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@madrigaldeloskirin
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first morning of 2026 and we FINALLY got the max and checo helmet swap pic 🙂↕️🙂↕️🙂↕️
El paddock de Silverstone estaba más vivo que nunca, con fotógrafos persiguiendo a cada piloto y comentarista. Max ajustaba el gorrito de su hijo Pato, mientras Checo caminaba a su lado con una sonrisa. Caminaban juntos, riéndose de tonterías privadas, ajenos al caos de cámaras que intentaban capturar la imagen imposible: una pareja de Fórmula 1 que había sobrevivido a todo.
—¿Te acuerdas cuando decían que lo nuestro era puro marketing? —susurró Checo, en español, con una sonrisa torcida.
—Nos funcionaba esa pantalla… —contestó Max, besándole la sien con un descaro que ya no ocultaban—. Pero mira, ahora somos la prueba de que la relación fue mas lejos.
Mientras avanzaban, Max notó dos miradas fijas. Lewis, desde el garage de Ferrari, se había detenido a medio casco, observándolos en silencio. Alzó el rostro para saludarlo y seguir caminando. Nunca había borrado de su cabeza que Lewis en algún momento quiso algo con su mexicano. Pero igual nunca tuvo oportunidad. El anillo de oro alrededor de los dedos anulares de ambos, y el pequeño Pato, era la prueba de que Max había ganado una vez más en la vida.
Casi llegando al taller de Cadillac, donde Checo se quedaría, Nico Rosberg, con el micrófono de Sky Sports aún en la mano, los veía con una mezcla de curiosidad y nostalgia que casi dolía.
Max frunció apenas el ceño. Conocía esa expresión: la había visto en pilotos derrotados, en gente que llevaba una carga invisible. Nico sonreía, sí, pero sus ojos estaban clavados en ellos dos, como si le costara entender cómo habían llegado ahí.
—Nos miran raro —murmuró Max, en neerlandés, solo para Checo.
Checo lo miró con la ceja alzada y giró para ver a Nico. Quien saludo con la mano desde lejos.
—No es raro —respondió él, meciéndose un poco con el bebé dormido—. Quizás solo te sigue teniendo miedo …
Max soltó una carcajada baja, discreta, pero su pecho se infló de orgullo. Se acercó a su esposo y, con toda intención, le acomodó la chamarra en el hombro, dejándole un beso en la mejilla. Las cámaras captaron el gesto, y Nico, sin darse cuenta, apretó el micrófono con fuerza.
Lewis apartó la vista primero. Nico, en cambio, siguió mirando, con una punzada que parecía demasiado parecida a arrepentimiento.
Checo sujeto a Pato y Max salió rumbo al garage de Red Bull. Caminando con la cabeza en alto, sonriendo.
Nico, con la sonrisa impecable que había aprendido a fingir frente a millones, levantó el micrófono y le hizo una seña a Max para que se acercara.
—Max, felicitaciones por la victoria en Mónaco. —La voz de Nico era firme, profesional, como si nada lo tocara—. Eres ahora no solo campeón, sino también padre. ¿Cómo manejas todo eso al mismo tiempo?
Max, con la naturalidad de alguien que ya no tenía nada que esconder, respondió sin titubear:
—Con ayuda de Checo… siempre. —Miró hacia su esposo, que a lo lejos presumía a Pato con paciencia infinita—. Creo que la clave es que somos un equipo en todo.
Las cámaras captaron la respuesta, los fans gritaron, y Nico sonrió de forma automática. Pero en cuanto se apagó la luz roja del monitor, bajó el micrófono y su postura se relajó. Se quedó mirándolo por un segundo más de la cuenta, hasta que habló en voz más baja, casi un murmullo que no era para televisión.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó, con un tono que tenía más peso que cualquier entrevista—. ¿Cómo lograron sobrevivir a… todo?
Max parpadeó, sorprendido por el cambio de tono.
—¿A qué te refieres?
Nico respiró hondo, como si se estuviera atreviendo a abrir una herida vieja.
—Al orgullo, al ego, a las peleas… a momentos como Brasil en el 2022. Yo lo vi, todos lo vimos. Fue brutal. Pensé que ahí… —hizo una pausa, bajando la mirada— que ahí se acababan.
