EL DOLOR IMPOSIBLE
Es un paralelismo terrible, el día de tu cumpleaños guardaba la expectativa de recibirte con un mensaje hermoso, casi lo hecho a perder, nadie comprendería aún menos yo, la angustia sofocante que me acechaba por dentro, así seguí siempre con normal rutina el libreto. Mi cabeza nunca dejó de estar fragmentada en pensamientos oscuros, hasta ahora lo reconozco, y he deducido que quizá la muerte es una proximidad paradójica hacia la vida.
El anterior año, el día de tu cumpleaños, en tu celebración treinta dos, era viernes, celebrábamos la vida, celebrábamos el azar infinito de posibilidades que nos habían reunido, y por fin pude llegar a casa. En esta ocasión, cumpliste treinta y tres años, con alegría y con algo de miedo, contaba las fechas especiales, aquella vez nada me resultó genuino, pude percibir tus emociones sobrepuestas, en efecto no te acompañaba la plenitud que debía estar presente aquel día.
En mí, la felicidad que nos unía comenzaba a verse lejana, como una de aquellas memorias indescriptibles que infinitamente descansan en el corazón de su nostalgia, el amor estaba velado y la dicha que antes había sido permanente comenzó a hacer escasa, aunque de momento ello era una idea contenida en mis pensamientos.
La cotidianidad entre ambos me resultaba extraordinaria: despertar temprano, dejarte dormido, volver a casa y llegar al desayuno, juntarnos en la mesa, realizar lo que teníamos planteado en el día, salir en el auto, hablarte incluso de trivialidades, etc. El conjunto de todo ello dibujaba la espontaneidad de nuestra íntima permanencia. No me arrepiento de nada, a lo mejor de haberte abrazado más, en cambio tú desbordabas amor, eras amor, tus ¡te amo! eran incontables, esos mimos inesperados, el que llegases a casa con las flores típicas que condecoraron nuestro amor, si, los girasoles, desde que nos conocimos nunca dejaste de regalármelos.
El amor es calculable en base a la magnitud de la pérdida, muchas veces carecemos de una conciencia abierta sobre aquello que sentimos, me era ajeno saber cuando te adoraba, lo supe después de que te perdí, allí comprendí la valía de ese amor utópico del que había oído mencionar, así como aquel del que habla Buesa, “este cariño triste, apasionado, y loco me lo sembré en el alma para quererte a ti”.
En tu cumpleaños treinta y tres, tu amor poco a poco se iba dilatando, no me refiero a que lo dejase de sentir, hablo de el como una sombra que con incredulidad trazaba su esbozo, poco a poco te ibas de mí, así como yo de ti, a ello le llaman angustia prolongada, que sería como la típica toma de Una muerte anunciada, para el caso la evasión era irrevocable.
El fin de aquel sábado, tras el almuerzo de domingo, las semanas pasaban entre sueños borrosos y angustias indeterminadas, luego llegó el horrendo agosto, lo que sucedió después era inenarrable, tú súbita muerte carcomió toda mi lucidez, y ahora, aunque he aprendido a mantenerme viva, reconozco que muchas veces, estar de pie es inaguantable. Ese paralelismo estrepitoso, definitivamente consolidó aquello que marcaría el dolor imposible.













