Gracias a Dios, el sol ya sale del otro lado, voy caminado a oscuras y con un humor de legañas que se pega a mis ojos; ni con su gran poder, la luz del foco de arriba me alcanza para dejar de tropezar y aun siquiera para quitarme la caspa que llevo en mis hombros. Y así mientras sigo caminado, haciendo el camino más tedioso, se va juntando de a poquito ese terror que llega sin sombra y de asesino como el silencio. Lo tomé por ausente al principio y ahora que ya es tarde sea ha convertido en mi último amigo. Como no nos conociamos, me enseñó un juego distinto, uno de palabras y oraciones, de plegarias y canciones, me deje guiar por su andar, yo iba atrás y él como el capataz. Como no conocía sus canciones yo invente las mías y encaprichado se sentó en las piedras, lizas y frías, yo seguí el camino, casi no me importo dejarlo al olvido, pero se parecía a un niño y a la mitad de mi recorrido, me regrese por el desprotegido. Lo cargué como toda madre a su hijo, y me deje guiar de nuevo en su albedrío. Y de nuevo, gracias a Dios, el sol salia del otro lado, vuelvo a caminar a oscuras, pero esta vez deseaba la luz del foco amarillo, para no ver las cosas ya en lente sombrío. Me lleve las manos a mi rostro porque nos sentíamos distintos, yo cansado de llevarlo acuestas y de su susurro en mi oído, y él, de sentirse ausente aunque fuésemos por la mitad de su juego y ni siquiera por la mitad de su camino. Me dijo- no te sientes cansado, olvidado o casi muerto, todavía puedo seguir jugando contigo, está tragedia no acaba querido odiseo porque el aedo no canta el último verso-. Si bien mi alma ya había vendido, la última jugada la haré con valor, pare y le dije- ¡Ay de aquel que loco me crea! Yo te he visto a otros llevar a la quiebra, y de ti se habla con horror y miseria, y te disfrazas de otras que no menciono, no vale la pena, pero a mi no me llevas, ni de la mano. Aquí se acaba este juego.-dile al aedo- Ten, que te pago para que dejes el verso a medio canto-. Se soltó de mi cuello, ignorando mi ira, se quedo callado y con el rostro castrado, pero él nunca pierde su juego y se conoce bien el camino, y como yo voy distraído, capaz lo sigo por loco y por deprimido... Ya no dice, ni digo nada, seguimos caminado a oscuras, a tientas, esperando a que aedo termine su verso.