Max se quedó en silencio unos segundos. La mención de Brasil le apretó el estómago. Recordaba perfectamente las palabras, la frialdad, la distancia en el garage. Ese día pudo haber sido el final.
Pero después alzó la vista, y sus ojos buscaron a Checo, que ahora reía con uno de los mecánicos mientras sostenía a su hijo. La imagen le devolvió calma.
—No fue fácil —respondió al fin—. Pero… decidimos que nada valía más que lo que tenemos. Ni los puntos, ni las victorias, ni el orgullo. Ni siquiera mi padre —Su voz bajó un poco, sincera—. Yo tuve que aprender a pedir perdón. Y él… a creerme cuando decía que lo amaba más que a todo lo demás.
Nico tragó saliva. Lo escuchaba con la seriedad de alguien que se reconocía en esas palabras, pero que nunca se atrevió a hacerlo en su tiempo.
—Ojalá yo hubiera sabido hacer eso —murmuró, casi para sí mismo.
Max lo observó un instante, entendiendo más de lo que Nico había querido decir.
@chequitopdmax 🐍✨
El atardecer empezaba a teñir de dorado los jardines del pequeño salón campestre. Las luces colgantes, amarillas y suaves, daban la ilusión de luciérnagas flotando sobre las mesas blancas con flores de jazmín. La boda había sido íntima: solo familiares, algunos amigos cercanos y un pequeño grupo del pueblo. No era ostentosa… pero sí hermosa. Elegante. Romántica.
Checo, con su traje color crema y su cabello prolijamente peinado hacia atrás, reía bajito mientras sostenía entre sus manos los dedos entrelazados de Max.
Max, impecable en su traje oscuro, corbata perfectamente anudada, mejillas ligeramente rosadas, no podía dejar de mirarlo como si no creyera que fuese real.
—¿Estás feliz? —susurró Max, inclinándose para rozar su frente con la de él mientras bailaban lento al centro de la pista.
—No… —respondió Checo con una sonrisa tímida y brillante—. Estoy completamente feliz.
Un saxofón sonaba suave desde la banda en vivo, acompañando sus pasos lentos. Checo apoyó su mejilla en el pecho de Max, escuchando su corazón acelerado. Sus brazos rodearon su cintura con delicadeza.
—¿Te das cuenta…? —murmuró Checo, con voz bajita—. Hoy empezó todo lo que soñamos. Nuestra casa, nuestro futuro… despertarme y verte todos los días.
Max bajó la cabeza y le dio un beso lento en la sien.
—Nuestro hogar… contigo —susurró—. Con un jardín, un perro si quieres… niños, cuando llegue el momento.
Checo se rió suavecito.
—Y pastel —añadió muy serio, levantando la mirada—. No me voy de mi propia boda sin comer pastel.
Max estalló en una risa cálida, esa que le salía sólo con él.
—Claro, mi amor —le susurró—. Te prometo que antes de la medianoche tendrás una porción… o dos.
Checo se impulsó un poco de puntitas y le dio un beso en los labios. No en la mejilla. No rápido. Sino uno dulce, lento, reservado, pero lleno de emoción.
—Te amo, esposo —murmuró, todavía pegado a su boca.
Max lo abrazó más, casi temblando de alegría.
—Te amo, mi vida.
La música continuó. La gente los observaba con sonrisas sinceras. El aire olía a flores, lluvia lejana y pastel recién horneado. Checo cerró los ojos, apoyado contra el hombre que amaba, sintiendo que todo lo que vendría después—lo bueno, lo difícil, lo inesperado—iba a valer la pena si lo vivían juntos.
El sol caía lentamente sobre el césped, dorando las sillas de madera, el mantel blanco y las guirnaldas de flores que decoraban el jardín. Checo y Max todavía no soltaban sus manos cuando comenzaron a acercarse los familiares, uno a uno, con sonrisas, abrazos y algún comentario típico de boda.
La primera en abrazarlos fue la madre de Checo, regalándoles un beso en la frente a cada uno:
—Mi niño… —dijo con ojos brillosos—. Estoy tan orgullosa de ti. Y tú, Max… gracias por amarlo como lo haces. Cuiden mucho este amor.
Max le sonrió y la abrazó con respeto.
