No podrían ocultarse hechos, éstos se exprimían con tortura o se les seguía la pista mediante interrogatorios. Pero si lo que uno deseaba no era salvar la vida sino haber sido humano hasta el último aliento, ¿qué importaba todo aquello? Imposible cambiar los sentimientos; uno mismo no podía suprimirlos. Ellos podrían saber hasta el más pequeño detalle de las acciones, los dichos o lo pensado; pero el fondo del corazón, incomprensible incluso para su dueño, sería por siempre impenetrable.
1984, George Orwell. “Segunda Parte - Cap. VII“










