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Dru: I have to tell you what happened, you’re going to shit bricks
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dru: i’m cold.
ash: like my heart.
dru: now is not the time to debate which one of us is more dead inside.
India
Noble Parentela.
—Bien, ¿cuándo se firmaron los primeros Acuerdos? —preguntó Addison—. ¿Y qué efecto tuvieron?
Era un día demasiado luminoso para concentrarse. El sol entraba por las altas ventanas e iluminaba la pizarra ante la cual Addison iba de un lado a otro dándose golpecitos en la palma de la mano con una estela. El tema de la lección estaba escrito en la pizarra en una letra casi ilegible: Emma distinguía las palabras «Acuerdos», «Paz Fría» y «Evolución de la Ley».
Emma se había despertado con una sensación de vacío en el estómago y las manos doloridas de estrujar las sábanas.
También Iglesia la había abandonado en algún momento de la noche. Estúpido gato.
—Se firmaron en 1872 —contestó Maeve—. Eran una serie de pactos entre las diferentes especies del Mundo de las Sombras y los nefilim, destinados a mantener la paz entre ellos y establecer unas reglas comunes.
—También protegían a los subterráneos —añadió Jules—. Antes de los Acuerdos, si los subterráneos se peleaban entre ellos, los cazadores de sombras ni podían ni querían intervenir. Los Acuerdos garantizaron nuestra protección a los subterráneos. —Calló un instante—. Al menos hasta la Paz Fría.
Emma recordó la primera vez que había oído lo de la Paz Fría. Julian y ella se hallaban en la Sala de los Acuerdos cuando se propuso. El castigo a las hadas por su papel en la Guerra Oscura de Sebastian Morgenstern. Recordó sus propios sentimientos contradictorios. Su padres habían muerto debido a la guerra, pero ¿Por qué Mark y Helen, a los que quería, debían sufrir ese castigo tan solo por tener sangre de hada en las venas?
—¿Y dónde se firmaron los términos de la Paz Fría? —preguntó Addison.
—En Idris —respondió Livvy—. En la Sala de los Acuerdos. Todo el mundo que suele asistir a los Acuerdos debía estar allí, pero la reina seelie y el rey noseelie no se presentaron, así que se modificó y se firmó sin ellos.
—¿Y qué significa la Paz Fría para las hadas? —Addison miró directamente a Emma. Ella posó la mirada en la mesa.
—Los Acuerdos ya no protegen a las hadas —contestó Ty—. Está prohibido ayudarlas, y ellas no deben tratar con los cazadores de sombras. Solo el Escolamántico y los centuriones pueden tratar con las hadas…, y la Cónsul y el Inquisidor.
—Cualquier hada con un arma será castigada con la muerte —añadió Jules. Parecía agotado.
—¿Y qué es la Clave, Tavvy? —Era una pregunta demasiado elemental para el resto, pero Tavvy parecía alegrarse de poder contestar algo.
—El gobierno de los cazadores de sombras —dijo—. Todos los cazadores de sombras en activo están en la Clave. Los que toman decisiones forman el Consejo. Hay subterráneos en el Consejo, cada uno representa a una raza diferente de subterráneos. Brujos, licántropos y vampiros, etc.
—Muy bien —aprobó Addison, y Tavvy sonrió de oreja a oreja—. ¿Puede decirme alguien qué otros cambios ha introducido el Consejo desde el final de la guerra?
—Bueno, la Academia de cazadores de sombras se volvió a abrir —respondió Emma. Ese era un territorio conocido para ella. La Cónsul la había invitado a ser uno de los primeros alumnos. Pero ella había elegido quedarse con los Blackthorn—. Ahora se entrena allí a muchos cazadores de sombras, y también a un montón de aspirantes a la Ascensión, mundanos que quieren convertirse en nefilim.
—Se ha restablecido el Escolamántico —añadió Julian. Existía antes de la firma de los primeros Acuerdos, y cuando las hadas traicionaron al Consejo, este insistió en reabrirlo. El Escolamántico se dedica a la investigación, forma centuriones…
—Imaginen cómo debía de ser el Escolamántico durante todos esos años que ha estado cerrado —dijo Dru, con los ojos brillantes como si estuviera viendo una película de terror—. Perdido en las montañas, del todo abandonado y oscuro, lleno de arañas, fantasmas y sombras…
—Si quieres pensar en algo que realmente da miedo, piensa en la Ciudad de Hueso —intervino Livvy.