—Se lo prometo, señora.
El padre de Max, en cambio, más serio pero con una sonrisa escondida en los labios, estrechó la mano de Checo.
—Bienvenido oficialmente a la familia, Sergio. Y… —miró a ambos con cierto humor en los ojos— no me hagan esperar demasiado para los nietos. Esa casa que compraste, Max, tiene espacio para un ejército de niños corriendo.
Checo se sonrojó instantáneamente, apretando la mano de su esposo.
—Papá… —murmuró Max, entre divertido y avergonzado.
Pero antes de que pudiera decir más, la tía de Checo llegó emocionada.
—¡Ay, sí! Esa casa es enorme, m’ijo —dijo, agitando su abanico—. Como de película. Dos pisos, balcones blancos, jardín inmenso… ¡Eso no es casa, es una granja entera! Se van a perder ahí dentro si no la llenan de hijos.
Checo soltó una risita nerviosa, las mejillas completamente rojas.
—Bueno… es que Max quiso que tuviéramos espacio.
—Y privacidad —añadió Max con calma, mirando a Checo de reojo con ternura—. Para hacer nuestra vida, a nuestra manera.
La abuela de Checo, tomándolo de las manos, acercó su rostro arrugado, amoroso.
—Hijito, los hijos vendrán cuando Dios quiera. Lo importante es que la casa tenga amor —dijo suave—. Pero si llegan pronto… yo seré la abuela más feliz del mundo.
Checo sonrió, mordiéndose el labio inferior, nervioso pero feliz.
—Gracias, abuela.
Max inclinó la cabeza y besó la mano de la mujer mayor, respetuoso.
—Haremos de esa casa un hogar, se lo prometo.
Checo apoyó su cabeza en el hombro de Max y susurró solo para él:
—¿Y si sí… llenamos la casa?
Max sonrió, bajando su voz al oído de él:
—Cuando tú quieras, cariño. Primero pastel, luego hijos… ¿trato?
Checo rió suave.
—Trato.
@max-emilianrp 🥀
En este mundo, los omegas se habían vuelto leyenda.
No fue de un día para otro.
Primero dejaron de nacer.
Luego dejaron de ser nombrados.
Y finalmente, dejaron de ser protegidos.
Las guerras por el poder, la obsesión de los alfas por la descendencia y el miedo a la extinción torcieron las leyes de la naturaleza. Para no desaparecer, los clanes comenzaron a forzar el orden: alfas de bajo rango marcados como sustitutos, betas rotos por vínculos que no les pertenecían, cuerpos usados como recipientes sin alma. La palabra omega se volvió peligrosa. Un tesoro. Una excusa para la cacería.
Los verdaderos omegas… casi todos murieron.
Por eso, en los mapas nuevos, el bosque del norte aparecía vacío.
Demasiado frío. Demasiado antiguo.
Demasiado silencioso para interesar a nadie.
Allí, en una cabaña pequeña de madera oscura y ventanas siempre empañadas por el humo del hogar, vivía Checo.
Checo, de manos suaves y mirada quieta.
Checo, que no sabía de imperios ni de clanes, solo del canto de los pájaros al amanecer y del crujir de la nieve bajo las botas viejas.
Checo, que sangraba distinto.
Que olía distinto.
Que era distinto.
Su madre lo sabía desde el primer llanto.
Lo había tenido sola, una noche de tormenta, cuando el bosque rugía como una bestia viva. Las parteras del pueblo se negaron a ayudarla cuando sintieron el aroma dulce, antiguo, imposible. Así que ella misma cortó el cordón, lo envolvió en mantas y juró al bosque que lo protegería, aun si eso significaba desaparecer del mundo.
Y lo hizo.
Durante años, Checo creció creyendo que la soledad era normal.
Que el silencio era seguro.
Que el bosque era hogar.
Su madre le enseñó a ocultar su aroma con hierbas, a no cantar cuando el cuerpo se lo pedía, a respirar hondo cuando el calor llegaba temprano. Le enseñó a ser pequeño, a no brillar, a no llamar.
Pero los secretos, incluso los más sagrados, tienen olor.
Y el pueblo más cercano comenzó a murmurar.
