Dos segundos de silencio
Número uno
Sus pasos, pesados, resonaban por el eco del lugar. A pesar de ser pequeñita, diminuta, inclusive, tenía el carácter de una mujer madura, feroz y determinada; eran los pasos de su valentía los que se escuchaban. El ruido chocaba contra el mármol y el concreto de las ruinas, algunos pilares a medio caer; uno, de hecho, acababa de caer a sus espaldas. La pulgarcita ni se inmutó.
Sabía que estaba buscando algo, no sabía qué, pero algo buscaba. No comprendía el motivo de su búsqueda, tampoco, puesto que su inocencia no le permitía atravesar la barrera entre lo real y lo ficticio y, por ende, podía deberse a uno de sus sueños o un irresistible deseo hacia ese algo. Su expresión de temple fuerte no alcanzaba a ocultar su mirada divagante, que recorría cada rincón de aquel lugar que había visitado incontables veces, siempre a la misma hora, con la misma ropa y la misma determinación de encontrar lo que buscaba allí. El cómo había encontrado el lugar o el porqué de su permanencia allí recaía en un simple instinto irrefrenable. La primera vez que pisó el polvoroso suelo de las ruinas, sintió que su cuerpo se llenaba de frío, y aun intentando correr de vuelta a las calles, ese frío la impulsaba directo al centro, justo sobre una pronunciada grieta que daba la impresión de que el suelo iba a desplomarse, como si hubiera nada más que vacío abajo. Cuando se hubo acostumbrado, consiguió retomar el control de su cuerpo y salir corriendo despavorida, casi echada por las energías de la zona. No quería volver a ese lugar, aunque le pagaran, y sí que necesitaba el dinero. Sus planes de distanciamiento se vieron obstaculizados al instante en que, cada dos días, a la misma hora, su cuerpo actuaba de forma ilógica, contra su voluntad, terminando con la misma rutina de siempre: se daba una ducha con agua dulce, muy dulce y caliente, luego, vestía con la misma ropa de la primera vez, una jardinera color celeste y botas para lluvia que no combinaban en lo absoluto, y al estar lista, su cuerpo la forzaba a correr hasta el mismo lugar, sola, sin siquiera un aviso al viento. Así fue durante semanas. Poco a poco su cuerpo le cedía el control, al principio, con la capacidad de controlar su respiración, sus manos y su rostro; al relacionarse con el entorno, al dejar de querer huir, cedió sus piernas y le permitió recorrer la zona con la seguridad de que nada malo le sucedería, porque allí estaba la mariposa que la cuidaba.
Llegó el punto en que guiarla no era necesario. Iba cada dos días, a la misma hora, con la misma ropa como la rutina dictaba, y con mucho gusto. A veces, pasaba por la floristería y llevaba el ramo más grande para poner sobre la grieta. Notaba que, cada vez que dejaba un regalo allí, la grieta se cerraba un poco. El temor fue reemplazado por la bien intencionada curiosidad, tal vez fue por eso que, incluso si allí no encontraba lo que tanto buscaba, no tenía problema en pasar el rato rodeada de polvo.
Adoptó la costumbre de conversar con la mariposa que la cuidaba, o eso creía, que su único propósito era asegurarse de que tuviera una experiencia amena en las ruinas donde vivía. Era una mariposa negra, gigantesca a comparación de cualquier otra, sí, más grande que ella, una muchachita diminuta. Cada vez que decía algo interesante, al menos eso creía, el par de alas comenzaban a moverse inusualmente rápido hasta emitir un ruido similar a un timbre. Sonaba cuando llegaba, cuando se posaba sobre su cabeza, cuando le comentaba cosas de interés y, finalmente, al irse. Dos segundos duraba cada timbre, y cada uno la llenaba de un gozo inconcebible, dejándola convencida de estar haciendo las cosas bien. Solía hablar sobre comidas exquisitas que solo ella había probado, ¡que era una chef profesional creando sus platillos! También sobre su cabello, ah, su cabello, que era tan corto que apenas y podía atraparse entre los dedos, bien cuidado y, aun así, incontrolable. De lo que más le gustaba a la mariposa escuchar era sobre su piel. La pequeña poseía una piel agrietada como el suelo del lugar, cada grieta parecía ser, sin serlo en realidad, un corte profundo a medio cicatrizar, de diversas formas, colores y grosores, cada grieta de un color diferente y brillante; lo que le gustaba a la mariposa era la nostalgia con la que expresaba su conexión con aquellas grietas, pues había nacido con ellas y eran parte de su ser. Su favorita era una aislada, justo en su frente, la única del color de las esmeraldas. De vez en cuando, si la pequeña lo permitía, o se dormía, recorría con sus delgadas patas cada extremidad hasta llegar a la frente, donde se detenía, apoyaba la cabeza sobre su favorita y se retiraba antes de aplastarla o molestarla.