—Me gustaría ir al Escolamántico —intervino Ty.
—A mí no —replicó Livvy—. Los centuriones no pueden tener parabatai.
—De todas formas, me gustaría ir —insistió Ty—. Podrías venir tú también, si quieres.
—No quiero ir al Escolamántico —afirmó Livvy—. Está en medio de los Cárpatos. Hace mucho frío, y hay osos.
A Ty se le iluminó el rostro al oír hablar de animales.
—¿Hay osos?
—Basta de charla —terció Addison—.
[...]
Throwback: Idris, 2011. 《LA GUERRA OSCURA》.
A los doce años, su amigo Julian Blackthorn mató a su padre. Hubo, claro, circunstancias atenuantes. Su padre ya no era su padre. Era un monstruo con la cara de su padre.
Emma había visto mucha sangre derramada, más de la que cualquier niño de doce años debería ver. La culpa era de Sebastian Morgenstern. Él había sido el cazador de sombras que había iniciado la Guerra Oscura, el que había empleado hechizos y trucos para transformar a cazadores de sombras normales en máquinas de matar sin voluntad. Un ejército a su servicio. Un ejército para destruir a todo nefilim que no se uniera a él.
Julian, sus hermanos y Emma habían estado refugiados en la Sala de los Acuerdos. Era la más grande de Idris, y se suponía que podía impedir la entrada a los monstruos. Pero no pudo evitar que entraran cazadores de sombras, aunque hubieran perdido el alma.
La enorme puerta de doble hoja había reventado y los Oscurecidos habían entrado en avalancha, y como un veneno liberado en el aire, allí adonde iban los seguía la muerte. Abatieron a los guardias, abatieron a los niños a los que estos protegían. No les importaba. No tenían conciencia.
Estaban adentrándose en la sala. Julian había tratado de reunir a sus hermanos en un grupo: Ty y Livvy, los serios mellizos, Dru, que solo tenía siete años, y Tavvy, el bebé. Se plantó ante ellos con los brazos abiertos, como si así pudiera protegerlos, como si pudiera crear una muralla con su cuerpo para detener a la muerte.
Y entonces la muerte se puso ante él. Un Oscurecido, con las runas demoníacas ardiéndole en la piel, enredado cabello castaño y ojos de color verde azulado inyectados en sangre, el mismo color que los de Julian.
Su padre.
Julian buscó a Emma con la mirada, pero ella estaba luchando contra un guerrero hada, feroz como el fuego, con su espada, Cortana, destellándole en las manos. Julian quería ir a su lado, lo necesitaba desesperadamente, pero no podía dejar a los niños. Alguien tenía que protegerlos. Su hermana mayor estaba fuera; a su hermano mayor se lo había llevado la Cacería. Tendría que ser él.
Entonces fue cuando Andrew Blackthorn llegó hasta ellos. Cortes ensangrentados le marcaban la cara. Su piel parecía floja y grisácea, pero agarraba la espada con firmeza y tenía la mirada clavada en sus hijos.
—Ty —llamó, con una voz grave y áspera. Y miró a Tiberius, su hijo, con un ansia rapaz en su mirada—. Tiberius. Mi Ty. Ven aquí.
Ty abrió mucho los ojos. Su melliza, Livia, lo agarró, pero él trató de avanzar hacia su padre.
—¿Papá? —dijo.
El rostro de Andrew Blackthorn pareció partirse en dos con su mueca risueña, y Julian pensó que podía ver a través de ella la maldad y la oscuridad de su interior, el pestilente núcleo de horror y caos que era lo único que animaba el cuerpo del que en un tiempo había sido su padre. La voz de su padre se alzó en una especie de canturreo: «Ven aquí, hijo mío, mi Tiberius…».
Ty dio otro paso adelante, y Julian desenvainó la espada que le colgaba del cinto y la lanzó.