Primero fueron rumores:
—Dicen que hay alguien en la cabaña…
—Dicen que no es beta…
—Dicen que el bosque protege lo que no debería existir…
Luego fueron miradas demasiado largas en el mercado, pasos que se detenían cerca del sendero, alfas que alzaban el rostro como animales que reconocen una presa que no han visto nunca… pero que saben que necesitan.
La noche en que su madre lo supo con certeza, el viento cambió.
Checo estaba sentado junto al fuego cuando ella dejó caer la taza de metal. Su rostro, siempre sereno, estaba pálido. Escuchaba. El bosque estaba inquieto.
—Nos han olido —susurró.
No lloró. No dudó.
Solo se movió.
Abrió el viejo baúl, sacó la capa más gruesa, el amuleto de hueso blanco, el cuchillo pequeño que nunca quiso enseñarle a usar. Le temblaban las manos al atárselo al pecho.
—Mamá… —Checo dio un paso hacia ella.
Ella lo sostuvo por el rostro, con una ternura desesperada, como si quisiera memorizarlo con las yemas.
—Escúchame, mi amor —dijo, apoyando su frente contra la de él—. Lo que eres no es pecado. Es milagro. Pero este mundo ya no sabe cuidar milagros.
Sus ojos brillaban, no de miedo, sino de una decisión terrible.
—Debes huir. Más adentro del bosque. Donde los alfas no entran. Donde la magia aún recuerda cómo proteger.
—¿Y tú? —susurró Checo, con el corazón rompiéndose lento.
Ella sonrió, esa sonrisa cansada que solo tienen las madres que han amado demasiado.
—Prefiero que el bosque te reclame…
—dijo, con la voz quebrándose—
a que te reclamen ellos.
Lo besó en la frente, en las manos, en el cabello. Le susurró palabras antiguas, promesas al viento, plegarias que no pertenecían a ningún dios conocido.
Cuando Checo se internó entre los árboles, el bosque se cerró tras él como un manto.
Y mientras el pueblo se acercaba a la cabaña vacía, sin saberlo, el último omega de la región caminaba hacia su destino.
Porque el bosque no solo guarda secretos.
También guarda encuentros.
Y hay alfas que no cazan.
Alfas que esperan.
Alfas que, incluso en un mundo roto, aún saben amar.
El bosque no era el refugio amable que Checo había imaginado.
No cuando el hambre empezaba a morder desde dentro,
no cuando el frío se colaba por las costuras de la capa,
no cuando la noche duraba demasiado y los sonidos no eran arrullos, sino advertencias.
Las dos primeras noches sobrevivió.
Encendió un fuego pequeño, comió el pan seco que su madre había escondido en la bolsa, bebió agua clara de un arroyo que cantaba suave, como si quisiera tranquilizarlo. El bosque lo observaba. No lo atacaba… pero tampoco lo cuidaba.
La tercera noche fue distinta.
El estómago le dolía, hueco, y el aroma de su propio cuerpo —más dulce, más intenso por el cansancio— le daba miedo. Caminó hasta encontrar bayas frescas, rojas como sangre joven. Dudó. Recordó las advertencias. Probó una. Luego otra. No eran veneno. Eran apenas suficientes.
Apenas.
El cuarto día amaneció con las piernas temblando.
Checo caminaba sin saber hacia dónde.
No seguía un sendero.
No buscaba una cueva.
No huía de nada visible.
Era su corazón el que tiraba de él, como si algo, alguien, pronunciara su nombre sin voz. Cada paso era pesado, pero necesario. El bosque se volvía más antiguo, más espeso. Los árboles parecían inclinarse, como testigos de algo que estaba por suceder.
El cansancio comenzó a nublarle la vista.
El mundo se volvió lento.
Los sonidos, lejanos.
La sangre le latía en los oídos.
No vio la rama.
Tropezó.
Y el suelo desapareció.
El cuerpo rodó colina abajo entre raíces, piedras y hojas húmedas. El dolor explotó en los hombros, en la espalda, en la pierna. La cabeza golpeó fuerte. Cuando por fin se detuvo, el aire se le escapó de los pulmones en un gemido roto.
Quiso moverse. No pudo.
