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@conoloralapiz
Cesará la horrible noche cuando defendamos la vida y las voces
<<Matemáticas para normalistas>>
Existen tendencias en el acompañamiento del aprendizaje matemático; hacer lo que siempre se ha hecho, valorar más el pensamiento numérico que los demás, establecer las mismas fórmulas o estrategias para la resolución de un problema o algoritmo. Estas tendencias dejan de lado preguntas que las personas que llegan nuevas al mundo y a la escuela en particular, no alcanzan a percibir, limitando la multidimensionalidad del área.
Podría ser una invitación sencilla; abrirse a nuevas formas de ser maestro de matemáticas, incluir el interés de los niños y niñas, proponer otras formas de desarrollo en los currículos que permitan relacionar el aprendizaje y no sólo dar el tema correspondiente al grado, entre otras.
Sin embargo, existen algunos “fantasmas” que limitan las anteriores ideas. El primero de ellos es la superficialidad con la que se abordan los temas en la escuela, por considerarse un tema como básico se establecen conceptos acompañados de ejercicios que no superan la ejemplificación y generan temor por parte del maestro al no tener la capacidad de acompañar preguntas emergentes. El segundo, la capacidad del maestro no se genera espontáneamente, ni en soledad y mucho menos cuando se tienen a cargo diversas áreas y niveles. Poder refutar las ideas que tuvo el maestro cuando fue estudiante (la manera como le enseñaron) requiere de otras experiencias en las que, si no se sabe, por lo menos se tenga la necesidad de buscar, qué buscar y dónde, más allá del recorrido básico que propone un libro escolar que falla en la conexión de contexto. Y el tercero, la idea que subyace popularmente: las matemáticas son fundamentales para la vida, pero se puede vivir sin ellas.
Mirar de frente a estos tres fantasmas es para mí una oportunidad valiosa. Soy maestra normalista, a quien encomendaron la proeza de acompañar a los niños y las niñas de Colombia en todas las áreas sin haber vivido la experiencia profunda en ninguna; también fui estudiante de matemáticas en mi escuela, de las que pasaron año tras año matemáticas como en un juego de Limbo, rozando la barra con fuerza y equilibrio; nunca me ha volado un avioncito de papel, y no estoy muy segura de utilizar palabras del campo matemático para describir un libro, una manzana o quizás un lápiz. Lo que sí sé, es que quiero hacerlo, quiero ser una maestra que amplíe las probabilidades de desarrollo de pensamiento, capacidad de análisis y lógica; una maestra que acompañe a las comunidades a enfrentar sus propios fantasmas y estén en capacidad de tomar decisiones, ver las probabilidades de una situación y no se dejen engañar por quienes pretenden confinar los conocimientos. “Saber no puede ser lujo” como dice Silvo R.
En las ventanas de la pandemia.
No voy a profundizar aquí el tema del anquilosamiento de la escuela o a las prácticas “obsoletas”. Ya otros han expuesto argumentos en contra y a favor de ideas como “la escuela debe modernizarse” y la de “antes había más respeto (silencio y obediencia)”. Ese ya ha sido un tema tratado en un sinfín de charlas, conferencias, capacitaciones y demás espacios dirigidos a maestros desde el afuera de la escuela.
El tema no se agota y es ineludible ampliarlo al debate con las familias. Sin embargo, no comparto ninguno de los dos lugares. En el primero, la modernización casi siempre se refiere a cambios hacia la “calidad” de la educación, vinculados con contrataciones, pruebas, requerimientos y exclusiones de mercado. En la segunda, hay una nostalgia de la escuela que funcionaba con la voz del maestro resonando desde una tarima, dictando las clases mientras los estudiantes escuchaban para “recibir el saber”.
Ni el tiempo pasado, ni el moderno, es garantía de una transformación en la educación o las relaciones. Desde los inicios de la escuela como espacio para el encuentro de personas de diferentes edades, motivaciones y miradas del mundo se han dado las experiencias más siniestras y otras generosamente esperanzadoras.
El punto no es la reinvención o el cambio por el cambio. Por encima de cualquier patraña que quiere imponer un nuevo sentido común o unánime, está la capacidad humana de imaginar, pensar, sentir, leer y decidir sobre lo que nos acontece.
