Me sorprende la forma en que cosas conocidas nos tienen guardadas sorpresas que no pensábamos.
Porque siempre me fuerzo a pensar lo opuesto, a pesar de que varias veces he sido testigo de mi error.
Me pasó hace muchos años, en 2015, acaso el primer momento donde tome conciencia de ello, cuando mientras me bañaba, para salir rumbo al aeropuerto, en una ritual controlado donde siempre ponía la lista específica de canciones que quería escuchar, se me coló "Astronaut" de Beach House. Lo recuerdo bien porque pasé de la molestia al amor. Del ¿por qué me sale esta canción? al ¿por qué no había oído con atención esta canción? A pesar de que por esos años escuchara Beach House todo el tiempo, y sintiera que ya sabía exactamente cuales eran las canciones de ellos que me gustaban.
¿Cómo se me había podido pasar esa canción? ¿Por qué no había reparado en ella? ¿Por qué primero nada y después todo?
El año pasado, o un poco más, justo cuando más la necesitaba, de nuevo, para mi sorpresa se me apareció una canción sin la cual mi vida estos meses sería muy distinta: "Night Falls on Hoboken", de Yo la tengo. La he usado para calmarme, para escribir, caminar, dormir, leer, para solo escucharla, y sigo en ella. En su letra y en su ambiente.
Come on, lets leave our misery/ And crawl toward we want to be/ Can't we try?/ Can't we try?
¿Cómo no pude amarla antes?
Odio mi impaciencia, como dice la canción, y también mi ceguera para no reconocer lo que merece ser amado.
Esa experiencia, la del pasado y el amor, siempre me hace recordar esa escena en Jerry Maguire, cuando Tom Cruise le está contando por qué fracasó su relación con su prometida, y Renée Zellweger le dice que comprende muy bien lo que le está diciendo, pero antes de seguir hablando se detiene, y le pide, mejor, que esa noche no hablen de sus tristes historias de amor.
Siempre que veía esa escena pensaba en la pregunta del cómo es que alguien no puede amar lo que amamos. Algo que a veces se nos presenta como imposible, porque llega un punto donde el sujeto amado se vuelve irremplazable, y lo que menos se puede concebir, es que alguien no lo ame como uno lo ama, ni mucho menos pensar que uno algún día podrá dejar de amarlo.
Pero es ahí donde también entra el miedo, y la posesión, y la jaula de pasado. En ese momento en que vez de abrirnos al futuro, nos quedamos encerrados en ese destello.
Probablemente por eso no me había permitido dejar escuchar esas nuevas canciones que estaban destinadas a gustarme, no solo de esos grupos de siempre, sino también de esos otros desconocidos que estaban a la vuelta de la esquina, porque estaba encerrado en mi miedo a lo desconocido, y también a dejar que lo conocido se mostrara en sus nuevas formas.
Pero llega un momento en que el bucle no puede seguir, aunque todo parezca que sí. Por eso, Bill Murray en El día de la marmota, cuando ya no soporta estar atrapado en el mismo día todos los días, lo único que puede hacer es matarse de una nueva forma diariamente, hasta que eso ya tampoco tiene sentido, y entonces, prisionero del presente, contra él, tiene que intentar algo nuevo. En su caso, será salirse de sí mismo y conocer a cada uno de los personajes que habitan su día de la marmota. Ayudar a los que puede ayudar, el mismo incluido, y aceptar el fracaso de lo que no se puede reparar.
Salirnos de nosotros. He ahí una tarea que cada vez me parece más importante. Muy difícil, tanto que a veces me parece imposible. Pero ¿acaso no vale la pena intentarlo? ¿No podemos? ¿No se puede?
Gracias a la nueva temporada de Fiona y Cake, he podido regresar a Finn y a varios de sus momentos más entrañables para mí. De entre ellos, probablemente uno de los más tristes en mi historia personal de la televisión, es cuando Finn pierde su brazo derecho intentando que su padre no vuelva a escapar de su vida.
Justo antes de que su brazo esté a punto de romperse, Jake le grita que lo suelte, que no vale la pena. Pero Finn se aferra más y su brazo crece descomunalmente, mostrándonos probablemente el momento donde más fuerza le vemos tener, pero al final ni eso, ni la ayuda de Jake lo consiguen, y escuchamos como su brazo se rompe y Finn cae desconcertado al agua de la Ciudadela.
En ese momento, quizás él pudiera recuperar su brazo mágicamente, pero no lo hace, se queda resignado con la pequeña flor que le crece como cicatriz en su herida.
Una flor que a veces no sabrá cuidar, que, cuando más perdido se siente, casi se le deshoja por completo cuando en vez de afrontar la herida de su padre cree que debe afrontar su herida del amor.
A pesar de que logra que su brazo le vuelva a crecer, en todas sus versiones futuras y en todas sus lineas del tiempo el sigue destinado a perder su brazo.
