven cercana a su edad con cabello negro como la noche lo que la hacía ver extremadamente pálida. La gente la llamaba Blancanieves pero él creyó que el nombre era incorrecto ya que incluso sólo su sonrisa era más cálida que que la brisa de verano.
Él no podía quitarle los ojos de encima. Ella era grácil, gentil y lo suficientemente inteligente para lograr que uno de los amigos de au padre retirara lo dicho sobre el trabajo de sus lacayos. Ella notó al príncipe y cada vez que lo atrapaba viéndola le sonreía, invitándolo a unírsele. Pero el se volteaba para alejarse.
Aún así ella estaba decidida a romper esa distancia y por eso lo invitó a bailar. Él intentó rechazar la oferta pero en cuanto sus manos se tocaron, la pared que estaba levantando entre ellos se cayó a pedazos.
El mundo desapareció mientras ella estaba en sua brazos junto con cualquier temor que él sentía ante la posibilidad de perderla. Se vieron a los ojos y en los de ella vió la posibilidad de tener un futuro, una familia, felicidad al fin. Su completa existencia estaba atada a la de ella, se podía sentir entregando su vida, cuerpo y alma para que ella hiciera con ellos lo que le plazca. Su caricia lo llamó de vuelta a la realidad, ella estaba preocupada limpiando una lágrima que había escapado de su ojo. Él se disculpó, salió de la fiesta, del castillo y del país.
Unos meses más tarde llegó una carta pidiéndole que regrese al reino para un funeral, su corazón ya estaba rompiéndose antes de leer que era el rey quien había muerto. Se sintió mal por haber lanzado un suspiro de alivio y por la pequeña alegría de descubrir que ella estaba a salvo. Al menos por ahora.
La solemnidad de la ceremonia no ayudó a su temor constante. ¿Pero cómo podría intentar ignorarla cuando ella se veía absolutamente destruída y sola? Sin mediar palabra se abrazaron y ella rompió en llanto en la seguridad de sus brazos. Caminaron por los jardines para aclarar sus mentes. Si había algo en lo que él tenía experiencia era en el dolor y en como lidiar con él. Ella le pidió regresar a visitarla, él no pudo rechazarla y ambos prometieron escribirse cuando fuera necesario.
Regresó algunos meses después, la reina le dió toda clase de atenciones pero él no podía ver dónde estaba su amiga. Su anfitriona intentó tentarlo con un viaje de cacería, o a ver una obra de teatro o a leer junto al fuego pero a él no le importaban esas cosas así que dijo que el viaje lo había extenuado y que necesitaba descansar. Por supuesto, en lugar de ir a su habitación merodeó por el palacio hasta que la vió. Estaba vestida con harapos como los sirvientes y llevaba un costal de harina hasta la cocina. Ella intentó calmarlo, no era tan malo desde su punto de vista... ella siempre había ayudado en todo lo que podía en el castillo, ésto no era nuevo y lo probaría en la cocina donde horneó una deliciosa tarta que ambos comieron. Aún así él creía que era injusto que ella viviera en esas condiciones, pero ella le aseguró que el dolor de la muerte de su padre le hizo darse cuenta de que necesitaba un cambio. Él se preguntó cuánto de sus palabras eran de su propio pensamiento y cuántas le pertenecían a su madrastra.
Él regresó muchas veces e intentaba que no pasara demasiado tiempo entre visitas. La reina siempre intentaba mantenerlo ocupado pero él siempre encontraba la manera de explorar el bosque con su Estrella del Norte, como había comenzado a llamar a la princesa porque el brillo de sus ojos junto con el contraste de su piel y cabello le recordaba a una noche estrellada, y él siempre la seguiría para sentirse de nuevo como en casa.
Entonces, un día, ella no estaba por ningún lado. Los sirvientes estaban demasiado asustados como para hablar y la reina ignoró todas sus preguntas. Abandonó el castillo y fué hasta el bosque, al lugar que habían denominado como su reino, donde se guardaban todos los secretos, como ese primer beso junto al viejo roble bajo la lluvia de verano. Ella estaba ahí esperándolo quién sabe por cuánto y lo abrazó fuertemente mientras las lágrimas colmaban sus ojos. Ella le dijo que la reina estaba celosa, que la había expulsado del castillo y prometido castigar a cualquiera que quisiera ayudarla. Él le ofreció llevarla consigo, mantenerla a salvo y ser su devoto esposo dejando todo atrás. Pero ésta vez ella lo rechazó, ella conocía las intenciones de la reina para con él y no podía arriesgarse a iniciar una guerra. Ella le aseguró que la estaban cuidando bien y que, en cuanto todo se calmara, iría con él y nunca más se separarían. Fue una agridulce despedida, con un beso delicado que hubiera desgarrado hasta el alma más valiente.
Él rechazó cualquier invitación y carta de la reina, así como a sus delegaciones colmadas de regalos. Ella incluso se había atrevido a intentar contactarlo a través de otros reinos, sin embargo la respuesta fue siempre la misma.
Una noche despertó con un miedo que no había sentido en años. Una premonición. La tormenta por fuera de su ventana oscureció su corazón atormentado y decidió cabalgar para encontrar a su Estrella del Norte de nuevo, antes de que nadie pudiera pasar. Él debía salvarla. No podía permitirse perderla.
El viento y el agua parecían estar en su contra, forzándolo a tomar el camino más largo. Los ríos estaban desbordados, el lodo no permitía que su caballo se moviera, los árboles eran arrancados del suelo con la misma facilidad que cualquier hierba en manos de un jardinero.
Con las primeras luces de la mañana la tormenta comenzó a disolverse pero él aún estaba muy lejos de ella. Su viaje continuó, no tenía tiempo para descansar o comer.
Entonces llegó.
Era muy tarde.
Sus rodillas le fallaron, arrodillado en el piso él no podía dejar de verla en una cama de flores. Aún a través de sus lágrimas ella parecía estar dormida plácidamente a la luz del sol de la mañana. La gente del pueblo estaba despidiéndose de su princesa. Algunos lo reconcieron y compartieron su dolor, pero no había nada más que hacer. Si los rumores eran ciertos, la reina había encontrado la forma de envenenarla y no había antídoto que pudiera ayudarla ahora.
