Fue un domingo al atardecer. Esperaba pacientemente afuera del teatro cuando ocurrió la aparición.
Imposible que sea él.
Vestía de negro y bebía lentamente un café. Sus gestos delataban cierta mesura, elegancia y suficiencia. Parecía inmune a la tristeza de los domingos y entonces imaginé a un insólito ser que no necesita de la ficción para evadirse de ese mal.
Y sin embargo, podría ser él.
Hace unos meses, en ese mismo espacio, se dijo que el teatro es acción y no narración: hacer que las cosas pasen. Es transfiguración. Mencionaron a Decroux y la magia que ocurre cuando un actor personifica a alguien o algo que no es. Pensé en una suerte de alquimia y pacto que suspende por unos momentos la vida. En pocas palabras, es mímesis, (l)imitación, pero también ilusión. Pero ésta no ocurre solo en el escenario.
No, no era él, pero cuánto se le parecía.
Más de una vez desvié mi mirada del escenario para recrear el simulacro de una presencia.
Otro guiño: al salir de la función, un desconocido se despidió de mí con efusividad y se refirió a mí por un nombre ajeno (se confundió, claro). Tal vez en ese instante también fui fantasma: un error que por un momento iluminó la noche.