En una familia de recursos económicos estables, familia de ciudad y campo, con siete o más hijos como la de mi mamá; la escuela era apenas un atisbo de igualdad, que no superaba la expectativa de educación primaria para las mujeres. Una especial motivación hacia el arte y la pedagogía en el caso de mi madre, estaba limitada por la idea de que la universidad era un “antro de perdición y libertinaje para las mujeres”, con el argumento de las buenas costumbres y el cuidado de los principios, las capacidades, deseos y sueños fueron reemplazados por el aprendizaje culinario, las claves para un matrimonio eterno y el cuidado de los niños en el mejor de los casos. Sin preguntas, ni acciones políticas, repitiendo y asumiendo los sentidos unánimes impuestos ¿tendríamos algún cambio?
Mi mamá formó con nosotros su propia escuela y siguió trabajando empíricamente por el arte, la costura y la lectura al margen de un alma mater. No obstante, la belleza de su fuerza no eclipsa las consecuencias para mi familia y la de muchas mujeres colombianas; secuelas económicas, educativas, culturales y políticas recaen sobre los hijos e hijas que, por suerte, alcanzan apenas un nivel mayor de formación al terminar la secundaria para ingresar a la vida laboral.
Retomando entonces la idea del cambio tan de moda por estos días de “reinvención”, en la que las mismas cosas que hacíamos antes tienen el apellido pandémico: ¿qué nos acontece con la condición de pandemia en la escuela? La escuela del espacio físico cerró, y se abrieron las pantallas de quienes las tenían para verse, para seguirnos comunicando.
Lo primero fue buscarnos, llamarnos y conocer el nivel de afectación y límite del derecho a la educación. Luego, para no fallar (no sé si a la institucionalidad o a las familias) se establecieron acciones de emergencia como los talleres con la información que se daba en la escuela; lluvia de materiales que pueden encontrarse en internet, fichas, cuestionarios, tareas y “evidencias” que llenaron de más angustia a familias y estudiantes.
Después llegó la decisión de adelantar las vacaciones para darnos un tiempo de reflexión y organización. Me quedé esperando el espacio para deliberar y escucharnos, las conversaciones entre maestras se dieron vía chat, pero rara vez estas conversaciones gruesas en pedagogía y argumentos de experiencia escalan el nivel categórico para la toma de decisiones en la escuela.
A manera de “directriz” las disposiciones llegaron como flechas lacerantes de la autonomía y la democracia en la escuela. Imagino a Freire revolcándose en la tumba cuando los espacios para conversar se fueron volviendo remedo de la relación entre el que sabe y el que no. El receptáculo de saber se extrapola a la relación directivo- maestro “llegan dardos de calidad y cumplimiento”.
Al parecer el maestro en tiempo de crisis no tiene la posibilidad de tomar decisiones consensuadas y reflexionadas, es más sencillo tomar la directriz y aplicar la forma. Lo más grave de todo es que el maestro se reconozca en esa relación y busque escalar el nivel para hacer los mismo con sus colegas.
La crisis de la emergencia en la escuela no cambió automáticamente las relaciones. Pero pantallas de reflejo si empezaron a develar las afectaciones para los sujetos que constituyen la escuela. Se abrieron ventanas entre sedes, se abrieron ventanas entre aulas y se abrieron las ventanas en las casas de las familias. Lo que implica una lectura desde otros puntos de vista, pero seguimos los que estábamos. Más allá de los medios, hasta ahora no hay garantías de reinvención.
Poco a poco nos fuimos juntando, también desde las directivas se acordaron espacios para el trabajo en equipo, porque mi postura aquí no es oponerme al liderazgo sino a la débil participación y democratización de la palabra en la escuela. Algunas reflexiones que se dieron al interior de los equipos de maestras y maestros fueron tomando fuerza en la voz de directivos docentes y la institucionalidad en general.
En estas condiciones reaparecen entonces preguntas que siempre han sido vitales en la escuela. Quiero enunciar aquí algunas de ellas.
¿Quién enseña y quién aprende?
