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Comienzos viejos.
Colores vivos, luces tenues y amarillentas en paredes empapeladas de un color verde pasto mojado. Bordes bordos. Techos blancos con tintes de crema. Madera barnizada en marcos y pasamanos con una humedad visible y estructura que, si bien estaba envejecida por los años, se veía cuidada. Detalles pocos representando un hotel de los años 60 visto en primera persona. A punto de entrar en el ascensor un conserje saluda y pregunta, en 3 o 4 palabras ilegibles, lo que la distracción no dejo escuchar. Zumbido en oídos expuestos a prolongados ruidos. Saluda y, al pegar media vuelta, con la mano izquierda, en nuestra vista se abre la puerta del ascensor al cual se termina subiendo. Ascensor al cual le empieza a sonar la alarma de exceso de peso. Las dudas mudas recorrieron con la mirada. ¿Dónde estaba el exceso de peso? ¿En la persona? ¿En el pesado bolso que llevaba aquella mano derecha? Convencido de ser el dueño, no lograba recordar que llevaba dentro. Sorpresa sin preocupación, y, abstraído del mundo, al encontrar una cabeza decapitada, despeinada, de unos 35 años dentro. Solo hubo alivio al recordar lo que era ese peso muerto llevado en aquel bolso color verde militar.
Vuelve al momento. El zumbido desaparece de forma gradual y la salmodia del ascensor empieza a sonar cada vez más fuerte, a medida que el silbido se apaga, hasta sorprenderse de la situación. La alarma no era del ascensor sino del celular; una alarma para despertarlo y hacerse de su vida. Vida que arranca su día en una habitación desordenada, abarrotada y con una luz constante que invade, a través de una persiana semi-cerrada, una privacidad estéticamente cuidada. El primer suspiro y la falta de aire solo indican una emoción.
Doscientas cuarenta y dos palabras. Una contradicción en un tiempo cortó. Una carta sin escribir y, si bien nunca cambie lo suficiente, ya no sigo siendo el mismo. Ser testigo me es corto; no solo quiero observar. Quiero creer, me gusta pensar y fantaseo con ser el culpable de mi vida. Imagino situaciones en todo momento. La orquesta suena de fondo cuando el viento agita los árboles y choca en paredes que se bifurcan en casa. Conversaciones ajenas en el colectivo, respirar profundo en una plaza, vivir los paisajes de un viaje. La orquesta suena, la música sigue y todo, porque siempre es todo, pasa.
Ser culpable es un título atractivo pero, el título, no siempre se equipara al trabajo necesario para tenerlo. Ser culpable es saber cuando dar un paso al costado y cuando mantener el rumbo. Es poner las esperanzas sobre la mesa y arriesgarse a que te las quemen. Ser culpable es hacerte cargo de que, quizá, las cosas no salgan como esperabas. Es saber que en 10 años uno puede reencontrarse o desaparecer. Ser culpable es, a mi juicio, hacerse cargo; sea con el motivo que sea.
Quiero creer, me gusta pensar y fantaseo con ser el culpable de mi vida; aunque más de una vez sea un simple cómplice. Porque ser cómplice es más cómodo y libre de culpas. La orquesta suena, la música sigue y todo, porque uno nunca es otro ni tampoco el mismo, pasa.
Not cool... Not cool.
Me es curioso cómo funciona el cerebro. El simbolismo asociado a palabras que se deshuesan en significados que, como regla casi aplicada, solo sirven en conjunto. No es que carezcan de valor individual, pero pocas comunican más de lo que dicen.
Los sueños me parecen algo especial. No por nada y con total escepticismo. Me siento atraído hacia eso que no sé, me pica la curiosidad y ansioso me rasco.
Hoy, siguiendo con el tema, soñé que me enamoraba. No por los besos cómplices. No por las miradas de largas charlas. Mucho menos por el sexo, casi estancado en la regla. Me di cuenta de que estaba enamorado por un simple momento. Claro como el agua, el tono de mi voz. La pose, la sonrisa, mi cabeza en su hombro, el olor de su pelo. Por lo poco que duro; era mi confidente. Nadie más entraba o salía de ese círculo.
No me necesitaba para nada y me quería para todo. Tuve muy en claro que no era más que una opción y, de eso, estaba agradecido. Finalmente desperté, queriendo seguir durmiendo.
Así son los sueños… Monólogos a dos voces con uno mismo.
Personalmente. Ya no pienso más en algunas cosas. Ya no pienso en mis momentos risueños. Lo hago como remedio para evitar la nostalgia. Porque a veces no te suelta, a veces la brisa no para, refresca demasiado y te da un resfrío. Personalmente. Ya no pienso más hacía adelante. Me di cuenta que, tal vez y solo tal vez, no avance tanto como creía. Personalmente. Ya no pienso más en la suerte, en la vida, en el éxito, en el amor. Algunas casi las tengo olvidadas y otras las recuerdo solo para intentar olvidar (me pregunto con cuanto de eso puedo hacer mea culpa). Personalmente. Ya no pienso más en vos, no, ya no pienso más (solo en algunas cosas).
Creo que realmente deberías sentarte y mirar como las cosas fluyen. A veces una decisión que podrías considerar como un error para el presente puede catalizar hacia algo extraordinario. Algunas de las aventuras mas apasionantes de la vida comienzan con la decisión incorrecta.