Una vez te escribí.
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@balasypoesia
Una vez te escribí.
"Luna."
Quiero gritarle a la luna
tu nombre,
pero
me
guardo las ganas
porque sé
que no me oirás
y no me oirá
porque ya pasó tanto
pero
tanto
tiempo
que me he olvidado
de
como
llamarte.
Iñaki.
"El texto del café."
Te levantaste a hacerme el café. Yo no soy muy fan de levantarme tan temprano, creo que la mañana no se hizo para alguien como yo.
Ni me preguntaste si me gustaba, sólo lo asumiste. El apenas conocerte parecía no importarte.
Habíamos hablado durante meses, pero jamás nos habíamos visto en persona. Excepto por aquella vez en que ambos estábamos llenos de alcohol en el alma, para curar las heridas.
Pude haberte rechazado el café. Pude haberte dicho que prefiero el té, y no tan caliente. Pero cuando me despertaste, simplemente me rebajé a mirarte como batías la taza roja que tenía el borde quebrado.
—¿Cuántas de azúcar?
¿Te lo digo? ¿Qué voy a hacer?
—¿Seguís dormido? ¿Cuántas de azúcar?
—Dos, con dos está bien.
—Genial, como a mí me gusta.
No quería decirte que el café no era lo que prefería. Pensé que era una forma de rechazar ese amor efímero que pudiste darme durante una noche. Sólo me resigne a disfrutar de tu belleza.
La remera rota y el pantalón de tu pijama desgastado. Te admiraba como un artista admira su obra favorita. Vos, en ese momento, te transformaste en mi poema favorito.
Me tomé toda la taza. El café no era algo que me gustara, pero ese día hiciste algo mágico.
Empecé a tomar todas las mañanas, intentando recordar como lo batías, y como tu cuerpo se movía con los rayos solares y la música de la radio.
“Dos, con dos está bien.” No. Lo que le faltaba a mi café, era una taza de tu poesía.
Iñaki.
"27."
Cuando las palabras se acaben
nos miraremos a los ojos
y dejaremos que la tensión
construya el enunciado.
Iñaki.
"Kaia."
Si algún día
mueren las palabras
que describen algo hermoso
voy a pronunciar tu nombre.
Iñaki.
"Desliz."
Hace un tiempo tuve el desliz de saborear tus labios. No me di cuenta que tu corazón sólo buscaba un refugio momentáneo. Nunca me contaste sobre tu exilio, ni de los océanos que tuviste que nadar para escapar de eso.
Nada más querías buscar calor, un pecho donde recostarte para que te acaricien el pelo mientras te leen un cuento, y llegaste al mío.
Me pediste que me quedara hasta que la última estrella se apague, que te abrace hasta perder la conciencia y olvidar mi nombre.
Y eso hice.
Te tomé del cuello y te dejé sobre mi diafragma, te acaricié el pelo y te leí un poema de amor, te abracé hasta que la última estrella desapareció del cielo, y me quedé en vos.
Pero al salir el sol, ya no estabas. Te fuiste sin decirme a dónde irías, o porque lo hiciste.
Iñaki.
"26-01-20 (2)"
A la mierda todos. A la mierda yo. A la mierda vos, lector. ¿Qué estás buscando entre estas líneas asquerosas? ¿Por qué vas más y más profundo en el delirio ajeno? A la mierda todos. A la mierda yo. A la mierda vos, lector, que buscás placer en el sufrimiento de otra carne, en la inmortalidad de otra alma. A la mierda todos. A la mierda yo. A la mierda vos, lector. El egoísmo puede ser una de las virtudes de los escritores, ¿Pero qué pasa contigo? ¿Por qué me dejás descansar en el retazo más oscuro de tu inconsciente? ¿Por qué me liberás de esta tumba congelada? ¿Me pediste permiso para remover mi sangre y despertarme de este eterno sueño? No. No podrías hacerlo, ni lo harás jamás. A la mierda todos. A la mierda yo. Y a la mierda vos, lector. Que sos mi anhelo más profundo; poder llegar a tus ojos y a tu mente, para respirar por unos instantes más.