La escuela no debe confundirse con espacio físico, así como el estudiante no puede confundirse con la tarea entregada, ni el maestro como la personificación del saber histórico de la humanidad. La multiplicidad de relaciones son las que hacen la escuela. Vínculos que se tejen desde la idea de acompañarse para aprender. Acompañarse en el aprender.
Cada quién hace una lectura de su propia experiencia, diversa y singular como su ser. La experiencia del maestro en este sentido comparte estas condiciones de singularidad, y también comparte miedos y sentidos que han sido impuestos e intentan mantener congelado el estado de las cosas.
Leer no es repetir una idea, y este gesto de repetición contrasta muchas veces con la realidad que el maestro inevitablemente devela en la relación cotidiana. Este choque entre la acción repetitiva, sin resonancia, genera sinsabores, pero es la clave para la pregunta.
En este sentido una de las ideas que se repite a pesar del conflicto, intentando evadir su resolución es la jerarquía del saber entre el maestro y el estudiante.
Hay diferentes posturas desde donde miramos y sentimos esta experiencia los maestros y maestras. Podríamos tener un enfoque de productividad bajo valores construidos o impuestos. Pero también está el lugar de la pregunta por la pedagogía en el sentido de construcción social, lo que implica acompañar de manera respetuosa ideas y construcciones heterogéneas que enriquezcan las lecturas particulares que cada persona hace.
Desde la pregunta de quién enseña y quién aprende, la participación es un reconocimiento de la palabra y las palabras, en la escuela y la del maestro entre ellos. Esto permite reconocer diversas voces, sentidos y lentes con los que se mira el mundo, en virtud de la autodeterminación y la libertad.
Según Freire las ideas un estado opresor se movilizan como sentidos únicos y válidos y se implantan en la mente de las personas por medio de la escuela. La educación bancaria en la que los estudiantes son recipientes vacíos a quienes se les llena de información digerida y se les evalúa desde la capacidad de repetir ideas en consonancia con quien tiene la palabra como “único que sabe”.
El educador piensa y los educandos memorizan y repiten.
El maestro es el que habla y los estudiantes escuchan.
El educador dicta las reglas y el educando se ajusta a ella.
Estos gestos poco a poco toman matices de cambios. Sin embargo, todavía cuesta el movimiento. El sistema bancario acostumbra a pensar desde una sola forma y se tiende a evitar la controversia, perdiendo capacidad de analizar, se va generando una cultura del silencio.
¿Hay aprendizaje con motivaciones impuestas?
Si ya en las aulas podían pasar años sin que a muchos estudiantes les interesara la historia, las matemáticas, la lectura, o el arte, la condición de escuela en casa parece no aumentar las cifras.
La palabra en la escuela es más que el instrumento de transmisión de conocimientos, el núcleo vital que le da sentido al encuentro pedagógico.
La palabra del niño, la niña, la juventud y los maestros. Siendo así la palabra dicha y escrita. En el debate se ganan comprensiones e ideas, la palabra es termómetro para la participación. Siguiendo a Freire, la fuerza de la palabra y la conversación, el reconocimiento del otro le permite al maestro descubrir los temas generadores sobre lo que cuestiona a los sujetos, motivaciones, preguntas, la experiencia propia y particular de las vidas.
Cada generación que llega es acogida por los que ya estaban y soportada por quienes ya no están. Los principios de la escuela se basan precisamente en acompañar a los “nuevos” en el aprendizaje para que se reconozcan en su condición humana, histórica y para que no solo hagan parte, sino que tomen y formen parte de la sociedad, participando. Esto implica una relación directa de la vida de cada quién con su condición histórica, económica y política, no la información que busca ser repetida como única verdad y que no confronta la existencia.
La calificación, por ejemplo, es un vano intento de medir la formación de los sujetos y los que les pasa. La evaluación como proceso formativo, está en consonancia con la participación, desde el análisis que hace cada persona de su propio proceso, una evaluación para el aprendizaje. La evaluación es una asunto ético y político que pone en marcha el lugar del maestro que excluye o muestra los lugares para habitar en la experiencia de aprender.
¿Qué lugar ocupa la familia en la participación?
