Estoy viajando, y hoy todo está tranquilo. Escucho música y voy regulando el volumen según la cantidad de recuerdos que me atormenten; algo los tiene que hacer desaparecer. Saco el teléfono y me salto esta canción que me hace acordar tanto a vos. Y esta. Esta también. Ahora tengo que esforzarme por no escucharte en cada frase y cada melodía. Quizás si escribo sobre vos te puedo llegar a procesar, a desatascarte de mi mente... Aunque ayer me prometí que no iba a volver a darte este lugar, nunca más. Y sin embargo, vuelvo a sabotearme.
Así que ahora estoy acá, sentada, con una lapicera vieja en la mano profanando la última página de un cuaderno de apuntes, dejándote entrar lo suficiente como para que fluya lo que quiero transmitir, pero no lo suficiente como para dejar que me mates. «¿Cuándo encontré este balance?», pienso. Quizás todavía no lo hice. La página está en blanco, la tapita de la birome la golpea frenéticamente y no tengo idea de cómo escribir algo digno de confrontarte. Tengo tantas ideas, tantas frases, tantas rimas, tantas palabras sueltas... Pero esta vez no sé como volcarlas. Esta vez estás en todas partes, qué triste. Cuando dejo de ser capaz de escribir, es porque fuiste capaz de ganarme.
Levanto la cabeza y me siento un poquito ajena al mundo. Siempre me llama poderosamente la atención cómo acá a nadie le importa lo que hagas. Podés ser quién quieras ser o podés directamente no existir. Hoy elijo la segunda opción.
Camino por estos pasillos como un fantasma, casi sintiendo como todos miran a través de mí. La música se vuelve un poco más fuerte y Sinatra me canta al oído: «Don't you know, little fool, you never can win...». Y justo en este punto fue donde nos vimos la última vez, hace una semana. Fue raro. Raro porque parecía que el tiempo no se había movido ni un centímetro, ni un día, ni un ápice. Creo que algo pasó, alguien se movió y algo se nos interpuso. Desapareciste con la corriente. Tal como llegaste, tuviste el coraje de irte. Y no es tu ausencia la que me mata lentamente, sino mi obsesión de hacerte presente en cada rincón en el que te extraño. No es el hecho de que me faltes, sino lo perdida que me siento cuando no tengo idea de qué hacer conmigo para llenar ese vacío. Soy libre, y oficialmente ya no pertenezco a ningún lugar. Nadie me persigue ni me controla. Soy tan libre como yo me lo permita. Y por eso, no soy libre. No puedo experimentar la libertad si mi alma persiste aferrándose a los escombros de todo lo que destruimos.
Mientras sea mía, jamás voy a ser libre.
O quizás lo era. Quizás ser libre es ser con alguien más; con una persona que sea capaz de removerte de tu mar de pensamientos, de rescatarte de tu mente, y de hacerte sentir que sos más que un cúmulo de historias rotas que dejaron sus cicatrices. Quizás fui libre con vos.
Ahora que dependo de tu recuerdo y de tu voluntad de volver a cruzarte en mi camino, estoy presa. Acá. Donde no hay un solo pensamiento que no esté manchado con el recuerdo, ni un solo rastro de paz en este lugar que convertí en tu templo. En esta caída, este patético rompecabezas al que nunca le encuentro la última pieza.
El aire es cálido, el piso está helado, este lugar es extraño. Supongo que esto que te estoy escribiendo es una carta, y mi mente se pone en alerta de tan sólo pensar en esa palabra. La última vez que escribí una fue hace casi dos años, cuando creí que si no lo hacía el recuerdo de aquella persona me drenaría por completo. Es un mecanismo de defensa que pongo en uso cuando tengo miedo de que se lleven lo único que queda de mí. Es un escudo transparente, a través del cuál todos pueden ver lo más profundo de mí. Cuando la poesía ya no parece responderme, recurro a una carta. Qué sensación desoladora. Casi como darse cuenta de que todo lo que cuidé y atesoré tiene escrito en sangre las iniciales de tu nombre. Casi como si alguien viniera a llevárselo todo sólo porque tuve la osadía, o la estúpida cobardía, de regalarte lo que soy.
Una vez más, cedo ante la presión del tiempo. Me quedo acá, como paralizada por algo, pensando en lo mucho que puedo llegar a pensar. ¿Cómo fue que no te resulté insoportable con mis idas y vueltas, mis inagotables incógnitas, mi dolor constante? También estás presente en estos lugares; en cada defecto que tengo con los que ya no puedo lidiar y de los que vos gustabas igual. Me decías: «te ahogás en un vaso de agua» y yo siempre te contestaba: «sí, ya sé». Y en realidad nunca entendí lo que querías decir, pero sonaba lindo con tu voz. Sí, supongo que era cierto.