Pero ya no va a ser una flor, a veces su brazo va a ser una espada, otras veces un gancho de metal, un hacha.
Aunque parezca que la mejor forma de sanar es volver a lo anterior, me gusta que el brazo de Finn muestre que las heridas no sanan en nuestra lógica del progreso y la continuidad, de lo que se salda y se olvida, al contrario, las llevamos ahí, ocultas o no, latentes o manifestándose de diversas formas, algunas insospechadas, por eso cuando intentamos cerrar una abrimos otra, o la hacemos más profunda, pero me recordó a eso que Cervantes decía sobre la herida que le quedó cuando perdió su mano izquierda en la batalla de Lepanto: "herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa". Y le parecía hermosa porque le recordaba que había estado ahí. Y había sobrevivido.
Así Finn que nos muestra que hay cosas que aunque dolorosas, no solo permanecen sino que también deben hacerlo, pero uno no va a ser el que decide. Son demasiado profundas y significativas para desaparecer, pero también vemos como ese dolor tampoco será el mismo en el tiempo, que aunque se quedé su registro por todas nuestras lineas temporales, esa herida que ya fue una flor, un hacha, otro brazo, ya no es un impedimento, sino la posibilidad de una nueva forma, una que no conocíamos, pero para que se siga construyendo, necesita tiempo y espacio.
Desde 2014 casi he visto The Wire al menos una vez al año. Habrá habido algunos años donde no la vi y probablemente haya habido otros donde la vi más de una vez. De esta vez, en que fue compañera en el invierno mexicano para terminar mis exámenes escritos del doctorado, pensé esto:
1. The Wire como toda obra de arte que vale la pena, le da forma y sentido al mundo, por eso cuando me siento rebasado (casi siempre) vuelvo a ella.
2. Esta vez empecé de nuevo por la tercera temporada, como la primera vez, y de ahí me fui de seguido hasta la segunda.
3. La "Hamsterdan" del Major Colvin es la posibilidad de ver la realidad que el mismo capitalismo oculta mientras la produce. Y lo que sucede es que es una realidad desarticulada que perdida en sus infinitas particularidades se nos aparece como un problema descontextualizado. Y lo que hace el Major Calvin al unificar los puntos de venta y consumo de droga es volver a darle la unidad que necesita el problema. Y esa nueva forma es terrorífica, sí, pero mientras esta realidad siga oculta todos seguiremos viviendo como si no pasara nada, aunque pasé de todo, y la gente, la gente pobre, se seguirá muriendo oculta, pero sistemáticamente.
4. Pensé mucho en esa escena de The Brood de Cronenberg cuando el esposo le pide a su mujer que le deje ver lo que le pasa, y ella que ha aprendido a sobrevivir a sus problemas sin él, le advierte que no es fácil de mirar. Él insiste. Quiere ayudarla, dice él, es lo único que quiere. Ella acepta y le muestra. Ni el esposo, ni yo cuando la vi por primera vez, pudimos aguantar la mirada.
Para mí esa es la escena más terrorífica que he visto en una película. Ese desvelamiento de la realidad oculta, la forma en que unos la tienen que llevar consigo, y la forma en que los otros salimos aterrorizados cuando la vemos.
5. Este casco con la leyenda de "Amen los puertos, o lárguense de aquí" que usa un estibador justo cuando Nicko Sobotka se da cuenta de que los Greeks han matado a su tío.
6. A lo largo de la serie vemos a los personajes preguntarse todo el tiempo qué se sentirá trabajar en una estación de policías, en una escuela, en un periódico, en un puerto "de verdad". Pero al mismo tiempo vemos como eso sucede a escala mayor. Lo vemos en la forma en que el FBI con su ilimitado presupuesto ya solo puede investigar terrorismo, o corrupción política, o cualquier caso que se pueda armar para golpear a los sindicatos. Se muestra también en cómo los grandes medios van comprando a los pequeños periódicos como The Sun para irlos drenando de sus recursos materiales y humanos. En la realidad capitalista, las relaciones sociales se experimentan como si fueran relaciones entre cosas. Es lo que Lukács definió como la reificación de la realidad, un proceso también donde las apariencias se hacen pasar como esencia. Por eso, las instituciones que alguna vez tuvieron un sentido humano social, lo han ido perdiendo conforme se intensifica este proceso de reificación de la realidad. El deseo desesperado de los personajes de la serie por vivir algo de "verdad" es el síntoma de una época donde, aunque existan, ya no hay ni habrá periódicos, ni escuelas, ni mucho menos trabajos de verdad. Porque como vemos en The Wire, instituciones tan disímiles como las escuelas y las policías trabajan de la misma manera: ambas a la caza de la estadística falseada que las justifique. Lo mismo que en política. Y el periodismo, que alguna vez pudo dar cuenta de esa falsedad, se va quedando aislado de recursos, cayendo en la misma lógica de falsear la realidad como vemos en la temporada 5.