Tenía doce años. No era especialmente fuerte ni especialmente hábil. Pero los dioses que pronto lo odiarían debieron de sonreírle en ese tiro, porque la espada voló como una flecha, como una bala, y se clavó en el pecho de Andrew Blackthorn, tirándolo al suelo. Murió antes de chocar contra el mármol, y su sangre se extendió como un charco rojo oscuro.
—¡Te odio! —Ty se lanzó sobre Julian, y este abrazó a su hermanito, dando gracias al Ángel una y otra vez de que Ty estuviera bien, respirara, pataleara, le golpeara el pecho y lo mirara con ojos llorosos y enfadados—. Lo has matado. Te odio. Te odio…
Livvy lo cogió por la espalda y trató de apartarlo. Julian notaba la sangre de Ty corriéndole por las venas, el ir y venir de su pecho; notó la fuerza del odio de su hermano y supo que eso significaba que Ty estaba vivo. Todos estaban vivos. Livvy, con sus suaves palabras y sus manos tranquilizadoras; Dru, con sus enormes ojos aterrorizados, y Tavvy, con sus lágrimas de incomprensión.
Y Emma. Allí seguía ella.
Había cometido el más antiguo y fatal de los pecados: había matado a su propio padre, a la persona que le había dado la vida.
Y volvería a hacerlo.
«La venganza es una compañera despiadada».
Al parecer, Ty, Livvy, Dru e incluso Tavvy habían estado muy ocupados. Dru había extendido mapas por todo el suelo. Tavvy estaba junto a una pizarra con un rotulador en la mano, y apuntaba cosas que podrían serles útiles, si lograban descifrar las notas de un niño de siete años.
Ty estaba sentado en la silla giratoria ante el ordenador y movía los dedos rápidamente sobre el teclado. Livvy estaba sentada en la mesa, como hacía a menudo; Ty trabajaba mejor con ella allí, totalmente consciente de su presencia mientras que al mismo tiempo se centraba en la tarea que estuviera realizando.
—Así que has encontrado algo, ¿no? —preguntó Julian cuando entraron.
—Sí. Un segundo. —Ty alzó la mano de forma imperiosa—. Pueden hablar entre ustedes, si quieren.
Julian sonrió de medio lado.
—Eres muy amable.
Maeve entró corriendo, trenzándose el pelo húmedo. Se había duchado y se había puesto unos vaqueros y una blusa de flores.
—Livvy me ha dicho…
—Shhh. —Emma se llevó el dedo a los labios y señaló a Ty, que miraba fijamente la pantalla azul del ordenador.
La luz del monitor le iluminaba los delicados rasgos. A Emma le encantaban esos momentos en los que Ty jugaba a ser un detective. Se adaptaba muy bien al papel, al sueño de ser Sherlock Holmes, quien siempre tenía todas las respuestas.
Maeve asintió y se sentó en un pequeño sillón tapizado junto a Drusilla.
Malcolm se sentó en un sillón con algunos parches.
—Bueno, si tenemos que esperar… —dijo, y comenzó a escribir en su móvil.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Emma.
—Pedir una pizza a Nightshade —contestó Malcolm—. Tienen una app.
—¿Una qué? —preguntó Dru.
—¿Nightshade? —Livvy se volvió hacia él—. ¿El vampiro?
—Tiene una pizzería. La salsa es divina —aseguró Malcolm, besándose los dedos en un gesto de aprobación.
—¿No te preocupa lo que pueda haber en ella? —preguntó Livvy.
—Los nefilim son tan paranoicos… —exclamó Malcolm, y siguió con su pedido.
Ty carraspeó para aclararse la garganta, y giró la silla para quedar frente a todos los demás. Los otros se habían instalado en sofás o sillas, excepto Tavvy, que estaba sentado en el suelo bajo la pizarra.
—He encontrado algunas cosas —dijo Ty—. Definitivamente hay noticias de cadáveres que concuerdan con la descripción de Emma. Las huellas dactilares borradas, empapados de agua salada, la piel quemada. —Cargó la portada de un periódico en la pantalla—. Los mundanos creen que se trata de la actividad de algún culto satánico, por las marcas de tiza alrededor de los cuerpos.