Afortunadamente, en muchos casos, los talleres estuvieron acompañados por preguntas más profundas y esenciales de la escuela. La pregunta por el sentimiento, la condición y la realidad de cada familia.
No ha sido fácil. Muy pocas familias están listas para ser mediadoras o carecen de condiciones para hacerlo (tiempos, recursos, conocimientos). Las madres por ejemplo tienen tres lugares de acción que la emergencia puso en conflicto; tareas de la casa, el acompañamiento y las responsabilidades laborales.
Las críticas que le hacemos a las familias al interior de los encuentros de maestros son a la vez el espejo en el que nos miramos como escuela. Surgieron preguntas por los intereses de la familia, ¿Qué priorizan cuando tienen internet? Si tienen para poner estados ¿Cómo no tienen para enviar las tareas? ¿Qué sucede con los que tienen las condiciones para vincularse a la virtualidad y no quieren? Estas preguntas pueden ser respondidas dando por hecho que nos les importa o puede profundizarse reconociendo a ese otro, indagando y generando compromisos desde la participación. También es importante reconocer que es un proceso y puede avanzar poco a poco.
Muchos maestros y maestras se han dedicado a conversar con las familias, a acompañar sus vidas. Esas relaciones y esa mirada del maestro no aparecen en la situación de crisis de la noche a la mañana, también es un proceso de confianza y compromiso social que venía y se ha ampliado hacia las familias.
Estas conexiones son importantes para fisurar el muro de desconexión que ha creado el sistema de mercado que le coquetea a la escuela. Grandes fisuras están tomando fuerza y no son solo iniciativas para ser celebradas, son posturas políticas.
Siempre ha sido el momento para fortalecer la participación de las familias en la escuela y este ha sido un reto de la emergencia si se quiere fortalecer la relación y la valoración de la sociedad por la educación.
Es apenas predecible que las familias asuman las palabras del maestro como lugar de saber en ocasiones irrefutable, Estamos ante una sociedad que se acostumbrarse a no opinar. Caldo de cultivo para la culpa y la vergüenza sobre el saber. Acomodarse a la realidad es una de las consecuencias que la escuela tiene como sustrato de la relación con las demás jerarquías.
No tener capacidad para pensar es un lugar que la familia y los estudiantes se ubican. ¿existe acaso un plano de verticalidad?
Si la emergencia sanitaria mundial ahonda la desigualdad, las brechas de condiciones para la vida digna ¿por qué los maestros ahondarían más esa brecha?
No es una decisión de las personas tener las condiciones que tienen para sobrevivir, las garantías de empleo están además en declive por las condiciones de contratación y la poca capacidad del estado para garantizar una formación para la vida más allá de ser operadores de una fábrica o call center en los que los contratos no superan los dos meses.
La experiencia particular del maestro, que también aprende, implica retos, quiero terminar enunciando algunos de ellos:
La transformación profunda del sistema educativo.
Considerar a los estudiantes como personas capaces e inteligentes y también a las familias. Personas pensantes, inteligentes y capaces que están inmersa en el consumismo.
Identificar las causas, las consecuencias y el porqué de las cosas. Analizar las situaciones que nos pasan para problematizar la realidad.
Un diálogo abierto, franco y permanente.
La relación democrática de la escuela implica tener autoridad como educador en cuanto a la legitimidad de su saber, que lidera y acompaña con preguntas, pero no suplanta el pensamiento hacia la repetición unánime de las ideas.
Actitud democrática, esfuerzo permanente, franco y honesto de buscar consensos. Que lleguemos a acuerdos a partir del debate.
El amor verdadero y auténtico de los que hacemos.
Diana Carolina Marín Suárez
Docente de primaria
Secretaría de educación Medellín
Crónica. ¡Qué siempre sea recreo!
Matías ha llegado a la escuela con una sonrisa tierna y traviesa, sus ojos achinados brillan de la emoción al volver a ver a sus amigos, abraza a su mamá y camina hacia el salón de clases con otros 36 niños y niñas, de los que cuales sólo conoce tres. Él como muchos compañeros están un poco confundidos, esperaban estar con el mismo grupo y la misma maestra de preescolar, con quienes habían compartido el año anterior ¿Quiénes mejor que los niños para saber que los lazos del corazón toman tiempo y cuidado?
