24/ La luz, el gato y Thom Yorke
Tras dos intentos fallidos combatiendo con la cerradura, entré a la casa de Nati. La misma reposaba en semiplena oscuridad, solo unos finos halos blancos se colaban por las rendijas de las persianas. Milo y Pippa se acercaron a saludarme ronroneando previo a que pudiera encontrar el interruptor de luz. Con el primer foco encendido, le di el primer vistazo a mi nuevo living temporal y divisé un sillón rojo que me decía "Relajá, pibe. Sentite como en casa." Me saqué la mochila, que venía cargada de mis horas extra de laburo, y la hice volar cayendo de palomita exactamente entre una de las dos almohadas y el apoyabrazos derecho. Antes de sentarme, pero no antes de sacarme las zapas y las medias al mismo tiempo, visité otro de los vértices de las paredes en la que había un mueble de roble, tipo mesita de luz, con un tocadiscos encima. Revisé los vinilos de la estantería, en su mayoría de bandas o artistas que desconocía, hasta que encontré "The Bends" de Radiohead y lo hice ambientar esta nueva noche que recién comenzaba.
No pasaron ni 10 segundos para que escuchara nuevamente maullidos procedentes de las cercanías de mis tobillos. "¡Raúúúl! ¡Maaau!". Milo y Pippa tenían hambre, y creo que yo también. "Maaau", les contesté. Me dirigí a la cocina y la encontré llena de post-its en cada una de las alacenas, lo que me hizo acordar a ese capítulo de Los Simpson en el que Flanders le presta su casa de verano a Homero y deja indicaciones hasta en la hielera. Agarré un papelito, un pedacito de cinta y una lapicera, e hice lo mismo que Ned. Tras ese pequeño impasse, sentí como el gato y la gata me acariciaban los talones con sus parietales y llené sus pequeños platos hondos con tres puñaditos de comida balanceada. Comenzaron a lastrar como perros. Ahora me tocaba pensar qué iba a cocinarme, pero como siempre pienso todo dos veces, a la segunda ya era cuestión de decidir qué iba a pedirme.
Al regresar al living para buscar el celu, sentí que algo me hacía ruido: sonaba Radiohead y la luz estaba muy fuerte. Noté incompatibilidad. Mis ojos detectaron un velador y a él fui, iba a ser el segundo interruptor de la noche que me condujera a un universo nuevo. Pero no pasó nada, básicamente porque no vi que estaba desenchufado. Casi en un movimiento reflejo inducido por el inconsciente, enchufé la lámpara y ¡BLUM! Chispazo. Hasta Thom Yorke quedó tan asustado que dejó de cantar. No había luz en toda la casa. Esa no me la veía venir. Estuve mal en no chequear el cartelito que estaba pegado al lado del enchufe y que decía "No usar".
Pasaron 23 minutos entre que busqué la llave térmica adentro de la casa y salí para corroborar que el problema no era externo. "¿Ahora qué hago", pensé. "¿Le escribo a Nati? No, ¡qué papelón! En este momento debe estar hundiendo sus pies en arenas caribeñas. Tranqui, me tengo que relajar". Me armé un porrito, abrí una ventana y me fumé la mitad disfrutando esa tranquilidad que solo puede dar un corte de luz. Con la espalda en el piso y mis piernas sobre una pared, Pippa se me arrimó para reclamar un poco de cariño. "Raúúúl, Raúúúl", insistía. "Maaaau", le dije otra vez. Y al toque le pregunté, "¿Donde está Milo?". Lo llamé por su nombre, no dio señales. Prendí la linterna de mi celular y lo busqué por el living como pude. Empecé a sentir como mis palpitaciones empezaban a subir de a poquito. Respiré profundo cinco veces con los ojos cerrados y al abrirlos vi la puerta de la casa entreabierta. "Oh, shit, madafacker, it's not possible." Casi me agarra un colapso.
Cerré, revisé debajo de la cama, en cada una de las puertas de los armarios, atrás de las cortinas, debajo de la mesa, entre los almohadones, en la ducha, en la heladera, en los tachos de basura, en las alacenas. Todo dos veces. Pero nada. "Dale Pippa, hablá y decime dónde está tu hermana, la concha de tu madre". No servía de nada hablarle al michi, sabía que el problema era mío y que si no encontraba a esta gata iba a ser una catástrofe. Ya me imaginaba cómo iba a poner Crónica en sus placas: "Boludo cuidó casa a su jefa y perdió a su gato. / Ella volvió de vacaciones y lo dejó sin laburo. / Rompió su tocadiscos y había tucas en los ceniceros."
Tenía que concentrarme, era encontrar el gato o perder mi laburo. Decidí agarrar su platito de comida y lo sacudí paseando por cada recoveco del hogar. Incluso armé un caminito de atún que iba desde la calle hasta la puerta de entrada para ver si se le ocurría volver, pero solo Pippa se acercó. Fue ahí cuando pensé: "Si yo fuera Milo, ¿qué haría?". Si bien prácticamente ni lo conocía, lo primero que pensé fue que quizás extrañaba a Nati y se había escapado para buscarla. En consecuencia, salí a dar un par de vueltas. Me fijé entre algunos containers de basura e incluso pasé la SUBE para explorar la estación Ministro Carranza. Entre una cosa y otra, un policía se me acercó a preguntarme si pasaba algo. Le dije que no, más que nada porque no me gustan los polis. Pasaron otros 23 minutos para darme cuenta de que ya no había caso, era hora pensar cómo iba a ser el diseño de los carteles de "¿Ha visto usted a este gatito?".
Ya habiendo regresado, me tiré rendido al piso del living con el celular en la mano dispuesto a escribirle a Nati, al menos para que me dijera dónde estaba la térmica. Fue en ese preciso instante cuando algo me encandiló, como si me hubiesen puesto luces altas manejando por Ruta 2. Dos faroles diabólicos me apuntaban desde abajo de la mesa, sobre la silla. "¿Me estás jodiendo? Sos vos." Y encima atrás de él, en la pared, las térmicas. Las subí y volvió la luz. Abracé a Milo como si fuese aquella vez en mi niñez en la que recuperé a Toti, mi osito de peluche, que había caído desde al balcón, o se había suicidado, desde un sexto piso. En mi cabeza resonaba Freddy Mercury con el estribillo de "We are the champions".
Respiré bien profundo, lancé una carcajada a lo Guasón de Heath Ledger y me levanté de un salto sin ayuda de mis brazos. Le di una pitada profunda a mi charuto para festejar, cambié el vinilo por miedo a que el anterior sea yeta y me pedí una mila napolitana.
Al fin pude sentarme en el sillón.









