«La rapidez y la eficacia con las que el cristianismo se introdujo en el mundo mediterráneo y la agilidad con que promovió el diálogo cultural nos muestran que esa nueva religión se presentaba como una comunidad de culto articulada como un sistema de lenguaje. Pertenecer al cristianismo implicaba ser adoctrinado en un conjunto de códigos -gestual, metafórico, de sistemas narrativos, entre otros- que incluían el aprendizaje de la compleja historia de la salvación (cuya fuente se encontraba en la Escritura judía, con sus personajes y los acontecimientos que configuran la historia de la religión judía), los relatos de la acción de Cristo en el mundo, sus nombres e imágenes de culto, la caracterización del tiempo presente como tiempo escatológico, la adquisición de un conjunto de expectativas sobre el final de los tiempos, la caracterización del mundo existente y de sus estructuras a partir de un paradigma dualista, la organización de los miembros de esta nueva religión como comunidad, familia, politeuma, etc. Este conjunto de códigos era transmitido de una manera intensa, junto con la predicación sobre el Mesías Jesús. Estos elementos fueron codificados en una especie de koiné básica que, a pesar de las diferencias y variantes internas -que no eran pequeñas-, mantenía a las comunidades unidas por medio de códigos visuales, rituales, prácticas sociales y una intensa producción de textos».
Paulo Nogueira, El cristianismo primitivo como religión popular, Sígueme, España, 2019, p. 31