Me llevo al asco, al propio hartazgo de estar conmigo y de compartir mi presencia. A este instante, me resulta insufrible mi voz, mis pensamientos, mi dramatismo. No me soporto. Si no estás, no me soporto.
Me reitero que no quiero pensarte, así que me saco los auriculares y me homogeinizo con el mundo. Hay ruido. Todo hace demasiado ruido. Afuera, adentro, estoy rodeada de sonidos. Honestamente, hoy no siento la urgencia de hablar con nadie. Sé que es malo, que aislarme no hace más que ayudar a hundirme, pero ¿cómo me deshago de este vicio? ¿A qué edad se aprende a dejar de reproducir en tu mente lo que desearías que hubiera pasado?
Subo las escaleras mirando cada uno de los escalones. Es que tengo pánico a caerme, como a casi todo lo demás. ¿Te acordás cuando te reías de esto? ¿Cuándo me decías «no te vayas a caer» de forma irónica, e igual me dabas la mano? Te resultaba ridículo, pero sabías que tenía menos miedo agarrada de tu mano. Te reías conmigo, o sin mí, pero tu risa aplacaba cada uno de mis más ingenuos temores. Ésa era nuestra clave, nuestro secreto. Reírnos. De todo y de todos. Reírnos para no pensar, para no hacer lo que hago yo ahora, para no tener que subir tan lentamente la escalera, para sentirnos valientes en un mundo de gente más fuerte que nosotros.
Estoy harta del eco de tu voz. Resuena en cada puta habitación. ¿Por qué tenías que invadir toda mi vida, por qué no hay lugar donde pueda estar en paz? Me enojo, ya no te quiero, pero igual te quiero conmigo. Te odio, siento que te odio, pero volvería a vos una y otra vez. Me rompiste. No, no. Me rompí yo sola. «Te ahogás en un vaso de agua». Era cierto, siempre fue cierto. Me ahogo en mi propio vaso de agua y la responsabilidad sólo recae en mí.
Pero cuando llego al destino, algo está distinto... Estás. Estás de verdad. Estás acá, físicamente, estás de verdad. Y tuve que soltar una carcajada por dentro porque el destino puede ser realmente un laberinto. La vida es tan, tan, tan rara.
Te cortaste mucho el pelo (¿Por qué? Amabas tu pelo). Y si fuera sólo eso, mi conciencia estaría tranquila, pero algo está distinto y ya no sos el mismo. Todo en vos, tu porte, tus manos, tu sonrisa. Y el mundo que estaba a punto de colisionar, me sorprende quedándose estático ante tu aparición.
Sin saber qué hacer, voy y me siento. Te miro y me mirás. Qué momento de mierda. Pero qué lindos son tus ojos.
Algo, efectivamente, está distinto.
Pero no, no sos vos. Creo que soy yo. No me reconozco acá, en silencio, en calma. Todo dentro mío está en paz. ¿Por qué me transmitís esto? O no, quizás no lo hacés. Quizás la paz está en mí, me la transmito yo. Quizás es que no me transmitís nada.
Te veo y no pasa nada. No me derrumbo, no lloro, no me voy, no te grito. Ni siquiera te saludo, como si inconscientemente no quisiera un nuevo comienzo. Y por primera vez, algo se cierra y algún inicio se conecta con algún fin.
Algo está distinto, porque encontré la pieza. Y era necesario sólo volver a verte para darme cuenta de que no te necesitaba. De que en mi memoria eras mejor, porque jamás te extrañé a vos, sino la forma en la que me hacías sentir. Y todo esto, todo lo que fuimos y negamos haber sido, está resguardado en mi pecho. El amor que te di, todo lo que de mí te entregué... Nunca nada dejó de pertenecerme. Lo que esencialmente viene de mí, en mí se queda. Quizás no soy un alma rota ni una incógnita despojada de su identidad. Quizás, sólo quizás, pueda volver a amar.
Tu sonrisa sigue ahí, tal como la recuerdo. Porque nunca se trató de tu sonrisa, sino la forma en la que la adorné para que me representara algo significativo. Y amar, querer, romper, desear; todo es una capacidad humana. No rompiste mis capacidades. Rompiste sólo aquel revestimiento que construí alrededor tuyo para verte como yo te veía. Así que acá estás, tal y como sos y siempre fuiste, pero sin ser idealizado por mi mente.
Algo, algo está distinto. Sonrío.