"¿Que he hecho? ¿Es mi existencia una ofensa tan grande a éste mundo que no merezco ser amado? Vida ¿qué te he hecho? ¿Por qué sigues llevándote vidas inocentes en lugar de la mía? ¿Qué clase de cruel juego juegas conmigo? ¿Por qué ella? Ella no te ha hecho nada, a menos que darme una razón para creer que eres hermosa sea un pecado tan grande que puede sólo ser limpiado con la muerte. La tierra era más verde, el aire más dulce y el sol más cálido con ella viva. ¿Qué debo hacer? ¿Encerrarme en mi castillo a esperar el resto de mis días, sobreviviendo sólo a base del recuerdo de sus labios en los míos? ¡Contésta de una vez! Te lo suplico..."
La gente lo observó pero sólo una anciana fue a ayudarlo a incorporarse.
"Mi querido muchacho, lo lamento tanto. Nada de ésto debía suceder si yo hubiera seguido las reglas... pero cuando se pasa tanto tiempo entre tu especie como lo yo lo hice, es casi imposible no ablandarse" su voz era amable y ella comenzó a arreglarle la ropa como lo haría una madre.
"¿Quién eres?" Le preguntó mientras ella limpiaba su rostro.
"Mi nombre se ha perdido hace mucho tiempo y la humanidad decidió que soy dos: Vida y Muerte. Pero soy sólo yo. Me ocupo de ambas tareas, quizás hubiera sido más fácil si yo fuera dos personas diferentes" ella lo tomó del brazo y lo guió hacia una roca donde podrían sentarse y charlar. "Y así es como todo comenzó. La noche en que naciste, se suponía que tu debías morir pero yo sabía que tus padres querían un bebé más que nada en el mundo. Ellos intentaron muchas veces y después de tu muerte, tu madre nunca más quedaría embarazada. Ellos eran muy buenos, todos los amaban y siempre ponían a los demás primero. Ellos se merecían un regalo, un niño como siempre lo habían deseado... incluso si eso significaba que alguien más debía ocupar su lugar en la Otra Vida. Ti padre lo entendió en el momento en que te tuvo en sus brazos, que no era tu culpa, que eras demasiado precioso para ser culpado por la muerte de tu madre. Entonces te amó más de lo puedes imaginar. Sin embargo, hay consecuencias cuando las cosas no siguen el camino indicado. Tus padres y amigos habrían vivido más si no hubieras existido, sí, pero eso no significa que murieron por tu culpa... es el curso del destino, es sólo que las fechas se reajustaron. En el caso de ella, extendiste su vida. Si no la hubieras llevado a caminar en el funeral de su padre, ella se hubiera encerrado en su habitación donde la reina la hubiera matado para hacerlo parecer un suicidio. Su madrastra no pudo intentar nada más durante el resto del día, tenía muchos invitados de los cuales ocuparse, pero cada vez que algo malo estaba por suceder, un recuerdo tuyo la hacía tomar otra decisión... otro camino... otro destino. Pero como dije, las fechas son reajustados, nunca borradas. La Malvada Reina se salió con la suya al final de todo. Una lástima." El príncipe no se sentía mejor "No estás maldito, querido. Estás bendecido, eres el testimonio más fuerte de que la vida es un regalo que no debe ser malgastado. Entonces vive y comparte tu vida con aquellos que hacen que valga la pena." La mujer acarició su cabello y se alejó.
Él se quedó viendo a los demás llorando y dejando flores, incluso cuando el dolor llegaba a lo más profundo, ellos no lo sentían como él. La gente volvería a sus casas, seguirían con sus vidas y eventualmente lo olvidarían. Pero no él.
Tomó coraje y se acercó a ella. Tomó su mano, la besó y la presionó contra su mejilla. Ésta vez ella no podría limpiar sus lágrimas como antes.
"La vida es un regalo que bo debe ser desperdiciado... pero yo solo quería compartirla contigo" dijo él antes de besar sus labios por última vez. Aún con los ojos cerrados, él presionó su frente contra la de ella y suspiró. Creyó que la brisa matutina estaba jugando con él fingiendo ser su aliento, hasta podía escuchar su voz en ella. "Regresaste" dijo ella, como cada vez que volvían a verse. Él comenzó a llorar pero sus lágrimas fueron detenidas por una mano. Él abrió sus ojos y la vió sonriéndole. "Regresaste" le respondió antes de tomarla en sus brazos y besarla de nuevo.
Hace algún tiempo, me enojé tanto con Disney rehaciendo sus películas (con mucho menos corazón que las animadas) que comencé a pensar en mis propias versiones.
Por ahora sólo terminé mi reversión de Cenicienta, pero tengo otras pensadas.
-Espero que no estés planeando robar nada- advirtió una voz autoritaria pero cálida y juguetona que resonó por toda la galería.
-No. ¡No! Por supuesto que no- se apresuró a responder la jovencita nerviosa ya que no había notado que el hombre uniformado bromeaba -Yo... nunca... ni siquiera toqué nada- ella intentaba encontrar sus ojos para hacer más fuerte su defensa, pero la máscara espejada le impedía encontrar su mirada. El sentirse observada sin saber desde dónde sólo hizo que la intimidación fuera más grande.
-No te asustes. No hablaba en serio- ella dejó salir un sonoro suspiro de alivio -Aún así, es extraño que estés aquí y no en el Gran Salón. ¿No quieres disfrutar del baile?-
-Es que... -ella se contuvo -No pertenezco allí-
-Sin embargo, aquí estás. Eso implica que has sido invitada-
-Podría decirse. Pero si he de ser honesta: me escabullí con una familia numerosa que no detectó mi presencia-
El hombre rió. -Si tanto querías estar en el baile ¿por qué desperdicias la noche en la galería de arte?-
-Solo quería ver el palacio y era mi única oportunidad-
-Podría darte una invitación, en caso de que alguien te la pida-
-Una invitación llegó a mi casa. Sólo que no vine con ellas-
-¿Ellas?- él había notado cierta ausencia en la voz de la joven.