7. En ese sentido, cada palabra y cada gesto de Augustus "Gus" Haynes en la quinta temporada es una muestra de lo que alguna vez fue el oficio periodístico. Y de cómo era cierto que el trabajo dignifica la vida humana. Sin aspavientos, este ex-policía convertido en el "City Desk Editor" del Sun tiene claro que para intentar entender algo lo que se necesita es contexto. Y eso es precisamente lo que busca eliminar el capitalismo con su lógica totalitaria que iguala todo. Por eso Gus, que parece saberlo casi todo de su oficio, va quedando relegado en el periódico.
8. Así como Gus, tampoco Freamon –el mejor policía investigador–, ni McNulty, ni el major Colvin, tienen cabida en sus instituciones a pesar de ser los más capacitados en sus trabajos.
9. Mientras las instituciones van perdiendo su sentido de realidad, del otro lado, aunque también vemos como la frase de "The game is the game" se va diluyendo, todavía hay algunos destellos de realidad, como cuando Stringer Bell le pide a Butchie que haga algo porque Avon lo pidió, y éste le dice: "Avon is Avon" a lo que Stringer responde: "Siempre". O como le pasa a Marlo cuando, a pesar de salir de prisión con la "corona" y con todo su dinero a cuestas, se da cuenta de que el único nombre que se dice con respeto en las calles es el de Omar.
10. El papá de Jimmy McNulty trabajó en la fábrica de acero quebrada de Bethlehem Steel. La misma que vemos toda la segunda temporada echando humo a pesar de que ya no funciona. Le dice Spiros al gran Frak Sobotka: "Ahí solían hacer acero, ¿verdad? Por afuera sale humo, pero adentro...". Nada.
11. Durante mucho tiempo pensé que la temporada más desoladora era la cuarta, pero con el tiempo ha ido ganando en mí la idea de que lo es la segunda temporada. Es algo que Astrid me hizo notar cuando la vimos juntos por primera vez. Y quizás esta vez ha sido la que más lo he notado. Qué cosa más brutal ver como todos se concentran en acabar con los trabajadores y los sindicatos. "Durante 25 años hemos estado muriendo en los puertos –le dice Frank al FBI–, y ahora resulta que me quieren ayudar". En la desaparición de la clase trabajadora están las familias desahuciadas y también están ahí los niños de las esquinas sin nadie que vea por ellos.
12. Y por último, de nuevo, como la primera vez, el discurso de D'Angelo Barksdale cuando en el círculo de lectura de la prisión, comentando El gran Gatsby y la célebre frase de Fitzgerald de que no hay segundos actos en la vida americana. D'angelo está de acuerdo porque la realidad que hemos vivido está ahí con nosotros materialmente siempre. Ese materialmente lo añado yo porque mientras lo volvía a escuchar pensaba la frase de Pasolini: "Mas moderno que los modernos soy una fuerza del pasado". Donde como dice D., el pasado, de donde somos y todo lo que somos, "toda esa mierda importa". No se puede cambiar, no se puede hacer como que no pasó, "te puedes contar a ti mismo toda una nueva historia", pero eso no modifica lo que hiciste, existió, pasó, y eso fue lo que Gatsby y sus apariencias no quiso enfrentar, "no se quiso poner real con la historia y al final esa mierda fue la que lo atrapó".
Aunque se oculte en apariencias la realidad no desaparece ni se va a cambiar a partir de percepciones, tiene que cambiar materialmente, y para que eso suceda tenemos que aprender primero a verla. Y una vez viéndola, a sostenerle la mirada.
D'Angelo se enfrenta finalmente a todo lo que hizo, lo cuál no significa olvidar, sino poder afrontar las consecuencias de esos actos. Le dice que no Avon, a Stringer, a su esposa y a su madre cuando estos están ideando como reducirle su condena al estilo Barksdale. No hay atajos. El cargará los años que le tocan, pero solo pide que lo dejen en paz, que lo "dejen vivir como él necesita vivir". Sin ellos. Lo dice poniéndose real. Está aceptando lo que hizo y también lo que puede hacer a partir de eso. Trágicamente no duró lo que debía, pero en un mundo que insiste en mentir, su aceptación existió, fue real y también verdadera.
Escribir algo así como esta canción. Algo simple y sincero, como decía esa película que vi mucho en el 2015.
Hoy soñé con los días de vida/ Cuando dormíamos entre las vías/ Hoy soñé con tus sermones/ y la sombra que viaja en camiones...
De esta banda me gusta que sea de La Magdalena Contreras, que se llame Octubre Rojo, que la guitarra del inicio suene como "Cherry Chapstick" de Yo la tengo y que hayan hecho la canción que más escuché en el 2025.
