styofa doing anything

★
DEAR READER
No title available
will byers stan first human second
Stranger Things
AnasAbdin
Three Goblin Art

Janaina Medeiros
NASA

JVL
h

oozey mess

No title available
I'd rather be in outer space 🛸
taylor price

No title available
Peter Solarz
Jules of Nature

Kaledo Art

seen from United States
seen from United States

seen from United States
seen from Singapore
seen from United States
seen from United States

seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from United States
seen from Ireland
seen from Japan

seen from United States

seen from United States
seen from United States

seen from United Kingdom

seen from United States
seen from United States
@gabriel-7w7
The sheer effectiveness of pspspsp
(via)
The Scooby Doo Project (1999)
Mi fantasía sexual es llenar de besos tu alma.
alien
CARTA 6: DESIERTO
Tijuana, Baja California, a martes 13 de noviembre de 2018. Cuidado, Zeb, esta carta lleva una dosis prepotente de virus y no sé cuántos grados Celcius de mi temperatura corporal, de mi fiebre, y algunas gotas lisérgicas de mi sudor.
Hemos llegado a Tijuana, los últimos tres días han sido los más tensos del viaje, sin duda: estuvimos a punto de ser vendidos al narco en Sinaloa. La unión, nuestra unión, el trabajo en equipo y varios aguijonazos de inteligencia en el momento preciso nos tienen acá, a salvo. Desde esa madrugada hemos pasado de camión en camión hasta llegar a esta ciudad áspera y fría. Pero el trayecto, ese trayecto de camión tras camión en el desierto fue la verdadera prueba de tesón hasta el momento: nos alimentamos de churro, que es la palabra hondureña para frituras, y de fresco (entiéndase refresco) las raras veces que los choferes se detienen en un OXXO, estas tiendas sinónimo de la mexicanidad de urgencia esparcidas como balazos por todo el territorio nacional; las noches fueron mi perdición porque tras el incidente inconscientemente bajé la guardia y mientras miraba los cactus del desierto por la ventana con Erick a mi lado, caí en un estupor enfermo que iba de la vigilia, con su atroz mancha de pesadumbre, a los ciegos puñetazos del subconsciente. En medio de mis alucinaciones pude desarrollar un cuento: la historia de un chele (la manera en que me llaman mis amigos, la forma en que los hondureños tienen para nuestro equivalente de güeros o blancos)y sus camaradas que anhelan llegar a la frontera, pero la frontera nunca llega, y todos estos individuos desgraciados y sin embargo en otro tiempo rabiosamente felices, se olvidan del tiempo y pasan años, los años de toda su vida intentando llegar a la frontera sobre ese camión de aluminio, a veces, cuando al chofer se le da la gana, se detiene en OXXOs y eso es lo que hay, cactus, noche, frío y OXXOs, pero sobre todo enfermedad y, ve tú a saber por qué, vida y una increíble dicotomía entre desmemoria y empeño, el empeño de llegar a la frontera mientras todos ellos infelices ya se olvidaron de la condena de su tiempo, el tiempo que tenemos todos atado a nuestros cuellos como el cinturón de un suicida penitenciario; ellos, quién sabe cómo, lograron reventarlo y es y será una incógnita si llegarán a la frontera, porque todavía no lo han hecho, cuántas sogas estándar tendrán que reventar con sus cuellos inflamados como tumores, ¿es que se trata de un bezoar móvil de hierro recorriendo los intestinos indecibles de este animal rabioso y moribundo llamado México?
Pero eso no fue todo, Zeb, en algún punto de la alucinación yo me elevaba y detrás de una aurora veía tu rostro, de tus ojos salía luz, de la comisura de tus labios y cuando dijiste algo, algo que fue inaudible para mí, de tu boca salió el relámpago que iluminó la tierra, un relámpago constante, un relámpago sin fin (como El Rayo que no cesa de Miguel Hernández, una deconstrucción de metáforas convertida en realidad lumínica), una abrasión eterna, que a diferencia del resto, para mí fue deliciosa, a lo mejor porque no participaba de esa muerte del horizonte, a lo mejor porque lo observaba todo desde el cielo, y desde ahí, desde donde yo estaba, ese carrito con un mexa y chingos centroamericanos se iba al infierno, y la noche y esas rocas inmensas se deshacían en millones de pedazos y luego también todos los pueblos en ese grito silencioso de luz y