Hola, solo una adolecente en crisis escribiendo lo que no dice.
Pueden encontrarme en instagram, tiktok y Twitter como LarkWired.
d e v o n
NASA
No title available
dirt enthusiast
almost home
Peter Solarz

JVL
DEAR READER
art blog(derogatory)
hello vonnie

Love Begins
AnasAbdin
Sweet Seals For You, Always
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open

❣ Chile in a Photography ❣
RMH
sheepfilms
No title available
Three Goblin Art
Jules of Nature
seen from Malaysia
seen from Canada
seen from United States

seen from United States
seen from Germany
seen from United States
seen from United States
seen from Germany
seen from Türkiye

seen from United States
seen from Singapore
seen from Colombia

seen from United States

seen from United States
seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from United States
seen from United States
@larkwired
Hola, solo una adolecente en crisis escribiendo lo que no dice.
Pueden encontrarme en instagram, tiktok y Twitter como LarkWired.
Aprender a quedarse no es querer estar.
“No es que quiera morir, es que no sé cómo vivir.”—Tan poca vida.
Esa frase no llegó como una revelación.
Llegó como una confirmación.
Me acompañó toda la adolescencia.
Cada paso. Cada risa. O, más bien, cada intento de risa.
Como una música de fondo que no se puede apagar, solo bajar un poco el volumen.
Nunca quise morir.
Pero muchas veces preferiria no haber nacido.
No es lo mismo, aunque desde afuera lo parezca.
Morir implica una decisión.
No haber nacido es solo el deseo de no tener que cargar con todo esto.
Es un pensamiento persistente.
A veces ensordecedor. A veces apenas un murmullo.
Pero siempre ahí, marcando el ritmo de fondo, infiltrándose incluso en los días “buenos”.
Mi primera etapa suicida fue a los diez años.
Diez.
Cuando todavía no sabía ponerle nombre a lo que sentía,
pero el cuerpo ya sabía que algo no estaba bien.
Tuve la mala idea de decirlo en voz alta.
No porque hablar esté mal,
sino porque no todos saben escuchar sin juzgar, minimizar
o convertir el dolor en un problema a corregir.
Aprendí temprano que pedir ayuda también puede doler.
Hay frases que no hablan de muerte.
Hablan de no encontrar un modo habitable de estar vivo.
De levantarse todos los días con un manual que parece escrito en otro idioma.
De ver al resto moverse con naturalidad
mientras vos intentás entender qué parte te estás perdiendo.
La adolescencia no siempre es rebeldía y drama.
A veces es sobrevivir en silencio a una pregunta
que nadie sabe responderte:
cómo se supone que se vive
cuando vivir pesa más de lo que debería.
Me dijeron que me iba a gustar.
Nunca dijeron qué pasaba si solo me acostumbraba.
No todo deja marca... inmediata
Hay muchas cosas que me dan bronca, pero pocas se comparan con las ganas que tienen los adultos de creerse que lo saben todo. De opinar, de juzgar, de marcar, y después no hacerse cargo de nada.
Opinaron de mi cuerpo muchas veces. Más de las que podría contar con las dos manos. Y lo digo en serio cuando digo que, en su momento, no me importó. Nunca cambié cómo me vestía, cómo hablaba o cómo me movía por eso. No sufrí bullying en la escuela. Siempre fui social, siempre tuve amigas, siempre supe moverme. La vida es bastante más simple cuando la tapás con sonrisas y sarcasmo.
Pero que no me hicieran bullying no significa que no haya quedado marcada.
A los cuatro años, cuando todavía jugaba con barbies y los domingos eran almuerzos largos en familia, mi abuela hizo el comentario que más me marcó. No fue un insulto directo. Fue uno de esos chistes con sonrisa, de esos que los adultos justifican como humor y después olvidan.
Íbamos a comprar un helado. Pasamos por la casa de una amiga suya y se quedó charlando. Yo no prestaba atención hasta que empezaron a hablar de mí. Que cuánto había crecido, que estaba más alta, lo de siempre.
Hasta que mi abuela dijo, riéndose:
“Ella va mucho a McDonald’s, por eso es redonda como la luna”.
Los adultos se rieron. Yo también. O fingí hacerlo.
Fue como si me hubieran apuntado con un arma invisible y apretado el gatillo sin dejar marca externa. No me mató en el momento. Me dejó una idea.