La sangre manaba de una ceja abierta, de las manos raspadas, de la rodilla maltratada. El cuerpo, exhausto, pidió descanso con una dulzura peligrosa. Sus párpados pesaban toneladas.
—Mamá… —susurró, sin saber si lo dijo en voz alta.
El bosque giraba lento.
Antes de que la oscuridad lo reclamara por completo, los sintió.
Tres presencias.
No eran alfas del pueblo.
No olían a violencia ni a hambre torcida.
Olían a madera, a hierro antiguo, a algo profundo y contenido.
Checo abrió los ojos apenas.
Vio sombras que se movían rápido, siluetas grandes recortadas contra la luz verdosa que se filtraba entre las hojas. Escuchó voces bajas, tensas, preocupadas.
—Está sangrando —dijo uno, con voz grave, urgente.
—Por los dioses… míralo —respondió otro, más áspero, como si no supiera qué hacer con la fragilidad.
El tercero no habló de inmediato.
Se arrodilló frente a él.
Checo sintió una mano firme, cálida, sosteniéndole el rostro con un cuidado que no conocía. Un aroma alfa lo envolvió… pero no lo aplastó. Lo calmó. Como si el cuerpo, incluso roto, lo reconociera.
—Tranquilo —dijo esa voz, baja, profunda—. No estás solo.
Tres figuras.
Tres hermanos.
@max-emilianrp 🍃
El tiempo, ese río ilusorio que los mortales temen, era para ellos un océano de placeres sin fin.
Eones habían pasado desde aquella primera unión en la Tierra—eones de noches estrelladas tejidas con risas, cuerpos entrelazados en geometrías divinas, y descubrimientos terrenales transformados en rituales sagrados.
Desde aquella primera noche en la Tierra, los dioses aprendieron a coexistir con la humanidad como quien aprende a respirar un aire nuevo.
Cada día tenía algo distinto que ofrecerles; cada siglo, un cambio inesperado que los hacía reír, sorprenderse, redescubrirse mutuamente.
Emilian fue quien se enamoró primero de la cotidianidad.
Le encantaba el amanecer humano: la tibieza del pan recién horneado, la forma en que la luz despertaba los colores, los susurros de las familias que abrían sus puertas.
Le fascinaba caminar descalzo por los pastizales, dejando un rastro dorado; observaba a los pájaros con la misma atención que un dios le daría a un cometa; y cada mañana despertaba a Checo con un beso suave en la mejilla y otro en la frente, sonriendo como si el universo entero fuera un regalo envuelto para ellos tres.
Max, por otro lado, aprendió a amar la Tierra a su manera: El ruido de las ciudades le parecía un trueno amable. Las tempestades humanas —peleas, risas, fiestas, cantos— lo emocionaban.
Le gustaban las noches de tormenta donde podía ser él sin temor: cuando caía la lluvia, y Checo la recibía con los brazos abiertos, brillando como si estuviera hecho para mojarse.
Y Checo… Checo era la calma que unía ambos extremos.
Su luz había cambiado desde que vivía con ellos: ya no era inestable ni tímida, sino cálida, constante, con destellos que a veces coloreaban el cielo sin que él se diera cuenta.
Los humanos lo atribuían a “auroras extrañas”.
Los gemelos sabían que era felicidad. El templo que construyeron no era como los antiguos.
Una tarde —o quizá fue un amanecer, porque con Emilian nunca se sabía— él entró corriendo al salón central del templo, envuelto en una luz rosada que anunciaba emoción pura.
—¡Tenemos que celebrarlo! —dijo con esa voz que podía despertar huertas enteras—. Somos tres, estamos completos, el mundo no ha colapsado y Max no ha destruido ninguna ciudad últimamente.
Max, sentado en una fuente, dejó caer el agua entre sus dedos con un bufido ofendido.
—Fue UNA tormenta grande. UNA. Y no destruí la ciudad. Solo la… remodelé.
Checo, desde su rincón, se rió suavemente, su cuerpo brillando con un parpadeo dorado.
—Sabes que te queremos igual —dijo con ternura.
Emilian se dejó caer a su lado, abrazándolo por detrás.
Max se acercó por el otro costado, tocándole la mejilla con el pulgar, y en un instante los tres estaban juntos, envueltos en esa calidez que habían perfeccionado durante siglos.
