De cómo las leyes de Newton explican por qué siempre se os atranca la misma discusión
Cuando Newton enunció sus leyes, pretendía explicar las cuestiones relativas al movimiento de los cuerpos. En particular, los principios de inercia, fuerza y resistencia. No estaban en el siglo XVII para mezclar la física con las emociones. Pero a veces pareciera que estos tres conceptos afectasen también, y no de un modo positivo precisamente, al complejo fluir de las relaciones humanas.
Primera ley de Newton o ley de la inercia o ley del resentimiento. La inercia es la resistencia que opone un cuerpo a modificar su estado. La medida de la testarudez de la materia, vaya. Con su primera ley, Newton contradijo el enunciado de Aristoteles, que proponía que un cuerpo solo puede mantenerse en movimiento mientras se le aplica una fuerza. Hicieron falta cerca de veinte siglos para que se solventase ese error. Según la primera ley de Newton, todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme, a no ser que sea obligado a cambiar su estado por otras fuerzas impresas en él.
Es decir, una vez se echa la bola a rodar, esta seguirá su camino, independientemente de que la fuerza que provocó el movimiento haya cesado su empuje. Y hay bolas muy, pero que muy tercas… La mente humana y el resentimiento también son capaces de perseverar en su estado aun cuando el agente de su furia ya no está presente. Aun cuando han pasado años desde la última batalla.
Quizás lo hemos visto en esa obstinación que nos lleva a discutir con nuestra pareja en torno a ciertos asuntos… repetitivos. Porque todos tenemos un tema estrella, que una vez echa a rodar, puede cubrir distancias que ni la migración de las ballenas jorobadas. En ocasiones es el dinero, o una suegra meticona, o puede ser su inclinación por el juego, o un amigo insoportable o su virtud de flirtear. Y la sola mención es como detonar una barrica de trinitrotolueno. Porque no importa el contexto, ni que un minuto antes le estuvieses abrazando como un adorable koalita en un mirador de Portofino al atardecer. No importa nada, ni lo brioso de vuestra pasión, ni la magia de vuestra complicidad, ni que hace dos años le donases un riñón a su hermana pequeña, porque en el momento que sale ese tema, estáis atrapados en la cúpula del trueno de Mad Max. Dos entran, uno muere.
Y sabe Dios que le matarías.
Como en el caso de los cuerpos de Newton, que siguen en movimiento desaparecido el agente que los echó a rodar, igual pasa en los cerebros humanos, que descerrajado el tiro, sabes que esa bala seguirá su trayecto mucho mucho, pero que mucho después de lo que os convenía. Atravesando la epidermis del tiempo, día a día, mes a mes. Mayo, junio, julio, agosto, y la bala sigue mellando desde dentro. El rencor vive así en la prisión de los corazones humanos. Una vez excitado, tiene la cualidad de remontarse y dilatarse en el tiempo como un conflicto palestino israelí. Sois el Día de la Marmota en versión gore. La diferencia entre sacar este tema o cualquier otro es la diferencia entre disparar con un tirachinas o con un subfusil de asalto. Y aun así, disparas. Porque es vuestro tema y no se os olvida. Como un himno sádico. Porque hoy tengo un mal día y porque yo lo valgo.
A remolque de esta primera ley, va la segunda ley: la ley de la aceleración, de la aceleración del pulso si me vuelves a tocar las narices con el mismo tema. Así es. La segunda ley de Newton cuantifica la intensidad. Una fuerza aplicada sobre un cuerpo provoca una aceleración proporcional a la intensidad de la fuerza e inversamente proporcional a la masa que mueve.
Después de años anudados a la misma discusión, el ímpetu con que se asalta el problema es cada vez más fuerte, y el origen, el verdadero argumento, la “masa” es ya posiblemente nada más que una anécdota. Quizás incluso ha dejado de existir. Ya no luchas contra el problema, luchas contra su maldita fijación, luchas contra el dique que ha edificado para salvaguardar sus motivos de tener la razón, luchas contra su escudo, su yelmo y la hoja de su espada. Porque está tan empecinado que ha echado raíces en su escaño, y por encima de los cadáveres de toda tu estirpe te levantarás tú del tuyo. La intensidad de vuestro empeño es infinita. No te das cuenta, pero estáis desbocados en una carrera supersónica, directamente proporcional a la fuerza con que el otro arremete en su defensa y en la que el peso del verdadero motivo es, ciertamente, bien pequeño.
Porque, reconócelo, a menudo el contenido del problema no es tan relevante en realidad. Pero es una manía, una cuestión de honor. No es para tanto que su madre tire la comida de tu congelador cada vez que va a tu casa (vale, y que él se lo consienta), ni tampoco que se quedase en la oficina hasta tarde los días que ibais a salir a cenar. O que haya un ex novio en Facebook que le comenta las fotos en bikini. Ni que él le siga riendo las gracias a su amiga oligofrénica. Tampoco es para tanto, y en el fondo, quizás tú habrías hecho lo mismo. Pero hace ya mucho tiempo que esos roces dejaron de ser desavenencias. Por insistencia, por apuntar a las partes de carne más podridas, ya por cabezonería, habéis llevado la arrogancia a su apoteosis. Porque si tú no cedes, no cedo yo. Tercera ley de Newton o principio de acción-reacción o ley de la cabezonería: por cada fuerza que actúa sobre un cuerpo, este realiza una fuerza de igual intensidad y en sentido contrario sobre el cuerpo que la produjo. Ley del orgullo extremo. Ley de por mis huevos toreros. ¿Que no te callas? Pues no me callo. ¿Que no te bajas?, pues para chulo mi…
Quisiera ser optimista y proponer una moraleja alentadora. Pero una ley es una ley. No es una teoría, no es una hipótesis. Y la ley de la empatía parece ser que no es una ley de la naturaleza. Además, ¿quién soy yo… para contradecir a Newton?