Hace algunos meses leía esta entrevista a Pablo donde se preguntaba cómo estaban sobreviviendo los jóvenes de 20 años, con estudios que les sirven para muy poco, sin trabajos, sin mucha fe en el futuro y que aún así se estaban poniendo a hacer cosas que los más grandes ya estamos dando por perdidas, cosas hermosas como esta canción.
La había intentado ver varias veces. Edgar me la platicaba durante las largas comidas que teníamos en la fundación. "La última novela total", me decía, pero no lograba pasar del primer capítulo. Me acuerdo de una vez en específico en el departamento de JM donde ya entrada la noche puse el capítulo y nos quedamos dormidos. Así pasó varias veces. Algunas otras lo veía (de nuevo el primer capítulo, siempre el primer capítulo) sin entender mucho porque solo encontraba un servidor donde la tenían sin subtítulos. Así pasó también cuando ya predicaba la palabra The Wire y se los ponía a mis padres, a mi hermano, a mis amigos, todos compartiendo esa sensación de impenetrabilidad. Como tantas otras cosas necesarias, la fui dejando para después.
Hasta que un día, la televisión, mi vieja y entrañable amiga, me puso en bandeja de plata la única forma posible que tuve para entrar en el mundo The Wire: un maratón de la tercera temporada. Era una mañana de domingo de 2013 y tenía la tele para mí. Era importante que fuera domingo porque no había mucho qué ver. Ya para ese momento cultivaba el arte de ver "adultamente" tele por la mañana, después de haber crecido con la fantasía de ver tele a cualquier hora. Durante ese segundo año de la fundación, después de que se iban mis padres a trabajar y mi hermano todavía dormía, yo cumplía, antes de salir al trabajo, con esa fantasía.
Así vi casi todo Seinfeld, que pasaba religiosamente por el canal de Sony de 8 a 9, dos capítulos diarios, y algunas películas entrañables que me salieron por casualidad, de entre las que ahora solo puedo recordar Rushmore, de Wes Anderson.
Ver algo memorable antes de salir de casa me hacía sentir como aquellas mañanas de fin de semana donde entre más temprano me levantara más tiempo podía tener la tele para mí y me podía sorprender y absorber a mi antojo lo que la programación abierta tenía para mí mientras todos dormían.
No sé si en estos tiempos de streaming pudiera haber visto The Wire, porque algo que te podía ofrecer muy bien la televisión era el hecho de prepararte para recibir algo que no sabías que necesitabas, algo que no buscabas porque estaba demasiado lejos de tu voluntad. Para bien y para mal, la televisión siempre fue un artefacto de la espera.
Probablemente vi más cosas que olvidé que de las que ahora me acuerdo, pero entre esas pocas que llegaron, de entre esos prodigiosos miligramos, me gusta pensar que quizás, para mí, The Wire fue el último.
Ese domingo, con la tele para mí y sin nada mejor que ver, le dejé resignado al maratón The Wire, a pesar de que la tele satelital que ya usábamos por ese entonces me decía que no estaba viendo la primera temporada ni siquiera el primer capítulo de la tercera temporada, sino el capítulo 3 o 4 de la serie. Pero eso era normal en la época de la televisión. Sucedía que comenzabas a ver cosas ya empezadas o que nunca podrías terminar o programas fantasmas que creíste haber visto y nadie recordaba.
Y mi personaje gancho fue Dennis "Cutty" Wise y su regreso a West Baltimore luego de haber estado 14 años en prisión. Me recuerdo verlo ahí de regreso, caminando de nuevo por las calles de su pasado. Intentando sentirse parte de algo que ya no existe.
Lo recuerdo arreglándose en el sótano de su abuela, donde se queda, para ir a ver su antigua novia, convertida ahora en una maestra de secundaria.
Verte, lastima, le dice él cuando están a punto de despedirse.
No sé si recuerdo la frase de aquella mañana, probablemente no, o de todas las subsecuentes veces que he visto la serie, pero lo que sí recuerdo es que ese reencuentro frustrado le hace intentar volver a ser "Cutty", el sujeto que luego de una pelea, mientras su oponente se desangraba por una puñalada, llamó y esperó a la policía al lado de su rival.
Pero justo en el momento definitivo se da cuenta de que ya no quiere ni puede ser esa persona, a pesar de que esa persona es lo que ha sido la mayor parte de su vida. Y entonces lo vemos intentar ser aquella otra persona que siempre quiso ser. Y yo me di cuenta que de pronto ya llevaba varios capítulos y no podía ni quería parar.
No terminé de ver la temporada, pero casi. Y me quedé con la promesa de saber cuál fue el destino de Cutty, o más bien, de Dennis Wise.