—Entonces… fiesta —murmuró Checo, apoyando la cabeza sobre el hombro de Max—.
—En el templo —añadió Emilian—. Con música de todos los tiempos, comida de todas las culturas…
Max sonrió, un rayo azul cruzando fugazmente sus ojos—. Y lluvia suave para toda la noche.
—Y amanecer prolongado al día siguiente —completó Emilian, pellizcando la nariz de Max.
Checo brilló un poco más.
—Y estrellas… muchas estrellas.
Los dos gemelos se inclinaron a la vez para besarlo en cada mejilla.
Así comenzó la preparación de la primera fiesta divina en la Tierra.
Una celebración tan antigua como ellos, y a la vez completamente nueva. Celebraban ahora un Symposion para sus iguales: dioses olvidados, astros errantes y nebulosas con conciencia, todos invitados a presenciar el arte supremo del placer.
La sala principal, abierta al cielo nocturno, resonaba con murmullos de divinidades.
Los tres amantes disfrutaban de la fiesta, del vino, de los placeres terrenales. Entre risas, besos y caricias.
Y no solo ellos. Bajo un mosaico de constelaciones vivas, cuerpos etéreos y humanos se fundían en una orgía de luz y carne.
Pero en el centro, sobre un lecho de pétalos de loto cósmicos y sedas del color del espacio profundo, el trio iniciaba su ceremonia privada. Una esfera de energía dorada y azul los envolvía, separándolos del resto: un cristal invisible donde solo entraban sus gemidos.
Emilian se arrodilló ante Max, su sonrisa era un amanecer malicioso. Su cuerpo fluía y cambiaba. Los músculos se suavizaron, y entre sus muslos, donde antes latía una erección dorada, ahora brotaba un sexo húmedo y perfecto: una vagina de néctar solar, brillando como oro líquido bajo la luz de la luna. Sergio contuvo el aliento. Nunca había visto a su amanecer así—vulnerable, nuevo, infinitamente deseable.
—¿Te gusta, astro mío? —susurró Emilian, tocándose con dedos que dejaban estelas de luz. Su voz, ahora más dulce, resonó como campanas de cristal—. Quería sentir lo que tú sientes… ser tu espejo bajo la tormenta.
Max, el dios de la lluvia, avanzó. Sus ojos eran nubes cargadas, sus manos—grandes, marcadas por rayos—acariciaron la nueva feminidad de su gemelo.
—Eres perfecto. Siempre lo fuiste —rugió, su voz un trueno contenido. Tomó a Emilian por la cintura y lo tendió sobre los pétalos, frente a Sergio.
—Míralo, estrella. Míranos a ambos… hoy seré el puente que une dos soles.
Max se arrodilló entre las piernas abiertas de Emilian. Su boca—esa misma que comandaba tormentas—se posó sobre el sexo recién formado de su gemelo.
La primera lamida fue una revelación: néctar espeso y caliente, como miel expuesta al mediodía, inundó su lengua. Emilian arqueó el cuerpo, un grito ahogado escapando de sus labios mientras sus dedos se enterraban en el cabello rubio de Max.
—¡Ah, hermano…! Es… es más intenso de lo que imaginé —jadeó, las caderas empujando contra la boca experta que exploraba cada pliegue, cada punto sensible.
Sergio observaba, hechizado. Su propia humedad estelar empapaba las sedas bajo él. Max levantó la vista, sus labios brillantes con el néctar solar, y le ordenó sin palabras: Acércate. Sergio avanzó de rodillas hasta quedar a un lado del otro rubio. Su propia vagina a centímetros de esa boca que devoraba a Emilian.
—Aliméntame, estrella —ordenó Max, su voz vibrante contra los muslos de Emilian—. Deja que tu tormenta beba de los dos cielos.
Sergio gritó cuando la lengua de Max se hundió en su vagina al mismo tiempo que continuaba acariciando el clítoris dorado de Emilian. El doble placer fue un relámpago que recorrió a los tres.
Emilian gritó, sus piernas temblando, sus fluidos solares fluyendo sobre los dedos de Max.
Sergio se arqueó, sus manos aferrando el cabello de Max, mientras oleadas de luz plateada brotaban de su sexo directamente en la boca de la tormenta.