entonces me daba cuenta que el último lugar para morir estaba frente a mí, pero a miles de kilómetros, y era la larga avenida de Insurpeople en esa ciudad de locos y bellacos llamada Mec “Sick” O´Seady, y entonces me daba cuenta que tú ya no eras tú, Zeb Leija, sino Sixx, y mis manos comenzaban a doler y a sangrar y en lugar de uñas tenía garras y mis órganos internos comenzaban a reordenarse porque por obra y gracia del fin de los tiempos cósmicos había encarnado a Rude Dude Rabbit y mi deber, un deber intrínseco y bestial de células y pulsos eléctricos, era llevarte conmigo, pero en ese punto descubría que tú ya no eras Sixx sino una diosa antigua muy parecida a Atenea que sólo los poetas del tercer mundo podían ver, y tu estatura era increíble porque poseías el espíritu de la poesía de todos los tiempos y contra ti no se podía nada, y por eso yo estaba ahí, fluyendo contigo mientras gritabas en silencio para desaparecer este mundo de mierda y formar uno hecho de las profundidades de tu mente.
Esto ocurría hace un momento, pero Erick me despertó a codazos, llegamos a un albergue. Un indigente blanco me dio la mano, un abrazo y la bienvenida con un acento que no identifiqué. Comimos bien, nos hicieron rezar y salir rápido. No recuerdo cómo llegué al camión. Volví a cerrar los ojos para verte y cuando el cansancio me vencía Erick volvió a despertarme a codazos: “Carnal, te traje a una doctora para que te revise”. Ese cabrón es nobleza pura, sus chingadazos ya me tenían adoloridas las costillas, y sin embargo ahí estaba, velando por mí con un una doctora que había traído de no sé dónde. No soy doctora, dijo la doctora que en realidad no lo era, soy paramédico. Y me dijo: tienes que ir a ver a un doctor. Afuera yacía una carpa de galenos desplegada los cuales nos miraban con asco. Al final por su trato inhumano los enfermos no nos atendimos ahí. Tengo fiebre, me duele la garganta, mi pecho ruge, estoy mojado en un sudor frío y tengo un ojo cerrado que no deja de supurar pus. Nos dirigimos a Playas. Te escribiré pronto.
P.D. Todos los camaradas tienen un himno, heredado, elegido o secreto, creo que eso ocurre con nuestros supervivientes en la isla, Zeb, están a punto de elegir uno. Yo, por ahora, percibo el hilo del nuestro, pero está lejos, tengo que caminar mucho para ir por él. Esos himnos, nuestros himnos verdaderos, nos desgarran cuando los entonamos, tenemos himnos secretos que nos sanan cuando proporcionan ácido a la herida. Algo así nos ocurrió en Sonora; el chofer, un mexicano, puso norteñas, norteñas que nadie conocía y como protesta los centroamericanos cantaban canciones de los Tigres de Norte, pero modificadas, canciones que hablaban de llegar a los Estados Unidos y meterle una verguiza a Donald Trump. En la vanguardia de los primeros 300 íbamos 4 mexas, de los cuales 3 compartíamos camión: Erick, de Iztapalapa, Gerardo, de Neza, nacido en Oaxaca, y yo, de todos lados; entonces descubrimos un himno, un himno que estuvo ahí desde hace mucho, cuya naturaleza es subterránea en lo general e intravenosa en lo personal, y al escucharlo los mexas nos miramos y nos pusimos a cantar a pulmón herido (herido por enfermedad, ciertamente) y los demás migrantes nos miraban asombrados y decían “miren a los mexicanos”. Se trataba de “Adios, amor”, de Christian Nodal, entonces me acordé de ti porque sin duda tu voz ahí hubiera dejado en lo más alto a nuestra nacionalidad y porque a nadie le he oído una voz así, como la tuya, tan bella, tan llena de matices y personalidad. Lo curioso de todo esto es que alguien dijo: “Cuando los mexicanos cantan abren la botella de tequila, conviden, mexicanos”, y es que de verdad olía a tequila, pero nadie traía. Vino otra canción de Christian Nodal y el aroma de tequila se esparció por todo el camión mientras cantábamos. Ese día el único líquido que teníamos en todo el camión era una lata de Coca-Cola, a la mitad, literalmente la última Coca-Cola del desierto, la inspeccionamos y, sí, de ahí venía el olor. Y la probamos. Sólo era coca, sólo era azúcar, pero olía a tequila. Las cosas raras del viaje, aún no encontramos una explicación.
Mis amigos me apuran, Zeb, debo marcharme, escribirte me emociona.
créditos a quien corresponda, lo necesitaba en mi blog :(
The Basketball Diaries (1995)