Esta tristeza tan íntima y tan mía la colmo de música, de perfume y de penumbras para que lo que duela no grite, tan solo susurre. Abrazo a mi tristeza muda, pálida…
Vanessa Villa K.
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Esta tristeza tan íntima y tan mía la colmo de música, de perfume y de penumbras para que lo que duela no grite, tan solo susurre. Abrazo a mi tristeza muda, pálida…
Vanessa Villa K.
Amor de luz y oscuridad.
Le hablé de la oscuridad en mí. No con metáforas, no con filtros. Le conté del abismo, de los días en que no puedo levantarme, de cómo a veces me vuelvo tormenta y lo empapo todo, hasta a él. Y aún así… me miró como si fuera el sol.
No fue solo que me creyó. Fue que se quedó.
Me vio temblar, quebrarme, y retroceder. Me escuchó decir cosas que no decía ni en voz baja para mi. Me vio encerrarme, cerrarme, y doler.
Y todavía me miró como si fuera magia.
Como si dentro del caos también habitara algo sagrado. Como si cada sombra mía también pudiera ser un mapa hacia la luz.
No huyó. No quiso corregirme. No trató de cambiar mi noche por su día. Solo estuvo. Como quien sabe que amar es también sostener el eco cuando no hay voz.
Y yo, que tantas veces me sentí demasiado poco, demasiado rota, demasiado intensa, demasiado oscura… por primera vez me sentí exacta. Así como soy.
Porque a sus ojos, incluso mi oscuridad, era parte de la belleza.
CosmosNea
ME ENAMORÉ POR SU MANERA DE COGER Me enamoré por su manera de coger, por su manera de culear. No por su cara, no por cuerpo, no por olor, ni por su sabor; no por sus sentimientos, ni sus pensamientos, ¡no!, me enamoré por su manera de coger. Estaba medio pendeja, escribía "oli", "sip", "nope" y "ps" y decía un chingo de groserías; era fría, enojona y mamona; no entendía los sarcasmos y le aburrían los temas literarios. Muchas veces quise cambiarla, le regalaba libros, le recitaba líneas, le hacía poesías en papelitos regados, y ella me devolvía las servilletas con un "mejor cógeme como tú sabes, cabrón" Era una ignorante, lo único que sabía era el kamasutra al derecho y al revés; no conocía de libros, ni de poesías, ni de escritores, si empezaba a hablarle de eso, torcía los ojos y me bajaba la bragueta, y succionaba hasta terminar en su boca, después volteaba conmigo lamiéndose los bigotes como una gata, y altanera me decía: —Qué rica sabe tu poesía. Luego se despojaba de su ropa para montarse en mi boca de espaldas. —Este es mi libro abierto, léelo, poeta hijo de perra —exigía. Ahí se restregaba un rato hasta venirse unas dos veces, después se arrastraba como culebra por mi vientre hasta que nuestros sexos embonaran como piezas de rompecabezas. —Tú naciste para coger —le decía mientras ella cabalgaba como loca— pero no te das cuenta que también eso es poesía. —¡Cállate y cógeme sr. Grey! "¿Grey? —pensaba— ¡de verdad que está pendeja!". Pero su manera de menearse lo compensaba, su manera de hacerlo era tan inverosímil, tan sin reserva, tan sin tabúes; más que una felación, parecía un sacrificio humano; se entregaba por completo, como si de eso dependiera su vida, como si fuera la primera vez que lo hiciera, o la última; como si estuviera enamorada tanto como yo lo estaba por su manera de coger. A veces de tanta entrega, de tantas lágrimas que derramaba mientras lo hacía, y tantos balbuceos, súplicas y jadeos, pensaba que de pronto se le escaparía un "te amo", o un "no quiero estar sin ti", pero no, nunca nunca nunca pasó, todo sucumbía despues del orgasmo. Después de recuperarse, ella se vestía, se maquillaba, se medio peinaba y me deba un beso en la frente y se iba, dejándome ahí con el cuerpo desfallecido y el alma enamorada. —Gracias poeta —decía. En seguida tomaba una pluma y un papel, para ahora eyacular en letras. Ese día, le escribí el poema más corto: "Qué ironía, no le gustaban las letras, pero ella misma era poesía, mí poesía…" Y sinceramente ahora no sé quién es el pendejo. -Gustavo Hernández
“Los Cronopios necesitan caricias, besos y abrazos. Como son tan olvidadizos necesitan que se les recuerde constantemente que son amados, que se lo digan, que se lo demuestren. El amor sin cariño y afecto no tiene sentido para los Cronopios, son unos consentidos por naturaleza; pero también les encanta consentir, acariciar, demostrarle al otro con palabras, miradas y caricias y actos cuánto lo ama y cuánto importa para él.
El Cronopio no se enamora de profesiones, de éxitos, de quehaceres, de la inteligencia o del atractivo físico, se enamora porque sí, sin razón, no hay más motivo o excusa que el amor, que los sentimientos y sensaciones que esa otra alma le despierta. Más bien, al Cronopio lo deslumbran las almas. No lo enamora la inteligencia pero si alguien que piense y lo haga pensar. Lo enamoran las buenas conversaciones porque el Cronopio cree firmemente que con las palabras y también con lo que no se dice, se entregan pedacitos de alma”.
(Julio Cortázar)
No sé quién necesite leer esto, pero deja de permitir que la gente te utilice mientras todavía están averiguando lo que realmente quieren.
- Seguen Oríah ☁️.