-Mi madrastra y sus hijas-
Otra vez un pequeño dejo de amargura en su forma de hablar le dió a entender que algo no andaba bien, así que preguntó para corroborar que sus sospechas eran ciertas -¿Tu familia?-
-Supongo- la joven ya se había percatado de que estaba dejando entrever sus verdaderos sentimientos, así que intentó desentenderse de la situación. Se acercó al siguiente cuadro de la galería, el que más le llamaba la atención -Esas flores son hermosas. ¿Sabe usted cómo se llaman?-
-No, lo siento-
-No importa. Quizás algunas bellezas no deban ser nombradas-
Él sonrió.
-Señor- llamó uno de los guardias, vestido igual a él -¿Nos necesita?-
-No, General. Gracias-
-¿Está seguro?- quizo cerciorarse luego de examinar a la muchacha frente a él.
-Seguro. Todos pueden irse- una vez pronunciada la frase, otros veinte hombres salieron de sus posiciones a lo largo de la estancia.
-¿Tantos guardias?- se sorprendió la invitada al verlos marchar de salida al pasillo.
-Es un palacio. Hay un guardia cada dos metros, más o menos- respondió divertido. Muchos eventos pasados desfilaron por su memoria y en todos, el exceso de hombres estaba más que justificado.
-¿Usted es su capitán?-
-Supongo- sonrió -¿Cómo se llama?-
-¿Mi nombre?-
-No hay nadie más aquí ¿verdad?-
-No- ella estaba genuinamente sorprendida y avergonzada por toda la situación -No estoy acostumbrada a que me llamen por mi nombre-
-Entonces ¿cómo la llaman?-
-Depende de quién hable. Los niños me llaman "la dama del pozo", porque siempre les ayudo cuando deben sacar agua en baldes más grandes que ellos. Además, alzo en mis brazos a los más pequeños cuando quieren tirar una moneda para pedir un deseo-
-Suena agradabe. Pero no hay un pozo aquí, por lo tanto no puedo llamarla así- ambos riéron.
-Las que fueron nuestras sirvientas aún me llaman "pequeña" "señorita" o "niña" cuando las encuentro en el mercado. Por más que lo intente, no puedo convencerlas de que ya no tengo 4 años- su voz ahora estaba impregnada de calidez y alegría.
-No la conozco lo suficiente para llamarla así. Pero sí ha despertado mi curiosidad al saber que sus sirvientas ya no trabajan para usted ¿son muy mayores?-
-No tanto- ella comenzó a pasearse nerviosa entre las estatuas que adornaban el centro de la habitación. Se había dado cuenta del lío en el que se había metido al decir eso, pero ya era demasiado tarde. Respiró profundamente y batalló con las lágrimas al llegar a su último apodo -Cenicienta, es el nombre con el que me llaman mi madrastra y sus hijas; porque siempre estoy cubierta con las cenizas del fuego que debo mantener vivo en la cocina. Así puedo cocinar, prepararles el agua para sus baños y llevar brasas para calefaccionar toda la casa- una lágrima escapó de sus ojos y corrió por su mejilla, pero logró interceptarla antes de que cayera al piso -Incluso debo hacerlo en Verano, porque así lo ordena la señora de la casa-
-¿Y los sirvientes?-
-No hay ninguno, sólo yo...- volvió a sacarse las lágrimas, ésta vez con un pañuelo que le ofreció el hombre -...Marielle-
-¿Marielle?- se sorprendió él -Entonces creo que algunas bellezas sí deben ser nombradas- el intento de hacerla sentir mejor pareció surtir efecto.
-¿No tiene otra cosa que hacer además de ocuparse de los sentimientos de una extraña?-
-La verdad, no. No me agradan las fiestas y menos las de este estilo-
-¿Qué estilo?-
-Las de buscarle novia al príncipe- se sentó en un sillón cercano y la invitó a acompañarlo -Por eso estamos todos vestidos igual: las mujeres del salón sólo quieren exponerse, o a sus hijas, a él. No alcanzaría la noche si tuviera que bailar con todas-
-Entonces ustedes no dicen quién es el príncipe, las escuchan, las conocen y luego entregan un reporte de cuál consideran más apta ¿verdad?-
-Exactamente-
-No puedo ni imaginarme lo tedioso que debe ser lidiar con eso-
-Intercambiamos turnos, motivo por el cual siempre es conveniente tener tantos soldados a mano- ella rió -Por supuesto, aquél que intente sacar provecho propio es removido. Generalmente termina cuidando los establos o el parque-
-Aún así, debe ser duro para ellos ¿quién dice que los soldados no pueden enamorarse de una de las jóvenes?-
-En ese caso deberán decirles la verdad-
-¿Ha pasado?-
-La noche aún es joven-
-Si no es mucha molestia ¿podría hacerle una pregunta?- él asintió -¿Por qué organizaron éste baile? Creí que el príncipe debería casarse con una princesa de otro reino, para entablar relaciones comerciales, acrecentar el territorio y demás-
-Es usted muy inteligente, Marielle- ella no pudo evitar ruborizarse al escuchar su nombre -Sí, sería lo más sensato y tradicional, por decirlo de alguna manera. Pero, créalo o no, el príncipe Jean ha sido rechazado tanto por reinos vecinos como lejanos-
-¿Rechazado?-
-Sí, verá usted: el príncipe es ciego- dijo mientras se quitaba la máscara para revelar su vista nublada -Por lo tanto, los demás reyes no quieren arriesgarse a tener nietos con la misma debilidad- no hubo reacción alguna de la muchacha -Por favor, no se compadezca. He tenido suficiente de eso hasta ahora. Hábleme, sigo siendo yo-
-Es que... no lo entiendo. ¿Usted es el príncipe?- ella se incorporó y comenzó a ir y venir nerviosamente.