— ¿Sabes, Mariposita? —mencionó la pequeña aquel día, ya ocultándose el sol—. Después de todo, creo que eres tú a quien busco.
El aleteo, contrario a otras veces, fue cada vez más lento, al borde de detenerse. En ese punto ya tenía una amplia comprensión de cada gesto, aunque ese no lo haya visto. Creía que se trataba de confusión.
— Es muy claro, míralo así. Debiste morir hace mucho, bastante, ¡pierdo la noción del tiempo a tu lado! ¿Habrán pasado horas, días o años desde que te vi por primera vez? —intentó explicar, mas su voz no resonaba por el eco, eso la alteraba—. Creí estar buscando algo, pero estaba buscando a alguien. Sí, sí, alguien tú, tú de mí, porque me encontré a mí al encontrarte a ti. ¿Entiendes eso? A ti. Cesas mi dolor, Mariposita. Ha desaparecido por completo. Mírame bien, mira mis ojos, mira que te conozco.
Esa vez el timbre sonó de manera repentina, era ensordecedor, al borde de la agresividad. Duradero y alarmante, como si estuviera advirtiendo un peligro. La pequeña cubrió ambos oídos con las manos, lloriqueaba, aterrada, no por el peligro inminente, sino por creer que iba a perder a su bonita compañera. No supo cuánto tiempo estuvo en la misma posición, acuclillada en medio de las ruinas, con sus sentidos forzados, sus párpados bien apretados y sus lágrimas hirviendo. “Caen por la grieta, se va a enojar”.
Sin esperar más que el pensamiento, una última lágrima puso a temblar el suelo hasta tumbar a la jovencita, completamente negada a moverse una pulgada de su segurísima postura ovillo-protector-contra-peligros. Unos largos y tibios dedos fueron los promotores de su impaciente despertar. Un brinco aterrado, seguido del más infantil “¡ah!” jamás escuchado, como si se tratara de un simple susto entre amigos, una broma. Su cuerpo respondía de puro milagro, pensaba, pues solía quedarse congelada o correr con la cola entre las patas. En cambio, se hallaba calmada, ciega y confiada. Temblaba bajo el tacto efímero y decepcionante, solo dos tristes segundos de paz. Dos segundos. “Dos segundos”. El ruido de un timbre reventó sus tímpanos, mismos que fueron restaurados con un propósito específico: moverla.
Una vez volvió a sus cabales, exacto, una vez recordó que su mariposita estaba ahí, que podía estar en peligro y que la defendería con su pequeño cuerpo, logró abrir los ojos. Se encontró entonces con la mirada más gentil que pudiese contemplarse nunca, con los labios más acolchados y sonrosados y los cabellos rizados que ni en mil años podrían compararse a los de un mortal. Un silbido fue suficiente para desarmarla por completo, sus ansias de luchar habían sido mandadas lejos con el viento. En un instante quedó perdida frente a la silueta negra, voluptuosa y protectora enfrente de ella; sin forma, y a la vez, plenamente reconocible como el amor inconmensurable destinado a su ser. Pocos rasgos destacables eran más que satisfactorios, complacientes, seductores. Hasta una voz, ¡esa voz! Ahora era ella quien poseía las alas inquietas.
— A mí, dijiste. Eso dijiste —mencionó la voz, con una calma que la transportó directamente a la naturaleza frondosa de los bosques—. Te observo, grande, fuerte, ¿dónde quedó mi hormiga asustadiza?
Le tomó un lapso de tiempo procesar lo que acababa de escuchar. Grande, tan grande que podía llegarle hasta el pecho a una silueta tan enorme, y fuerte, tan fuerte que podía mantenerse en pie después de haber sido atacada por dos esferas de oro capaces de dejar fuera-de-servicio a cualquiera que siquiera pudiera imaginarlos. Sí, sí, en pie, con las piernas de gelatina, el rostro prendido en fuego y el cuerpo exigiendo un descanso, ¡pero en pie!
— Quedó contigo —le retó, logrando dar un paso al frente; la silueta pareció, aunque carente de piernas, retroceder y sacudirse—. ¿Lo ves? Mi valentía es tuya, y tu temor es mío. Me brindaste lo que me faltaba, y yo te di lo que jamás habías experimentado. ¿Es esto a lo que los humanos llaman amor?
La silueta, de un brillo intermitente, se inclinaba, cautelosa, sobre la jovencita, aún más pequeña que ella. Lo que decía solo la cohibía hasta el punto de estrecharle el pecho, de perturbar la poca serenidad que consiguió reunir después de tanto tiempo. Un deseo, poseía un solo deseo. Lo que se diferenciaba como su rostro alcanzó la misma altura que el ajeno, su mirada, atemorizada pero gentil, se mantenía fija en la más importante grieta reconocible. Era, al final, la única que quedaba.
