No la veía más que una vez a la semana, cada lunes para ser exactos. Llegaba a mi departamento por la mañana. Así, sin avisar. La primera vez que la vi me llamaron la atención sus ojos tristes. No sabía nada de ella pero una placa a la altura de su pecho me indicó que se llamaba Isadora.
No hablaba, sonreía bastante y al sentir mis ojos sobre ella, se encorvaba. Decía “good morning” haciendo notar que el inglés no era su idioma; me enseñaba sus dientes, la dejaba pasar, sacudía el polvo, pulía el piso… Le ganaba la risa al verme cocinar, creía que era muy joven para vivir solo. Nunca se enteró que estaba por cumplir 25.
Le intrigaban las “soup operas” en mi televisor; no supo que las veía por trabajo, no por gusto. Jamás cerraba la puerta sin decir “have a nice day”. Me alegraba las mañanas, a veces me arruinaba el sueño. Para esas fechas era la única que me deseaba buen día.
Con los meses descubrí que era de Haití y había llegado a Miami –así, con las vocales bien marcaditas- en busca de lo que en su país no hay. Le tenía miedo al mar, era mi burla. Creía que dentro había mujeres ahogadas. Decía que las olas eran el encaje de sus batas de dormir y que como todas habían muerto vírgenes agitaban el agua en busca de hombres. Todo gracias a Almérinda, su abuela. Curandera de “Port-au-Prince” que se encargó de sembrarle en la cabeza espíritus que le susurrarían a diario viejos cuentos.
Pocas veces visitaba una costa, el clamor de las vírgenes se le acercaba demasiado, pero cuando iba llevaba un frasco al cual le introducía arena y lo agregaba a una extensa colección en su regadera – Ideática la mujer. Le gustaba sentarse en el parque a leer, buscaba la sombra de alguna tabebuia y se tiraba sobre el pasto. Suspiraba sujetando con fuerza su libro apolillado de Arthur Rimbaud. Era hipnótico escucharla leer en voz alta, en ese “francés” que ella dominaba pero yo no entendía. Después me contó que su idioma era el creole, voces africanas mezcladas con la lengua del conquistador parisino y enraizadas en el Caribe.
Sin uniforme, vestía con un toque “vintage”. Sus color favorito era el azul. Manejaba orgullosa un Civic 72, manifestándose en contra del consumismo. Decía que era ridículo como todos en Miami creían necesitar un Mercedes-Benz o una Land Rover –. Yo estaba de acuerdo
El día que más hablé con ella, fue durante una hora. Me contó sobre una balacera en el edificio y tres suicidios. Todos, por deudas. Me dijo que me administrara. Se preocupaba tanto por mí y mi futuro que me hizo recordar a mi madre. Ese día salí a despedirla cabizbajo, recordando que llevaba un par de meses sin hablar con mi familia. Pude ver como mis vecinas cirujeadas la escrutaban de arriba abajo producto de la envidia a sus curvas genéticas. Ella ni en cuenta, siguió su camino.
Nunca hablábamos mucho, pero nos mirábamos, compartíamos puntos de vista. Los dos éramos foráneos… intrusos. Algunas veces platicábamos de la comida de nuestros países, hasta terminar salivando como perros frente a un bistec. Entre los dos nos ayudábamos con el inglés, reíamos mil. La regañaba por sus confianzas, se comía mis Oreo “birthday cake” que tanto me gustaban. En el fondo agradecía cada lunes para después extrañarla el resto de la semana. Le pedí su celular con el pretexto de cambiarle el día de trabajo, o por si algo se ofrecía. Le enviaba mensajes para abrir conversación… le hacia llamadas para imaginar que me hablaba al oído. Platicábamos de todo, menos de trabajo. Y sin darse cuenta me hacia las noches, los días.
Comencé a enamorarme… ella a cambiar. Cada muestra de cariño la alejaba más. Nunca lo entendí, llegue a pensar que quizá tenía una vida secreta, que había olvidado hablarme de su marido, hijo o alguna enfermedad que no le permitía entregarse. Contenía mis cumplidos, las cosas lindas por decirle. Reprimía mis ganas de adular su cuerpo a besos. Isadora estaba en mí, pero no quería estarlo. En mi necesidad de bueno días, en mis pensamientos, en mis distracciones , en la ansiedad de un “iPhone” que no suena, en la esperanza por planear un futuro, en la acumulación de esperma, en mis sueños – el único lugar donde era linda y complaciente.
Se convirtió en propulsora de mi insomnio y una de esas noches de sábanas revueltas decidí que no quedaría en mí. Tome una libreta y comencé a escribir un borrador que después se convertiría en un “speech” con mucho mucho amor. -O necesidad, ya no sé.
Ese día tocó la puerta despacito. Murmuró “housekeeping” como si no quisiera ser escuchada. De igual forma le abrí, para ese entonces la esperaba con el ojo en la mirilla de la puerta. Al verme agachó la cabeza. Comencé con un “Isadora” –usando mi voz grave que solía volverlas locas. Ella solo abrió los ojos. Supongo que mi playera transpirada y mi respiración agitada me delataban. Como un tartamudo le lancé unas cuantas silabas… “des-de que te co-co-no-cí”. Pude ver entre la torpeza como mis posibilidades se desmoronaban. Me puse rojo, moría de pena como cuando era pequeño y olvidaba los renglones del poema en pleno festival del día de las madres. Me rearmé de valor y apresuradamente terminé enunciando las palabras restantes. “Me gustas… y me estoy enamorando de ti”. Se hizo un silencio enorme, después de eso ella me abofeteó a palabras. Me dijo que dejaría el trabajo.
Desvalido me di la vuelta y me fui directo a la ducha con la mirada en el suelo para no volverla a ver. Me desnudé arrancándome el amor por ella que traía encima. Abrí la llave. Mis lágrimas se mezclaban con el agua. Mis sollozos, con el sonido de la aspiradora. Ella nunca entró a pesar de la puerta entreabierta. Estaba muy silenciosa, por lo general siempre aventaba las cosas o rompía uno que otro traste. Pasé desnudo delante de ella… hizo una pausa, no dijo nada. Siguió su camino, entró al baño mientras yo la miraba a distancia por si hacía alguna mueca. Se fue al piso producto del impacto. Yo sonreía. A partir de ese momento Isadora jamás olvidaría mi nombre, la tina derramándose, mi cuerpo en el fondo, la sangre expandiéndose y mi piel blanca. Todo, un regalo para ella.