-Sí-
-No me mienta-
-Sé que dije que algunos soldados podrían intentar sacar provecho, pero lo hice pensando que ya me había ganado su confianza, lo cual me permitía hablar libremente-
-Pero ¿qué hace aquí? El baile es en la otra ala del castillo-
-¿Ha notado que tiene un pequeño desbalance a la hora de caminar? Como si una pierna fuera unos milímetros más corta que la otra-
-Me quebré una pierna a los trece años. No sanó bien-
-¿Se subía a los árboles?-
-No-
-¿Un accidente de caballo tal vez?-
-No-
-¿Quizás sólo corriendo por los pasillos de su hogar?-
-Le contestaré sólo si me dá un buen justificativo para perder el tiempo conmigo, en lugar de disfrutar de su fiesta-
-No estoy perdiendo el tiempo, pero adelante-
-No limpié bien el ventanal del comedor y mi madrastra me castigó por ello- al darse cuenta de la indignación en el silencio del príncipe se decidió a agregar -No volvió a hacerlo. Se dió cuenta que era muy difícil que hiciera los mandados con huesos rotos-
-Usted era una niña-
-Lo que significa que ya pasó mucho tiempo y no vale la pena recordarlo-
-¿Siguió pegándole? ¿lo hace ahora?-
-Eso no es importante. Ya respondí su pregunta. Responda la mía-
Su frustración se hizo evidente, sin embargo él nunca faltaba a su palabra -En primer lugar, estoy agotado de escuchar los "soy perfecta para ser reina porque..." y, en segundo lugar, porque el General Batiste, el hombre que me habló hace un rato, me dijo que había una jovencita con un vestido muy peculiar deambulando por los pasillos. Aún no sabía si simplemente estaba perdida o si tenía otras intenciones. En otras palabras, usted despertó mi curiosidad- Marielle volvió a sentarse -¿Por qué su vestido llamó la atención del buen General?-
-Probablemente porque es viejo... era de mi madre, así que debe tener más de veinte años-
-¿Herencia?-
-Lo único que me queda de ella. Mi madrastra se deshizo de lo demás- se interrumpió para que él no notara el quiebre en su voz -Estaba en un arcón olvidado en el ático, por eso las polillas lo atacaron. Tomé retazos de un viejo vestido mío, uno de seda y tul rosa que usaba de niña, con ese hice flores que cubrieran los agujeros- dejó en las manos del hombre una que sobresalía de su manga para que pudiera sentirla -Para el centro usé cuentas de uno de los tantos collares rotos de mis hermanastras-
-Admiro su habilidad y estoy seguro de que luce hermosa. Al mismo tiempo no puedo dejar de compadecerme de su situación, no debería vivir así-
-Si yo no me compadezco de su ceguera, no lo haga conmigo-
-Es lo justo. Sin embargo me gustaría ayudarla-
-Nadie puede-
-Puedo hacer que las arresten-
-O puede casarse con una de mis hermanastras y llevársela lejos con toda su familia-
-Creí que eramos amigos ¿ahora quiere que yo sufra?- rió.
-A usted no le harían nada-
-¿Y por qué a usted sí?-
-No lo sé, dejé de preguntármelo hace tiempo. Asumo que soy un blanco fácil-
-Sólo tiene que pedírmelo y puedo hacer que mis guardias las arrastren a un calabozo-
-No, no por favor. Me odiarán aún más si lo hago-
-Nunca saldrían. Usted estaría a salvo-
-Mi padre no lo aprobaría-
-Oh ¿él vive con ustedes? ¿y deja que la traten así?-
-No, falleció hace ya 17 años. Pero si él eligió casarse con mi madrastra, fue por algo-
-Bueno, si de algo vale. De no ser por su situación, nunca nos hubiéramos conocido-
-Es verdad-
-¿Quién era su padre? Porque si aún viven en su casa, es posible que haya sido un amigo o conocido del mío-
-Sí, mi padre trabajó como administrador para el rey. George Reinauld-
-No puedo decir que me sea familiar el nombre, pero de pequeño no tenía demasiado que hacer en los asuntos de mi padre. Sin embargo, puedo asegurarle que conozco el interior de éste palacio centímetro a centímetro gracias a los golpes que me he dado en mi niñez. De ahí a que siempre tuviera muchos guardias a mi alrededor, mi madre nunca sabía dónde necesitaría asistencia inmediata-
El reloj comenzó a anunciar las doce, al igual que las campanas de la catedral cercana.
-Oh, no- se apresuró Marielle -Se me hizo tarde-
-¿De qué hablas?-
-El baile terminaba a medianoche, no esperaba quedarme tanto tiempo. No podré llegar antes que ellas- explicó ya a medio camino de la salida.
-Espera, por favor-
-No puedo-
-Sí, detente- él estaba ya a su lado y la sostenía del brazo -¡Batiste!- el hombre y un compañero aparecieron casi por arte de magia, listos para recibir órdenes -Que uno de nuestros cocheros la lleve a su hogar y extiendan la fiesta ¿una hora estará bien?-
-Sí, sí será suficiente ¡Gracias!- la joven besó su mejilla y comenzó a correr a la dirección en que el otro soldado la guiaba.
-No me veas así y cumple con tus órdenes- volvió a ordenar mientras ocultaba su sonrisa, de la mirada cómplice del General.
Todos en el Gran Salón se regocijaron al enterarse que el mismísimo príncipe había pedido alargar la fiesta. Las damas creyeron que aún tenían oportunidad de conquistarlo, ya que de haber elegido a alguien la velada habría terminado; los hombres que las acompañaban sólo se concentraron en la comida y los litros de vino que aún quedaban por tomar. Poco sabían los invitados que el príncipe no volvió a unírseles en toda la noche.