Iñaki.
"Copa de vino."
Tus labios son la copa de vino
en la que derramo la sangre que cae de mis dedos
cada vez que rozo tu nombre
escrito en el cemento de las paredes de mi habitación.
La pintura blanquinegra,
(la que en algún momento nos espió,
mientras te dedicaba poemas de Benedetti,
o me leías un cuento de Poe.)
llora las gotas de lluvia
que inundaron nuestros párpados
la noche que nos vimos por primera vez.
Ay corazón,
quisiera saborear el filo de esos ojos,
soñar con las veces que tatuaste tus uñas en mi espalda,
sentir como mi pecho se vuelve a rellenar con tu saliva
y bañarme en la sangre que te regalé el día que te serví esa copa de vino.
No hay peor conflicto político
que mis neuronas bombardeando mi estómago
para vomitar tu sonrisa sobre celulosa.
Me olvidé de cómo cerrar mi puerta,
de cómo apagar las luces,
de cómo servir el vino (o la sangre).
Ay corazón,
ojalá tus labios recuerden el olor de mi piel,
porque mis dedos sin dudas
recuerdan el sabor de tu cuello
que sigue escrito en el cemento
como tu nombre
como mi sangre
como los poemas de Benedetti
como los cuentos de Poe
como mi amor por el vino
como los sueños en donde estás vos.
Iñaki.
"Juego#1."
Entierrame con tu mirada
en las infinitas sábanas de seda
de tu cama
y golpea los cristales de mi cuerpo
contra la curva de tu sonrisa.
Ahogame en tu piel sabor miel
hasta que la noche nos encuentre entrelazados
y nos susurre al oído:
—yo también quiero jugar entre sus besos.
Iñaki.
"Poema."
Quisiera escribirte un poema sobre lo que ven mis ojos cada vez que escuchan tu nombre.
Podría pasar las hojas de mi libreta y encontrarte en alguna metáfora sobre lo feliz que me haría poder conocerte en otra realidad, cubiertos por las sábanas de tu cama.
Pero no, me rebajo a refugiarme detrás de una pantalla o detrás de una libreta y soñar con tatuarte las frases que supuran de mis dedos.
Quisiera escribirte un poema, pero es difícil escribirle a alguien cuando en mis ojos en vos solo ven poesía.
Iñaki.
"Estática."
En el apogeo del respiro tus labios cortaron mi diafragma. Las oníricas moléculas que bailan en mi tórax sucumbieron ante la tensión; la fricción entre tu piel y la mía genera constantes cortocircuitos en las ramificaciones nerviosas.
A mitad de la noche la sobrecarga llega al cerebro y provoca alucinaciones. Me olvido del color de los espejos y de la textura de mi nombre. Nos deformamos en una nube conteniendo la electricidad generada por la reacción química de nuestros ácidos.
Dejamos que los rayos empujen las masas de aire
moldeando tu cuerpo sobre el mío, y permanecemos mudos ante la descarga. —Ahhh. — Volvemos a respirar y nos vestimos dejando que el tiempo vuelva a acumular la estática.
La luna siguiente nos dice al oído: “Ya no aguantan más.” Es un simple texto que cae para levantar los interruptores y activar de nuevo los procesos.
“Tal vez el sillón sea mejor conductor.”
Los cortocircuitos aceleran la cicatrización y la piel pierde las marcas.El voltaje es tan alto que las almas se empiezan a fusionar, rellenando cada hueco vacío.
Los relámpagos vuelven a caer y el viento de la sala nos levanta dejándonos sobre el suelo. —Ahhh. —
y volvemos a respirar, sin vestirnos para que la
estática no nos abandone más.
Iñaki.
“Animales.”