—Los mundanos siempre creen que todo está relacionado con algún culto satánico —soltó Malcolm—. La mayoría de los cultos están al servicio de demonios del todo diferentes de Satán. Lucifer es muy famoso y muy difícil de localizar. Muy pocas veces hace favores a nadie. Es un demonio al que no compensa mucho adorar.
Ty movió el ratón y aparecieron imágenes en la pantalla. Rostros de diferentes edades, razas y géneros. Todos ellos muertos.
—Solo hay unos pocos asesinatos que encajen con el perfil —informó Ty. Parecía satisfecho de usar la palabra «perfil»—. Uno al mes durante todo el año pasado. Doce contando el que encontró Emma.
—Pero ¿nada antes de eso?
Ty negó con la cabeza.
—Así que hay un lapso de nueve años desde que mataron a mis padres. Quienquiera que fuera, suponiendo que sea la misma persona, hizo un alto y luego volvió a comenzar.
—¿Hay algo que relacione a esas personas? —preguntó Julian—. Joshua dijo que algunos de los muertos son hadas.
—Bueno, esto son noticias mundanas —explicó Livvy—. Seguramente no lo sabrían, ¿no crees? Si fueran hadas de la nobleza pensarían que los cadáveres son humanos. En cuanto a algo que los relacione…, ninguno ha sido identificado.
—Eso es raro —comentó Dru—. ¿Y qué hay de la sangre? En las pelis pueden identificar a la gente usando la sangre y el ETN.
—ADN —la corrigió Ty—. Bueno, según los periódicos, no se ha identificado ninguno de los cuerpos. Podría ser que los hechizos que emplearon con ellos les hubieran alterado la sangre. O quizá se deshicieron enseguida, como pasó con los padres de Emma. Eso limitaría el alcance de las investigaciones.
—Pero hay algo más —avanzó Livvy—. En todos los casos se dice dónde apareció el cadáver, y los hemos colocado en el mapa. Tienen una cosa en común.
Ty había sacado del bolsillo uno de sus juguetes relajantes, un manojo de limpiadores de pipas entrelazados que plegaba y desplegaba sin parar. Ty tenía una de las mentes más veloces que Emma había conocido, y lo calmaba tener algo que hacer con las manos para librarse de parte de esa rapidez e intensidad.
—Todos los cuerpos han sido arrojados sobre líneas ley. Todos —explicó, y Emma le notó la excitación en la voz.
—¿Líneas ley? —Dru arrugó la frente.
—Hay una red de antiguos caminos mágicos que rodea el mundo —explicó Malcolm—. Amplifican la magia, así que durante siglos los subterráneos las han empleado para crear entradas en el reino de los seres mágicos y ese tipo de cosas. Alacante está construida en un punto de convergencia de líneas ley. Son invisibles, pero algunos se entrenan para ser capaces de sentirlas. —Frunció el cejo mirando la pantalla, donde aparecía una de las imágenes que Maeve había tomado del cadáver de Sepulcro—. ¿Puedes hacer esa cosa? —preguntó—. Ya sabes, eso que hace que la foto sea mayor.
—¿Te refieres a ampliarla con el zoom? —quiso saber Ty.
Antes de que Malcolm pudiera responder, sonó el timbre de la puerta principal. No era un timbre común, con la estridencia habitual, sino que resonaba como un gong por todo el Centro, haciendo vibrar el vidrio, la puerta y el yeso.
Emma se puso en pie al instante.
—Ya voy yo —dijo, y corrió abajo mientras Julian se levantaba a medias de su asiento para seguirla.
Pero Emma quería estar sola, aunque fuera durante un segundo. Quería reflexionar sobre el hecho de que ninguno de esos asesinatos era anterior al año de la muerte de sus padres. Habían comenzado con ellos. Su padre y su madre habían sido los primeros.
Esos asesinatos estaban relacionados. Podía imaginarse las diferentes partes encajando, formando un conjunto que solo comenzaba a vislumbrar pero que sabía que era real. Alguien había hecho eso. Alguien había torturado y matado a sus padres, les había grabado unas marcas malignas en la piel y los había tirado al océano para que se pudrieran. Alguien le había robado la infancia a Emma, había arrancado el techo y las paredes de la casa de su vida, dejándola expuesta a la fría intemperie.