Max gruñó, bebiendo de ambas fuentes: el néctar y la esencia, mezclándose en su garganta como una nueva galaxia naciente.
Los dioses espectadores enmudecieron. Afuera de la esfera, la orgía había cesado; todos los ojos estaban clavados en el trío.
Una diosa luna, de piel azulada, se mordió el labio al ver cómo Max usaba sus dedos tormentosos para penetrar a Emilian mientras su lengua destrozaba a Sergio.
—¡Más! —gritó Emilian, perdido en la sensación de ser abierto por dentro mientras su gemelo lo lamía por fuera—. ¡Hazme sentir todo, hermano, por favor!
Max obedeció. Retiró sus dedos empapados de néctar solar y guió su miembro, grueso como un rayo, hacia la entrada virginal de Emilian. El dios amanecer jadeó cuando la cabeza rozó su clítoris, luego presionó contra su apertura.
—Relájate, sol —murmuró Max contra el sexo de Sergio, que seguía moviéndose sobre su boca—. Esta tormenta… solo te hará brillar.
Y penetró. Lento, implacable, llenando a Emilian mientras su lengua se enfocaba en el clítoris de Sergio. Emilian sollozó, su vagina recién formada estirándose para acomodar la tormenta de su gemelo, el placer tan intenso que bordeaba el dolor.
Sergio, sintiendo la tensión, bajó sus manos para acariciar los pezones sensibles de Emilian, pinchandolos hasta hacerlo gritar.
@chequitopdmax 🌩️✨☀️
Preguntas Muy Interesantes📚
1. Piensa en la última persona que te dijo “Te amo” ¿Crees que en verdad lo sentía?
2. ¿Saldrías con alguien de 18 años teniendo la edad que tienes ahora?
3. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste enojado y feliz al mismo tiempo?
4. ¿Le sonreirías a un(a) extraño(a)?
5. ¿Hay alguien a quien le moleste que salgas/hables con una persona?
6. ¿Hoy escuchaste una canción que te recuerde a alguien?
7. ¿Qué estas vistiendo en este momento?
8. ¿Qué tan seguido escuchas música?
9. ¿Usas mas jeans o shorts?
10. ¿Crees que tu vida va a cambiar dramáticamente antes del 2013?
11. ¿Eres una persona social o antisocial?
12. ¿Has besado a alguien cuyo nombre empiece con la letra “A”?
13. ¿Y con la “J”?
14. ¿Sabes manejar?
15. ¿Te importa que las personas hablen mal de ti?
16. ¿Vas a salir de la ciudad próximamente?
17. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste?
18. ¿Le has dicho a alguna persona que la amas?
19. Si pudieras cambiar tu color de ojos, ¿Lo harías?
20. ¿Existe alguien que te guste por quien harías absolutamente todo?
21. Nombra algo que no te guste de este día.
22. ¿Crees que es tierno cuando te besan en la frente?
23. ¿Quién fue la última persona con la que hablaste?
24. ¿En dónde estás en este momento?
25. ¿Hay alguien que te diga frecuentemente (sin contar la familia) que te ama?
26. ¿Alguna vez has querido a alguien que no puedes tener?
27. ¿Quién fue la última persona con quien hablaste antes de dormir?
28. ¿Te enfermas seguido?
29. ¿De dónde es la playera que estás usando en este momento?
30. ¿Alguien te odia?
31. ¿Tienes botellas de alcohol escondidas en tu cuarto?
32. ¿Te gustan las películas de terror?
33. ¿Quieres perforarte la lengua?
34. Si tuvieras que eliminar un año de tu vida, ¿Cuál sería?
35. ¿Soñaste anoche?
36. ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a alguien que la/lo amabas?
37. ¿Crees estar casado(a) en 5 años?
38. ¿Crees gustarle a alguien?
39. ¿Crees que alguien esté pensando en ti en este momento?
40. ¿Tuviste un buen día ayer?
41. ¿Estabas en una relación hace dos meses?
42. ¿En las próximas 48 horas, vas a salir con alguna chica?
43. ¿Alguien te ha dicho que no quiere perderte nunca?
44. ¿Qué es la mejor parte de la escuela?
45. ¿Tienes fotos tuyas en tumblr?
