Los días se tornaban más largos, se terminaba la época de ver las hojas caer y caminar sobre ellas imaginando que cada una era un humano, que se rompía la espina dorsal al caminar sobre ellos, ese pensamiento tendría que quedarse guardado hasta al siguiente año. Pero con el termino llegaba un periodo nuevo, el frío comenzaba a mostrarse en la cuidad, los árboles sin hojas, las luces de las personas que estaban prontas a recibir las épocas navideñas con alegría. Incluso Jeffrey se alegraba con la idea de poder conservar sus alimentos mucho mejor, sin necesidad de tener un límite de capacidad en su nevera.
Siendo un Wendigo no podía sentir dolor alguno con los cambios de temperatura, es por eso que con sólo una playera blanca delgada y una bufanda alrededor de su cuello se encontraba tendido sobre una calle, no tendría mucho sentido para todas las personas que caminaban por ahí, algunos coches ya se habían ido por no poder pasar, mucho más cuando nada de lo que hicieran provocaba que Jeffrey cambiara su posición. Justo en la acera de la parte derecha de la calle se encontraba su nuevo cachorro, un Schnauzer blanco con un suéter gris que parecía esperar sentado, vigilando que nada le pasara a la criatura.
Entre los pensamientos del castaño se encontraba el aburrimiento que sentía al no tener nada que hacer en el día, se la pasaba en casa o en las calles con el pequeño cachorro, cazando algunas ocasiones, cosa que no hacía con el canino por obvias razones. Nada diferente le pasaba desde aquella última pelea con su enemigo favorito. Pero de eso habían pasado un par de meses, se había dado por vencido por causar grandes catástrofes, nunca pensó que le faltara atención, pero dado que todos parecían dejarlo de lado por más peligroso que fuera, se dedicaba a cazar como siempre.
El aburrimiento lleva a conductas extrañas, y nada define mejor al Wendigo. Escuchaba todo a su alrededor, las personas susurrando palabras, preguntas, hablando sobre si estaba muerto dado que tenía los ojos cerrados o sólo era otro loco, algunos llamaban a la policía, otros sólo pasaban de largo sin darle importancia. El sonido de pasos más cerca llamó su atención, éstos se detuvieron lo cual molestaba al caníbal. — ¿Necesitas algo? — Dijo con tono de desinterés y sin abrir los ojos.
— Ésta es mi calle, búscatela tuya. — Frunció el ceño aún sin mostrar sus orbes. Le importaba un carajo si alguien quería pasar, todos eran demasiado buenos para no dejarse llevar por la locura o el enojo y arrollarlo, aquello era el objetivo de Jeffrey, quería saber si podría sentir algo siendo aplastado por una tonelada y media de metal, pero llevaba media hora sin resultado alguno. — Si tienes algún problema con ello puedes discutirlo con mi compañero. — Señalando al pequeño perro que se mantenía vigilante de su dueño.
El rumor se esparció como virus. Una señora llegó a la funeraria hablando de que había un cadáver en medio de la calle a unas cuadras al norte. El jefe de Cassandra parecía escéptico, que si bien ha visto la cifra de fallecidos aumentar en el último tiempo de manera catastrófica, ciertamente los encontraban en lugares mas privado o remotos (extraños). La banshee no había gritado, así que asume que al menos parece ser una tragedia de orden natural. Ella no es una persona que moriría por la curiosidad (no es un gato, dado el dicho) pero el ambiente era tenso en el lugar y le parecía una excusa excelente para ir a tomar aire. Ojalá fuera un cadáver; así podría trabajar sin que fuera molestada por nadie más.
‘¡Hey! ¡Aún tienes que esperar que vayan los forenses...!’ pero las protestas del hombre mayor que administraba el fúnebre negocio familiar terminó en el olvido a medida que la castaña se alejaba, siguiendo la dirección dada por la señora minutos atrás. No le costó encontrarlo porque casi veía una masa de gente alrededor de él pero cuidando sus metros de distancia, era un cuerpo tirado en la acera. A primera vista no era una imagen violenta o perturbadora, no había hedor a sangre, quizás fue sólo muerte súbita. Pero a medida que se iba acercando las cosas no concordaban, a una distancia se le podía ver buen color y si buen su pecho subía y baja de manera casi imperceptible, Cassandra que siempre ha estado rodeada de muerte; sabe reconocerla.
Claramente aquel hombre no era un cadáver. Por eso no salta como casi todo el mundo lo hizo cuando escucharon su voz. Pérdida de tiempo o no, aún era una buena excusa para cambiar de rutina.
Ella es callada, no tiene apuro a interrumpir, extrañada mas bien del comportamiento extravagante de su contrario, pero no hay respuestas. Sólo ‘niñerías’ a los oídos de la griega. No, no necesita una calle y no, no hablará con un perro.
“Me dijeron que había un cadáver.” Sincera, no tiene nada que perder ni tampoco una respuesta mejor. “Claramente fue sólo un malentendido.”
Con eso debería darse media vuelta y marchar, como el resto de las personas empezaron a ser cuando parecían decepcionados que la anécdota del cuerpo tirado sólo fuera un error de percepción.