Habían pasado tres días desde que se fue de casa. Mejor dicho, desde que se fue de la casa de Graham. Planear todo no había sido fácil, pasar casi tres semanas pretendiendo que no pasaba nada mientras que, al mismo tiempo, planeaba a escondidas cómo es que lo haría.
Cuando despertó esa mañana supo que algo no estaba bien. El olor del desayuno le revolvía el estómago y estaba sumamente cansada, como si apenas y hubiera dormido la noche anterior. Nunca se había puesto a pensar sobre qué haría en una situación así, porque para ella eso simplemente nunca fue una posibilidad. El tenerla a ella había arruinado la vida de su madre y pasar por algo parecido le aterraba. Tiempo era algo que no tenía así que lo primero que debía hacer era confirmarlo.
Tuvo que pensar en una excusa lo suficientemente convincente para salir sola y que no fuera preocupante si es que tardaba demasiado. No tenía ni la menor idea de cuánto tiempo podía tomar algo así.
Camino hasta el pequeño hospital muggle del pueblo donde solo había estado una vez, precisamente cuando apenas habían llegado a la casa de Greengrass. El ir de compras, encontrar a Rebel e incluso ir a la feria habían ayudado a mantener su mente en otra cosa que no fuera el motivo por el que habían llegado a ese lugar en primer lugar, pero al quedarse al fin sola en la habitación que ocuparía durante su estancia, se quebró.
En ese momento le pareció que era mejor idea salir al balcón. Lo que había pasado con su familia, si es que aún les podía llamar así, había sido ya bastante humillante. No quería que además Graham pudiera escucharla llorar por la misma gente que la había hecho a un lado. Dejó entreabierta la puerta corrediza que daba al balcón donde tomó asiento en la única silla del lugar, abrazando sus piernas. No había sido su intención, al menos no conscientemente, pero en algún momento durante la noche se quedó dormida después de llorar. El clima aún más frío que en Londres y no tener la ropa adecuada terminarían haciendo efecto y fue así como Graham la encontró a la mañana siguiente. Había perdido el conocimiento y debido a la baja temperatura sus labios estaban incluso morados. Fue necesario pasar un par de días en el hospital donde afortunadamente nadie de su familia se apareció.
Lo que había pasado en su primera visita al lugar era mucho mejor que lo que estaba pasando en ese momento. Ella estaba casi segura de la noticia, pero el que se lo confirmaran fue como un balde de agua fría. Desde el momento en el que salió del hospital su mente comenzó a trabajar en cómo es que lo haría.
No era la primera vez que tenía que huir de esa manera. Esa mañana, en cuanto Graham le dejó saber que saldría a la tienda con Rebel, saltó de la cama para ir directamente a su armario. Con ayuda de su varita guardó todas sus cosas en una mochila agrandada con magia. Volver a Inglaterra no era opción, tampoco el quedarse en Escocia. Así terminó huyendo a Irlanda, tan al Norte como fuera posible. Había encontrado un pequeño hotel en el que podía quedarse por un largo periodo de tiempo. Ni ella misma tenía idea de cuánto tiempo pasaría en el lugar o que haría ahora, pues ya no estaba sola. Al menos no por el momento. De lo único que estaba segura era que se negaba a que otra persona en su vida se quedara cerca por lástima.
De encontrarse en otra situación ni siquiera se molestaría en comer, pero no podía simplemente no hacerse cargo. Al menos hasta que tomara una decisión. Pedía comida a su habitación y se bañaba por las noches. Esos eran los únicos momentos en el día que se levantaba. Estar tan angustiada no le permitía ni siquiera dormir y aunque odiara la idea, sabía que no podría estar más tranquila hasta que se lo dijera.
Estaba molesta. Molesta consigo misma más que nada. Había permitido que unas fotografías en El Profeta de esos niños que Albus había tenido poco después de que ella se fueran la alteraron más de lo que nunca admitiría. Una cosa había llevado a la otra y ahora tenía que encargarse de las consecuencias de su descuido. Consecuencias que no solo la afectaban a ella y eso era lo que más le molestaba.
