La conexión de lo sobrenatural.
La esperanza de sentirlo.
El anhelo de que ocurra.
La transformación final tras el toque.
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@tenjishaidan
La conexión de lo sobrenatural.
La esperanza de sentirlo.
El anhelo de que ocurra.
La transformación final tras el toque.
La vastedad de mi bastedad.
Omito el vómito.
Cargadas las arcadas y cagadas.
Tedio al asedio que te dió.
Solo dolo de lodo y dolores.
A Sakura Moment
Me hastía el formalismo y los protocolos, irónicamente soy un buen actor de estos.
Poder decir que algo no me interesa, interrumpir cuando la información requerida ya fue dada y solo sigue el relleno, pedir el final de la historia, parar cuando entiendo que no hallaré respuesta en mi interlocutor. Todas son cosas que deseo.
Esto en su contexto, aclaro, en un contexto laboral, de administración y liderazgo, bajo parámetros claros y acuerdos establecidos. Aunque he de confesar que a veces lo deseo en todas las relaciones.
¿Soy grosero al desear esto? Finjo y respiro, espero el final de la historia porque en el fondo mi ego me dice que la persona que tengo enfrente no tiene la suficiente capacidad mental ni la madurez emocional de aceptar dichas interrupciones y cortes como optimización de nuestro tiempo.
Ogros.
Factores de riesgo, engaños, disparadores, caída, culpa, tirar todo por la borda, levantarse y empezar a contar otra vez.
Me distraigo sin darme cuenta que me sigue mirando, respirando cerca, acechando. En las esquinas de la calle se asoma, pasa trotando y se difumina, mis sentidos se agudizan. No hay que bajar la guardia.
Peace www.kimroselier.com
What is there to celebrate.
Confieso que me gusta cuando vienes y te haces de mis letras como si fueran tuyas.
Cuando las lees despacio, como quien descifra un secreto que fue escrito a propósito para ser encontrado.
Me confieso culpable de disfrutar ese instante en que tus ojos atraviesan mis palabras y de pronto ya no sé si las escribí yo o si nacieron en ti.
Porque hay algo profundamente íntimo en saberse leído así… como si cada frase fuera una puerta y tú tuvieras la llave.
Y entonces vuelves, te quedas un rato entre mis líneas, te haces de ellas, y yo —sin decirlo— vuelvo a escribir solo para que regreses.
—Hazel C. / Me confieso
Parece un gato, llega y me recorre las piernas y siento su peligrosa caricia que me alerta.
Parece un perro con su supuesto amor y cariño de fondo pero con la nariz fría y los colmillos cerca.
Parece una mariposa, se presenta linda y colorida, pero sé que ese pequeño aleteo causará un tsunami que me acabará.
El deseo, la imaginación y el instinto pueden ser un amo terrible.
¿Cómo dejar de mirarte?
No es una pregunta honesta. Es una trampa elegante que me hago para fingir que todavía hay elección en esto.
Porque uno no decide estas cosas. No decide en qué momento una mirada empieza a quedarse más de la cuenta, ni cuándo se vuelve costumbre, ni cuándo termina convirtiéndose en una forma silenciosa de pertenencia.
¿Cómo dejar de mirarte, si cada vez que lo intento el mundo pierde definición?
No es que tú tengas algo extraordinario —o quizá sí, pero no en el sentido evidente—. Es otra cosa. Algo más incómodo de admitir: hay personas que no solo se ven, se leen.
Y tú… tú te dejas leer en lugares donde casi nadie escribe.
Por eso mis ojos vuelven. No por necedad, no por capricho. Vuelven como vuelven ciertas ideas que no terminamos de entender, como vuelven las canciones que no sabíamos que nos dolían hasta que las escuchamos de nuevo.
Hay algo en tu manera de existir —ni siquiera en lo que haces, sino en cómo estás— que desordena la lógica con la que uno se protege del mundo.
Y entonces pasa esto: te miro.
Te miro más de lo necesario, más de lo prudente, más de lo que cualquier versión sensata de mí misma estaría dispuesta a admitir en voz alta.
Porque mirarte no es un acto inocente. Es una forma de insistencia. Una pequeña rebeldía contra esa idea absurda de que todo debe mantenerse a distancia para no doler.
¿Cómo dejar de mirarte?
Supongo que tendría que empezar por olvidarme de mí en el proceso. Desaprender esta forma de reconocerme en lo que no me pertenece. Convencer a mis ojos de que no todo lo que encuentra belleza merece quedarse.
Pero hay verdades que no negocian.
Y la mía es esta: hay miradas que no se sostienen por deseo, ni por costumbre, ni siquiera por amor.
Se sostienen porque, en algún punto inexplicable, se volvieron hogar.
Y uno no deja de mirar lo que siente como casa… solo aprende a hacerlo en silencio.
—Hazel C. / Me confieso
Tú tan reservado… y yo con unas ganas peligrosas de descifrarte sin hacer preguntas.
Como si el silencio que llevas puesto no fuera distancia… sino un idioma que pide ser tocado despacio.
Y a mí me bastara mirarte —demasiado tiempo, quizá— para empezar a entenderlo.
Porque hay algo en tu manera de callar que no se siente vacío, sino cargado… como si cada cosa que no dices tuviera peso propio y supiera exactamente dónde quedarse.
Y lo noto.
Lo noto más de lo que debería.
Tú, midiendo cada palabra como si el exceso fuera un riesgo. Yo, midiéndome las ganas de no acercarme un poco más de la cuenta.
Porque no es solo curiosidad.
Es otra cosa.
Es esta necesidad absurda de acortar la distancia sin que parezca que la estoy rompiendo, de tocar el borde de lo que permites y quedarme ahí… lo suficiente como para que lo sientas.
Y en medio de ese equilibrio tan frágil pasa esto:
me descubro queriendo aprenderte no desde lo que dices, sino desde lo que te guardas.
La forma exacta en la que respiras antes de hablar. El segundo de más que sostienes la mirada. Ese mínimo descuido donde dejas de ser tan contenido… y te vuelves peligrosamente interesante.
Porque no, no quiero romper tu silencio.
Quiero habitarlo.
Quiero entender hasta dónde llega antes de que tú mismo lo cruces.
Porque hay personas que no se abren de golpe… pero cuando lo hacen, no dejan espacio para la indiferencia.
Y yo —que peligro— tengo paciencia para eso.
Para lo que no se entrega fácil. Para lo que se construye lento. Para lo que no se dice… pero se insinúa en cada pausa.
Y también —no voy a mentir— para ese momento exacto en el que dejas de ser tan reservado…
y empiezas a mirarme como si ya no quisieras mantener la distancia.
—Hazel C./ Confesiones
El golpe me ha anestesiado, no reacciono, al menos no como se supone.
Cómo reacciona uno ante la cárcel, ante los años vividos en los cuales nunca pasó por mi mente perder la libertad.
Como reaccionar ante el enfrentamiento de la imagen construida de mí y la consecuencia inevitable del descubrimiento de la hipocresía.
No quiero morir pero me es necesario para nacer de nuevo.
Visiono el futuro, lo escribo en papel con gráficas, planners y colores.
Al día siguiente el futuro se aleja un poquito, el presente me golpea, me apachurra, me susurra imposibilidad.
Tras su susurro yo le grito con fuerza, declarando certeza, afirmando confianza y avanzando un paso más.