— ¿Amor? —repitió, una y otra vez, hasta parecer hallar algo en la palabra—. No, mi niña. ¿Cómo podría? Amor de quién, para quién, si el amor es de mortales. ¿Sabes cómo se llama, pues?
— ¡Tonterías! —reprochó al instante, como si la negación ante tal amor fuera irracional—. Dime cómo se llama, ya que insistes en darle un nombre.
Conforme hablaba, la silueta parecía sonreír. Una sonrisa perversa cargada del cariño únicamente brindado por el mal encarnado. Los delgados dedos, sin pizca de temblor, apretaron la redonda punta de esa llamativa nariz. Era una caricia.
— Se llama “engaño”, pequeña —respondió a su duda, sus ojos estaban curiosamente cerca, al alcance, como dos pepas preciosas—. Si miras aquí, justo donde tú sabes, ¿a quién crees que verás?
Hubo una pausa de dos segundos, un timbre y, sin necesidad de echar el vistazo, suspiró.
— A mí, Mariposita. A mí.
Número dos
El páramo se había convertido en su hogar. Tras un par de horas de caminata por el borde del río, cada vez más violento por la lluvia, le preguntó a su compañera si tenía un nombre.
— No puedo llamarte Mariposita todo el tiempo, ¿o sí? —mencionó, rompiendo tan ameno silencio que se había formado entre ambas—. Has de tener un nombre, así como yo también tengo uno, ¡pero tú lo sabes!
— Tendré el nombre que desees darme —aceptó, disminuyendo el paso hasta detener por completo el andar; volteó a verla a la par—. Está grabado en el cielo, estoy segura, ¿eres capaz de ver entre la lluvia?
— Siempre puedo, Asteria. Siempre.
No le tomó mucho tiempo darse cuenta de que Asteria no la dejaría ir. Su mirada luminosa seguía cada uno de sus movimientos, incluso mientras dormía. Una noche, antes de acostarse sobre el lecho de algodón, decidió tomar un baño en el lago cercano. Su compañera dijo que reposaría en el árbol frente a este, que dormiría un rato, sin embargo, sabía que la observaba. Las noches que no le veía sonreír, Asteria le impedía salir del recinto e iba por la comida, le llevaba sus frutos favoritos y le llenaba de cosas dulces hasta sacarle un agradecimiento, un gesto amable y, si era posible, un abrazo. En ocasiones la escuchaba llorar, fingía que iría a recolectar piedras para su colección y se apoyaba contra un tronco, con los ojos cerrados; era un llanto desgarrador, eran gritos, y por más que quisiera ayudarla, las flores se lo habían advertido: cuando su voz sangra, sus ojos matan.
Los días eran inexistentes. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pues la única manera de contar los días era viendo el sol y la luna, y allí no había sol alguno, solo un manto de estrellas que podía arroparla o asfixiarla. Asteria se sentía culpable por ello. Era cuestión suya, un hecho inevitable. Tenía el sol en los ojos y no en el cielo. Temía que su pupila no lo notara, que esa ignorancia conllevara al rechazo por mantenerla cautiva en la noche. Temía que huyera. Hemera, a pesar de ser una mujer fuerte y valiente, a mano suya, conservaba la inocencia del temor que le transmitió al derramar sus lágrimas. Era consciente de los altibajos de su comprensión, de lo intuitiva y certera que era en ocasiones, y a la vez, de lo curiosa y ajena que era en otras. Una joven capaz de desarmarte y hacerte sentir que nunca estuviste armada. Quitarle el ojo de encima era condenarse a la oscuridad.
— ¿Extrañas tu hogar? —preguntó la silueta, preocupada, quien llevaba en su regazo a la pequeña.
— Estoy en mi hogar, Mariposita. No conozco más lugar que este —balbuceó con la torpeza de estar concentrada en jugar con los labios ajenos en vez de la conversación. Suspiró, dando un jalón—. ¿Por qué a veces te veo, y a veces no te veo?
Le hubiera gustado que sus cejas se marcaran en medio de su opacidad para alzar alguna. Atrapó uno de esos irritantes dedos entre los dientes, solo soltándolo cuando escuchó un quejido ahogado.
— Porque a veces estoy, y a veces no estoy —respondió, con el cuerpo frío—. ¿Tú estás?
— Estoy cuando tú estás, y no existo cuando no estás.