Sabía que la extraña sensación en su estómago cuando se apareció fuera de la zona de seguridad de la casa no se debía solamente a que estaba nerviosa. Podría haber usado la chimenea, pero necesitaba esa pequeña caminata a solas para agarrar valor. Abría y cerraba sus manos tratando de regularse mientras caminaba. No parecía haber luces encendidas en la casa y por un momento temió que él se hubiera ido pero tan pronto abrió la puerta de entrada Rebel llegó corriendo por el pasillo para recibirla con tanta efusividad que casi terminan los dos en el piso.
— Hola bonito.— Aprovechó que el perro se había parado en sus dos patas traseras para abrazarlo. Si su perro se encontraba en casa, eso solo podía significar que él también, como confirmó con los pasos que se escuchaban a lo lejos.
— Tengo que hablar contigo.— Fue directamente al grano. Le parecía completamente estúpido preguntar cómo estaba o incluso saludarlo como si solo hubiera salido de compras.— Tengo que decirte algo, sé que todo esto es mi culpa y no quiero que digas o hagas algo estúpido solo porque crees que es lo correcto.— Porque definitivamente no lo era. Que pudiera pensar que debía forzarse a quedarse con ella por lo que estaba a punto de decirle era lo último que quería. No podría vivir con eso. Tomo aire antes de continuar.— Estoy embarazada.
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La palabra embarazada me golpea como si alguien hubiera lanzado una bludger justo frente a mi cara, pero antes siquiera de reaccionar a eso, mi mente sigue atrapada en lo otro:
El simple hecho de que ella está aquí. Que volvió. Después de tres días.
Tres días que se sintieron como una maldición lenta, de esas que no duelen lo suficiente para matarte, pero sí para no dejarte respirar.
Mi garganta está seca, trago saliva. Me arde el cuello, como si hubiera pasado días sin usar la voz —lo cual, técnicamente, es cierto. Solo le hablé a Rebel. Y a la casa vacía. Y al maldito silencio. La camiseta que tengo puesta está arrugada, tiene olor a café frío. Me paso una mano por la cara. La barba áspera me raspa la palma; ni siquiera recordaba que tenía barba. No había dormido bien. No había comido bien. Rebel apenas y logró que saliera un par de veces de la casa y aún así siempre regresábamos corriendo, esperando encontrarla sentada en el sofá, para regañarme por dejar la cocina hecha un desastre o la puerta abierta.
Eso nunca pasó. Pero ahora ella está aquí. Volvió. Apenas y puedo creerlo.
Camino hacia ella. Mis pasos son torpes, cansados. Me siento fatal y seguramente me veo peor. Y aun así, lo único que quiero es tocarla para asegurarme de que no va a desvanecerse otra vez.
Me obligo a inhalar despacio, conteniendo todas las emociones que se revuelven en mi pecho.
—Harri… —Mi voz suena mal, ronca, gastada—. Fueron tres días. Tres días sin saber nada. Y pensé… Pensé tantas cosas.
No lo digo como un reproche, porque no me sale. Solo como un hecho. Un pedazo de honestidad que se me había atorado en el pecho desde el momento en que encontré su armario vacío.
Doy un paso hacia ella. Con cuidado, sin acercarme más de lo que creo prudente. No sé si quiere espacio. No sé nada, realmente, excepto que verla aquí me duele y me alivia a partes iguales.
—No vuelvas a desaparecer así —logro decir, bajando un poco la mirada y apretando los dedos contra mi propia palma—. Por favor.
Me detengo. Dejo que respire, que exista sin que yo la invada. No espero una respuesta, no la busco. Solo necesito sacarlo, aunque sea así, apenas y pudiendo articular las palabras que luchan por salir de mi boca.
—Y sobre lo que dijiste… —siento el corazón subirme a la garganta, como esa primera vez cuando le confesé lo que sentía por ella, aunque no quiso escuchar—. No tienes que preocuparte por si voy a “hacer lo correcto” o algo así. No funciono así contigo. No desde hace mucho. Tú lo sabes.
Sacudo la cabeza y exhalo, con un nudo en el estómago que no sé si es emoción, angustia, miedo o las tres cosas mezcladas.
—Yo… —trago saliva de nuevo, porque me cuesta decirlo sin que se me rompa la voz—. Yo no me voy a ir. No voy a desaparecer. No voy a dejarte sola en esto, sea lo que sea que decidas o lo que venga después. Vamos a hablar. Vamos a decidir juntos. Pero no vuelvas a desaparecer, Harri, por favor.