La lluvia cae constantemente desde que Karshi tiene memoria. Sale en busca de cigarros pero ve que la tienda de enfrente sigue cerrada. “Voy a tener que ir a lo del viejo Lee.”, piensa. No queda muy lejos, solo tiene que caminar un par de cuadras.
Mientras camina por la escalinata del barrio ve los carteles luminosos, amarillos con letras japonesas rojas. Son la única iluminación que tiene esta calle. Fuerza los ojos para ver entre la lluvia. Observa a varios gatos pelearse por sobras de comida sobre un contenedor. Se detiene un segundo.
El gato más grande, gris atigrado, pelea contra otros tres, todos de color blanco y un tercio más chicos. El atigrado aguanta entre sus fauces un pedazo de carne. Uno a uno, los gatos de menor tamaño lo van rodeando, atacando por varios puntos. En ningún momento suelta la comida. Después de varios minutos aguantando los golpes y rasguños de sus atacantes, el atigrado cae inconsciente y malherido sobre la chapa.
Karshi se acomoda la capucha. “Gato estúpido. Si soltabas la carne y corrías tal vez seguirías vivo.” Continúa la marcha. Llega al portal de entrada del barrio, justo al lado está la tienda del viejo Lee.
Entra, le pide una caja de cigarros y un encendedor al viejo. La tienda está vacía. Se pregunta por qué la mantiene abierta las 24 horas y solo la atiende él. Solo lo piensa, no larga una palabra. Se da media vuelta y le agradece. Afuera llueve más fuerte.
Apenas sale de la tienda ve a tres personas hablando. Lo miran fijamente. Escucha como los tres se levantan de sus asientos y caminan tras él. Una cuadra después lo alcanzan y le cortan el paso. Está rodeado. Karshi es bastante más alto que los agresores, pero sabe que no es una ventaja. “¿Qué es lo que quieren?” les pregunta. “Todo” le responde uno. “No les voy a dar nada.”
Uno por uno se abalanzan sobre él. Intenta defenderse pero es inútil. Uno de ellos lo golpea en la nuca y Karshi cae al suelo, quedando inconsciente sobre los adoquines. Los agresores toman los cigarrillos, el encendedor, la billetera, y corren.
Al rato despierta, le cuesta moverse. Mira hacia un costado y ve al gato atigrado, rengueando hacia él. “¿Seguís vivo?, Gato estúpido.” Se ríe. Le cuesta ponerse en pie, toma al gato en sus brazos y vuelve a su casa.
Iñaki.
"Un beso."
Un beso,
¡Un puto beso!
y me tirás abajo.
Me acribillás,
me derribás como al muro de Berlín,
me prendés fuego como a Roma,
me explotás como Hiroshima,
me desintegrás como Nagasaki,
me contaminás como Chernobyl,
me inundás como Tokio.
Un estúpido beso,
un beso y derribás todo lo que pensé que había construido, todo lo que pensé que jamás se caería. Que jamás cambiaría. Que a partir de ese momento sería eterno y nunca más habría oportunidad de cambiar nada…
Un beso, y me haces arder por tu piel.
Iñaki.
"Dolor."
Hoy he estado pensando en vos y en todo lo que dijimos que podríamos ser.
Hay cosas que jamás se curan, ¿sabías? Pero eso es algo positivo, o al menos yo lo siento así.
El miedo es un tema recurrente en mi cabeza. Miedo a mí mismo. Tengo miedo al ser él de antes, y me terminé refugiando en la poesía.
El pasado es la bala al pecho, escribir es el chaleco antibalas.
Si me sacás la camisa lentamente, así como me dijiste al oído en aquel sueño, verás que tengo el corazón lleno de agujeros. Y no queda otra cosa que aceptarlo, convivir con tus dolores y demonios es parte de la catarsis.
Ahora, ¿Por qué siento terror?
Creo que te dije una vez que la mejor poesía sale desde el dolor más profundo. Y vos sólo sonreíste.
—Al fin estamos de acuerdo.