Cuando terminé la beca de la fundación, algunos meses después de ese maratón de domingo, y a pesar de nunca haber dejado de vivir en Ecatepec, por primera vez, después de siete años, los que iban de la facultad a los dos de la fundación, donde me la había pasado casi todo el día, todos los días en la calle, solo llegando a dormir, y los últimos dos de esos años, pasando varias noches en el cuarto de JM, me sentí que regresaba de nuevo a vivir ahí y lo primero que hice fue ir con Claudia a comprar la primera temporada de The Wire a MixUp.
Estaba de vuelta en casa y ya tenía conmigo algo que sigo llevando todavía.
Lo que escribe Stephen King sobre la muerte de Rob Reiner. Su recuerdo de aquella vez que vio en un hotel de Beverly Hills por primera vez y de forma solitaria Stand by me.
Al terminar, escribe King, solo pudo lanzarse a darle un torpe abrazo a Rob que se sintió incómodo para ambos.
Incómodas son las cosas vivas y honestas.
Escribe King que ver en pantalla su historia más personal de una forma tan poderosa lo descompuso.
Luego del abrazo se fue al baño a sentarse hasta que la emoción pasara.
Lo que no dejo de pensar luego de leer a King es eso que escribe sobre cómo The body (la 'novella' que inspira la película) intentaba mostrar la forma en que se sentía dividido entre su vida de escritor y la vida de sus amigos.
Sus amigos que no iban a poder ir a ninguna parte.
Salvo a la guerra, quizás.
Y él, que por poquito, dice, casi no lo logra.
Ese es todavía el camino de la clase trabajadora.
Para que lo lograra, tenía que haber un Chris Chambers que le dijera que si ningún adulto lo hacía, él se encargaría de que Gordi Lachance, el trasunto de King, no perdiera su talento, porque los niños, le dice Chris, necesitan que alguien les ayude a cuidar sus cosas.
Eso no lo escribe King en la nota, pero lo vemos en la película, y me lo sé casi de memoria, cuando Gordi dice que la escritura es estúpida.
El fenomenal Chris (un enorme e inolvidable River Phoenix) le dice que esas palabras son su padre hablando a través Gordie, que ojalá él pudiera ser su padre para hacer que no pierda nunca la escritura.
Y, sobre todo, le dice la sentencia de su futuro: algún día serás un gran escritor.
Si uno escribe, cuántos más tuvieron que vivir, trabajar, cuidar, no escribir, para que uno escribiera.
Justo hay un momento, donde Lachance recuerda como en ese viaje para encontrar el cadáver del niño cada uno de los cuatro amigos sabía quién era exactamente y hacia donde se dirigía en la vida.
¿Cuántos Chris Chambers no hacen falta en el mundo para ayudarnos a cuidar las cosas valiosas?
Para no vivir divididos, para que todos puedan ir a donde debieran.
El niño llorón que vemos en pantalla, que piensa que el mundo hubiera sido mejor si hubiera muerto él en vez de su hermano (a quien extraña a más que nadie en el mundo), que quiere pero no sabe que puede ser escritor, no era Gordi Lachance, escribe King, era yo.
La forma en que todos los personajes de Días de otoño (1963), de Roberto Gavaldón, viven a la espera de la promesa cumplida que nunca llegará.
No es casualidad que el cuento de B. Traven en que está basada la película se llame “Frustración”.
Pero, por otro lado, está Luisa (una genial Pina Pellicer) que con aplomo de Bartleby, se niega a aceptar esa decepción y se compromete con su relato hasta las últimas consecuencias.
Acostumbrados a mentir para existir, nos hemos olvidado que vivimos en la simulación.
Sigo pensando en esas tomas nocturnas donde se contraponen el diminuto cuarto de azotea donde vive Luisa y la forma en que la fotografía de Gabriel Figueroa nos muestra esa ciudad "moderna" en ciernes. Con sus grandes avenidas y con sus luminosos anuncios publicitarios que nos anuncian un futuro lleno de progreso que también brillará por su ausencia.
Habría que cumplir, como dicen por acá pensando en Bolivar Echeverría, la promesa de la modernidad, completarla para todos.
Esa foto tras los estantes de la biblioteca del Pompidou de Wolfgang Tillmans.
La última exposición del viejo nuevo edificio del Beaubourg.
Cuando estaba ahí sentía que algo, no solo ese espacio, se terminaba.
Se acababa también el mundo de antes, que en mi vida se había inagurado con la exposición de Tillmans en el Tamayo en 2008.
Esa exposición que vi varias veces, que casi me memoricé y donde Alfonso juró que nos encontramos, frente a frente, en la inauguración con el mismo Tillmans.
A partir de ahí lo fui buscando y encontrado en todos lados.
En todas las fotos de escritorio que he tenido en mis computadoras.
En mi libro y en todas las veces que dije y escribí: Please, leave this one.
En todas las postales que no mandé.
En Xalapa, en 2009.