-Buenos días, hijo- lo saludó el rey al verlo en el jardín -Veo que lo has pasado bien. Todavía vistes como ayer ¿es por eso que pediste extender el festejo?-
-Honestamente, padre, casi no estuve en el baile-
-¿Es broma, verdad? Ya sabes por qué lo hicimos y por qué era tan necesario que estuvieras ahí-
-Lo sé, lo sé. Pero si hubieras estado en mis zapatos, tampoco habrías durado mucho-
-No pudo haber sido tan malo bailar con tantas hermosas señoritas-
-La gran mayoría no paraba de hablar de sus virtudes y otras, al pensar que era sólo un soldado más, intentaron sobornarme para que les señalara al verdadero príncipe. Eso sin contar con un par de pisotones que dí y las convirtieron en marinos ebrios. Creo que hasta aprendí nuevas groserías gracias a ellas- el rey no pudo contener su risa -Sin embargo, tampoco estuve solo. Todo el tiempo que estuve ausente fue porque una de las invitadas estaba curioseando en la galería. Hablamos. Es muy agradable. Le dije quién era, el por qué del baile y, salvo por un breve momento de incredulidad, ni siquiera se inmutó-
-Vaya, quizás el baile no resultó ser tan mala idea. ¿Y quién es la misteriosa joven?-
-Marielle- sintió cómo se iluminaba su corazón al decir su nombre -Marielle Reinauld, hija de George Reinauld- agregó con seriedad, para intentar disimular su alegría.
-George Reinauld, me suena ¡ah, sí! Ya lo recuerdo. Buen hombre, honesto e inteligente. Una lástima que haya fallecido-
-¿Qué sabes de su esposa?-
-No llegué a conocerla, ya había fallecido cuando él trabajaba para mí-
-Me refiero a su segunda esposa-
-Sólo sé que a tu madre no le agradaba. No puedo hablar de ella ya que nunca la conocí-
-Marielle me contó sobre los destratos que tiene con ella. Básicamente la tiene de sirvienta desde sus doce años-
-¿Por qué? Esa familia tiene dinero suficiente para vivir cómodamente por al menos tres generaciones más-
-No lo sé. Pero estoy preocupado. Necesito saber que está bien-
-Enviaremos a alguien a su casa-
-Sí, pero no. Que primero se cercioren de que ella está bien. Me contó que vino al baile a escondidas de su madrastra, si de repente alguien del palacio va a buscarla: ella lo sabrá-
-¿Qué importa si la joven se casará contigo? Estará segura en el palacio-
-Si es que me acepta-
-¿Por qué no lo haría?-
-Que hayamos tenido una conversación no significa que aceptaría-
-Pero es un buen inicio-
-Padre, por favor. Sólo quiero asegurarme de que se encuentre bien-
-Está bien. Enviaré a alguien a observar la casa-
Ya estaba entrando la noche, cuando el mensajero regresó para dar su reporte. No había visto a ninguna joven que pareciera ser sirvienta, sólo a la madre y sus dos hijas yendo y viniendo por las habitaciones que podían verse desde las ventanas.
Sin pensarlo dos veces, el príncipe le encargó a su General que prepare a un puñado de sus hombres para ir a la casa Reinauld.
Al llegar, la dueña de la casa creyó que serían buenas noticias pero en cuanto los soldados ingresaron a su hogar a revisar las habitaciones, su semblante cambió completamente. Sus gritos indignados se detuvieron una vez que el mismísimo rey y su hijo ingresaron por la puerta principal.
-¡Sus Majestades!- exclamó con falsa alegría una mujer bien vestida y entrada en años -¿A qué debemos el honor de su visita?-
-Se nos ha informado que hay una muchacha desaparecida en su casa- respondió el General Batiste quien ocultaba con su cuerpo al príncipe.
-¿Una muchacha... desaparecida? ¡Tonterías! Aquí sólo vivimos mis hijas y yo. Ellas no están porque fueron a visitar a una amiga, la condesa Montreaux. Las niñas, benditas sean, quieren seguir hablando del hermoso baile-
-¿Cuántas hijas tiene?- preguntó friamente Jean con su rostro fijo en la ventana que daba a la calle.
-Dos: Fleur y Claire-
-¿Y Marielle?-
-¿Disculpe?- a pesar de parecer sorprendida por el nombre, era claro que sabía a quién se refería.
-Su hijastra Marielle-
-Mar... ah, sí... ella se fue con su padre, cuando nos abandonó-
-George Reinauld trabajaba para mí. Por su fallecimiento envié mis condolencias, un ramo de flores y una medalla conmemorativa en forma de agradecimiento por los años de servicio a su país- el rey parecía ofendido ante el burdo intento de la mujer para zafarse de la situación.
-Bueno, estaba mientiendo... debí llevarla a un monasterio, pobrecilla, le fallaba un poco la cabeza. Es la gran vergüenza de la familia-
-Ella parecía estar bien ayer a la noche- volvió a asuzar el príncipe.
-¿Anoche?- un leve dejo de amargura resonó en la voz de la mujer.
-Ella fue al baile- silencio -Hablamos. No se preocupe, no se atrevió a decir mucho de usted... sin embargo, su historia no requirió de muchas palabras para ser entendida-
-Como le dije, ella tenía problemas-
-¿Tenía?- por primera vez él se volteó hacia la mujer, pero antes de avanzar hacia ella, uno de los soldados llamó al General desde la cocina. Batiste ayudó disimuladamente al príncipe a bajar por las escaleras que llevaban hacia allí.
Al cruzar el umbral de la puerta, se dió cuenta que Marielle pasaba varias horas del día allí. Todo el lugar olía como ella, o viceversa, un dejo de orégano y demás especias, mezclado con el aroma de harina y sal.
-¿Qué encontró soldado?-
-El fuego lleva varias horas apagado, pero parece que quemaron algo antes- Batiste extendió la mano para que el soldado dejara un fragmento de tela chamuscada.
-Parece ser una flor de seda- dijo el General para que todos lo escucharan.
-¿Quemó su vestido?- a pesar de saber la clase de persona que era, no pudo evitar sentir una puñalada en el corazón al ser testigo de ese acto tan ruin.
-Se lo merecía, por desobedecer-
-Continúa hablando en pasado- una sombra apareció en sus pensamientos -¿Dónde está?- intentó sonar duro y amenazante, pero su voz se quebró antes de poder terminar su pregunta.
-Donde pertenece-
El príncipe ya no podía respirar, se tambaleó lo suficiente para que su amigo y General lo tomara por los hombros y lo sacara al patio trasero que daba al gallinero y la huerta.
-Batiste, por favor, que sus hombres registren cada centímetro de la propiedad. Tanto dentro de la casa como fuera. Debemos encontrarla-
-Sí señor- él se retiró para darle las órdenes a sus hombres.
-Hijo ¿estás bien?- la voz del rey sonó a su espalda y sintió como apoyaba su mano en su hombro.
-¿Qué puedes ver desde aquí? ¿Cómo es la casa y sus alrededores?-
-Bueno es una hermosa casa, lástima que no haya tenido el mantenimiento necesario. Tiene tres pisos, además del sótano con la cocina y el desván. Fachada de piedra, ventanas grandes, balcones... es casi tan grande como nuestra casa de verano en la playa ¿la recuerdas?- no hubo respuesta, así que se apresuró a seguir su descripción -Puedo ver que algunas tejas se han caído y un agujero está formándose en el ático. ¡Hasta hay palomas que salen de él!- pudo observar cómo su hijo seguía perdido en sus pensamientos -La huerta es bonita, las calabazas están casi a punto de ser cosechadas. Hay unas plantas de tomates, acelga, creo... que esas son cebollas. Sí, lo son. Es un muy buen trabajo, madmoiselle Marielle parece tener buena mano para las plantas-
-¿Qué más?- preguntó Jean.
-Hay un gallinero, puedo contar tres gallinas y un gallo. Están picoteando el suelo, buscando alimento-
-Probablemente ella debía dárselos por la mañana- agregó el príncipe con amargura -Escucho voces lejanas ¿hay alguien más además de los soldados?-
-En una colina hay unos niños jugando cerca de un pozo de agua. Espero que no intenten treparlo, podrían caerse-
-El pozo- recordó Jean -Ella ayuda a los niños a cargar agua y a lanzar monedas pidiendo deseos-
Batiste emergió de la casa.
-Ya hemos revisado por todos lados, no hay rastros. Lo lamento-
-General, vamos hacia esa colina, al pozo de agua- su corazón se agitó, estaba seguro de que ahí la encontrarían. Batiste corroboró sus órdenes con el rey, quién asintió con su cabeza.
Los hombres llevaban antorchas encendidas, ya que la noche había llegado y sin importar cuánto intentaban acercar la llama al interior del pozo de piedra, no podían ver nada.
Un joven soldado le pidió a sus amigos que lo sostengan, ya que intentaría meterse lo más posible por la cavidad para intentar vislumbrar algo. No contaba con que sufría de cosquillas y el toque de sus compañeros hizo que lanzara su antorcha al agua. Lanzó un grito cuando, antes de que el fuego se consumiera, logró visualizar un rostro en el agua y lo que él creía que era un vestido blanco flotando.
Sin confirmar sus órdenes, los soldados comenzaron a cavar con lo que tuvieran a su disposición. Los vecinos de la zona se acercaron y ofrecieron su ayuda y herramientas. Con la fuerza de 50 personas, abrieron la tierra hasta el fondo del pozo. El agua que comenzaba a surgir hacía casi imposible poder seguir cavando, pero la idea de que la señorita Reinauld estuviera cautiva en él los ayudaba a batallar contra el cansancio y los elementos.
Todos conocían a Marielle, la niña que siempre tenía una sonrisa en los labios a pesar de tener una vida dura junto a su madrastra. Aquella que ayudaba a quienes lo necesitaban y se preocupaba por cada uno como si fuera de la familia.
Un par de mujeres repartían refrescos a los trabajadores y de vez en cuando sollozaban preocupadas por el destino de la niña a quien tanto querían.
-¿Ustedes la conocen?- preguntó el príncipe cuando las sintió cerca suyo.
-Desde que nació, Su Majestad. Era una niña tan buena- contestó una limpiando sus lágrimas con su manga.
-Era como una hija para nosotras. Fíjese que nos llevaba provisiones en su trineo cuando caimos enfermas en el Invierno. Ella era una niña ¡10 años! y nos cuidaba sin obligación alguna... a nosotras, unas campesinas que estaban muy debajo de su nivel- agregó la otra.
-Y cuando su madrastra comenzó a tratarla tan mal, quisimos ayudarla... pero la Señora amenazó con enviarnos a la cárcel. Teníamos mucho miedo, Su Majestad... debimos hacer algo... ¡mire a la situación que hemos llegado!- se reprochó la primera.
Cada historia que el príncipe escuchaba le perforaba el alma, pero un grito de victoria de un hombre restauró algo de esperanza dentro de él.
Todos se aproximaron a su locación y se apresuraron a ayudarle a rescatar a la joven del agua. Con cuidado, entre tres, la sacaron hasta donde estaba el rey y su hijo observando. Las primeras luces de la mañana les permitieron a todos ver a la joven inconsciente, pálida, completamente empapada y con algunos magullones en su rostro y brazos.
Varios soldados dejaron sus capas en el pasto, para improvisar una cama donde pudiera reposar. El médico del pueblo también estaba ahí y se abalanzó sobre ella intentando buscar signos vitales.
-Son demasiado débiles, pero están ahí- todos respiraron con alivio mientras un carruaje se aproximaba a ellos.
-Señoras- llamó Jean a las mujeres con quienes había estado hablando -La llevaremos al Palacio ¿ustedes podrían cuidarla?-
-¡Por supuesto, Su Majestad! Lo haremos con placer, la pobre niña necesita amor y cariño. Nosotras se lo daremos- respondió la primera mientras subían a Marielle al carruaje. El galeno también ingresó y le siguieron las dos mujeres.
-Batiste- llamó a su General -Vamos de nuevo a la casa. Padre, vuelve al Palacio y asegúrate de que el doctor tenga todo lo necesario-
-Llamaré también a los médicos reales, te aseguro hijo que todo saldrá bien-
-Eso espero- se despidió antes de que su amigo le ayudara a regresar a la casona de la familia Reinauld.
-¡Su Majestad!- las estridentes voces de las hijas de la Señora perforaron sus oídos -¡Qué placer verlo por aquí!- ambas hablaban al unísono, lo cual le parecía aún más molesto.
-¿Su madre les ha dicho el motivo de mi visita?-
-Sí- la cortesía ya había desaparecido y el tono de las dos se llenó de veneno.
-Debo comunicarles que hemos encontrado a su hermanastra, la señorita Marielle Reinauld- silencio -Estaba en el fondo del pozo sobre la colina-
-Como le dije, Su Majestad, ella no estaba muy bien de la cabeza. Probablemente se cayó o se arrojó persiguiendo algún sapo... ella siempre cazaba a esas horribles criaturas para atormentar a mis niñas ¿no es así?- saltó la dueña de la casa buscando la aprobación de sus hijas.
-Ella aún vive-
-¿Qué? Digo... es una buena noticia, aunque no me entusiasma volver a verla después de todo lo ocurrido-
-No se preocupe, no lo hará. Batiste, arreste a la señora por intento de homicidio-
-Como usted diga, Su Alteza-
-¡No se atreva a tocarme! Yo no hice nada... fueron ellas, ellas la tiraron al pozo al igual que un plato roto-
-¡Mamá!- se ofendió Claire.
-¡Sólo la tiramos porque tú nos lo dijiste!- agregó Fleur.
-Está bien, llévense a las tres- Jean ordenó sin pensarlo dos veces.
Los soldados intentaron ser educados con ellas, indicándoles el camino a seguir, pero las mujeres se rehusaban por lo cual debieron tomarlas de los brazos y arrastrarlas contra su voluntad. Los gritos indignados se vieron acallados por los abucheos de sus vecinos, quienes aún cubiertos en lodo se acercaron a la casa para ver la patética escena.
Varias semanas pasaron hasta que Marielle pudo levantarse de la cómoda cama de sábanas de seda donde había sido atendida. Sus buenas vecinas Carlotta y Vivianne le habían ayudado a alimentarse, vestirse y asearse durante todo ese tiempo. No le agradaba la idea de que le sirvieran con tanta devoción, pero al mismo tiempo sabía que no podría cumplir con esas tareas sola.
Ahora era una hermosa mañana de primavera y deseaba pasear por el jardín antes de regresar a su casa.
Se encontró con los reyes tomando el desayuno en el gazebo, luego de que se lo suplicaran, se decidió a unírseles.
-Me alegra tanto que ya estés tan bien- comenzó la reina -¿Tienes todas las comodidades necesarias? ¿los vestidos? ¿debemos ajustarlos de alguna manera?- observó al ver que había tomado un poco las mangas, dejando en evidencia que le quedaban un poco largas.
-No, Su Majestad, no vale la pena hacerle arreglos a los vestidos. Tengo los míos en casa. No planeo quedarme con ellos, fueron un préstamo nada más-
-¡Niña! No es necesario que regreses nada, son obsequios- reprochó el rey.
-No quiero que piensen que estoy aprovechándome de mi situación. Bastante hicieron por mí-
-Y lo haríamos de nuevo- aseguró la reina -Después de escuchar los testimonios de tus vecinos y las charlatanerías de tu madrastra y sus hijas, no puedo dejar de pensar en que debería haber seguido mi instinto aquella vez y sacarte de esa casa en cuanto tu padre falleció. Siempre supe que esa mujer no era trigo limpio, pero él estaba enamorado, supongo-
-No hablemos más del pasado, sobre todo cuando sabemos que nos aguardan días hermosos por delante. ¿Cuáles son tus planes, Marielle, ahora que eres libre?- interrumpió el rey.
-Nunca hice planes-
-¿Y qué te gustaría hacer? Ahora no sólo eres la dueña y señora de la casa Reinauld, sino que posees la fortuna de tu padre-
-Debo hacer algo por aquellos que me rescataron, tanto soldados como civiles... pero todavía no sé qué podría ser-
-Es un buen comienzo y nosotros te apoyaremos en lo que necesites- sonrió la reina mientras palmeaba con cariño su brazo.
-No es necesario, como les dije, no quiero abusar de su ayuda-
-Serías la primera- rió el rey -Ya veo por qué causaste tan buena impresión en Jean-
Marielle se sonrojó, lo cual no pasó desapercibido para ninguno de los dos.
-¿Has hablado con él? Creo que está en la fuente, disfruta del sonido del agua corriendo y del canto de las aves que habitan allí-
-El príncipe me ha visitado varias veces y me ha mostrado las demás obras de arte que adornan el Palacio. Dice que disfruta cómo las describo- sonrió para si misma -Espero haber sido una buena amiga para él-
-¿Por qué hablas como si fueras a marcharte?- preguntó la reina.
-Bueno, los médicos me dijeron que ya estoy recuperada. Debo volver a casa. De seguro hay mucho que limpiar- agregó riendo.
-Es una lástima, bueno, tú entiendes. Todos disfrutamos mucho de tu companía y nos apena que ya pienses en abandonarnos-
-Comprendo perfectamente, no se preocupe. Nunca pensaría que usted me desearía ningún mal- aseguró Marielle con una sonrisa.
-¿Ya se lo has dicho a Jean?- inquirió el rey.
-Bueno, el príncipe sabe cómo pienso, pero no, aún no se lo he dicho-
-Deberías, como te dijimos de seguro que está en la fuente-
-¿Ahora?-
-Al mal paso, darle prisa- su comentario fue apagado por un fuerte pisotón de su esposa.
-Con su permiso, Sus Majestades- Marielle se levantó de la mesa, escondiendo las ganas de reír ante la reacción de la reina.
Tal y como le habían dicho, el príncipe se encontraba sentado en el pasto, a la sombra un árbol, con los ojos cerrados concentrado completamente los sonidos a su alrededor. Su semblante, al igual que todo lo que lo rodeaba, transmitía paz y calidez.
-Marielle- la llamó en voz baja mientras abría los ojos.
-Nunca podré sorprenderlo- rió al tiempo en que lo ayudaba a incorporarse.
-Usted es una sorpresa en sí misma- extendió su brazo para invitarla a caminar con él. Ella aceptó.