Ese día no comí el helado. Horas después, mi abuela le dijo a mi papá que me dolía el estómago. No era cierto. Mi familia me insistió todo el día para que comiera, pero a mí “me dolía el estómago”. Después pasó lo de siempre: fingí demencia, barrí todo bajo la alfombra y seguí.
Durante años no pasó nada extraordinario.
Las consecuencias no llegan como una tragedia. Llegan de a poco. Primero reduciendo porciones. Después salteando comidas. Después contando calorías. Sin drama. Sin alarma. Sin que nadie diga nada.
Hoy me siento a comer y veo números. Aprendí a hacer cuentas en segundos, a analizar cantidades, a medir sin pensar. No porque me guste. No porque sea obsesiva por naturaleza. Por un chiste.
La misma abuela que me rompio algo en mi a los cuatro años, años después me obligaba a comer. No entendía por qué no podía. No entendía el peso que había dejado ese comentario. Marcaba cuántos huesos se me notaban, qué tan grande me quedaba la ropa. Como si el problema hubiera empezado ahí.
Y nadie nunca dijo nada.
Nadie desactivó esa frase.
Nadie explicó qué hacer con eso.
No fue el comentario lo que me rompió.
Fue que lo dejaron vivir solo en mi cabeza.
Los adultos hablan mucho del daño, pero no entienden el poder que tienen cuando dicen algo y siguen de largo. No todo deja moretones. Algunas cosas se quedan adentro y aprenden a crecer solas.
Todo tiene un primer golpe.
Todo tiene un origen.
El mío no fue un trauma.
No me rompió en el momento.
Me marcó lo suficiente como para que el daño se hiciera solo.
Y con eso alcanzó.alcanzó.
Hay muchas cosas que me dan bronca, pero pocas se comparan con las ganas que tienen los adultos de creerse que lo saben todo. De opinar, de juzgar, de marcar, y después no hacerse cargo de nada.
Opinaron de mi cuerpo muchas veces. Más de las que podría contar con las dos manos. Y lo digo en serio cuando digo que, en su momento, no me importó. Nunca cambié cómo me vestía, cómo hablaba o cómo me movía por eso. No sufrí bullying en la escuela. Siempre fui social, siempre tuve amigas, siempre supe moverme. La vida es bastante más simple cuando la tapás con sonrisas y sarcasmo.
Pero que no me hicieran bullying no significa que no haya quedado marcada.
A los cuatro años, cuando todavía jugaba con barbies y los domingos eran almuerzos largos en familia, mi abuela hizo el comentario que más me marcó. No fue un insulto directo. Fue uno de esos chistes con sonrisa, de esos que los adultos justifican como humor y después olvidan.
Íbamos a comprar un helado. Pasamos por la casa de una amiga suya y se quedó charlando. Yo no prestaba atención hasta que empezaron a hablar de mí. Que cuánto había crecido, que estaba más alta, lo de siempre.
Hasta que mi abuela dijo, riéndose:
“Ella va mucho a McDonald’s, por eso es redonda como la luna”.
Los adultos se rieron. Yo también. O fingí hacerlo.
Fue como si me hubieran apuntado con un arma invisible y apretado el gatillo sin dejar marca externa. No me mató en el momento. Me dejó una idea.
Ese día no comí el helado. Horas después, mi abuela le dijo a mi papá que me dolía el estómago. No era cierto. Mi familia me insistió todo el día para que comiera, pero a mí “me dolía el estómago”. Después pasó lo de siempre: fingí demencia, barrí todo bajo la alfombra y seguí.
Durante años no pasó nada extraordinario.
Las consecuencias no llegan como una tragedia. Llegan de a poco. Primero reduciendo porciones. Después salteando comidas. Después contando calorías. Sin drama. Sin alarma. Sin que nadie diga nada.
Hoy me siento a comer y veo números. Aprendí a hacer cuentas en segundos, a analizar cantidades, a medir sin pensar. No porque me guste. No porque sea obsesiva por naturaleza. Por un chiste.
La misma abuela que me partió algo a los cuatro años, años después me obligaba a comer. No entendía por qué no podía. No entendía el peso que había dejado ese comentario. Marcaba cuántos huesos se me notaban, qué tan grande me quedaba la ropa. Como si el problema hubiera empezado ahí.
Y nadie nunca dijo nada.
Nadie desactivó esa frase.
Nadie explicó qué hacer con eso.
No fue el comentario lo que me rompió.
Fue que lo dejaron vivir solo en mi cabeza.
Los adultos hablan mucho del daño, pero no entienden el poder que tienen cuando dicen algo y siguen de largo. No todo deja moretones. Algunas cosas se quedan adentro y aprenden a crecer solas.
