Nunca he entendido por qué, sin que se planee, la sonrisa de alguien llega por las noches a posarse en mi almohada a robarme el sueño. Llega sin aviso ni espera. Sin que te des cuenta, se instala, se acomoda, empieza a formar su hogar en tus noches y te quedás despierta hablándole, diciéndole que ya no sabrías lo que sería la vida sin ella. La sonrisa en tu cara me habla cada noche antes de dormir, me pregunta si puede seguir construyendo su casa, yo no le digo nada, tomo un martillo y empiezo a levantar paredes para formar salones, para que se quede conmigo, para no verte partir. Sigue creciendo, y claro que cambia, evoluciona, se va convirtiendo en un cuerpo, y entonces tu cara, tu voz, tu cuerpo, tus gestos, tus movimientos, tus sonidos, llegan a ocupar no solo la almohada, la casa. Cualquier espacio en el que antes me veía sola, ahora te tiene a vos.
Desde el principio te pedí que corrieras, que te alejaras, que no siguieras levantando muros, que no vinieras cada noche a sentarte en mi almohada. Te dije que algún día no querría dejarte ir, que cuando quisieras escapar te ataría con un hilo invisible para que te quedaras aquí. Pero no es verdad, es tan solo la imaginación que juega con tu cabeza, no hay un hilo invisible, ni siquiera existen puertas, tenes todo para correr, para alejarte y no volver, tenes todo, hasta las alas que yo guardé hace tanto, te las regalo. Te las regalaría siempre que me las pidieras, te dejaría volver a mi almohada cada noche, es más, te pediría que nunca te fueras, pero yo no tomo tus decisiones.