Ese alguien lo pagaría. «La venganza es una compañera despiadada», le había dicho Joshua, pero Emma no lo creía. La venganza les devolvería el aire a los pulmones. La venganza le permitiría pensar en sus padres sin que se le formara un frío nudo en el estómago. Podría soñar sin ver sus rostros convulsos y oír sus voces pidiendo ayuda.
Familia.
Drusilla: Me quedé dormida. Ahora voy.
Julian: Te puedo cubrir si quieres. Sólo que sea secreto.
Drusilla: Jajaja. ¡En la mañana di que estaba enferma, por favor!
Julian: Jajaja, está bien. Te reportaré como enferma. Y te llevaré sopa, para que sea más creíble y eso.
Drusilla: ¡Muy bien! Eres el mejor, Julian.
Throwback #4
La cocina era una sala grande con las paredes pintadas y ventanas por las que se veía el océano en la distancia. Una enorme mesa de madera rodeada de bancos y sillas dominaba el espacio. Las encimeras y la isla estaban alicatadas con lo que parecían brillantes diseños españoles, pero si se miraban bien, formaban escenas de la literatura clásica: Jasón y los Argonautas, Aquiles y Patroclo, Ulises y las sirenas. Alguien, en algún momento, había decorado ese espacio con cariño; alguien había elegido la cocina de cobre, el fregadero doble de porcelana, la tonalidad justa de amarillo para las paredes.
Julian estaba junto a los fogones, descalzo, con un trapo de cocina sobre los hombros. Los Blackthorn más pequeños se apiñaban alrededor de la mesa. Emma se acercó a ella y se puso a su lado.
—Escúchenme todos: esta es Maeve—dijo—. Me ha salvado la vida como unas dieciséis veces este verano, así que compórtense bien con ella. Maeve, este es Julian…
Julian la miró sonriendo. No importaba que tuviera un trapo de cocina con gatitos alrededor del cuello, ni que hubiera pasta de tortitas sobre sus manos callosas.
—Gracias por no dejar que mataran a Emma —dijo—. Contrariamente a lo que te haya dicho, la necesitamos por aquí.
—Soy Livvy. —La bonita chica que era la mitad de los mellizos se acercó para estrecharle la mano a Maeve—. Y este es Ty. —Señaló a un chico de pelo negro que estaba acurrucado en un banco leyendo Los casos de Sherlock Holmes—. La de las trenzas es Dru, y el de la piruleta, Tavvy.
—No corras con una piruleta en la boca, Maeve —le aconsejó Tavvy. Parecía tener unos siete años, con un rostro delgado y serio.
—No… no lo haré —le aseguró Maeve confusa.
—Tavvy —lo reprendió Julian. Estaba vertiendo masa de un bol de cerámica blanca en la sartén que estaba sobre el fogón. La cocina se llenó de olor a mantequilla y tortitas—. Levántense y pongan la mesa, vagos inútiles… Tú no, Maeve —añadió avergonzado—. Eres la invitada.
—Estaré un buen tiempo aquí. No soy lo que se dice una invitada —respondió Maeve, y fue con el resto a buscar los cubiertos y los platos.
Hubo un rumor de agradable actividad, y Maeve notó que se relajaba. Tenía que admitir que había temido que regresaran los Blackthorn, que alteraran el agradable ritmo de su vida con Emma. Pero ya estaban allí, toda la familia, y se sintió culpable por haber desconfiado.
—Las primeras tortitas ya están —anunció Julian.
Ty dejó el libro y cogió un plato. Maeve, mientras abría la nevera para coger más mantequilla, oyó que le decía a Julian:
—Pensaba que habías olvidado que era el día de las tortitas.
Su tono era de acusación y algo más… ¿Quizá un poco nervioso? Recordó que Emma le había dicho de pasada que Ty se alteraba cuando su rutina se veía interrumpida.
—No, Ty —repuso Julian con amabilidad—. Estaba distraído. Pero no me había olvidado.
Ty pareció relajarse.