En Nueva York, en el 2023, curiosamente también con Alfonso, pero ahora también con Astrid.
Esta foto, y esa portada y el título de ese disco.
Pero no solamente.
Habló de nuevo Jorge González y apenas me salió un fragmento de la entrevista ya no pude parar.
De Los prisioneros me gusta todo, inclusive lo que todavía no me gusta.
Me gusta que Jorge dice que de adolescente leía mucho, pero no lo dice para mostrarnos su ejemplaridad precoz, sino recordando que leía los libros que editaba la Unión Popular y que se vendían a precios accesibles en los puestos de periódicos, para llegar justo a jóvenes como él, que vivían donde no había librerías.
Eso fue algo que, obviamente, la dictadura eliminó, pero lo que no pudo eliminar fue la existencia de esa experiencia.
Y lo que se vendría.
Me gustó también, como siempre, escuchar de nuevo su veneno.
Que diga que había artistas –sobre todo argentinos– que cantaban con cara de decir cosas muy importantes, pero no decían nada.
Artistas muy nunca quedan mal con nadie, dice.
Artistas que iban en carro a la escuela, en limos al colegio.
Mientras otros, la gran mayoría, íbamos a escuelas públicas, algunos con los días de enseñanza contados, todos pateando piedras.
¿Y quién cantaba o escribía sobre eso?
Como cuando murió José Agustín e Iván dijo que moría uno de los pocos escritores mexicanos a los que no le dio pena escribir sobre ir en micro.
Y mientras esos artistas “hermosos”, perfectos, sin problemas, nos hablaban de su nada, Jorge, verdaderamente hermoso, nos ha hablado y cantado para decirnos lo que no queremos escuchar, o lo que queremos olvidar, con la fantasía irrealizable de que algún día, con mucho esfuerzo, ojalá, seremos como ellos.
Desde el principio, ahí ha estado Jorge, con su apellido poderosamente común, para mostrarse, como en esta foto, con su resentimiento, con su molestia insolente, altiva.
Afortunadamente, existen Los prisioneros que nos recuerdan, como pensaba Pasolini, que la pobreza no es una enfermedad que deba ser eliminada.
Un comienzo, donde se busca, de todas las formas posibles que tu padre te preste el auto para ir al concierto de Todd Rundgren con tus amigos.
Y casi no se logra.
Pero se logra.
Aunque tú nunca hayas tenido carro, ni concierto de Todd Rundgren ni hayas vivido en los 70's, ese episodio representa toda una etapa de tu vida.
Un final, también, horrible, absurdo, como lo puede ser todo futuro cuando te conviertes en todo aquello que odiaste a los veinte años.
Pero ese final que vi, como sin ver, solo por terminar, porque la serie ya era absurda y porque no tenía nada que hacer ni tampoco sabía cómo salir de ese nada que hacer y entonces, a las dos, tres de la mañana, cuando Astrid dormía, de pronto, la serie acaba, y con toda la fuerza del pasado ("más moderno que los modernos –escribe Pasolini–, soy una fuerza del pasado") surge de nuevo esa primera escena final, donde después del concierto, que no vemos, todos regresan felices, más que felices, cantando a todo pulmón Hello, its me de Todd Rungreen.
Se cierra el círculo.
Hola, soy yo.
He pensado en nosotros por mucho tiempo.
Hay algo aquí que no dura lo suficiente.
Tomé por sentado que siempre estarías aquí.
Es importante para mí, que sepas que eres libre.
Porque nunca querría que hicieras un cambio por mí.
Piensa en mí.
Todos cantamos.
En el metro, en las filas para comprar boletos, en los pasillos de la prepa, con mi discman, con el netmd primero y luego con el ipod (los dos de Jan), en el Salón Victoria, en el carro cuando hubo carro familiar, con mi hermano, con mi primo, con mis amigxs.
El momento, en el que en episodio "Napkins" de la tercera temporada de The Bear, donde, luego de varios días buscando trabajo, totalmente desmoralizada, y ante la demora excesiva de un tren, Tina decide comprar un café en The Beef.
Mientras Tina se va acercando, se empiezan a escuchar los poderosos riffs de Sabotage de los Beastie Boys.
Sabemos lo que se viene.
La explosión de la canción y la inminente colisión de dos mundos que se pertenecen.
Ahí va Tina, con toda su tristeza a cuestas, y de pronto se le aparece un espacio lleno de vida, que vibra al ritmo vertiginoso de la canción y de las cosas que no temen a la muerte.
El viaje termina cuando los amantes se encuentran, alguna vez alguien me dijo que escribió Shakespeare.
Y yo le creí.
Y le creo a ese momento, en que uno no es la persona equivocada, sino todo lo contrario, y entonces, como a Tina, le regalan un sandwich y un café.
Para eso sirve la ficción.
Para ver el pasado y el presente y el futuro.
Es la verdadera máquina para viajar en el tiempo.
Porque toda la serie vemos el presente de un espacio en su ocaso.
Y en este momento vemos ese espacio cuando rebozaba de fuerza y de vida.
Me cuesta trabajo de The Bear.
Me gusta, pero me desespera.
Me gusta cuando muestra y me desespera cuando dice.
Me desesperan sobre todo sus diálogos "profundos".
No me entusiasmo tanto por ejemplo, esa conversación que viene después entre Tina y Mikey.
Pero sí la oportunidad de verlos juntos.
Quizás todo dialogo se queda corto ante un momento así.
Porque probablemente lo que menos importa en ese momento son las palabras.
Me quedo, por eso, con el gesto de Ritchie (mi personaje favorito por mucho) de dar un café a quien más lo necesita, a alguien que a partir de ahí nunca volverá a ser para este espacio ni para estas personas una extraña.
La mejor foto de Vargas Llosa siempre será para mí esta de Rodrigo Moya donde se registra el derechazo que le propinó a García Márquez.
No hay foto que le haga justicia.
Creo que hay pocos autores que hayan sido fotografiados tan mal.
El problema quizás radicaba en su excesiva consciencia de sí.
Siempre dándose demasiada importancia, al menos frente a la cámara, pero siempre también, y quizás por eso fue tan buen escritor, dándose demasiada importancia para intentar escribir como si no se hubiera escrito antes.
García Márquez, noqueado, y con el ojo morado sabía hacerse una foto memorable así sin más.
Y ese golpe, también, siempre hizo a Vargas Llosa para mí un autor más humano.
Humano demasiado humano.
¿Quién sino él podía noquear al adorable García Márquez?
¿Quién podía decir tantas cosas absurdas y aún así ser tan gran escritor?
Ayer, cuando me enteré de su muerte, pensé, casi podría decir que Vargas Llosa me hizo lector.
Me hizo lector cuando mordido por un perro ecatepense iba con mi padre en un micro rumbo a nuestra clínica familiar del ISSSTE a ponerme la primera vacuna contra la rabia y mi padre, con su usual tino, llevaba consigo La ciudad y los perros.
Mi yo adolescente de 13 años pensó: ese libro debe hablar de niños a los que los muerden perros callejeros.
Como a mí.
Tardaría algunos veranos para saber de qué trataba ese libro en realidad y darme cuenta de que ese libro no hablaba de mí, aunque siempre leí a Vargas Llosa como si hablara de mí.
Me sucedió en ese verano en que aprendí a leer de verdad.
Leer como algo que iba mucho más allá de pasar y descifrar las palabras en las hojas.
Leer como andar en bicicleta.
Con todo ese trabajo que cuesta aprender.
Como cuando aprendí a andar en bicicleta justo cuando pensé que nunca aprendería a andar en bicicleta.
Lo intenté y lo intenté, me cansé, lloré, y desistí, hasta que solo, sin la sombra de mi padre, ni la de mi hermano, cuando nadie me veía, agarré de nuevo la bicicleta y de pronto, por fin, de un momento a otro
Puc
Aprendí.
Así me sucedió en mi primer verano de preparatoria, donde de pronto se me presentó la vida con tres meses sin nada que hacer. En ese momento ya leía, pero lo hacía con trabajo. Así fue hasta que después de tanto aburrirme, sin tener nada que hacer, sin programación televisiva que me alcanzara, sin actividades que hacer, solo la lectura me dio una respuesta, precisamente con La ciudad y los perros, y ahí volví a sentir ese
Puc
Ahí empecé a sentir que ahora leía como si anduviera en bicicleta.
Sin esfuerzo.
Sintiendo que podía leer cualquier cosa.
Así ha pasado mi vida.
En esa lectura en bicicleta.
Y cuando he sentido que he olvidado leer, o cuando he sentido que se me han olvidado tantas cosas, vuelvo, como en mi adolescencia, a la lectura.
Aunque no lo tenía claro.
Regresaba a la lectura a tientas, a oscuras, medio inconscientemente, sintiendo que algo habría ahí que me permitiera ver de nuevo las cosas con cierta claridad.
Regresaba sintiendo que había en ella algo importante para mí.
Como el verano del año pasado, en que se me acababa un mundo, y tenía que preparar mi examen oral del doctorado y escogí empezar, precisamente, con La guerra del fin del mundo.
Me fui con ese libro a México, y mientras lo intenté y lo intenté, de nuevo con esos largos meses del verano, y me daba cuenta de que no podía.
Regresé con el libro casi intacto.
Con el tiempo encima, en vez de empezar de nuevo, con alguno otro libro de la lista, lo volví a comenzar.
No podía empezar con otro libro.
Tenía que ser precisamente ese libro.
Y así fue.