Niños y niñas se amontonan, compiten por tener el mejor lugar, casi siempre el que otro ha tomado como suyo, sin embargo, ninguno tiene nada de privilegiado y menos tratándose de un círculo. Entre canciones y juegos Matías se va retirando cautelosamente del círculo y se queda al margen, su mirada retadora, un pie en la silla y el otro en el piso hablan de su desgano, remeda las canciones reafirmando que no son de su gusto. Mira a sus amigos con gestos chistosos que a todos llama la atención, la profesora lo sigue con la mirada y decide seguir el juego, o por lo menos, entenderlo. Matías se acerca para hablar con Juan Pablo, cuchichean, miran de reojo y al estilo Tom Sawyer caminan hacia la puerta para salir corriendo y escapar.
La profesora invita a sus estudiantes a conocer el colegio mientras piensa dónde pueden estar estos dos traviesos. Nadie debería estar obligado a estar y hacer lo que no quiere, pero estar juntos requiere acuerdos, para cuidarse, para estar con los otros. En esto piensa mientras se encuentra en la cancha con un partido de fútbol de arquerías imaginarias y botella como balón, Tom y Huckleberry Finn los dos sin camisa, corren y, sin importar quién le mete gol a quién, se abrazan y celebran, sin una pizca de nervios aparente enfrentan la mirada de los recién llegados.
Montones de ojos interrogan a la profe, el grupo no se decide entre unirse al juego o esperar el regaño, “como debe ser”, para mirar con desdén a los “necios”. Pero contrario a todo pronóstico las manos se unen para hacer la ronda y jugar al gato y el ratón. Pasan los días y todavía la maestra no ha tenido una conversación con Matías, apenas lo oye de lejos cuando está con sus compañeros, cuando grita sus desacuerdos o se disculpa por los voleos de agua o su falta de cuidado con los demás. Una tarde de recreo, niños de primero, otros de segundo y hasta los de quinto se acercan a la profesora y con tizas en mano se construye una golosa, se explican las reglas y se entregan las tapas, todo está listo, Matías lanza, salta, gira y pregunta – ¿profe así? El corazón de la profesora vibra, aquí empieza un nuevo lazo, la posibilidad de escucharse y acordar.
Antonio
Los últimos meses del año parecen duplicar secretamente la velocidad de los días, apenas es martes y todavía tengo la sensación de quedar en falta con los pendientes del domingo: jugar con mi hijo, acompañarlo en sus tareas, cocinar juntos, bailar, familia, los amigos, el tiempo para planear los encuentros en la escuela y leer, el tiempo para no hacer nada. Hoy, segundo martes de octubre, justo después del descanso, se siente el miércoles como advertencia de otra semana por tachar. La escuela también carga los afanes del fin de año y la burocracia, entre protocolos, notas, observadores y papeleo se van los días. Como si la memoria, la conversación, el juego y la experiencia de vivir juntos pudiera contenerse en actas y diarios de procesos.
La escuela huele a noche, empieza a oscurecer en las montañas de San Antonio de Prado, son las 4:15 de la tarde, grandes y fuertes goteras advierten el aguacero que se aproxima. En nuestro salón de primero, cada uno encuentra su lugar para observar con la mayor sensibilidad y espíritu científico el granizo que choca en las ventanas. En el vidrio el vaho se vuelve lienzo, por la puerta entran canicas de hielo y se arman los duelos, otros catan el helado más simple. “Profe ya son las 5 y cuarto” irrumpe la voz de Martín que con mucho cuidado cumple con su rol como guía del tiempo esta semana en el salón. Mientras guardamos y ordenamos un poco, escuchamos los truenos que activan gritos y risas infantiles, son la prueba de la emoción extendida por todos los salones. La salida parece una fiesta para casi todos los niños y niñas que gozan con botas y sombrilla, los que saben que por saltar charcos no se acaba el mundo. Pero no todos tienen sombrilla, ni zapatos para cambiarse, muchos aún esperan que en casa haya alguien que venga por ellos.