—Muy bien.
Volvió a la mesa, y Tavvy se levantó después de él. Los Blackthorn estaban organizados, de ese modo inconsciente que solo podía estarlo una familia: sabían quién recibía las primeras tortitas (Ty), quién quería mantequilla y sirope (Dru), quién prefería solo sirope (Livvy) y quién azúcar (Emma).
Maeve tomaba las suyas sin nada. Se notaba mucho la mantequilla, no eran demasiado dulces y tenían el borde crujiente.
—Están muy buenas —le dijo a Julian, que se había sentado junto a Emma. De cerca, vio las arrugas de cansancio alrededor de sus ojos, arrugas que parecían fuera de lugar en un chico tan joven.
—Práctica. —Julian le sonrió—. Las llevo haciendo desde que tenía doce años.
Livvy pegó un bote en su asiento. Llevaba un vestido de tirantes negro. El cabello castaño de Livvy tenía muchas mechas doradas donde el sol se lo había aclarado.
—Me alegro de haber vuelto —comentó mientras se lamía el sirope de los dedos—. No era lo mismo en casa de la tía abuela Marjorie sin ustedes dos vigilándonos. —Señaló a Emma y a Julian—. Ya veo por qué dicen que no se debe separar a los parabatai, son como…
—Sherlock Holmes y el doctor Watson —intervino Ty, que había vuelto a su libro.
—El chocolate y la mantequilla de cacahuete —aportó Tavvy.
—El capitán Ahab y la ballena —añadió Dru, que estaba dibujando, despistada, en el sirope de su plato vacío.
Emma se atragantó con el zumo.
—Dru, la ballena y el capitán Ahab eran enemigos.
—Cierto —asintió Julian—. La ballena sin Ahab solo es una ballena. Una ballena sin problemas. Una ballena sin estrés.
[...]
[Throwback O2.]
—Maeve y yo íbamos a entrenar, pero podemos… —dijo Emma.
—¡No! ¡No lo canceles! —Livvy se puso en pie—. ¡Necesito entrenarme! Con otra chica. Que no esté leyendo —añadió, y lanzó una mirada enfadada a Dru— o viendo una peli de terror. —Miró a su mellizo—. Ayudaré a Ty media hora. Luego iré a entrenar.
Ty asintió y se puso los auriculares mientras se dirigía hacia la puerta. Livvy fue con él, charlando de cuánto había echado de menos el entrenamiento y su sable, y cómo lo que su tía abuela consideraba una sala de entrenamiento era su pajar lleno de arañas.
៚ ALUMNOS 2020
1. JOLIE ACKERMAN: SIPHONER (2° AÑO) 2. PARKER ACKERMAN: SIPHONER (2° AÑO) 3. LANDON BECKETT: FÉNIX (1° AÑO) 4. DRUSILLA BLACKTHORN: NEFILIM (2° AÑO) 5. LIVVIA BLACKTHORN: NEFILIM (2° AÑO) 6. JULIAN BLACKTHORN: NEFILIM (2° AÑO) 7. JULIETTE BLACKWELL: NEFILIM (2° AÑO) 8. TESSA BOWMAN: METAHUMANO (1° AÑO) 9. ANALEÉ BRAUN: TRIHÍBRIDO (2° AÑO) 10. EILEÉN BRAUN: HADA (2° AÑO) 11. ERICK BRAUN: LOBO (2° AÑO) 12. EMMA CASTAIRS: NEFILIM (2° AÑO) 13. RILEY EVANS: METAHUMANO (1° AÑO) 14. MARK HARRISON: NEFILIM (2° AÑO) 15. AUSTIN ROBERTS: LOBO (1° AÑO) 16. MAEVE SPECTER: NEFILIM (2° AÑO) 17. JULENE SPELLMAN: BRUJA (1° AÑO)
[ Throwback ]
—La tía abuela Marjorie nos hacía entrenar fuera todo el día —explicó Livvy—. Bueno, menos a Tavvy. A él lo dejaba quedarse dentro y lo atiborraba de mermelada de moras.
—Tiberius se escondía —añadió Drusilla—. En el pajar.
