LA ESTELA DEL CAMPEÓN
Debo admitir que un poco los envidio.
No porque nosotros no hayamos ganado nada, sino porque ustedes en este último tiempo lo han ganado todo.
Prendieron unos fuegos artificiales el 10 de diciembre de 2014 ante Atlético Nacional y no los apagaron más.
El barrio de Núñez y Belgrano parece una zona de guerra y su munición infinita suena y resuena en el oído de todos los vecinos que ya ni se quejan.
Las luces rojas encandilan a la luna.
Las luces blancas a las estrellas.
Y ambas juntas iluminan esas noches coperas que son tan únicas. Cada una es distinta a la otra.
La tierra tiembla y esos pequeños sismos asustan a los que se asoman por sus terrazas para ser testigos de una gran fiesta. El movimiento sacude también a los que duermen y los despierta como diciéndoles: “Che, no se pierdan semejante espectáculo”.
Las sirenas de los bomberos no preocupan a nadie, porque ya todos saben que sobre el camión están los jugadores y que sobre los jugadores hay un fuego imposible de apagar: el de miles de hinchas gritando, alentando y festejando.
Los más chiquitos piensan que se adelantó Navidad o que aún se festeja Año Nuevo. Las abuelas también y sacan una copa y destapan un vino y se lo toman todo.
Recién cuando los bocinazos dejan de sonar vuelven a la cama. Y cuando apoyan sus cabezas sobre la almohada lo único que escuchan es el eco del “dale campeón, dale campeón, dale campeón”.
Aquellos que aún no pueden dormir se asoman nuevamente por sus balcones para mirar a los hinchas que lentamente comienzan a desalojar el campo de batalla. Despeinados, borrachos y cansados siempre les quedan puchitos de fuerza para seguir cantando y flameando su bandera.
Un hombre policía intenta controlar la salida pero no aguanta y se suma al festejo. Otro que lo mira desde lejos levanta un brazo y tararea una canción. La mujer que los vigila pretende retarlos pero apenas atina a soltarse el pelo y sacarse el chaleco para que se vea el escudo de la camiseta que lleva debajo del uniforme.
Es un escudo blanco con una raya roja.
Un escudo muy diferente al mío, azul y amarillo, repleto de estrellas que son títulos y títulos que son motivo de orgullo.
Y a pesar de eso, y a pesar de esto, y a pesar de todo, no sé por qué, debo admitir que un poco los envidio.
No porque nosotros no hayamos ganado nada, sino porque ustedes en este último tiempo lo han ganado todo.