Salgo como sin afán, pensando en mi casa y en mi hijo, me invaden las ganas de verlo, pero camino lento como alargando el momento para hablarle de mi tristeza, de la angustia que me invade cuando la emoción me desborda y lo lastimo, necesito sentirlo. En la cabeza me retumba el dicho “casa de herrero, cuchillo de palo”, esta mañana le grité y hasta lo empujé, lo que siento es impotencia me repito en la mente cuando siento el cansancio del día en lo pesado de mi morral y la debilidad de mi cuerpo conmovido.
Berta, profesora de segundo, camina de la mano de Kevin, - “un niño de primero 3 que se quedó” -dice ella mientras camina hacia la puerta de la escuela como devolviendo el niño. – “Lo iba a llevar, pero me dijo que era cerca y ahora dice que derecho por un potrero, tendría que llamase a la policía, porque ni teléfonos tiene”. Le digo que puedo encargarme y ella se despide pensando en su familia que la espera en casa.
A Kevin todavía le quedan en el pelo gotas del aguacero eufórico y juguetón de la salida, pero ahora las gotas se confunden con las lágrimas, trato de tranquilizarlo y le prometo acompañarlo hasta la casa, me cuenta que algunas veces se ha ido sólo, muy pocas, pero hoy el papá dijo que vendría a recogerlo. Son las 6:30 pm y Kevin con apenas siete años me guía por potreros oscuros, una pareja de jóvenes fumando por el camino nos saludan entre sorprendidos y curiosos. Alumbramos con el celular lo poco que se puede para no caer deslizándonos en el pantano, subo con su ayuda cercas de púas y pequeños nacimientos. Al llegar “Chicho” es recibido con una falsa sorpresa, puedo ver en el rostro de la madrina del niño un asombro color sarcasmo, una situación inesperada que habría de esperarse, en su casa si son unos irresponsables, ya mismo llamo para que bajen por usted- son las palabras que confirman el gesto. Me despido de Chicho, Kevin como le llamamos en la escuela, no sin antes pedir el número de la casa del niño para hablar con la familia.
Natalia, la hermana mayor de la casa contesta el teléfono entre música y ruido no muy claro; me presento, explico la situación, ella se disculpa y asiente cuando anuncio que: “sus papás deben presentarse en la escuela, para hablar del cuidado del niño”. Ella responde con una sarta de quejas que le pesan como vieja con joroba en su voz de adolescente, habla con la certeza de saber que no está bien lo que sucede con Kevin, habla de las drogas, el alcohol de su padre, el trabajo duro y el poco tiempo que tienen la madre, de lo difícil que es cumplir con los tiempos y los cuidados en la casa, con sus hermanitos. Dirá el encargo, pero no asegura que alguien asista a la escuela, hay otras prioridades para las familias, el sustento diario, por ejemplo.
¿Cuántos riesgos de vulneración pueden tener los niños y niñas que viven en casa situaciones de pobreza, hambre, adicciones y falta de cuidado? ¿Qué relación tienen los adultos y los niños en familias que las condiciones no les dan la tregua de una conversación? ¿Kevin tendrá quizás a quien contarle lo divertido que fue ver el granizo a la salida? La comprensión de infancia en la humanidad y la manera como se conciben sus derechos, en integridad y dignidad se ha transformado con las preguntas y las construcciones éticas de tiempos y épocas, jalonadas por lo jurídico o por la convivencia con otros, por sensibilidades y generaciones diversas. En la Roma antigua Tiberio enseñaba a niños de tierna edad, a los que llamaba sus pescaditos, a jugar entre sus piernas mientras se bañaba. A los que no habían sido destetados, pero eran fuertes y sanos, les metía el pene en la boca (Rozanski, 2003). En la Edad Media los niños eran cedidos a otras familias y hasta eran vendidos como esclavos, trabajaban duro, como adulto pequeño, en falta de fuerza y habilidad, en falta de autonomía, en falta de palabra y reconocimiento.