Eramos dos rotos refugiándose en las letras, cada uno en las suyas pero de vez en cuando en las del otro.
Eso me hacía sentir bien, al menos por un rato. No estar sólo en el mundo te hace ser parte de alguien más. Pero, ¿Qué pasa cuando se va el dolor?
Si él se vá, la poesía también, y no hay peor dolor que no tener poesía.
Una persona que escribe es una persona que sufre o al menos es lo que siento, los rotos tenemos la manía de querer arreglarnos de maneras muy extrañas.
Ahí estábamos los dos, acostados en la cama, leyendo un poco del alma del otro y queriendo cosernos un poquito.
Es una lástima, hubiéramos sido los mejores amantes del mundo. Cada uno quebrado a su manera. Ambos poetas, ambos adoloridos. Que bizarro es el destino.
Hay cosas que jamás se curan. Como dejar de escribir por ejemplo, ese es mi mayor miedo.
Tan así, que prefiero seguir reviviendo dolores, o buscar nuevos en dónde jamás hubieron.
Me miento a mi mismo al decir que la poesía me mantiene con vida, pero no es así.
El dolor me hace escribir poesía para poder mantenerme con vida, entonces estoy muy seguro que el dolor es el que me permite seguir respirando.
Iñaki.
"Tinta."
La tinta en tu piel desgarra la luz sobre la que escribe, doblando el espacio y congelando el tiempo.
Mis ojos envuelven tu cintura y mi cuello se hace escrito de tus dientes.
Las marcas corren entre el tacto y el olfato y se corroen desdibujando tu nombre y el mío, fusionando el polvo de nuestros nudillos.
Amor, ¿Dónde dejaste ese beso que me diste en mis sueños? ¿Habrá alguna realidad paralela en dónde las marcas se materialicen y podamos convertir la poesía en vino?
Iñaki.
"Ojos contra el cielo."
Tus intrépidos ojos chocaron con el crepúsculo de esta mañana.
Tan fuerte sonó el grito del cielo que hasta los polos empezaron a fundirse.
Yo sólo fui un simple espectador.
Pensé en fundirme en aquel choque cósmico entre tus pupilas y las estrellas.
No pude hacer mas nada que quedarme paralizado.
La belleza de una Diosa y la destreza de un Titán. ¿Cuál de los dos ganaría?
Mientras el mar subía, yo me congelaba a tus pasos y el cielo se volvía cada vez más negro.
Aunque nunca pudo igualar lo profundo de tus ojos.
Tirado en aquel pasto te vi declararle la guerra al Olimpo, y hasta la más bella de las diosas se murió de la envidia. Las mataste de envidia.
El cielo se rindió, los polos se volvieron a congelar.
Yo, sin embargo, paralizado.
Cerraste los ojos, giraste y me dijiste:
– "Los crepúsculos son lo más bello que existe."
Lo dudo, porque tu mirada conquistó los cielos.
Iñaki.
"Ἀφροδίτη."
¿Qué pasaría si nos diéramos la oportunidad de ser estrellas? ¿Qué pasaría si nos hundimos en nosotros?
Hay algo que me llama a tus ojos; tu mirada incendia mis ansiosas neuronas.
Quiero jugar entre tus poros, como si tus terminaciones nerviosas fueran la tinta y tus cicatrices los personajes de mi próximo cuento.
Tal vez mis labios te dibujen en el papel y mis manos te tomen del pelo.
¿Qué pasaría si nos diéramos, por lo menos una noche, la oportunidad de ser estrellas? ¿Qué pasaría si nos hundimos en nosotros? ¿Me dejarías jugar con tu sudor y escribirte poesía por todo tu cuerpo?
Tal vez me siente a ver como tus labios le gritan al cielo: –aquí soy yo la diosa que manda
Tal vez no quiera dejarte sola y sean mis dedos los que digan: –aquí soy yo el poeta que te hace inmortal
Iñaki.