Es curioso
Al volver a hablarnos pensé que todo podía ser diferente; al fin de cuentas, después de los años no podíamos ser más distintos: otros hábitos, otros trabajos, cada uno con varios amores fallidos. Me creí más maduro; dentro de mí suplicaba que nuestro amor fallido hubiera sido a causa de nuestra juventud y de nuestra inexplicable sed de curiosidad.
Por un momento todo fue distinto: no teníamos las discusiones de antes, no sentía por ti esa dependencia que tanto me destrozó cuando me dejaste. Al contrario, aprendí a amar lo que éramos como pareja: los chistes que solo nosotros entendíamos, las noches de amor los besos sin razón, aquellas miradas tímidas de cariño, los regalos pequeños pero tan enormes en significado. Me engañé lo sé, no vi lo que para mis allegados era una muerte anunciada y me autoconvencí de que eras el amor de mi vida. Si no fuera así, ¿cómo se podría explicar que el destino nos volviera a cruzar, en ese preciso momento, justo cuando tanto necesitábamos de nosotros, de nuestro amor?
Puede que precisamente ese fuera nuestro amor (o más bien el mío). Siempre tuve la mala costumbre de creer que me amabas, de forzarte a amarme; sin embargo, la realidad es que amas que te ame. En tu soledad soy tu luz, el que nunca te niega una caricia, el que te ama sin importar cuánto lo maltrates, porque contra toda lógica te amo locamente. Te juro que sería más fácil para mi solo odiarte, sentir hacia ti una profunda repulsión; sin embargo, para mi infortunio, no puedo evitar amarte. Te veo y siento que no puedo mirarte a los ojos sin llorar como un niño.
Ingenuamente pensé que este viaje nos volvería a unir, que al estar solos los dos y en un país extraño haría que vieras esas cosas que te hicieron enamorarte de mí. Sin embargo, poco a poco veo la realidad y entiendo que no me amas, no me amaste y nunca me amarás (de día no necesitas un faro). Lo que creía que era un amor profundo por mí era en realidad mi necesidad de tenerte en mi vida, un amor infinito que alcanzaba para los dos. Te faltó tanto amor por darme, tanto, que tuve que prestarte el que yo sentía hacia ti.
Me destruye tu indiferencia, me mata tu falta de interés. Hoy nos veo tan lejanos, tan ajenos, somos incompatibles, y por eso no entiendo cómo llegamos a estar juntos. Y eso me tiene cansado; luchar tanto, esforzarme hasta la ansiedad, para solo tener tu amarga indiferencia o tu crudo desprecio. No es que te ame menos lo que sucede es que entiendo que debo dejar de amarte. Nunca había sentido un dolor tan punzante como el que siento al entender que no vales la pena (al menos no conmigo). Espero que Dios ya tenga en nuestro futuro un destino lleno de felicidad, aunque claramente no será juntos. Conoceremos nuevas personas y tal vez —y solo tal vez— encuentres lo que nunca fui para ti, y yo encuentre a alguien que vea en mí eso que siempre vi en ti.













