Sí: no dirán que es una mala pregunta. ¿por qué habiendo tanto vemos tan poco? me paro a observar las luces (a veces, pero quiero dejar de hacerlo, saco fotos). el mundo es maravilloso (pero sí, lo sé, eso habla más de mi mismo, de como me siento yo ahora, que de la realidad del mundo que me circunda). ¿son los colores, los aromas, las arquitecturas que combinan el diseño humano y la espontaneidad de la naturaleza? entonces estoy hechizado: seducido por el mundo sensible, por la fantasía de aquello que atestiguo. ¿pero qué es sino? también existe un asombro por saberme vivo, por saber que reacciono ante esas sensaciones: me emociono, y la sensibilidad deja ya de ser un artificio del tacto, de la vista, del gusto y del olfato: la sensibilidad se convierte en una pestaña retractil, es un fotograma de esa otra cosa que me habita, que se apodera de mí, que existe cuando yo no existo, que existe más allá de mi existencia, y, que en el fondo, es la más tramposa de todas las realidades de las que llego a ser consciente: hablo del alma, del espíritu, de lo que sea, pero ese ser lo que sea, ese alma, ese supuesto e ilusorio espíritu, éso, bueno, qué otra cosa vamos a decir, éso no existe. luego: ¿es mentira que me emociono al ver un atardecer, gran cliché de poeta, pastiche de mí mismo, autoparodia? no: ¡no es mentira, no es mentira que me emociono! y mientras más veo, más me emociono. las aristas de la trampa están definidas: no existe el ser que se emociona dentro de mí, esa voz, ese pajarito llorón, ese bichito que me dicta sueños y vanas esperanzas; no existe pero no por eso es menos cierto que siento emociones, que hago drama, que me gusta que me cuenten un buen chiste, que me pongo nerviosa al jugar al ajedrez. todo eso es tan real como las manos que pulsan las teclas que ahora traducen el fluir de mi pensamiento a un sistema de signos; lo que no es real es que esas manos sean mías, pues yo no existo. pero existen, y esto ya no lo puedo explicar, este fragmento no es más que un gran rodeo que viene a comprobarlo, las emociones que yo siento. ¿cómo existen si no hay aquí dentro nadie que las sienta? ¿cómo llegan a ser reales? lo son, y ese es el gran misterio humano: que siendo nada, nos creamos una máscara, encajamos en un nombre (a veces hasta nos lo inventamos, aunque, por lo general y esto no deja de ser tristísimo, nos lo imponen al nacer), decimos ser inseguros, o tiernos o tímidos o voluptuosos y carnalmente sexuales, decimos que nos gustan los atardeceres y que nos da placer una buena derrota, una derrota digna, en una partida de ajedrez. somos nada, pero lo somos todo: todo encaja en nosotros, todo logramos que encaje, nuestro cuerpo se llena de insignias, cada piercing es un trofeo, cada tatuaje un manantial de recuerdos. pero llega una noche en que nos miramos recontra volados al espejo y ya no nos reconocemos: ya no somos nosotras las mismas que éramos. ante el cambio el logos occidental se queda sin reflejos: no hay respuesta, parmínedes no sabía nada del cambio, parmínedes se equivocaba, se equivocaba, se equivocaba. existen las máscaras porque no somos nada: no somos nada porque nos encubrimos en una máscara. no hay contradicción en el absurdo: del cero hacemos millones. siguen pasando los pájaros, siguen cayendo soles y soles y soles en atardeceres siempre distintos: nosotros somos los pájaros, nosotras somos los soles y somos los atardeceres (somos el mundo combinado, somo cada encuadre, cada composición que la vista abarca y que el resto de los sentidos degustan). lo somos todo, precisamente, porque no somos nada, somos un hueco, somos una carcasa, puro recipiente. la posiblidad del humane, es, entonces, infinita: así como hoy es un nudo, puede desatarse y pronto reanudarse, puede renacer a cada instante, es libre de matarse para reencarnar en la ficción de un nuevo espíritu. vemos, olemos, saboreamos, sentimos, nos emocionamos y al final, nada nos completa: vamos por el mundo buscando terminarnos y no comprendemos la esencia misma de nuestra trayectoria: nada tenemos, nada llevamos, con nada nos vamos, y así, siempre y siempre en espiral, girando sobre nuestros cuerpos, temblando ante nuestros genitales, muriendo de pena y muriendo de goce, renaciendo cada día pero creyendo siempre ser les mismes. no existen estos ojos que ven un atardacer maravilloso en la estación de gonnet, no existe ese supuesto ser que se emociona al verlo, no somos el celular que decide sacarle una foto; pero la realidad sigue existiendo: los ojos siguen mirando, la emoción persiste, la foto será una vaga fotocopia pero ahí arriba pueden verla; ante el espejo transtornado nos vemos y descubrimos el reflejo de unos ojos: es que existen esos ojos y existe esa mirada, pero no existe, nunca existió y nunca va a existir, el dueño o la dueña o le dueñe de esos ojos que se miran y se miran y no se cansan de mirar.