Porque en Vargas Llosa estaban ese viaje en micro con mi padre y la imagen de una portada que no se me iba a borrar jamás y también todas las conversaciones que tuve de sus libros con personas demasiado queridas, con mis padres, con mi hermano (sobre el Chivo), está también aquella ocasión en que le dije a mi abuela, porque estaba leyendo Paraíso en la otra esquina, que ella se me hacía como Flora Tristan –ese fue mi verano Van Gogh y Gauguin–, está toda la preparatoria y la forma en que con mis amigos nos pasábamos –en que yo pasaba las novelas de mis padres a mis amigos– para leer furtiva y deseosamente Los cuadernos de don Rigoberto con toda y la canción de Eli Guerra que escuché muchas veces, así como los dibujos de Egon Schiele que yo veía y descubría, como se me descubrían todos los personajes vargasllosianos, en él, está también, mi lectura inconclusa de Conversación en la Catedral, que casi terminé justo en mi primer invierno de regreso a México, porque solo ahí en ese regreso al comienzo sentía –inconsciente pero muy conscientemente– que podía volver a comenzar.
¿Comenzar qué?
Comenzar a regresar aunque no me habiera ido nunca.
Por eso me da tranquilidad tener de él, todavía, obras por descubrir. Porque aunque no hay lectura que disfrute más como la relectura, siempre es bueno tener un poco de la potencia de las primeras veces.
Nunca esta de más comenzar algo nuevo.
Llegar a un nuevo lugar, descubrir una nueva vieja canción, empezar de cero.
Aunque nunca comencemos de cero completamente.
Afortunadamente con Vargas Llosa todavía me quedan algunas de sus mejores novelas, que sigo guardando para el momento oportuno.
Por eso, aunque no lo sabía, pero intuía, el momento oportuno para leer La guerra del fin del mundo, era precisamente el verano pasado.
Tenía que ser ahí.
Tenía que recordarme que podía.
Yo que ya me había acostumbrado a decir que casi ya no leía novelas, que ya casi no confiaba en la ficción, intuía, que esa novela, tenía mucho que decirme.
Muchas cosas más bien que yo no quería decirme.
Y así fue.
Me sacó de mi marasmo y me revivió la posibilidad de la ficción.
Podía no saber ni poder de nuevo muchas cosas, pero, de nuevo, recordé, con trabajo, que sí podía leer.
Puc.
Leer de nuevo de verdad.
Leer como si no hubiera leído antes.
Leer por primera vez.
Yo tampoco compartía ya todo lo que hacía o decía, al contrario, su existencia desde hace mucho me mostraba justo todo lo que no quería ser ni opinar, pero sí pienso que algo se nos ha perdido –a él también– en la escritura porque ya nadie podría escribir una novela como esa.
Algo se nos perdió y habrá que volver a encontrarlo de nuevo.
O al menos intentarlo.
Y en ese camino, una de esas formas de buscar la escritura, puede ser, precisamente, leyendo.
Siempre me gusto mucho esos versos de Roberto Juarroz que descubrí gracias a Zambra, esos versos donde habla de la imposibilidad de la escritura:
Para leer lo que quiero leer
tendría que escribirlo.
Pero no sé escribirlo.
Nadie sabe escribirlo.
Siempre los leí como razón, pero también como fatalidad.
Habría que no escribir entonces, pensaba.
Pero ahí donde Juarroz nadaba, yo me ahogaba.
Hay que escribir como si sí se pudiera escribir lo que queremos leer.
Aunque no sepamos cómo hacerlo.
Aunque nadie sepa.
Para comenzar a escribir lo que debemos, lo que necesitamos, es necesario recordarnos que sabemos y podemos leer.
Me entero, por José Revueltas, que Dostoyevski fue condenado a muerte y fue perdonado en el último momento. Lo habían condenado por una supuesta conspiración contra el Zar. En una carta que le escribe a su hermano, le cuenta que fue en él en quien pensó en los que creyó serían sus últimos minutos de vida. Le cuenta que le pusieron la camisa blanca para la ejecución, le hicieron besar la cruz y le rompieron su espada en la cabeza. Los iban llamando de tres en tres. El estaba en el segundo grupo. Se llevaron a los primeros y ya solo me quedaba un minuto de vida, le escribe.
Durante ese último minuto, pensé en ti hermano y en todos los tuyos, después solamente en ti, y solo ahí me di cuenta de cuanto te amaba.
Se alcanzó a despedir de sus compañeros cuando vio regresar a los primeros sentenciados. El Zar les había perdonado la vida. Sabía que no había sido absuelto, pero ya no moriría. Al final, pasaría cuatro años en un campo de prisioneros en Siberia y luego seis años como militar antes de regresar a San Petersburgo.
Revueltas recuerda como después Dostoyevski pensaría que quizás no se había salvado y lo que estaba viviendo era su muerte. Y que la escritura era una forma de dar testimonio de esa muerte.