El poder otorgado culturalmente de mayores hacia menores no establece una relación de cuidado y digna autoridad. Las relaciones jerárquicas dadas como consagración real, porque ha así ha sido y debe ser; adultos por encima niños, hombres sobre mujeres, padre fuerte y madre débil, mayor sobre menor; ponen en amenaza el trato cuidadoso que se merece entre las personas, relaciones que parten del reconocimiento del otro más allá de los estereotipos sociales de opresión y abuso de poder. Sin diagnóstico ni procesos por ahora, se percibe negligencia de la familia en el cuidado de Kevin, una de las cinco clases de maltrato infantil (Ferré, 2006), al lado del abuso sexual, físico, psicológico o emocional que pueden sufrir los niños y niñas.
Casi llego a casa después de 2 horas de salir del colegio, con los zapatos embarrados, el corazón arrugado y otro aguacero con granizo que se precipita en mis ojos. Esta noche habrá una tertulia sin programar, una conversación que durante hora y media atraviesa mi infancia, las frustraciones de mi vida como estudiante, madre, mujer, maestra, también vienen al discurso recuerdos y concatenaciones que traen a la memoria gritos y empujones de la disciplina que mi mamá instauró en sus hijos, hablamos de las fallas, de los descuidos, de la disciplina; mi mamá con un taco en la garganta reconoce la violencia que ha atravesado las crianzas, se atreve a cambiar de lentes para mirar el pasado y más bondadosa aún, se dispone a soltar el miedo, a manifestar que se imitan las formas y se repiten los modos. Los años y la memoria pulen el carácter y alimentan una autoridad que como abuela prescinde del rejo.
Entre las características de los padres maltratadores y de los niños en alto riesgo de maltrato están: ser previamente maltratados o abandonados de niños; menor de veinte años en el momento de nacer su primer hijo; padre o madre que vive sin su pareja, el compañero no es el padre biológico del menor; aislamiento social, migración frecuente, malas condiciones de vivienda; pobreza y/o desempleo, trabajador sin calificación, pobre educación; abuso de drogas y/o alcohol. (Ferré, 2006) sin contar con las características que en los niños y niñas puede aumentar la probabilidad de ser maltratados, como una enfermedad crónica o alguna situación de discapacidad.
Antonio, mi hijo, uno de mis maestros, me cubre en un abrazo fuerte y sincero, me dice que me entiende, sabe que yo estoy aprendiendo a ser mamá, como lo hizo la mía. Yo le prometo trabajar en mi emoción, nunca más maltratarlo, ser cuidadosa en la palabra y el gesto.
Muchos niños y niñas viven como Kevin o como Antonio; como Sara, Martín o Felipe. Pueden abrirse muchos procesos y rutas de atención en maltrato denunciado, algunas acciones de protección ayudan a mitigar los daños, pero el lugar del otro, reconocer sus miedos, sus representaciones, su vida, digna, querida; es la lucha por la palabra como punto de acuerdo, el cuidado y la escucha como el mejor aprendizaje que por la experiencia se aprenda y se herede.
En la escuela reconocemos las crisis de las demás instituciones estatales, se acompañan como paños de agua tibia problemáticas sociales complejas (salud física, mental, garantía de derechos, condiciones laborales, violencia intrafamiliar, entre muchas otras) La crisis social de vulneración de derechos y poca inversión social en Colombia, configura la raíz de los problemas, sin embargo, la defensa de las relaciones de cuidado, el reconocimiento de la historia personal y con ella, los prejuicios y prácticas carentes de sentido que se puedan cuestionar y revaluar, podrían ampliar los niveles de participación y escucha en las casas; fortalecer gestos familiares como jugar juntos o conversar es la posibilidad de experimentar al otro. Niños, niñas y adolescentes deben contar con el reconocimiento y su derecho a ser sí mismos para escuchar, debatir y acompañar desde el amor.
Un martes como hoy, en la escuela del afán, hubo tiempo para detenerse y ver la infancia como otro, que no es adulto, que tiene presente.
Trabajos citados
Ferré, I. C. (2006). Manual basico para el diagnóstico y tratamiento del maltrato infantil. . Bogotá: Save the Children - Reino Unido.
Rozanski, C. A. (2003). Abuso sexual infantil. ¿Denunciar o silenciar? Buenos Aires: Ediciones B.