Todo tiene un primer nombre.
Todo tiene un origen.
El mío no fue un trauma.
No me rompió en el momento.
Me marcó lo suficiente como para que el daño se hiciera solo.
Y con eso alcanzó.
Los sueños...
Hola.
Hoy no voy a escribir sobre la miseria de la sociedad ni sobre cómo los adultos miran a los adolescentes como si fueran un problema mal entendido. Hoy quiero contar una teoría. Una que tengo en la cabeza hace años y que nunca dije en voz alta porque no encontré a nadie con ganas reales de escucharla.
La pensé cuando era más chica, cuando todavía creía que el mundo dolía menos y que los sueños, si te esforzabas lo suficiente, se cumplían. Eso es lo que te dicen siempre. Que con sacrificio alcanza. Que todo llega. Con el tiempo entendés que no. Que hay cosas que no se cumplen aunque te rompas intentando. Y ahí nadie te explica nada.
Nunca entendí bien la lógica de la vida, pero escribir es la forma que encontré de hacerme preguntas sin esperar respuestas mágicas. Por eso esto no es una verdad absoluta ni una teoría con base científica. Es una forma de pensar lo que me pasa.
La base de esta teoría son los sueños. Yo creo que no todos pesan lo mismo, ni significan lo mismo, ni tienen la misma importancia. Aunque suenen abstractos, para mí se pueden ordenar. Clasificar. No porque quiera controlarlos, sino porque necesito entenderlos.
No lo digo desde el conocimiento académico, lo digo desde el análisis constante de alguien que piensa demasiado y siente igual de fuerte. Y si tengo que explicarlo de la forma más simple posible, es esta: los sueños no son todos iguales y no todos están hechos para cumplirse.
No todos los sueños pesan igual.
Eso es la base de todo esto.
No es una metáfora, es una observación. Si los ponés todos en la misma bolsa, terminás creyendo que fallaste cuando en realidad solo estabas persiguiendo algo que nunca iba a quedarse.
1. Los sueños del momento
Estos sueños duran lo que dura una vidriera.
Son livianos. De esos que aparecen como aparecen las modas.
Los ves, te imaginás ahí, te entusiasman un rato. Te hacen creer que si los cumplís, algo se acomoda.
Son el “quiero esto” del momento.
Cambian fácil.
No dejan marca.
Si no se dan, no duele tanto. Molesta un poco el ego, nada más.
Y si se dan, tampoco pasa gran cosa después.
No sostienen nada.
Solo pasan.
2. Los sueños por existencia
Estos sueños funcionan como muebles.
No llaman la atención.
No los subís a historias.
Pero si no están, la casa se siente vacía.
No gritan, pero tampoco se van.
No te levantás pensando en ellos todos los días, pero cuando no están, algo se siente torcido.
No son aspiracionales. Son estructurales.
No te hacen más interesante.
Te hacen funcional.
Son sueños que no necesitás explicar porque no los defendés. Los vivís.
No los soñás en grande, los repetís en chico.
Y por eso duran.
3. Los sueños para la vida
Estos sueños no conocen el permiso.
No brillan.
No gritan.
No se van.
Estos son los sueños más pesados.
Los que no elegís.
Los que se te meten antes de que sepas qué hacer con ellos.
No siempre son claros. A veces son una sensación, una imagen borrosa, una incomodidad constante.
Podés ignorarlos, cambiarles el nombre, distraerte con otras cosas.
Igual siguen ahí.
Estos no se caen solos.
No se reemplazan.
No se negocian.
Y cuando no se cumplen, no explota nada.
Pero algo se apaga lento.
Y eso es peor.
No escribo esto para decir qué sueño vale más.
Escribo esto porque confundirlos es lo que nos rompe.
Hay sueños que están para pasar.
Otros para quedarse.
Y otros para perseguirte toda la vida, aunque hagas de cuenta que no.
Podría escribir una tesis con esta teoría. Podría crear libros de poesía, fantasía, romance y acción. Porque los sueños son como las matemáticas: son la base de todo. Todo lo que hacemos es un sueño o es el camino hacia uno.
Al final no duele que un sueño no se cumpla.
Duele haber vivido como si nunca hubiera importado.
Hola. No soy así todo el tiempo. Soy más tranquila. Más correcta. Más fácil.
La versión que no molesta, la que sabe cuándo callarse, la que entiende rápido qué esperan de ella y lo cumple. Eso se aprende. Funciona. Te mantiene a salvo.
Esto no es esa versión.