—No me escondía —replicó Ty—. Era una retirada estratégica.
—Era esconderse —insistió Dru mientras se le iba marcando el ceño en el rostro ovalado. Las trenzas le salían disparadas una por cada lado de la cabeza como a Pippi Calzaslargas. Emma le dio un tirón a una de ellas con cariño.
—No discutas con tu hermano —dijo Julian, y se volvió hacia Ty—. No discutas con tu hermana. Los dos estan cansados.
—¿Y qué tiene que ver el estar cansado con el no discutir? —preguntó Ty.
—Julian quiere decir que deberíais estar todos durmiendo —. Dijo Jesse.
—Solo son las ocho —protestó Emma—. ¡Si acaban de llegar!
Jesse señaló a Tavvy, que estaba acurrucado en el suelo durmiendo bajo el inclinado haz de luz de una lámpara, como un gato.
—En Inglaterra es mucho más tarde.
Livvy cogió a Tavvy en brazos con suavidad. La cabeza del pequeño le cayó sobre el cuello.
—Lo meteré en la cama.
Julian y Jesse intercambiaron una rápida mirada.
—Gracias, Livvy —dijo él—. Iré a decirle al tío Arthur que hemos llegado bien. —Miró a su alrededor y suspiró—. Ya nos encargaremos del equipaje por la mañana. Ahora todo el mundo a dormir.
Dru: Kit, truth or dare?
Kit: dare.
Dru: I dare you to kiss the most beautiful person here.
Kit, standing up: ok. Livvy?
Livvy: *blushes*
Kit: can you move? I need to get to Ty.
☆ TB.
La puerta principal se abrió de par en par.
— ¡Emma! ¡Jules! — Eran Drusilla y Tavvy, los dos en pijama. Tavvy tenía una piruleta en la mano y la chupaba con dedicación. Cuando vio a Emma, se le iluminaron los ojos y corrió hacia ella.
— ¡Emma! — Dijo con el caramelo en la boca. Ella lo cogió por la cintura, apretándolo hasta que el pequeño se echó a reír.
— ¡Tavvy! — Lo riñó Julian. — No corras con piruletas en la boca. Te podrías ahogar — Tavvy se sacó la piruleta y la miró como a una pistola cargada.
—¿Y morir? — Preguntó el pequeño.
— De una forma horrible — Contestó Julian.
— Y morir, morir sin remedio — Se volvió hacia Drusilla, que estaba con los brazos en jarras. Su pijama negro lucía un estampado de sierras mecánicas y esqueletos.
— ¿Qué pasa, Dru? —
—Es viernes — Contestó Drusilla. — El día de las tortitas. ¿Te acuerdas? Lo prometiste.
— Ay, es verdad, lo prometí —Julian le tiró cariñosamente de una de las trenzas— Ve a despertar a Livvy y a Ty, y yo…
— Ya están despiertos — Lo cortó Dru.
— Están en la cocina. Esperando — Le lanzó una mirada de reproche.
Julian sonrió.
— Muy bien. Voy enseguida — Cogió a Tavvy y lo dejó delante de la puerta.
— Corran a la cocina y tranquilicen a los mellizos antes de que se desesperen y comiencen a cocinar ellos.
Drusilla y Tavy salieron corriendo entre risitas.
Julian se volvió hacia Emma, suspirando.
—Me han piruleteado —Dijo Julian, señalando el cuello de la camiseta, donde Tavvy había conseguido dejarle marcado un círculo de azúcar azul.
— Medalla de honor — Bromeó Emma.
— Te veo en la cocina. Necesito darme una ducha — Corrió escaleras arriba Emma.
Quizás por eso le gustaban las películas de terror, los muertos nunca se quedaron muertos, y los que quedaron atrás estaban demasiado ocupados deambulando imprudentemente por el bosque para tener tiempo de llorar o sentirse perdidos
Drusilla Blackthorn
Kit: Sugeriría que vayamos a tomar batidos de leche o algo para celebrar, pero este es un vecindario aterrador.
Drusilla: Los cazadores de sombras no se preocupan por los vecindarios que dan miedo.
Kit: ¿No has aprendido nada de la forma en que murieron los padres de Batman?