Él y ella
Él nunca supo el peso que tenían sus palabras. Ella nunca le quiso dar importancia.
Él tenía una voz que atravesaba paredes. Ella se sentía arrinconada.
Cuando él aumentaba la intensidad de los sonidos que escapaban de su boca, ella abandonaba su cuerpo y podía ver cómo se encogía, centímetro a centímetro, sin poder siquiera moverse. El tiempo se detenía. Ella jamás lo admitiría porque reconocerlo sería entregarle todo el poder y se negaba a ceder lo poco que le quedaba después de tantos años a su lado. Perdería batallas, pero todavía no estaba preparada para perder la guerra. Él le dio la vida, pero ahora era de ella y no le pertenecía más.
Hasta ese día, había aprendido a sobrevivir. Dejaba que él hablara porque temía lo que podía llegar a pasar si interrumpía el monólogo constante. Si por dos minutos no escuchaba su propia voz haciendo eco en la habitación, ¿qué pasaría? ¿Qué pasaría si cada pensamiento que tiene quedaba atrapado en su cabeza como si fuera una olla a presión? Ya podía imaginar el desastre que seguiría a la explosión y sabía que no había nadie más que ella para poner las cosas en su sitio si querían volver a la normalidad. No, mejor dejar que hable. Aunque ya no esté escuchando. Mejor dejar que sus palabras la corten y que el paso del tiempo transforme esos cortes en surcos profundos que marcan lo más interno de su ser. Si, total, se ha vuelto inmune.
O eso cree. Hace el esfuerzo, intenta ignorar todo aquello que no le aporta más que dolor. Pero hay días, como ese, en que sus defensas están bajas y una palabra se cuela. La armadura que le llevó años perfeccionar se desintegra y queda completamente descubierta, expuesta y vulnerable, como la inocente niña que fue, en busca de protección. Aprendió a protegerse sola. Aprendió a quedarse callada para no despertar a la fiera que habita en su cuerpo. Aprendió que el silencio es su mejor defensa porque cuando él habla, no escucha. Y nunca deja de hablar.
Las palabras fueron perdiendo valor. Ella le había perdido el respeto. La verdad duele, pero cuando finalmente decidió dejar atrás ese entorno tóxico, cuando las palabras de otros llegaron a sus oídos y alguien la escuchó, aprendió que hay palabras que es mejor soltarlas al viento. Sólo así podía ser libre. Sólo así podía recuperar su poder. Cambió su postura, sintió que recuperaba los centímetros perdidos. Las agujas del reloj volvieron a girar.
Y él, allí quedaba en un rincón olvidado, solo, con su voz. Pero ella no estaba más a su lado, ya no toleraba más la humillación diaria. Ya no creía que no era suficiente, que no podía vivir con el peso de las expectativas ajenas sobre sus hombros. Quedaban atrás años y años de abusos que se llevaron su autoestima, su seguridad y su felicidad. Pero había ganado la guerra. El viento le devolvió la vida.