Me acostumbré a hacerlo bien desde chica. A no joder. A no exagerar. A no ser un problema. A estar sin ocupar demasiado espacio. Y sin darme cuenta, empecé a desaparecer un poco. No de golpe. De a poco. Como algo que se va corriendo para no estorbar.
No escribo con mi nombre porque mi nombre viene cargado. De miradas. De opiniones. De gente que cree saber quién soy. Acá no tengo que sostener nada de eso. Acá puedo decir lo que pienso sin pensar cómo va a caer. Puedo estar enojada sin justificarme. Confundida sin explicarme. Cansada sin pedir perdón.
No soy prolija por dentro.
No soy coherente.
No siempre sé lo que siento, pero sé cuando algo me duele. Y duele seguido.
Hay días en los que quiero romper algo. Hay días en los que no quiero hablar con nadie. Hay días en los que me odio por no ser como debería. Hay días en los que finjo que estoy bien porque es más simple que explicar lo contrario. Todo eso convive en el mismo cuerpo y nadie te enseña qué hacer con eso.
No estoy escribiendo desde un lugar resuelto. No aprendí nada todavía. No superé nada. Estoy en el medio. Y el medio es sucio, contradictorio y agotador. Pero es real.
Esto no es valentía.
Es cansancio.
Cansancio de sostener una versión mía que no alcanza para todo lo que pasa adentro.
Si algo de esto te incomoda, está bien.
A mí también me incomoda escribirlo.
¿Por qué nadie nos enseña a creSer?
Hola.
No sé muy bien cómo se empieza a ser alguien.
Nadie me explicó esa parte.
Siempre fue un
“¿sabés a qué hora tenés baile?”
o un
“ya sabés qué querés estudiar”,
pero nunca un:
“¿sabías que en algún momento de tu vida
lo único que vas a querer hacer
es morirte del estrés académico, familiar y social?”
O algo como:
“¿sabías que en algún punto de tu adolescencia
va a llegar esa amiga
creyéndose mejor que vos
por tener algo que vos no?”
Nadie te prepara para la mierda de la vida.
Nadie piensa en vos.
Solo en lo que te conviene.
En quién creen que tenés que ser,
no en quién querés ser.
Crecer es inevitable.
Pasa aunque no quieras.
Aunque lo estires.
Aunque lo niegues.
Llega el punto en el que alguien te dice que das cringe.
Donde tus amigas están dando su primer beso
y vos seguís estancada
viendo películas con mamá los viernes a la noche.
Porque, por si no sabían:
crecer = odiar a mamá.
Si no es así, sos infantil.
No sabés volar del nido.
Y con la confusión de tus amigas volviéndose distantes,
tu mamá diciéndote que ya no podés hacer ciertas cosas,
que ya estás grande para boludeces,
llegan los cambios.
Como un golpe seco.
Como un tiro a quemarropa
que no te mata,
pero te deja supurando
y retorciéndote de dolor.
Tu cuerpo se vuelve extraño.
Ya no lo ves como un cuerpo,
sino como una oportunidad
de encajar
y gustar.
La gente parece cada vez más idiota.
El tiempo te pisa,
repitiéndote que “ya no sos una niña”.
Todo eso pasa
mientras tenés una muerte lenta y dolorosa
en la que nunca dejás de respirar.
Y con toda la sangre saliendo de la herida
solo podés pensar:
¿quién soy?
Porque creSer
es muy distinto a crecer.
Ser duele.
Ser confunde.
Ser no entra en promedios,
ni en boletines,
ni en las personas que defendés
y tus padres siguen llamando
“mala junta”.
Toda mi vida intenté hacerlo bien.
Ser prolija.
Ser correcta.
Ser lo que no jode.
La que está sin que la notes.
Sin molestar.
Y en ese intento me escondí.
Porque es más fácil ser perfecta que real.
Nadie te dice qué hacer con la bronca.
Con la contradicción.
Con la absurda manera de reírte
porque ya no podés llorar más.
Con las ganas de romper algo y llorar,
todo al mismo tiempo.
Nadie te enseña a habitar tu cabeza
cuando el ruido empieza a molestar.
Te dicen “ya vas a entender”.
Pero no se gastan en explicar.
En comprender.
Te lo plantean como una “etapa”,
como si eso lo hiciera menos real,
como si doliera menos.
No busco aprender a crecer.
Eso ya lo estoy haciendo sin manual.
Estoy tratando de creSer sin pedir permiso.
Sin medir cuánto espacio ocupo.
De existir sin traducirme.
De aceptar que no soy una versión ordenada de nada.
No quiero ser ejemplo.
No busco ser inspiración.
Busco ser yo.
Quiero ser honesta,
incluso cuando eso suena mal,
incluso cuando molesta.
Si esto es crecer, nadie lo explicó bien.
Y si esto es ser,
nadie me avisó que dolía tanto existir sin disfraz.