46. ¿Mensajeas en clase?
47. ¿Revives cosas que ya pasaron una y otra vez en tu cabeza?
48. ¿Eras soltero(a) el verano pasado?
49. ¿Tu vida se parece a como era hace dos años?
50. ¿Qué se supone que debes estar haciendo en este momento?
51. ¿Odias a la última persona con quien hablaste?
52. ¿Eres amigable con todos?
53. ¿Algyuna vez te ha gustado alguien que jamás esperaste te iba a gustar?
54. ¿Crees poder estar en una relación por 6 meses y ser fiel?
55. ¿Eres bueno(a) escondiendo tus sentimientos?
56. ¿Crees que te gusta alguien?
57. ¿Has besado a alguien cuyo nombre empiece con “R”?
58. ¿Prefieres amigos hombres o mujeres?
59. ¿Alguno de tus amigos te ha visto llorar?
60. ¿Odias a alguien?
61. ¿Cómo está tu corazón?
62. ¿Hay algo en tu pasado de lo que detestes hablar?
63. ¿Has llorado por una chica?
64. ¿Quién probablemente está hablando mal de ti en este momento?
65. ¿Te pintas las uñas?
66. ¿Te han robado un beso?
67. Las chicas aman cuando sus novios lloran, ¿Verdad?
68. Se te han caído los pantalones en público?
69. ¿Quién fue la última persona con la que hablaste por telefono?
70. ¿Cómo luces en este momento?
71. ¿Tienes alguien con quien puedas ser completamente tú?
72. ¿Te puedes comprometer a una sola persona?
73. ¿Tienes a alguien del sexo opuesto a quien le puedas contar todo?
74. ¿Alguna vez te has sentido reemplazado?
75. ¿Te despiertas molesto(a)?
76. ¿Eres celoso(a)?
77. ¿Crees que las relaciones valen la pena?
78. ¿Estás alejandote de alguien?
79. ¿Quieres ver a alguien en este momento?
80. Menciona algo que tienes que hacer mañana.
81. La última persona que te vio llorar.
82. ¿Hay alguien que nunca vas a olvidar?
83. ¿Crees que la persona por la que tienes sentiemientos, es celosa?
84. Si la persona con la que quieres estar, estuviera aquí contigo, ¿Qué estarían haciendo?
85. ¿Superaste tu pasado?
86. ¿Alguna vez te ha gustado tu mejor amigo(a)?
87. ¿Hay alguien que sepa un secreto enorme sobre ti?
88. ¿Si tu primer amor tocara a tu puerta, pidiendo disculpas y con regalos, que harías?
89. La última persona que besaste llega a tu puerta a las 3am, ¿La dejas pasar?
90. ¿Alguna vez te ha gustado alguien que tus amigos odiaran?
91. ¿Estarás en una relación en dos meses?
92. ¿Conoces a alguien que se llame Miguel?
93. ¿Has besado a alguien llamado Mariana?
94. ¿Estabas en una relacion en Abril?
95. ¿Eras feliz con la persona que te gustaba en Marzo?
96. No mientas, ¿la última persona que llamaste por telefono era atractiva?
97. ¿Qué dice el último mensaje recibido en tu celular?
98. ¿Si la persona que te gusta te dijera que le gusta alguien más, que le dirías?
99. ¿Has besado a alguien mayor que tú?
100. ¿Cuándo cumples años?
101. Una canción.
102. ¿Alguien te ha hecho sentir ‘mariposas’ en el estómago? 103. ¿Has mandado nude a desconocidos?
. Igual nadie me pregunta
imagine this young gentleman at your door asking for a cup of sugar and you have to hold on to your fucking pants cause your husband’s at home
★ 【ポテトルス】 「 善 」 ✔ republished w/permission ☆ follow btt’s fanart twitch stream!
Silly Momokarun ask but can you imagine -
When Momo is sick: Okarun freaks out and tries to baby her while she's rawdogging the flu no problem
When Okarun is sick: Momo freaks out and tries to baby him while he acts like a sickly victorian child on their deathbed. Just a little funny to imagine 😁
the fever episode…….
akaza stronger than me man if i was that close to giyuu i wouldve kissed him and show him my real upper moons
Yo todos los días: