Porque podía hallarme en cualquier parte, estudiando o rindiendo una prueba en la u, cuidando de mamá luego de uno de sus extraños arranques posteriores a las drogas o la lectura afanosa de algún autor doloroso. Hallarme junto a Lena o alguna otra muchacha o muchacho, besando un pecho tibio bajo las sábanas (siempre alejaba mucho mi cuerpo, pero no mi boca) que cada vez eran menos blancas (las personas a veces lo advertían, esa timidez arisca con mi propia materialidad, tan contradictoria; algunos lo dejaban pasar, pero podían mencionarlo y cuestionarlo, y yo podía a su vez cohibirme y zanjar el tema de inmediato); la música podía ser atronadora, desagradable, una o uno podía no estar prestando la atención que mi abandono suscitaba como exigencia primaria en mi pecho agotado, que deseaba ser recogido sólo esa noche, nada más (entonces bebía como nunca o conseguía algo de droga contoneando mi cuerpito indeciso a un tipo que me gustaba un poco, no suficiente). Podía hacer lo que fuera, sentirme muy bien o muy mal. Incluso era capaz de creerme tan fuerte o tan determinado para no hacerlo, para que la ausencia de Emi no picoteara mi almita tan desesperada y mi mente tan lisonjera. Y ahí, luego de unas horas que no llegaban a ser días, ahí estaba, con el rostro cargado sobre el hombro, los ojos perdidos en una fuga que no era otra cosa que el recuerdo inexorable de alguna forma de Emi; allí en la techumbre abandonada de los gatos y las tórtolas, el recorte de un muro contra el azul del cielo, ese día menos azul y menos cielo, el rostro de una mujer apurada por la noche en una calle santiaguina y su vestido oscilando de izquierda a derecha con enojo, con miedo, o en la oración punzante de una lectura cansadora y melancólica. Siempre sus palabras nunca dichas, los ojos agotados de la gente y su circular incesante, la boca fruncida de angustia y desdén. Y yo mirando como niño su estar, su talla y su ropa descuidada. Detuve el auto y llamé a Lena. Tenía miedo.