-¿Por qué no fue a desayunar con sus padres?-
-Llevo varias horas despierto. Desayuné mucho antes-
-Oh, ¿pasó una mala noche?-
-Podría decirse. Cada día que pasa es un día más cercano a que usted se marche- Marielle sintió una puntada en su estómago -Sé que va a hacerlo, no hay nada que la detenga-
-Lo visitaré a menudo, si me lo pide-
-No debe basarse en lo que quiero, sino en lo que usted desee. He disfrutado las horas que pasamos juntos, pero si éstas fueron, de alguna manera, un deber u obligación que usted se impuso como forma de pago por haber ayudado a su rescate, no pretendo que continúe cumpliéndolas-
-Nunca pensaría de esa manera. En todo caso, soy yo la que se siente apenada. Compartí los momentos más oscuros de mi vida con un completo extraño y a causa de ello lo arrastré conmigo. Mil disculpas, Su Alteza, si es que se sintió obligado a asistirme de alguna manera-
El sonrió -Llámeme Jean, ya se lo he dicho-
-No puedo, es una falta de respeto-
-Yo la llamo Marielle-
-Yo no soy nadie-
-No diga eso- el principe notó que su voz se había vuelto demasiado solemne y decidió cambiar el rumbo de la conversación -Me he dado cuenta de algo en éstos días: no he bailado con usted-
-Quizás en el próximo baile-
-O quizás ahora- él pudo sentir la mirada de extrañeza que Marielle le dirigió mientras se separaba de ella y con su mano aún tomada de la de él, la guió en un delicado giro que la posicionó en la perfecta pose para iniciar un vals. Con cuidado, Jean, llevó su mano izquierda al centro de la espalda de la joven mientras que sostenía aún su mano en su derecha. Por un segundo se sintió tonto, pero su preocupación se disipó al sentir el delicado toque de Marielle en su hombro izquierdo. Ella soltó una risilla y ambos comenzaron a bailar sobre el césped. Allí, en los brazos del otro, no extrañaban la música -No es necesario que lo diga; sé que va a marcharse, probablemente mañana- él susurró a su oído.
-Lo siento, no puedo seguir quedándome aquí. Ya estoy recuperada, no tengo excusa-
-Entiendo-
-¿No me pedirá que me quede?- un dejo de desilusión se hizo presente en su voz.
-Nunca sería lo suficientemente egoísta para anteponer mis deseos a los suyos- con las yemas de sus dedos podía sentir el fuerte golpeteo del corazón de la muchacha, y en sus oídos escuchaba sus propios latidos. Parecían estar en sincronía y ambos acrecentaron su ritmo cuando, inconscientemente, ambos se acercaron más el uno al otro -Usted es libre- se detuvieron, aunque no se soltaron.
-Ya no sé lo que eso significa. Ha pasado mucho tiempo-
-Más motivos para disfrutar su libertad. Puede hacer lo que usted desee- un delicado beso en los labios lo tomó por sorpresa. Si bien no podía negar que había imaginado ese momento cientos de veces, no esperaba esa reacción de ella. La timidez dió paso a la certeza y con ésta llegó la pasión. Jean no se opuso a dejarse envolver en el aroma y calor que se desprendían del cuerpo de Marielle, por primera vez en su vida olvidó su ceguera y todos los años de angustia que ésta le había ocasionado. Nada más importaba, sólo ese momento -Marielle- susurró una vez que todo terminó -No me lastime así-
-No es mi intensión-
-Usted tiene un buen corazón, pero la lástima y compasión pueden derivar en crueldades mayores si no se miden-
-Lo amo- ella lo abrazó fuerte y reposó su frente en la de él -Jean, te amo-
-Aún así duele que escapes de una jaula de hierro para ingresar a otra de oro-
-Al menos tendré compañía-
-Vaya compañero- suspiró -Mereces a alguien que pueda disfrutar de tu sonrisa, del rubor de tus mejillas y de tus ojos repletos de amor-
-No- ella acarició su rostro -Me has pedido que no sienta lástima por tí ¿por qué, entonces, tu sí puedes hablar así?-
-Porque quiero que tengas una buena vida, así no sea conmigo. Sal al mundo, explora las ciudades, conoce gente. No pierdas un minuto más encerrada en una casa... o palacio-
-No iré a ningún lado, a menos que me acompañes-
-Marielle...- suplicó.
-Jean ¿me amas?- su voz era cálida, pero pudo detectar un dejo de incertidumbre.
-Nadie en éste mundo, de manera individual o colectiva, ha amado a otra persona como yo a tí-
-Entonces, respeta mis decisiones. Me quedaré contigo. No por compasión, ni en agradecimiento por haberme salvado... sino porque eres un buen hombre: confiaste en mí cuando no debías hacerlo, cualquier otra persona me hubiera expulsado del baile al verme merodeando donde no debía. Me cuidaste y acompañaste, sin esperar nada a cambio. Te convertiste en el motivo por el cual comencé a reír de nuevo, me diste esperanza: antes no pensaba a futuro y ahora todo lo que quiero es estar a tu lado, cada día, cada noche, con hijos o sin ellos, en el trono o una granja alejada de todo, no me importa siempre y cuando estemos juntos. Por favor, no me pidas que vuelva a estar sola-
-Nunca haría eso-
-Entonces ¿me aceptas?-
La única respuesta que obtuvo fue una breve sonrisa antes de un beso que despertó en su pecho el calor de mil soles. Jean la sujetó firmemente en sus brazos y comenzó a girar con ella sobre sí mismo. Ambos reían al mismo tiempo que algunas lágrimas aún escapaban de sus mejillas. Su abrazo era tan firme que era imposible determinar dónde iniciaba uno y dónde finalizaba el otro. Eran uno. Eran felices. Eran todo lo que habían soñado.
Aquello que no existe en el mundo le llamaré: amor.
Hay veces que queremos hacer una pausa al leer un libro y por eso doblamos una esquina o dejamos un separador, como por ejemplo cuando te presté el libro de fotografías de los Beatles y dijiste -”“la 187 no, la 185 es donde me quedé” y de memoria se quedó tú separador ahí.
Dejemos marcada esa página y la abrimos cuando tú quieras. Mientras sé mi amigo y vamos a comer sushi juntos.
Me dijiste que no esperara mucho de ti y eso me da a entender que no vamos a volver a pasar, que quieres aprender de otros y que con cierta canción siempre me recordarás.
Espero que estés esperándome y que cuando nos veamos nos reconozcamos.