Que día tan pesado.
—Cuando su espalda quedó contra la puerta soltó un jadeo de sorpresa. Sintió cómo su corazón y su sangre comenzaban a bombear en su cuerpo con rapidez, sintiendo una excitación recorrerla por completo. Siguió con el beso, tratando de contener el gemido que se formaba en su garganta cuando la rubia comenzó a acariciarla en el abdomen, sin embargo cuando las yemas de los dedos de la chica comenzaron a trazar patrones no pudo controlarlo y el gemido salió, resonando por las paredes del local ahora vacío. Su cuerpo ardía con el deseo, sentía que si no paraban ahora, entonces ya no podría detenerse. Sus caderas comenzaron a rodar de manera circular y estaba consciente de que sus mejillas se habían tornado de color rojo carmesí. Intentó aliviar el escozor entre sus piernas de alguna manera y con decisión tomó la cintura de Dani entre sus manos, chocándola contra su pelvis. Un gemido más se le escapó de los labios debido a la nueva sensación de placer, Ya no había vuelta atrás. No había poder humano (o inhumano) que la separase del cuerpo de la rubia—.
—El calor y la excitación le nublaron los sentidos apoderándose de su cuerpo. Aquél gemido la tomó por sorpresa, se separó unos segundos de los labios ajenos y relamió los suyos mientras contemplaba aquél rojo carmesí en las mejillas de Santana. Se sostuvo de los costados de esta por las uñas al momento que sus pelvis chocaban y soltó un gemido producto del placer. Sus labios bajaron al cuello de la morena, comenzó besando delicadamente el largo de este, mientras sus dedos se encargaban de acariciar la parte contraria; su boca subió a la oreja de chica y delineó su contorno con la punta de la lengua, para luego tomar entre sus dientes el lóbulo, mordiéndolo con delicadeza. La rubia no iba a detenerse, no quería. Nadie iba a impedirle que recorriese cada centímetro del cuerpo de la morena.—
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