Hemera creía entender lo que le decía aquel pecho. Cuando la conversación se tornaba demasiado complicada para poder entenderla, entrecerraba los ojos, le temblaba una de sus sonrosadas mejillas por la frustración y se apartaba de Asteria, se metía al río caudaloso y dejaba que la corriente, salvaje en tiempos de tormenta, la llevara hasta caer por una cascada. Entonces su compañera la estaba esperando abajo para abrazarla y secarla, besaba la marca de su frente y se disculpaba por no explicarle detalladamente las cosas, excusándose con que no había otra manera de decírselo, con que su lengua estaba maldita. Hemera le pedía que sacara la lengua, observaba por un rato el sello en el centro de esta y la ataba con espinas de rosa durante dos segundos. Mientras más lo hacía, más se dispersaba el sello, y más claro hablaba.
— Haz música para mí —pidió Hemera una noche particularmente cálida, húmeda, a gusto ajeno.
El pedido era inusual, tanto, que le hizo caer en cuenta que nunca antes le había mencionado la música, a excepción de sus encuentros en las ruinas. Era inexperta en esa área, viéndose forzada entonces a improvisar con el canto de las flores, el aleteo de los insectos y el golpeteo de sus manos contra los troncos. Parecía disfrutar de lo que hacía, porque lo hacía para ella. Y vaya era su dicha al observar los relucientes dientes de la jovencita en la sonrisa que cargaba por su música, tan única y dedicada que nadie más, ni las flores, ni los insectos, podrían verla. Hemera parecía hablar en vez de cantar, siendo el hecho reprochado prontamente por Asteria, irritada por el menosprecio de su esfuerzo. Tomó a la muchacha por los cabellos, todavía cortos, y las voces de la naturaleza se avivaron, luchando vanamente por ayudar a su gentil cuidadora.
— ¡Canta! ¡Pides música, pero no cantas! —gritó, su grito similar a un rugido que le sacó lágrimas a los ojos que llevaban tanto sin llorar.
— Yo siempre canto, Asteria, pero tú solo oyes ruido —musitó, volviendo a ser pequeña, diminuta. ¡Ah, minúscula como antes!
Las noches siguientes fueron marrones. La naturaleza moría y las estrellas dejaban de acompañar a la luna en su labor. Asteria recorría cada rincón del universo en busca de Hemera, y Hemera se ocultaba del desgarrador llanto de Asteria. Asteria se quedaba sin voz, y en Hemera surgían nuevas grietas. El sufrimiento contenido las llevó al punto de quiebre de su existencia.
El eco de un jadeo desesperado retumbaba en las ruinas. Una pequeña huía de su perseguidor, quien le había seguido a través del bosque hasta ese lugar. Sus cortas piernas la dejaban en desventaja al momento de correr, pero lo hacía, corría como si hubiese perdido el control de sus piernas desde el instante en que se puso un pie en el concreto. Los escombros se alzaban por los aires, salían disparados, aunque tuvieran que atravesar el techo, ¡no fuera a tropezarse tan dulce muñequita! Cada paso constituía el renacer de los pastos, de los pétalos que en algún tiempo cayeron, de los frutos de los que algún animal se alimentó en su momento. Incapaz de ver qué se avecinaba, siendo el frente borroso, optó por echar la cabeza hacia atrás y localizar a su perseguidor. Lanzaba el graznido de victoria por haberle perdido el rastro, o él a ella, sin saber que la nada que veía era la boca de la grieta por la que había caído hace mucho.
Tras recuperar la vista y la consciencia, se encontró con un lugar inhóspito y sombrío, con una única fuente de luz rojiza que provenía de un charco a la lejanía. Además de sollozos, el silencio perturbaba la poca tranquilidad que le mantenía cuerda. Cordura, desconocía el significado de esa palabra, pero era la única que se repetía en su mente. El miedo abandonaba su cuerpo con cada paso que daba, ahora era ella quien perseguía el ruido, porque los sollozos la llamaban, ¿cómo podrían? Sin la concepción de tiempo, avanzó hasta la silueta vibrante, una forma acuclillada sobre el charco de luz que le daba la espalda. A pocos metros, un estruendo le deshizo, tumbándola sobre el charco.
Una voz la llamaba. Unos brazos largos envolvían su cuerpo inmóvil. Alguien proclamaba que había vencido al Tiempo.
— Hemera, Hemera —decía la voz sin rostro, parecía pender de un hilo—. Mírame a los ojos, Hemera.
— Si los veo, moriré.
— Si los ves, matarán. ¿Quién te ha mentido tanto, pequeña? —la voz se quebraba, suplicaba en sus últimos respiros.
La mujer la vio a los ojos, y solo vio negro. Dos cuencas negras que reflejaban su propio rostro demacrado adornado con dos pepitas de oro que mataron su inocencia. Si aquella vez hubiera dado el vistazo en lugar de asumir… ¡Lengua maldita, era esa! Esbozó una sonrisa cargada de paz, y esta fue correspondida. Escuchó un timbre durante dos segundos, luego, silencio.
— Tú, Asteria. Tú me has mentido todo este tiempo. Y yo he vencido al Tiempo.
Nube.













