Otoño
Cuento los días y las horas que faltan para volverte a ver desde este orgulloso rincón de mi habitación. Intento, como a todo, esquematizarle un sentido y una razón de ser que me haga creer que no estoy tan loca.
Quisiera ser más fuerte, no caer de rodillas ante la primera mirada, pero si no tuviera nada que me avergonzara, este texto jamás existiría y probablemente vos tampoco.
Y ya es otoño, lo sabe hasta el cielo, ¿cuántas cosas hermosas nacen de esta estación, de sus lluvias y vientos, y su calidez a momentos? Hay algo mágico en esta sensación nueva, como si de repente se respirara otro aire, como si vinieras exclusivamente a decirme que todavía hay tiempo para cambiar.
De todas maneras, hace tiempo comprendí que nunca voy a ser otro tipo de persona, ya nunca voy a aprender a sentir menos y a no ilusionarme de más. No esperes otra cosa de mí (si es que me esperás).
Llegaste con la tormenta. Hubo algo de tu simpleza que te hizo resaltar. Ahí apareciste, teñido en gris, combinado con ella, tan único en tu generalidad. A veces me gusta creer que entraste para encontrarme a mí. Entrelazaste tus ojos con los míos, te quedaste ahí un segundo. Te tuve, digno de admiración, con tu perfil perfecto y tu voz un poco rota, y tu perfume cortándome la respiración. Fue como si entre nosotros pudiera oír el sonido de las hojas de los árboles caer y sentir el suelo mojado a nuestros pies. Hacía frío, pero la expresión en tu rostro me llenó de hogar. Es que era otoño, pero la primavera se adelantó para verte sonreír. Ahora, de nuevo, no puedo pensar en otra cosa.









